La novela en México en el siglo XIX
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La novela en México en el siglo XIX

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La novela en México en el siglo XIX

Descripción del libro

En este libro se ofrece una vista panorámica, y con una visión particular, de la novela mexicana, desde Fernández de Lizardi hasta Federico Gamboa. A todos losautores aquí presentados los une el común denominador de ser novelistas y mostrar algún aspecto del nacionalismo; pero las diferencias que los separan son varias y profundas: abarcan desde la técnica de la escritura, que puede ir de la más desaliñada a la más pulida, hasta el punto de vista que va de lo regional a lo nacional, de lo rural a lo provinciano. Las formas también varían: se hace uso del romanticismo, del costumbrismo: se escriben novelas realistas y otras de pretensión naturalista.El resultado de la novelística decimonónica nos ha dejado un acervo grandioso de obras en que el nacionalismo variante, según el momento histórico, hace acto de presencia pura quedarse como huella innegable de la tarea y los propósitos de los escritores mexicanos, De esta manera, el trabajo que aquí se presenta es un breve recorrido por aquellas novelas que acusan un marcado nacionalismo como autodefinición de México y los mexicanos, desde la Independencia hasta las postrimerías del siglo XIX.

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Información

Presentación
El libro que el lector tiene en sus manos forma parte del esfuerzo académico y editorial que el Centro Interdisciplinario de Investigación en Humanidades (CIIHu) ha emprendido durante su primer año de existencia, con el apoyo de la Dirección de Publicaciones de nuestra máxima casa de estudios y de Bonilla Artigas Editores. La creación del CIIHu fue una respuesta a la necesidad de abrir, en la Universidad Autónoma del Estado de Morelos, un espacio específicamente centrado en el desarrollo de proyectos de investigación y difusión que fueran receptivos a la problemática actual de las humanidades. Nuestro proyecto académico parte de los enfoques más recientes en torno a los estudios en el área, que conciben a la teoría literaria, la lingüística, la filosofía y la historia como áreas de conocimiento inevitablemente vinculadas entre sí, bajo un esquema interdisciplinario amplio.
En este caso particular, el esfuerzo interdisciplinario se centra en el vínculo que une a la literatura con la historia, sin que ello deje a un lado la mirada crítica que el pensamiento filosófico posibilita. Ya desde la última década del siglo pasado el historiador mexicano Edmundo O’Gorman llamaba la atención sobre la necesidad de restaurar los lazos entrañables entre dichos oficios –literario, historiográfico y filosófico– que habían sido bruscamente separados por la excesiva especialización de las humanidades y el posterior desarrollo de las ciencias sociales. Al final de su vida, el octogenario maestro reclamaba a sus alumnos el regreso a una historia tan imprevisible como el curso de la propia vida. Es decir, que recuperara la dimensión subjetiva y humana de la experiencia temporal, y que explorara el mundo más en búsqueda de invenciones a interpretar que de realidades por descubrir. “Quiero –decía con una mezcla de amargura y esperanza– una historia de atrevidos vuelos y siempre en vilo como nuestros amores; una historia espejo de las mudanzas, en la manera del ser del hombre, reflejo pues de la impronta de su libre albedrío, para que en el foco de la comprensión del pasado no se opere la degradante metamorfosis del hombre en mero juguete del destino inexorable”.
Es precisamente en ese espíritu hermenéutico que entraña la obra de O’Gorman (quien se anticipaba así a los efectos del llamado “giro lingüístico” en nuestro país), que presentamos esta breve pero valiosa contribución de León Guillermo Gutiérrez a la historia literaria. La novela en México en el siglo XIX hilvana un trabajo de crítica textual con un ánimo de historización que conduce al autor a reflexionar en torno a las nociones de lo nacional y lo mexicano en el ámbito de la narrativa, a partir de un seguimiento diacrónico del desarrollo de la novela decimonónica.
Se trata pues de un ejercicio cercano al que realiza la nueva historia cultural, en la medida que se evidencian los parentescos que ligan íntimamente a la historiografía con la narrativa de ficción. Dicha intimidad se hace presente tanto en el caso de la novela histórica, como lo demuestran las obras emblemáticas de Heriberto Frías y Victoriano Salado Álvarez (que parecen emular incluso el talante episódico de las crónicas de sir Walter Scott, a quien se atribuye la paternidad del género), como en el de otras tradiciones literarias en las cuales dicha conexión con la narrativa histórica resulta quizá un poco menos obvia. Es el caso del costumbrismo con tintes picarescos de Fernández de Lizardi, cuya hipercrítica novela El Periquillo Sarniento, escrita en los umbrales del siglo XIX, inaugura el género novelesco en nuestro país. Ocurre lo mismo con el naturalismo que impregna la obra de Federico Gamboa, hablando específicamente de su novela Santa, que a decir de nuestro autor, representa el giro de tuerca hacia un nacionalismo que se ancla firmemente en el lenguaje simbólico. Así, la interpretación que aquí se expone, supera el lugar común que suele reducirla a una mexicanización forzada de sus referentes europeos (Naná, La Dama de las Camelias, Mimí Pinzón, etcétera). Si bien esta intertextualidad es más que evidente, León Guillermo Gutiérrez se ocupa de destacar los rasgos específicos que confieren originalidad a dicha obra: Santa –sugiere nuestro autor– ofrece con lujo de detalle a México y su significado dimensional de fines de siglo”.
Tales narradores, pese a sus evidentes diferencias de estilo y contexto, y junto a los otros muchos que se abordan en este volumen; comparten un constante afán de autodefinición. Esta identidad incipiente se describe, en principio, a partir de una conciencia de particularidad con respecto a la representación de la otredad extranjera (primero la española, más tarde la francesa, la estadounidense, etcétera). Por otra parte, este canon corresponde al empleo de los recursos narrativos derivados del romanticismo, que puede entenderse más bien como un ethos, puesto que su lenguaje trasciende los alcances atribuibles a la corriente artística en sí misma. De tal suerte, los novelistas estudiados echan mano de la subjetividad para concebir (o inventar, diría O’Gorman) escenarios plausibles en tanto verosímiles, que dibujan paisajes bucólicos, ciudades pintorescas o barriadas miserables, que recrean voces y reconstruyen sucesos entre ficticios y verídicos; y que al hacerlo dan cuenta inevitable de su propia historicidad: de la experiencia vivida, de los relatos escuchados y de los espacios habitados.
Observada en conjunto, desde la interpretación que en este estudio se despliega, la novela decimonónica mexicana tiende a ficcionalizar los acontecimientos del pasado, mientras apela a la construcción de una memoria común (fabricada con base en recuerdos, sí, pero también en olvidos y omisiones). Ello, paradójicamente, permite expresar verdades subjetivas, que son inaccesibles para la historiografía tradicional, fatalmente obsesionada por la objetividad que se atribuye a la evidencia y la infalibilidad del documento, así como por la búsqueda, siempre infructuosa, de “lo realmente acaecido”.
Es así como esta urdimbre de narrativas de impronta romántica contribuyó, en gran medida, a la construcción de una “identidad mexicana” que se fue delineando de forma cada vez más tangible, en la medida que avanzaba aquella convulsionada centuria. Y es precisamente en este punto donde se hace claro el porqué, al tratar de desentrañar el proceso que dio lugar a lo que hoy entendemos como nacionalismo mexicano, no podemos soslayar la polifonía que de este conjunto emana, entre la que resuena también la voz de la historia.
Beatriz Alcubierre Moya y Armando Villegas Contreras
(CA “Contramemoria y discurso marginal”)
Introducción
El 13 de agosto de 1521 representa no sólo la fecha del triunfo de los españoles o derrota de los aztecas; es el día que simboliza la gestación de un nuevo pueblo: el mexicano, producto de la amalgama de las dos culturas.
Desde los inicios de la Colonia existía una vida que sugiere el crecimiento de aspectos que denotan mexicanidad. Pero serán José Antonio Alzate y José Ignacio Bartolache quienes, en el siglo XVIII, pongan con sus escritos las bases para el proceso de la cultura y de la nacionalidad, como apunta Rafael Moreno: éstos hablarán con insistencia sobre el ‘cuerpo de la nación’, la ‘nación’ y la ‘patria’ como términos correlativos que responden sin duda al sentimiento de que México es una nueva entidad, con las características ya de una patria.
La expresión de la nueva cultura se va a manifestar en múltiples aspectos, pero la novela en la Colonia era no menos que reprobable. La Cédula Real del 4 de abril de 1531 prohibía la entrada de textos, como el Amadís, con el fin de no promover historias fantásticas entre los indígenas. Esta prohibición permaneció vigente hasta que se promulgó la Constitución de Cádiz, en 1812. Cuatro años más tarde, José Joaquín Fernández de Lizardi daría a México, y a Hispanoamérica, la primera novela del Nuevo Mundo. Hombre liberal y comprometido con sus ideales, en esta primera obra, con un gran sentido de nacionalismo, presenta una realidad de México con propósitos reformistas. Fernández de Lizardi no sólo nos dio la primera novela en este género, sino que fue el primero en indagar y explorar sobre nuestra identidad.
La independencia de México se consuma en 1821, a escasos cinco años de la publicación de la novela de Fernández de Lizardi, El periquillo sarniento. En sus páginas permea la existencia de un nacionalismo en proceso. Durante cincuenta años este nacionalismo se forjará dentro de guerras internas e invasiones extranjeras que arrojarán finamente una verdad irrefutable: México es una nación. Antes de la llegada de Porfirio Díaz al poder, el ruido de las espadas y las balas era la nota musical de todos los días, pero también la tinta corría por el papel. Armas y plumas perseguían el mismo fin: defendernos y mostrarnos ante el mundo con las singularidades que nos eran propias.
Dos sucesos en el siglo XIX serán claves para mostrar en toda su amplitud el nacionalismo mexicano: la Guerra de Reforma y la intervención francesa. El resultado de estos trances dolorosos no dejará lugar a duda de la presencia de los valores arraigados de una nación independiente que no estará dispuesta a ser gobernada por leyes que privilegien únicamente los intereses de la Iglesia católica y de los conservadores, o dirigida por gobiernos extranjeros: soberanía, laicidad y liberalismo triunfan.
Aunque anterior a estos eventos ya se habían publicado novelas de inconfundible firma mexicana, es Ignacio Manuel Altamirano quien, por primera vez en la historia de las letras mexicanas, propone un programa de literatura nacional sentando las bases de los fines utilitarios de la novela misma. Altamirano llenará el escenario de la literatura nacional durante dos décadas, y ya sembradas las raíces del nacionalismo y de la novela, crecerá el número de escritores de este género, quienes tomarán la pluma con la conciencia de la creación artística que implica su elaboración, y no sólo como un pasatiempo de ociosos, dando paso a las primeras novelas de verdadero valor literario.
En este trabajo se ofrece una vista panorámica, y con una visión particular, de la novela mexicana desde Fernández de Lizardi hasta Federico Gamboa. A todos los autores aquí presentados los une el común denominador de ser novelistas y mostrar algún aspecto del nacionalismo; pero las diferencias que los separan son varias: abarcan desde la técnica de la escritura, que puede ir de la más desaliñada hasta la más pulida; el punto de vista que va de lo regional a lo nacional, de lo rural a lo provinciano. Las formas también varían: se hace uso del romanticismo, del costumbrismo, se escriben novelas realistas y otras de pretensión naturalista. Pero algo realmente significativo es la enconada lucha que los novelistas librarán para salvarse de las influencias europeas, aunque, en muchos casos, rendidos imitan a españoles y franceses (la mayoría de ellos); otras veces salen airosos.
Influenciados o no, el resultado de la novelística decimonónica nos ha dejado un acervo grandioso de obras en que el nacionalismo variante, según el momento histórico, hace acto de presencia para quedarse como huella innegable de la tarea y propósitos de los escritores mexicanos. De esta manera, el trabajo que aquí se p...

Índice

  1. 1ª de forros
  2. Portadilla y página legal
  3. Contenido
  4. Presentación
  5. Introducción
  6. El nacionalismo como autodefinicióny su incorporación en la novela mexicana
  7. Independencia y orígenes de la novela:¿quiénes y cómo somos?
  8. Cinco de mayo. En defensa de la patria
  9. El proyecto de literatura nacional romántico
  10. La dictadura: realismode una identidad fragmentada
  11. Fines de siglo: naturalismode las máscaras de un mismo rostro
  12. Conclusiones
  13. Bibliografía
  14. Sobre el autor
  15. Colofón
  16. 4ª de forros