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Mujeres viajeras
Política, derechos y aventuras desde miradas pioneras 1864-1920
- 209 páginas
- Spanish
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Descripción del libro
En la Antigüedad, mientras los hombres se lanzaban a empresas de exploración y conquista, las mujeres permanecían inmóviles en su hogar. El Medioevo les otorgó una forma de viaje permitido: la peregrinación a los Santos Lugares. Durante el Renacimiento, artistas e intelectuales humanistas viajaron a Italia para tomar contacto con la cultura clásica, anunciando los Grand Tour, las giras educativas por Europa que en el siglo XVIII realizarían los jóvenes aristócratas británicos. Esos itinerarios estaban reservados a los varones, por entonces las mujeres sólo podían desplazarse como acompañantes de sus maridos. Aun desde ese lugar, el viaje les abrió nuevos horizontes. Dejaron de ser espectadoras pasivas de los desplazamientos de otros para convertirse en observadoras de nuevas dimensiones espaciales y emocionales, e incluso en narradoras que exploraban la propia subjetividad: su mirada curiosa empezó a transformarse en literatura de viaje, un género en el que se amalgamaba el propósito testimonial con el registro privado, íntimo, de la autobiografía, el diario o las cartas que reponían la experiencia personal.
El momento de cambio en el siglo XIX vino con la descolonización y la creación de nuevos estados, en coincidencia con el surgimiento del feminismo. Las mujeres ya no escribieron recluidas en sus casas o en los conventos, y durante el avance hacia la emancipación civil y política que alcanzarían en la centuria siguiente, reseñar sus viajes fue una manera de apropiarse de ciertos derechos exclusivos de los varones. Accedieron así a la escritura como profesión y, en consecuencia, a la esfera pública. Estas escritoras proyectaron en sus narraciones la imagen que tenían de sí mismas.
Como nos muestran las protagonistas de este libro, en cada caso las motivaciones personales enmarcan el relato. Son, en su mayoría, las de la burguesía trotamundos: huir de la realidad cotidiana, ir en busca de aventuras, lograr la realización personal, escoltar al marido. Entre ellas hay una militante anarquista que escapa de la persecución política. Para unas, la Argentina es el punto de partida. Para otras, el lugar de destino. Sus miradas y sus voces son plurales. El viaje las impulsa a recrear el itinerario en la memoria, para escribirlo, para invitarnos a recorrerlo junto a ellas.
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Información
Categoría
LiteraturaCategoría
Colecciones literariasEduarda Mansilla
Viajera distinguida en “Yankeeland”
En la literatura de viajes escrita por mujeres argentinas, Eduarda Mansilla es pionera. En mayo de 1880 sus Recuerdos aparecieron como folletín en La Gaceta Musical. En 1882 –veinte años después del viaje que relata y diez años antes de su muerte– se transformaron en libro: Recuerdos de viaje. La portada de la edición original indica que se trata del “Tomo primero”, el que comienza con el relato de su llegada desde Europa a los Estados Unidos cuando empezaba la Guerra de Secesión y concluye cuatro años más tarde, cuando los acontecimientos políticos de la Argentina obligaron a Eduarda y su familia a partir: “... fue menester decir adiós á Yankeeland para volver al Viejo Mundo. Con el andar de los tiempos, aquel adiós resultó ser tan sólo un hasta la vista. En un segundo tomo contaré mis impresiones de esa vuelta á la triunfante Union Americana”, anuncia la autora. Sin embargo, nunca escribió ese prometido segundo tomo.
Cuando el libro –escrito a instancias de sus amigos– se publicó en Buenos Aires, el nombre de Eduarda Mansilla era reconocido en los círculos culturales porteños desde hacía dos décadas. Había publicado dos novelas, el primer libro argentino de cuentos infantiles, y había colaborado con distintos diarios y revistas.
Hija de Agustina Ortiz de Rosas –hermana menor de Juan Manuel de Rosas– y el general Lucio N. Mansilla –héroe de la Independencia–, y hermana del destacado escritor y militar Lucio V. Mansilla, Eduarda tuvo acceso a una educación poco usual para las niñas de la época, que hizo de ella una mujer ilustrada, melómana y políglota. En la infancia, durante el bloqueo anglofrancés, ofició de traductora entre Rosas y el representante de Francia, y más tarde, durante su estadía en París publicó en francés una novela –Pablo ou le vie dans les Pampas– que mereció el elogio de Victor Hugo.
Su temprano interés por otras culturas y por el aprendizaje de otras lenguas la preparó para el rol de mediadora cultural que desempeñaría a raíz de su casamiento con Manuel Rafael García Aguirre. Hijos de familias políticamente enfrentadas, Eduarda y Manuel fueron equiparados con Romeo y Julieta. Depuesto Rosas, el marido de Eduarda fue representante diplomático de la Argentina en Europa.
Allí se encontraba en 1860, cuando le encomendaron una misión en los Estados Unidos, adonde se trasladó acompañado por su familia. Ese mismo año se editó por primera vez un libro escrito por Eduarda, El médico de San Luis. Unos meses después, el diario La Tribuna comenzó a publicar como folletín su novela Lucía Miranda. Las dos obras aparecían firmadas por “Daniel”: hacer de la escritura un acto público requería de una mujer valentía y también ciertos recaudos. Ante todo, reafirmar que no desplazaba a la maternidad y la familia –tradicionales atributos femeninos–, sólo se sumaba a ellos.
Eduarda viajaba cumpliendo con su deber, “seguir a su marido dondequiera que fije residencia”, para administrar el hogar nómada de un representante diplomático. En virtud del matrimonio obtenía los beneficios de ser “extranjera distinguida”, conocía lugares, se relacionaba con personajes ilustres, tenía acceso a otras culturas. Pero a diferencia, por ejemplo, de su propio hermano Lucio Victorio, era acompañante, no se desplazaba libremente por el mundo. Y era mucho lo que se esperaba de ella. Además de criar bien a sus hijos, para favorecer la imagen de su país tenía que dar muestra de su savoir faire.
Mientras acompañaba a su esposo en sus destinos diplomáticos, Eduarda Mansilla se desenvolvió con pericia, combinando recato femenino con una cuota de osadía. Frecuentó los más elevados círculos de la cultura y la política. Conoció a Abraham Lincoln. Fue recibida en la corte de Napoleón III y en la de Francisco José de Austria. En su salón recibió a Victor Hugo. Perfeccionó sus conocimientos musicales con Jules Massenet y Charles Gounod.
“Los talentos de su señora deben servirle mucho en Washington donde deberá establecerse”, recomendaría Sarmiento a García en 1868, al nombrarlo ministro plenipotenciario en los Estados Unidos (motivo del regreso de la familia García Mansilla a ese país). La señora de García colmó una vez más las expectativas, hizo gala de su encanto, de su sagacidad, de sus conocimientos, de sus dones musicales. Pero no olvidó que era escritora.
En 1879 llegó a Buenos Aires para hacer una visita a su madre. Su estancia se prolongaría cinco años. Quería dedicarse a escribir. Agustina Ortiz de Rosas apoyó su audaz decisión, que implicaba dejar en Europa marido e hijos al cabo de veinticinco años de matrimonio. Tal vez la propia experiencia norteamericana había influido en la decisión de Eduarda, insólita para una mujer de su época y sus valores familiares: en los Estados Unidos había conocido “damas muy distinguidas, que, después de divorciadas de su primer marido, por causas que ignoro, habían contraído matrimonio con el Master tal, bajo cuyo nombre yo las conocí, sin desmerecer por eso en la sociedad”, comenta en sus memorias de viajera.
A partir de ese momento la escritura dejaría de ser sólo un plus. El médico de San Luis aparecía ahora firmado con su nombre. Su regreso a la Argentina anunciaba un punto de inflexión en su vida. Los Recuerdos lo evidencian, en primer lugar, porque Manuel García está visiblemente ausente en casi todo el libro.
Como en una de sus tertulias, con agudeza, con saber mundano, Eduarda “dialoga” con los lectores sobre política, historia, arte, cultura, sociedad. Es una causeur que en su amena charla ofrece descripciones de la vida doméstica –la esfera de lo femenino– y de la sociedad y la política, espacios tradicionalmente masculinos. Así cautiva a hombres y mujeres.
Si en Pablo se proponía presentar la Argentina a los extranjeros, estas memorias de viaje intentaban ser una guía para los argentinos de la generación del 80 que, como ella, tuvieran el privilegio de viajar a la nueva metrópoli, los Estados Unidos. Eduarda reflexiona, opina, enuncia un juicio individual sobre los temas que interesan a su clase social desde su lugar de viajera experimentada. Explícita o implícita, su función de intérprete entre culturas –europea, norteamericana, argentin...
Índice
- Portadilla
- Legales
- Eduarda Mansilla. Viajera distinguida en “Yankeeland”.
- Lina Beck-Bernard. Claroscuros de la vida en Santa Fe.
- Juana Manso. De los Estados Unidos a Cuba.
- Florence Dixie. Hazañas en la Patagonia.
- Katherine Dreier. La mirada de una sufragista norteamericana.
- Ada Elflein. Una maestra precursora del turismo aventura.
- Juana Rouco Buela. Cuando es forzoso partir.
- Bibliografía
Preguntas frecuentes
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