El edificio de vecinos del número 29 es un microcosmos en el que casi cualquier cosa insólita puede ocurrir. En él conviven la primera vecina, Rita, siempre presente y vigilante, y tan vieja como el propio edificio; Maia, la niña a la que le gusta cavar hoyos en el suelo para esconderse; Lina y su marido Don, que sufre una extraña metamorfosis; Tom, que vive inadvertidamente en el ascensor; los insomnes crónicos, siempre alerta, suerte de ejército de Rita; y otros muchos personajes sorprendentes pero profundamente humanos.Con esta primera novela, Kálnay funde de un modo inteligente y magistral el realismo mágico con la literatura del absurdo para crear su personal universo.Premio Aspekte 2017 al mejor debut en lengua alemanaPremio Hebbel 2018"Kálnay subvierte con tanta habilidad las convenciones narrativas, experimenta tan libremente con el tono y las formas literarias, que uno no puede sino asombrarse ante semejante experimento poético, lleno de dobles sentidos e ingeniosos juegos".Cornelius Wüllenkemper, Süddeutsche Zeitung

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Breve crónica de una paulatina desaparición
Descripción del libro
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Literatura generalEL DÍA QUE RITA MURIÓ
Mi madre me dijo: Llama a la puerta de todos los vecinos, que vengan, que Rita está en la cama. Metió algunas toallas, guantes de goma, un botellín verde y una bandeja de horno dentro de una caja y se la llevó abajo.
Ése fue el día que Rita murió.
El día que Rita murió corrí escaleras arriba y abajo para avisar a todos los vecinos.
Mi padre me dijo que no debería estar saltando y riendo tan alegremente. Así que cuando se abrían las puertas intentaba poner una cara muy seria. Me imaginaba las caras que antes hacía mi hermano para asustarme. Solía poner a propósito cara de malo y hacer muecas graciosas. Al imaginarme su cara, casi me daban ganas de reír. Tuve que mantener los labios apretados para no soltar una carcajada. Entonces todavía no sabía que Rita iba a morir.
Cuando terminé con las puertas, bajé a lo de Rita. El salón estaba repleto de muebles. Mesita de noche sobre armario, armario sobre mesa del comedor, crecían torres de muebles hasta el techo. En el dormitorio se amontonaba la gente. En el pasillo me crucé con mi madre, que llevaba una bandeja llena de galletas, y me dijo que estaba en medio: Mejor que salgas un rato. Mi madre es la mejor pastelera de galletas del mundo. Puede hacer galletas mientras se cepilla los dientes o lee un libro. Mi madre hace galletas de chocolate, nueces o fruta. A veces también de migas de galleta o de cosas que en realidad no se comen, como por ejemplo arena para pájaros. Pero Lina hace la mejor mermelada.
Cuando molesto, salgo un rato.
El día que Rita murió, me fui detrás de la casa. Ese día no había nadie más detrás de la casa. Detrás de la casa sólo había un poco de hierba y, algo más lejos, árboles y también un columpio. Me senté en la hierba e intenté arrancar algunos tallos para hacer una trenza. Pero las trenzas se deshacían enseguida. En algún momento, me aburrí, me acosté y me quedé dormida.
Mi hermano, el mayor, dice que cuando estoy dormida miento, porque entonces parezco tranquila. Yo no sé qué cara tengo cuando estoy dormida. Sólo sé que cuando me despierto la tengo toda arrugada.
Cuando me desperté en la hierba tenía marcas de los tallos en las mejillas, pero no me importó.
Me fui al columpio.
Me columpié.
Me columpiaba adelante y atrás y estiraba las piernas hacia el cielo. Jugaba a patear nubes.
Me columpié tan alto que podría haber entrado saltando por las ventanas abiertas de arriba. Sólo tendría que haberme soltado.
Mi hermano, el mayor, dice que cuando uno no pesa mucho vuela más lejos.
Tan poco como yo.
Por eso me solía levantar por los aires y si gritaba me dejaba caer. Decía que si el suelo no era muy duro no importaba. Una vez volé tan lejos que durante unos segundos lo vi todo negro. Después tuve que quedarme quieta en la cama, y ya no me dejaron volar con él. Mi hermano me dijo que la culpa fue mía, tendría que haber volado más lejos.
Sólo tendría que haberme soltado.
Finalmente me solté.
Salté.
Aterricé entre las hojas.
Entre las hojas olía a bosque y a tierra húmeda. Levanté la cabeza y me sacudí las hojas de la cara. Vi una lagartija. Salió disparada de entre la hierba y desapareció entre las hojas. Di un salto hacia delante, pero no logré atraparla. Entonces las hojas se hundieron.
Caí en un hoyo.
El hoyo había estado tapado con las hojas. Ahora estaba metida hasta el cuello dentro. Hacía calor en el hoyo. Pensé en sentarme, pero entonces vi todos los escarabajos y gusanos, los caracoles y otros bichos, y me dieron ganas de salir. No tengo nada en contra de los escarabajos y los gusanos, y menos contra los caracoles, pero no quiero tenerlos de compañía. Cuando en casa vemos bichos y otros insectos, abrimos las ventanas y salimos un rato. Antes mi padre también solía usar un matamoscas, pero mi madre se hartó de tener que pintar tan a menudo las paredes. Y por las noches, en la cama, mientras veía las manchas oscuras en la pared, me imaginaba que las moscas aplastadas se despegarían del muro y caerían en mi boca mientras dormía. En mi familia todos duermen con la boca abierta. Pero sólo mi madre tiene siempre los ojos abiertos, a veces hasta dormida.
Mientras estuve en el agujero me pregunté si me habría caído en uno de los hoyos de Maia. Sé que de lo de Maia hace mucho tiempo, pero ¿quién más hubiera cavado un hoyo detrás en la hierba? Aquí nadie caza. Ni siquiera tenemos gatos, aunque durante el invierno de vez en cuando se ven ratas en el sótano. Mi padre dice que no hacen nada y sólo buscan el calor. Son mucho más rápidas que nosotros y desaparecen en cuanto uno se acerca con la linterna.
Cuando Maia desapareció, yo todavía era muy pequeña. Pero los mayores siguen hablando de ella. La familia a la que pertenecía vive en la planta baja. Son tres y siempre los he visto juntos. Mi hermano me solía contar las búsquedas que hubo después de que Maia desapareciera. En algunas de sus historias, todos los policías llevaban ropa de camuflaje. En otras, acudían con perros sabuesos y un oso hormiguero para la búsqueda bajo tierra. Todos los días encontraban a Maia en un lugar diferente. ¡Maia se asfixió en uno de los hoyos que ella misma cavó! ¡Maia vive en una madriguera! ¡Maia está sentada en la copa de un árbol y no puede bajar! En algunas historias, consiguió cavar un túnel hasta el otro lado de la tierra, o volvió a aparecer en el sótano de algún edificio importante. Y una vez vieron a Maia como extra en una peli que daban en la tele. No hay ninguna historia en la que Maia vuelva. Mi madre dice que desde que ya no está todos los de su familia tienen la misma cara. Yo no me imagino cómo a alguien puede cambiarle la cara, y pienso que quizá siempre tuvieron la misma. Lo único que pasa es que llama más la atención cuando alguien, que era diferente, ya no está.
Cuando mi hermano se esfumó, también fue grave. Pero de ello no se habló tanto. Mi madre decía que era porque Maia todavía era muy pequeña y tampoco hablaba. Cuando decía eso le temblaba un poco el labio de arriba, como siempre cuando algo le parece injusto o gracioso y no puede decirlo.
Rita dijo una vez que cuando Maia desapareció no sólo alteró a su familia, sino a toda la casa.
Mi padre dice que Rita dice cualquier cosa a lo largo del día. Algunos días son más largos que otros. El día que Rita murió oscureció temprano. Cuando cayó el sol, salí del agujero.
Pensé que desaparecer es peor que estar en medio.
Para que no desaparezcamos también, nuestra madre viene a nuestras camas antes de dormir. Nos tapa, envuelve las sábanas alrededor de nuestros cuerpos y las remete bajo el colchón, tan tensas que casi no nos podemos mover. Mis gusanitos, nos llama, y nos llena la frente de besos. Cuando cierro los ojos, escucho girar la llave en la cerradura.
La noche que Rita murió llegué a su casa con las manos sucias y la cara llena de tierra. Los muebles estaban tan apiñados que no encontré ninguna silla donde sentarme. Los demás se amontonaban en el dormitorio. Eran muchos y un viento frío soplaba desde ahí. Como nadie se había fijado en mí, salí del piso y me senté en la escalera.
Algunos son tan pacientes mientras esperan que cuando por fin se levantan tienen que sacudirse el polvo de las puntas de los zapatos, solía decir Rita.
PRIMERA PLANTA, PUERTA
DERECHA: LAS PALABRAS DE RITA
Estábamos todos en el dormitorio de Rita, apretujados y agrupados alrededor de la cama, y aunque así pasaban las horas, por momentos nos parecía que era siempre la misma secuencia de segundos que se repetía una y otra vez mientras esperábamos. Cada tanto, nos pasábamos bandejas con galletas o nueces, o salíamos unos minutos al pasillo o al salón, estirábamos las piernas, íbamos un momento al aseo o salíamos al balcón y mirábamos la calle. Si nos reuníamos dos o más en el balcón, solíamos terminar hablando de Rita, de cómo solía sentarse aquí y tejer mirando una y otra vez con sus ojos claroazules la calle. Muchos de nosotros habíamos crecido bajo esas miradas y con el convencimiento de que Rita se enteraba de todo, de que sabía todo lo que alguna vez había ocurri...
Índice
- Prólogo de una inquilina
- Planta baja, derecha: los hoyos de Maia
- Los niños de la casa
- Tercera planta, puerta izquierda: florecimiento
- Primera planta, puerta derecha: lo que Rita decía
- Cuarta planta, puerta izquierda: fantasmas
- Sobre el suelo
- Pasillo, poniendo la oreja
- En algún lugar de la escalera: la puerta de color óxido
- Cuarta planta, puerta derecha: Kasi
- Semisótano: subinquilinos
- Salón, centro
- Planta baja, puerta derecha: nosotros
- Primera planta, puerta derecha: caracoles y lo que rita pensaba (pero no decía)
- Ascensor: monoambiente
- Escalera, entrada al sótano: los juegos de los sábados
- Olores de escalera
- Segunda planta, puerta centro: cara o cruz
- Escalera, noche
- Detrás de la casa: ladrillos
- Tercera planta, puerta izquierda: migas de corteza
- Segunda planta, puerta izquierda: minuto
- Planta baja, puerta derecha: manos de topo
- El baño de tom
- Rebobinando
- Crónica insomne
- Primera planta, anexo: tiempo de peces
- Gatera
- Tercera planta, puerta centro, armario: puntos de color
- ¿Lo escuchas?
- Calcetines
- Escalera, accidente
- Tercera planta, puerta centro, armario: esperar
- Escaleras
- Rita, entretejiendo
- Cuarta planta, puerta izquierda: a veces estoy acostado
- Salón, sentados
- Primera planta, puerta izquierda: corte de luz
- Planta baja, puerta izquierda: mellizos
- Escalera: de paso
- Cuarta planta, ascensor: la noche de aquel día tan caluroso
- Escalera, entrada al sótano, mediodía
- Tercera planta, puerta centro: verano
- Rumor, sacado de la manga
- Detrás de la casa: gritos
- Planta baja, puerta derecha: la despedida de maia
- Tercera planta, puerta derecha: entonces, la llegada
- Segunda planta, puerta izquierda: acuario
- Tercera planta, puerta izquierda: mermelada
- Escalera, entrada al sótano: impostores
- Voces, insomnes
- Primera planta, puerta derecha: visitas de los sábados
- Planta baja, puerta centro: piedras
- Muros
- Calle, asfalto
- Segunda planta, puerta derecha: cicatrices
- Primera planta, anexo: pasillo-cocina
- Tercera planta, puerta izquierda: hojas
- Primera planta, anexo: cestas
- Calle, acera: menta gatuna
- Detrás de la casa: plumas
- Tercera planta, puerta centro: Nina
- Veraneantes
- Segunda planta, puerta izquierda: burbujas de aire
- Turistas
- Años después
- Aún más años después
- Juicio
- Rita dice
- Suponiendo
- Escalera, entrada al sótano: sin luz
- Tercera planta, puerta centro: buenas noches
- Balcón
- Detrás de la casa: la barbacoa
- Tercera planta, puerta izquierda: edredones
- Silencio
- Primera planta, puerta derecha: tos
- Escalera al sótano: la nota
- El día que Rita murió
- Primera planta, puerta derecha: las palabras de Rita
- Saliendo, poco antes
- Escalera, otoño
- Primera planta, puerta derecha: el espejo
- Cuarta planta, puerta izquierda: vacío
- Escalera, invierno
- Segunda planta, puerta derecha: sepultura
- Humo
- Cien maneras de abrir una puerta
- Edificio: fuego
- El día después
- El niño
- Filtro de color
- En otra ciudad
- Nota de la autora
- Agradecimientos
- ©
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