Una ciudad de la España cristiana hace mil años
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Una ciudad de la España cristiana hace mil años

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Una ciudad de la España cristiana hace mil años

Descripción del libro

¿Cómo era una ciudad medieval? ¿Cómo discurría la vida de sus ciudadanos en el mercado, en la corte, en el hogar? Sánchez-Albornoz, uno de nuestros más prestigiosos medievalistas, ofrece aquí un retrato de la ciudad de León hace mil años, y logra introducir en ella al lector de una manera sorprendente penetrando en el tiempo, dialogando con personajes corrientes que existieron, y mostrando así sus modos de pensar y sus costumbres.

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Información

Año
2014
ISBN del libro electrónico
9788432144172
Categoría
Historia
LA CORTE EN LEÓN
Discurren por León gentes llegadas de todos los extremos del reino. En las calles, carrales y carreras de la ciudad reina un bullicio extraordinario. Ramiro ha celebrado una asamblea plena de su Palacio y han acudido a la regia sede legionense, para asistir a ella, condes y prelados de Portugal y de Castilla, de Galicia y de Asturias, del Bierzo y de las márgenes del Duero[134]. Los obispos han venido acompañados de sus clérigos y todos, de los infanzones sus vasallos[135] y de tropas armadas[136]. León es pequeño para albergar a tamaña muchedumbre. Los prelados se hallan repartidos entre la regula o canónica de Santa María[137], la posada del obispo[138] y los monasterios edificados extramuros o en el interior de la ciudad[139]. Los magnates han alzado sus tiendas fuera de las murallas[140] o se han alojado en las cortes de algunos ricos leoneses[141]. Diego Muñoz es huésped del Conde de León y habita con él en el castillo. Fernán González no ha querido encerrarse dentro de la ciudad y se ha establecido con su gente en la explanada del mercado. Assur Fernández mora en la corte de don Arias y de doña Adosinda, situada entre las calles que llevan a Santa María y al palacio del rey; Osorio Gutiérrez, en la de Miro Barraz, construida junto a la puerta de poniente, y Gutierre Osóriz en la de Ablabelle y su mujer Gontroda, edificada en la carrera de la Puerta del Conde[142].
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Un obispo y un guerrero. Del Códice Emilianense, fol. 106 v.º
Terminaron ayer las deliberaciones de la asamblea. El obispo de Santiago ha salido de mañana para Galicia: el viaje es largo, el sol abrasa —está acabando julio— y camina hacia su tierra con la aurora[143]. Los demás condes y prelados se disponen a imitarle. En este instante besan la mano al rey y le piden licencia para retirarse a sus mandaciones y obispados[144]. Las cámaras de palacio están llenas de obispos y magnates que esperan el momento de ser recibidos por Ramiro. En una de ellas, apartados de todos, de pie junto a una puerta, dialogan en voz baja Fernán González y el conde de Saldaña Diego Muñoz, su gran amigo. Aliados en la sublevación contra el monarca y compañeros después en la desgracia, platican tan recatadamente que los fieles del príncipe los espían celosos, por temor a que maquinen nuevos levantamientos[145]. En otro extremo del salón, Ilderedo, obispo de Segovia, ruega al infante don Ordoño, de quien es gran privado, que interceda cerca del rey, su padre, para la conversión en efectivo de su obispado in partibus. Repoblada Sepúlveda —arguye el buen obispo— y extendido el reino al sur del Duero, ¿por qué no crear una sede en Simancas para regir las nuevas tierras?[146].
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Grupo de obispos. Del Códice Emilianense, fol. 104
Cerca de Ordoño y del prelado conversan Hermenegildo González, venido de Guimaráes a León, y el conde de Monzón, Assur Fernández[147]. Hablan de joyas, brocados y tapices, de los que gustan mucho[148], sentados en un muy bello escaño de madera labrada, cuya dureza ablanda una panzuda cúlcitra de lana, disimulada bajo un rico tapete palleo, de trama de tapiz[149]. En un grupo de obispos, el de León, Oveco Núñez, refiere su expedición al alfoz de la ciudad de Salamanca para poblar en él nuevas aldeas y consagrar varias nuevas iglesias[150]. En otro, de prelados y de condes gallegos, Rosendo, hijo de Gutierre Menéndez y obispo del monasterio de San Martín de Dumio, habla del templo de San Miguel de Celanova, terminado no ha mucho por el mismo maestro que edificó Santiago de Peñalba[151]. Y en un corro de jóvenes magnates, uno de ellos ameniza las horas de antesala trazando la crónica escandalosa de la tierra en que habita. Después de varios relatos chispeantes, describe ahora el adulterio de una tal Basilisa, de Villar de Porcos, en la sede de Oporto, con un monje conocido por Nausto[152].
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Ciudadanos. Del Beato de Fernando I, fol. 231
Mientras condes, próceres y prelados aguardan el momento de besar la mano de Ramiro platicando así de mil temas diversos, sus siervos y criados disponen las acémilas para emprender la marcha. En la posada del obispo, frontera al monasterio de Santiago[153], los familiares de un prelado están cargando en una mula la valija de su señor. Llevan en ésta, entre otras ricas preseas eclesiásticas, adquiridas en la corte por el obispo de Viseo, un cáliz de cincuenta sueldos galicanos, dos parejas de candelabros y lucernas, mercadas en cien sueldos, y una cruz de oro, adornada con rica pedrería y de valor equivalente al de las otras piezas reunidas[154]. No han terminado sus tareas cuando llega la orden de suspender los preparativos del viaje. El clérigo portador del mandato trae la noticia de que ha habido un incidente en palacio al despedirse del rey el conde Osorio Gutiérrez, hijo de Gutier Osóriz, pariente, gran amigo y servidor del príncipe[155]. Ignora lo ocurrido, sólo sabe que se ha suspendido el besamanos. Al encaminarse con su señor el obispo Dulcidio a la iglesia de Santa María, un grupo de jinetes que al trote largo de sus bestias se dirigían al Arco del Rey, sin duda para salir de la ciudad, les forzó a detenerse delante de los solares de Miguel el diácono, en la misma carrera que conduce al mercado. El polvo que alzaban los caballos no le había permitido conocer al capitán del grupo; pero cree haber adivinado en él a Sisnando Menéndez, prepósito o mayordomo de palacio[156].
La noticia corre rápida por León. Las calles se pueblan de infanzones, burgueses, clérigos y escuderos[157]. Por la que lleva de la Puerta del Obispo a la Cauriense y cruza de Este a Oeste[158] la ciudad, no puede darse un paso. Un grupo de magnates aguarda la llegada de Osorio Gutiérrez en el cruce de aquélla con la que en sentido transversal conduce del monasterio de San Salvador a la Puerta del Conde. Al cabo llega Osorio por el estrecho carral, nacido en la carrera del Arco del Rey[159], y el grupo de curiosos le rodea y pide detalles del suceso. En un momento desaparece el misterio y el interés que envolvía al incidente. Al despedirse de Ramiro le pidió autorización para entregar a doña Gunterode, su parienta, la casa de Santa Columba, en tierras de Galicia. La posee actualmente un tal Odoino; pero su protegida tiene las oportunas escrituras que justifican su derecho a ella. Para más afirmar su petición, puso por testigo de la razón que le asistía en la demanda al obispo Hermenegildo de Santiago, y, contra lo esperado, el monarca se negó a concederle el mandato preciso y ha enviado a su mayordomo en busca de Hermenegildo, camino de Santiago d...

Índice

  1. PORTADA
  2. PRÓLOGO
  3. ESTAMPAS DE LA VIDA EN LEÓN DURANTE EL SIGLO X
  4. Advertencia
  5. La ciudad y su historia
  6. El mercado
  7. La corte en León
  8. En vísperas de guerra
  9. Una casa y una corte
  10. Un yantar y una plática
  11. León después del siglo X
  12. Registro del plano
  13. APÉNDICES
  14. Apéndice I
  15. Apéndice II
  16. Apéndice III
  17. Apéndice IV
  18. ADICIONES A LA QUINTA EDICIÓN

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