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Aceptamos las características de la Naturaleza y rechazamos las del mundo artificial creado por el hombre
¿Por qué juzgamos todo lo que nos rodea, incluidas las personas, y somos más benévolos o contemplativos con la Naturaleza y encontramos siempre en ella perfección? Porque la Naturaleza es como debe ser; está regida por fuerzas que escapan a nuestro control, e incluso a veces a nuestro entendimiento. No sabemos por qué un vendaval derriba un árbol y no otro; o por qué un arroyo se desborda, mientras otro permanece dentro de su cauce... Aceptamos que la Naturaleza está por encima de nuestro manejo cotidiano de la realidad y nos rendimos ante su fuerza y belleza.
En medio de la Naturaleza, nadie espera que un árbol sea más alto o más bajo, que modifique el grado de inclinación de sus ramas o su grosor, ni que tenga flores de otro tamaño o de otro color. En la ciudad, en cambio, nuestro estado constante es el rechazo de situaciones tales como el tránsito caótico, la molestia producida por los bocinazos, la pérdida de tiempo que representa moverse con lentitud de un lugar a otro en coche, la espera del transporte público, etc.
La aceptación que nos inspira la Naturaleza nos transporta de inmediato a un estado de serenidad. No esperamos que suceda nada diferente de lo que está sucediendo. Cada pájaro, cada árbol, cada hoja se encuentra en el lugar en que debe estar. La sabiduría ha ordenado el mundo natural y nosotros no aspiramos a mejorarlo (pero sí deseamos, en cambio, ver en mejor estado una calle de nuestro barrio, el frente de nuestra casa, la medianera que nos separa de nuestro vecino, etc.).
Si comprendemos que este orden natural nos brinda un estado de paz, podremos aceptarlo y sintonizar con él. Respirando con profundidad y advirtiendo que en la Naturaleza todo es perfecto, empezaremos a sentirnos en armonía con el entorno. Una vez logrado este estado, tendremos la alternativa de analizar qué situaciones rechazamos mentalmente en nuestra vida cotidiana, y qué podríamos hacer para aceptarlas, es decir, para trasladar a nuestra existencia ese estado de serenidad que nos brinda la Naturaleza.
Por ejemplo, podría suceder que estando nosotros en perfecta armonía con la Naturaleza, inmersos en el silencio, alguien nos dirigiera la palabra y nos perturbase. En ese caso tendríamos la opción de rechazar mentalmente esa situación y pensar que esa persona acaba de estropear la experiencia de paz de la cual estábamos disfrutando. Sin embargo, también podríamos incorporar sus palabras al estado de serenidad que habíamos alcanzado gracias a la Naturaleza.
En resumen, podemos aprender a disfrutar de la armonía de la Naturaleza y extenderla luego a otras situaciones cotidianas. Pasaremos así de la paz externa que se respira en la Naturaleza a incorporar ese estado en nuestro cuerpo y nuestra actividad mental, para aceptar a continuación y de un modo gradual todo lo que sucede en el entorno, sin que ello altere nuestro estado de paz.
Dado que muchas personas no pueden abandonar la ciudad para hacer este proceso de conexión con la armonía de la Naturaleza, este ejercicio también puede practicarse en parques, jardines y otros sitios con contengan elementos naturales como agua en movimiento, pájaros, árboles, etc.
Y ya que hablamos de la posibilidad de escapar de las ciudades y de la diferencia entre éstas y los sitios de Naturaleza prístina, veremos a continuación que, con frecuencia, la aceptación de la Naturaleza se verifica en ambientes naturales, pero no siempre en nuestras urbes…
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En las ciudades, con frecuencia queremos adaptar la Naturaleza a nuestros deseos.
¿Qué pasaría si la aceptáramos tal como es?
A menudo aceptamos la forma y estructura de la Naturaleza en ambientes poco modificados por el hombre, pero queremos adaptarla a nuestro gusto en contextos urbanos. Por este motivo mutilamos árboles para darles formas caprichosas, regamos el césped para que no se seque, podamos ciertas plantas para que anticipen su floración y sea más numerosa, y las fertilizamos para crezcan más deprisa.
¿Cuál es el aspecto negativo de que el césped se seque? Me dirán que es más bello cuando está verde, y podemos estar de acuerdo en esto desde el punto de vista estético. Pero mantenerlo verde consume mucha agua (en la mayoría de los casos se trata de agua potable, que ha pasado por costosos procesos de filtrado y desinfección). Además, con el riego, el césped crece más rápido, y es necesario cortarlo (consumiendo electricidad o combustible fósil) y se generan residuos verdes que deben ser transportados hasta los sitios de disposición. ¿Por qué no aceptar entonces los ciclos naturales en los cuales el césped se seca y renace con las lluvias, como sucede con muchas plantas anuales? En mi casa he construido un jardín con piedras y rocas y un pequeño espacio para algunas plantas que necesitan muy poca agua, que puedo regar con un vaso de vez en cuando.
La idea de que la Naturaleza responda a nuestros deseos y no a sus propias necesidades, se pone de manifiesto con claridad en nuestra conducta con los árboles. ¿Por qué no habríamos de respetar su aspecto natural en lugar de darles formas caprichosas como si fuésemos sus amos? Aunque es aceptable podar un árbol cuando sus ramas alcanzan los cables de electricidad, o cuando interfieren con la estructura de alguna vivienda o comercio, muchas personas los podan sin ninguna necesidad, sobre la creencia de que ellos se desarrollan mejor después de esa práctica, o porque desean darles una forma que resulte de su agrado (como si la Naturaleza no fuese bella por sí misma).
Cabe señalar que las podas excesivas llevan a los árboles a una situación de estrés. De hecho, muchos árboles mueren por exceso de poda. Sabemos que las plantas se nutren gracias a la fotosíntesis desarrollada por las hojas y los tallos. Por lo tanto, cuando un árbol queda desprovisto de las yemas que dan lugar a las hojas, rebrota y lanza ramas con rapidez (como estrategia de defensa) a fin de desarrollar un follaje que le permita alimentarse a través de la fotosíntesis. Es éste, y no otro, el motivo por el que los árboles responden creciendo con prisa ante la poda. Se trata una respuesta urgente a una situación fisiológicamente negativa y de ningún modo este tipo de práctica es beneficiosa para los árboles.
Siguiendo con esta idea de que la Naturaleza nos pertenece y podemos hacer con ella lo que nos viene en ganas, muchos vecinos podan árboles que han plantado en la vereda de su casa, sin tener en cuenta que el arbolado urbano (como las calles y aceras) es público, y que sólo las comunas o municipios tienen autoridad para hacerse cargo de esos árboles. Puede seducirnos la idea de extender nuestro poder de dominación más allá del frente de nuestra casa; pero, por desgracia (o mejor dicho, por fortuna), esos árboles no nos pertenecen aunque los hayamos plantado nosotros (del mismo modo en que no nos pertenecen nuestros hijos, aunque seamos los responsables de haberlos traído al mundo).
Otra práctica frecuente es la de introducir plantas que no provienen del lugar y que, por lo tanto, necesitan cuidados adicionales. Si se trata de plantas de clima húmedo y son introducidas en una zona seca, es necesario regarlas más que las plantas autóctonas. ¿Por qué no colocar, entonces, plantas de la región adaptadas al clima local? De este modo contribuimos a que el ambiente mantenga sus características intrínsecas en lugar de modificarlo introduciendo especies de otros lugares. Cuanto más se respetan las plantas originarias, mayor continuidad ecológica se logra en el paisaje y más altas son las probabilidades de que las especies locales puedan sobrevivir a las modificaciones introducidas por el hombre en el ambiente.
Algunas especies foráneas crecen muy bien fuera de su región de origen, por lo que plantarlas resulta una tentación. Sin embargo, y como decía con anterioridad, a veces consumen más agua que las plantas locales. Otras consecuencias ecológicas de la presencia de estas especies es que vuelven artificial el paisaje y modifican el hábitat. Algunas de estas plantas, en especial las que poseen características colonizadoras, invaden con mucha rapidez el lugar al que llegan, más aún si el terreno ha sido modificado por la mano del hombre (son cómodas; prefieren que otros hagan ese trabajo por ellas). Esto provoca que se dispersen y acaben por ocupar grandes extensiones, por lo que luego es muy difícil erradicarlas, y a menudo se convierten en plagas.
Si una planta ocupa cierta región de un modo natural es porque está adaptada a ella (y hay otros seres vivos asociados ecológicamente a esa planta). Podemos tomar una especie y llevarla a otra parte, pero desde el punto de vista ecológico, ninguna intervención de la mano del hombre resulta inocua y las consecuencias de estas manipulaciones no siempre son evidentes.
Las relaciones ecológicas son sutiles, y a menudo sólo se manifiestan cuando ya han sido violadas (por ejemplo, se advierte que un bosque protegía el suelo cuando tras su tala se producen inundaciones). Con los vínculos humanos suele sucede algo similar: a veces, los aspectos más delicados de las relaciones entre las personas aparecen sólo cuando el diálogo se rompe y ya es tarde para restaurarlos. En consecuencia, tanto en las relaciones humanas como en las ecológicas, necesitamos ser más conscientes de los vínculos subyacentes y de los posibles efectos de su ruptura.
La invasión de especies exóticas se produce tanto con plantas como con animales, y es uno de los aspectos más relevantes de la crisis ecológica mundial. Como ejemplos podemos citar la plantación de coníferas provenientes del hemisferio Norte, en Argentina y Chile. La introducción de estas especies no sólo ha conllevado la desaparición de buena parte de los bosques nativos (que han sido talados para permitir la implantación de árboles foráneos), sino que las coníferas también se han esparcido más allá de las plantaciones, colonizando territorios donde el hombre ha tenido que intervenir para controlar su dispersión y las consecuencias ambientales de su presencia (entre ellas, la imposibilidad de que las plantas nativas crezcan bajo un bosque de coníferas exóticas).
Aunque me he alejado un poco del tema del manejo de la Naturaleza en las ciudades, me ha parecido interesante citar algunos ejemplos de ello puesto que muestran nuestra soberbia (de creernos por encima de la Naturaleza) y la incomprensión acerca de las consecuencias de nuestras acciones. La aceptación de la Naturaleza tal y como es y de las especies presentes en un lugar como consecuencia de la evolución ecológica, es sinónimo de respeto. Así c...