
- 502 páginas
- Spanish
- ePUB (apto para móviles)
- Disponible en iOS y Android
eBook - ePub
Descripción del libro
Hace ocho siglos que cayó el Segundo Imperio Hispano y buena parte de los sistemas estelares dominados por los humanos son pasto de la anomia. El férmido Adhún, un diplomático harto de las guerras, tira los dados siguiendo los preceptos de su religión: el Álamut. El destino que le marcan los números parecen apuntar a un planeta remoto de las Nuevas Colonias. Mientras, el humano Sento Baroja, capitan de La Malinche, emprende un viaje con idéntico destino junto a su amante y un exéntrico alienígena. Lo que no imaginan es que el Universo tiene un plan para ellos o, lo que es peor, ningún plan en absoluto.
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Información
Categoría
ArtCategoría
Art General¿Una hoja
volviendo a su rama?
Era una mariposa.
Año 1213 después de Newton
Mirar y ver no son lo mismo. Lo sabía mirando aquel cielo infestado de estrellas. Lo miraba porque él era una singularidad, capaz de hacerlo. Él era una conjetura, la idea de que en algún momento el inasible tiempo había dispuesto ciertas moléculas de una peculiar forma: la de observarse a sí mismas. Y tranquilo veía, sentado en paz con sus adentros, consciente de su propia existencia.
Veía otra realidad distinta a la de las mentes mundanas, confusas con el ajetreo de su supervivencia: que no era diferente de aquello que miraba. En palabras de uno entre tantos maestros, que era una fracción del cosmos observándose a sí mismo; tras infinidad de irrelevantes variaciones termodinámicas.
E iluminado, idolatraba aquella configuración que le permitía ser lo que siempre había sido y lo que en aquel momento era. Él, como sujeto, comprendía una porción de todo cuanto existe.
Tras décadas de práctica, Adhún lo sabía. Respiraba calmado conforme el viento mecía el vello de sus antebrazos desnudos, que salían de su túnica, prima materia como todo lo demás. Todo su cuerpo, frente a un risco, disfrutaba igual que lo hacían la tierra o el cielo. Su vida no era otra cosa distinta del hálito eterno de todas las existencias.
—¡Férmido! —le llamó el centinela, pues Adhún era un férmido, de la tribu de los Éndil, criado entre océanos de paz y perspicacia.
Los lustros le habían enseñado a hablar con la apariencia. No tuvo que moverse para que el soldado, otra parte indistinta del universo (algo más ajetreada), marchase de vuelta a una de las tiendas grandes del campamento, arrastrado por el magnetismo obligatorio de sus superiores.
El monje parpadeó, volviendo a la vida subjetiva, y acompañado por la bóveda celeste emprendió el retorno, alimentando su consciencia con el crujir de los guijarros conforme sus pies caminaban livianos; las briznas de luz de un par de farolas; el canto de un grillo flotando en el éter; los gritos sombríos de una guerra infame.
Estaba convencido de que la imbecilidad era infinita. Algún idiota, en su sapiencia, le había vuelto a robar la nave. Había estado dudando sobre quién era el verdadero inútil, pero concluyó que esa pregunta no se podría resolver hasta que alguien muriese, permitiendo a la otra parte disfrutar la totalidad del vehículo.
En medio de un desierto con accesos de vegetación, poblado de felinos hambrientos, Sento Baroja caminaba enfadado. Tenía la ropa manchada desde la boina hasta las botas por las hienas que casi lo devoran, la cantimplora vacía y los labios fruncidos.
—Los Úldar... —se decía.
»Esos culos de mono van a pagar por los pecados de sus padres, y de sus abuelos, y del capullo que los puso en una lata y los hizo llegar hasta aquí.
Enervado palpaba su pistola de sal, incapaz de disparar algo más que cristalillos tiznados de veneno. Repasaba la empuñadura rugosa y fantaseaba con que, reconfigurados, los cartuchos inocentes diseñados para su uso en gravedad cero serían capaces de cargar perdigones de plomo envilecido. Pero, por el momento, el poder de su arma no era mayor al de su argucia.
—Visto de otro modo, con toda esa pólvora y metal dentro... —volvía a decirse notando la cabeza caliente por el sol.
»El cañón explotaría y tendría que matarlos con mis propias manos, o hacerles tragar la empuñadura, o matarlos a golpes con la empuñadura, o hacer explotar la empuñadura y…
—¡Céntrate! —le gritó una alucinación.
Del horizonte brotaba el rumor turbio de un motor que se aproximaba, un rugido uniforme y creciente que le pareció el de un dragón cazando en sus dominios. A lo lejos, una bruma terrosa deformaba las colinas.
El capitán sin navío frunció toda la cara en un intento por que el agua le llegase hasta el cerebro. Tras exprimir la imaginación drenada por el sol lacerante, concluyó que aprovecharía el mediodía y su mono anaranjado para que le tomasen por una piedra. En la parte baja del desfiladero, un montón de ellas impedía el paso a los trabajadores locales, como de costumbre.
—¡Piensas claro, sin fisuras! —se felicitó, planeando visitar cualquiera de entre la media docena de oasis que le rodeaban.
Presto y descuidado, Sento corrió a esconderse mientras comprobaba que un par de cartuchos siguiesen en la recámara.
Un todoterreno no tardó en llegar y frenar ante un obstáculo geológico de proporciones tócate-los-cojones-escas. Parecía como si el demiurgo universal hubiese querido vengarse en forma de desprendimiento. Las rocas cortaban el paso, afiladas e inmensas, cubriendo la trazada por encima de la línea del parachoques. Conductor y copiloto salieron con palas, pidiendo a la Providencia no tener que usar más que eso. Sus barrigas nutridas, espesas, tensaban las camisetas. Los densos muslos amenazaban con rajar el denim de los pantalones.
—Tú empieza por ahí que yo empezaré por allá.
—Creo que da lo mismo, jefe.
—Daría lo mismo si no me importase tanto tenerte menos cerca.
El mozo secundario agitó la cabeza sin entender a su mandamás, y se dirigió aturullado a cumplir con la orden.
—Marlo —dijo Claudio, perdiéndose entre un montículo a la vera del paso.
—¿Qué quieres?
—Eso no sé lo que es.
—¿Qué quieres? —repitió Marlo, más cabreado.
—Eso de ahí, jefe, eso.
El capataz resopló y curvó la espalda hacia atrás antes de ir en busca del inepto.
Un bulto tapioca, como un culo estampado, descansaba tras una roca inmensa que marcaba el final del camino y el aparente principio de la caída de piedras. Semisoterrado y con el aspecto de un fardo estrellado desde la ionosfera, no les pareció de origen mineral. Sito en su propia hondonada, lo mecía el viento ardiente.
Los dos encargados contemplaban el textil, boquiabiertos como de costumbre, sus barbas arrítmicas colmándose de sudor, hasta que Marlo rompió el silencio:
—Quizás lo mueva el viento. ¿Has visto qué lleva dentro?
—No es una bolsa…
—Parece que viene de arriba.
—De arriba, ¿arriba?
—Sí, mendrugo. No es la primera vez que un avi...
Índice
- Créditos
- Dedicatoria
- Comienzo