El emperador, soy yo
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El emperador, soy yo

Una infancia en el autismo

  1. 88 páginas
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El emperador, soy yo

Una infancia en el autismo

Descripción del libro

Autista, afectado por el síndrome de Asperger, Hugo Horiot da testimonio de sus vivencias, de su diferencia, de sus dificultades para expresarse, de su deseo decambiar, hasta querer ser otro, y cambiar de nombre.Este libro es una historia verdadera. El autorretrato de un niño encolerizado, que libra una guerra sin piedad contra sí mismo y contra los demás. Un niño autista Asperger.Hoy, la fractura del autismo ha pasado. El guerrero de los brazos desnudos se ha convertido en un adulto sereno. Y, entonces, decide zambullirse de nuevo en la infancia. Nos arrastra con él, capítulo tras capítulo. Tiene cuatro años, ocho años, doce años. Tiene miedo. Se golpea contra el absurdo de una vida como una mariposa contra una lámpara.Es claro, justo, extraño, cruel a veces. Se ahogan las lágrimas y la ternura brota como el relámpago.Un texto fascinante en la línea de los grandes relatos sobre el autismo. Y sobre la condición humana.

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Información

Año
2014
ISBN de la versión impresa
9788499883601
ISBN del libro electrónico
9788499883779
Edición
1
Categoría
Psychology

I. Big Bang

Cifras y letras en las estrellas

Me llamo Julien. Julien Hugo Sylvestre Horiot, pero me llaman Julien. Tengo cuatro años. Soy muy bueno. Demasiado bueno. Cuando algo no me gusta, monto en cólera. Demasiado en cólera. Grito. Grito, aunque sin palabras.
No hablo.
Hago, a menudo, gestos repetitivos. Las ruedas me gustan especialmente. Sin duda porque la Tierra gira sobre sí misma, porque la Luna gira alrededor de la Tierra, que gira alrededor del Sol. Eso me lo dijo mi padre. ¿Pero alrededor de qué gira el Sol? Eso no me lo dijo. ¿Porque no se lo he preguntado, tal vez? De todos modos, nunca pregunto nada a nadie. Conozco el orden de las letras. Sé incluso cómo se fabrican palabras con ellas, me lo ha enseñado mi madre. Juntos, dibujamos el alfabeto y las cifras en la pared de mi habitación. También sé contar. Hasta muy lejos y muy deprisa. Puedo estar contando en mi cabeza todo el día si quiero. Sin detenerme. Pero no hablo, ni siquiera a mi madre. El único con quien me tomo el trabajo de hablar es mi peor enemigo: Julien. Únicamente cara a cara y cuando estoy solo con él. Le odio. Voy a matarle.
Sé muy bien que voy a morir. Todo eso continuará sin mí. Y no renaceré. Así no.
En resumen, tengo cuatro años y así estoy.

Las ruedas y yo

Giran las ruedas de los cochecitos. Gira la rueda del arado del tractor. Giran los tiovivos. Giran la Tierra, el Sol y los astros.
Yo hago girar ruedas. En cuanto puedo, todo el día. El mundo gira, de modo que giro. Marco el pulso del tiempo que pasa. Sé muy bien que si girara más deprisa, el tiempo no se aceleraría. De modo que mantengo una velocidad constante. Velocidad de crucero. La que mejor se adecua a mi brazo, a mi cuerpo. Sin duda, la misma velocidad de mi pulso. Así, mi corazón late al ritmo de la Tierra que gira. El resto del universo gira igualmente, formando así el infinito que sin duda es cosa de círculos y esferas que giran los unos en los otros, creando así el movimiento de la vida hecho de nacimientos, de muertes y de renacimientos.
Sé muy bien que voy a morir. Todo eso continuará sin mí. Y no renaceré.
Hoy, salimos. Mi madre me ha puesto la camisa blanca satinada y el pantalón de pana azul. Me siento bien. En la plaza del pueblo hay un tiovivo... que gira. Nunca he visto una rueda tan grande. Salvo la Tierra, pero la Tierra es tan vasta que no la sentimos girar. Es mi gran frustración. Me gustaría tanto sentir su movimiento. ¿Seré capaz de eso algún día? ¿Aceptará ella revelarme su secreto? Tengo cuatro años y todavía no sé lo que hay en el centro de la Tierra.
Nadie lo sabe exactamente. Esta situación no es sostenible. Rabio. Paciencia.
Te amo Tierra. ¿Me corresponderás? Creo que sí. Espero que sí. ¡Será que sí o nada!
Heme aquí en posición de partida sobre esa gran rueda. Ya está, estoy en el tiovivo. El movimiento se inicia. Y hete aquí que también yo giro. ¡Por fin! ¡Giro! Observo la columna central cubierta con un mosaico de espejos en los que danzan los reflejos de la luz y del movimiento. Contemplo el exterior; el resto del mundo desfila. ¡Por fin! ¡Me muevo con la Tierra! Mi mirada vuelve al centro y se fija en el mecanismo del eje central. Algunas ruedas giran en sentido inverso al del tiovivo para arrastrarle en su rotación. En este momento me pregunto si el núcleo de la Tierra... Pero entonces mi madre toma mi mano y la posa en las crines del caballo de madera.
¡Quita tu mano!
¡Estoy pensando en cosas importantes! ¡Más importantes que el caballo de madera! Es muy hermoso ese caballo de madera, pero ya tengo uno en casa. ¡Uno parecido! ¡Me importa un pepino el caballo de madera! ¡No es él el que hace girar el tiovivo!
Pongo de nuevo, rápidamente, la mano en la barra de hierro que se mueve también, aunque de arriba a abajo. Movimiento regular que marca el pulso del mundo. Ya está. Estoy en el movimiento. Estaba diciendo que es... ¡Ah, sí! ¿Y si el núcleo de la Tierra girara también al revés? Mi mirada se dirige de nuevo hacia el exterior. Soy como la Luna o como uno de los numerosos asteroides y satélites que giran alrededor de la Tierra. Comienzo a hacer un ruido de motor con mi boca que no habla. El mismo ruido de motor que hace el tractor. Ya está. Soy la máquina, soy el tiovivo. La Tierra gira en mí y yo giro en ella. ¡Por fin! ¡Algo ocurre!
Formamos una sola cosa.
Pero me arrancan del tiovivo. Es el hombre de la feria, el gran mecánico de este mundo. Me siento desgarrado. Regreso a mi cochecito. Regreso a la casilla de salida. El tiovivo gira sin mí. Conservo esta sensación en lo más hondo de mí mismo. Sensación de la gravedad, sensación de la fuerza centrífuga. He tocado el infinito, he tocado la eternidad.
Un día regresaré a ellos.

El tractor

En casa, hay un tractor. Anaranjado. Mi padre me lleva a menudo encima. Vibra, hace ruido, un ruido tan regular y permanente que acabas por no oírlo. También las vibraciones son regulares, casi como un gato que ronronea. Estoy sentado en las rodillas de mi padre, que está sentado en el asiento del tractor. Juntos somos el tractor, labramos la tierra con el rotovator, trazamos surcos con la rastra y, de vez en cuando, cortamos las altas hierbas del prado con el triturador giratorio. A veces, bajo del tractor, encuentro una rama. Es preciso, sobre todo, que la punta de la rama se divida en varias garras, de lo contrario la cosa no puede funcionar.
Voy así, arrastrando mi pequeña rastra tras de mí y emitiendo el ruido del tractor con mi boca que no habla. Soy el tractor; más pequeño, pero un tractor de todos modos. Trazo surcos, muy paralelos a los que traza mi padre. Ida y vuelta, varias veces, por toda la superficie del huerto. Son unos surcos muy pequeños, pero sé que le ayudo. No hablo, pero estoy con él.

Las tuberías

Me gustan las tuberías. Sus sutiles sonidos. Lejanas resonancias. Bajo el lavabo del cuarto de baño, hay. También podría agacharme bajo el fregadero de la cocina, pero hay allí demasiada agitación, demasiadas luces y demasiados olores. Silencio, calma, inmovilidad son indispensables para escuchar las cañerías. Ruidos de sumidero... Las tuberías eructan, gorgotean y dormitan. El grifo del lavabo, justo encima de mi cabeza, está sin embargo cerrado. Mi madre está a mi lado, de modo que sé que no procede tampoco de la cocina, sino de más lejos aún. Lo que oigo al pegar mi oreja puede proceder del otro extremo del mundo. No quiero perderme nada. Las tuberías llegan siempre muy lejos. También sé eso, pues veo donde empiezan, pero nunca adonde llegan. ¿O acaso es el extremo que sobresale, y lo que no es visible en su inicio? Me inclino más bien por esta solución, puesto que el agua brota del grifo y no al contrario. La fuente debe de estar muy lejos, detrás del muro, bajo nuestros pies, hundida en la Tierra.
Las tuberías no ascienden al cielo, también me he fijado en esto. Todas descienden por la Tierra. Todas las tuberías de la Tierra están unidas unas a otras y forman la gran red. Estoy seguro de que, si cavamos, las tuberías se reúnen para formar tuberías más grandes que ellas, que a su vez forman tuberías más grandes aún, y así sucesivamente. Tal vez llegan a reunirse, incluso, en una sola tubería, enorme, gigantesca, de varios kilómetros de largo. ¿Y adónde va esa inmensa tubería? Sin duda al centro de la Tierra. Hacia el interior, lo más lejos posible en el interior. Sé que los arroyos forman afluentes que forman los ríos que desembocan en el mar que, a su vez, se entrega al océano. El océano cubre más de las tres cuartas partes de la Tierra, al igual que el agua en el cuerpo humano. Cuando miro mi brazo, veo venas que se reúnen para formar otras venas más gruesas. Fue mi padre el que me dijo todo esto. Es médico. Sé, pues, que ha visto ya a la gente desde dentro. Me ha dicho incluso que en nuestro interior existen tripas. Sobre todo en el vientre. En medio.
Tripas-tuberías. Es lo mismo. Y en nuestro cuerpo, todo se reúne en el vientre, en medio, como las tuberías que se unen en la Tierra. Lógico. Los humanos y la Tierra proceden todos de la misma materia: del polvo de estrella. Eso también me lo dijo mi padre. Mamá me dijo que antes yo estaba en su vientre, en medio. Además, eso ocurre con todos los niños. Quiero regresar allí, pero para ello sería necesario encontrar una tubería lo bastante grande, o tal vez que le abriera el vientre, pero si lo hago va a dolerle mucho y eso la matará. De modo que no tengo elección. Es preciso que vaya al centro de la Tierra.
En el patio, ante la casa, hay un pozo. De vez en cuando, mi padre desciende por él para ir a abrir o cerrar grifos. Yo no puedo ir porque la tapa de metal que cubre la boca del pozo es demasiado pesada. Los barrotes de la escalera de hierro clavados en la tierra están demasiado espaciados para mí y, si me meto dentro, me ahogaré. No morir, sobre todo, antes de haber llegado a destino. Ni hablar. El fracaso es impensable.
En el bosque que rodea nuestra casa, hay grutas. Estas grutas no tienen galerías; no son naturales. Las construyeron los hombres. En su tiempo servían de fresqueras. Mi padre me ha contado a menudo historias de espeleología. De antes, de cuando descendía en la Tierra. Ha ido muy lejos, a mucha profundidad. Me ha hablado de abismos, de galerías, de ríos subterráneos. También me ha hablado de catedrales enterradas. Descubrió una que no lleva su nombre, sino el de su compañero que nunca volvió a subir. Me ha enseñado también unas piedras raras que trajo de las profundidades. Y sin embargo, a pesar de todos sus viajes por las entrañas de la Tierra, ni siquiera él ha podido nunca encontrar el centro, el núcleo, el medio.
Mi padre está de viaje. No tiene tiempo para llevarme al interior de la Tierra. Además, ya no va. Y me digo que incluso si algún día me llevara, querría protegerme de todos los peligros. Acabaríamos volviendo a la superficie. ¿Y entonces yo, que soy tan pequeño, cómo voy a hacerlo? ¿Esperar a ser mayor?
Demasiado tiempo. He tomado la decisión. Será el vientre de mamá.
No quiero matar a mamá ni hacerle daño al abrirle el vientre, de modo que tengo que hacerme otra vez infinitamente pequeño. En fin, voy a dejar de comer, pues, comeré justo lo esencial para no morir. Solo sopa, líquido y queso blanco. Ni carne ni pescado ni pasteles ni bombones. No masticar nada. Tal vez acabe por no tener dientes, como los recién nacidos. Y eso querrá decir que estaré en el buen camino. Nada de humo en mi plato. El humo es exceso de aire. Si trago ese humo, puedo hincharme... como un globo. Y los globos estallan. Bastante aire inspiro ya para permanecer vivo. Sin embargo, debo intentar espirar más de lo que inspiro. Permanecer en apnea también, cuando puedo. El menor oxígeno posible. El mínimo vital. Como los cosmonautas o submarinistas. Pero... ¡cuidado! Sobre todo no morir antes de haber llevado a cabo mi misión. Y mi misión es regresar al vientre de mamá. Es la regla que me he fijado y la seguiré hasta el final. Hasta la victoria, hasta el éxito.
Es importante no hablar. Si hablo, creceré. Si hablo, puedo dar indicios. Si hablo, puedo traicionarme. Nada de riesgos inútiles. Debo mantener el control de la situación. Este plan debe permanecer secreto. Ni siquiera mamá debe saberlo porque ignoro si estaría de acuerdo. Cuando llegue el momento adecuado, cuando yo esté listo, entonces, y solo entonces, actuaré por sorpresa, a la velocidad del relámpago.
Recuperaré mi reino perdido.

Verde embaldosado brillante

La puerta se abre sola. Siempre me he preguntado cómo funcionaba esto. Más tarde me dirán que la cosa se llama un ojo mágico. El ojo te ve y abre la puerta... como por arte de magia. Hay un gran felpudo negro cubriendo el suelo de la pequeña sala que atravesamos. Es un compartimento de entrada. Luego, otro ojo mágico nos ve y abre una segunda puerta, idéntica a la primera. Llegamos a una gran estancia: el vestíbulo. A nuestra derecha, hay mujeres detrás de unos cristales tecleando en unos ordenadores. Pero nosotros vamos a la izquierda. El embaldosado es verde y brillante, con algunas nervaduras blancas, pero no es mármol. Estoy seguro. Está limpio. Demasiado limpio. Mamá va conmigo. Me coge de la mano o me lleva. A veces estoy en un cochecito, eso es lo que prefiero.
Ascensor, pasillos, suelo blanco. Es el mismo embaldosado pero blanco, con pequeñas nervaduras grises. El mismo suelo, otro color. El mismo lugar, otra zona. En este corredor hay muchas puertas. Idénticas todas. Nos detenemos ante una de ellas, siempre la misma, a veces está abierta. Llegamos a un despacho sombrío; persianas bajadas, luz filtrada. Un lugar donde te aburres. El suelo ha vuelto a cambiar. Ahora es una moqueta azul. Hemos llegado a destino. Entonces debo verificar el suelo que va a soportarnos mientras estemos ahí. Algunos temen que el cielo caiga sobre su cabeza, yo tengo miedo de que el suelo se derrumbe bajo nuestros pies y nos aspire. Es normal: ignoro lo que hay debajo. Me tumbo para sentir el suelo con todo mi cuerpo y aplicar en él todo mi peso. Es una buena técnica: cierta vez vi un documental sobre una pareja de exploradores que caminaba por los volcanes. Allí, el suelo es muy peligroso. El marido siempre pasaba primero. Dado que era dos veces más pesado que su mujer, ella sabía entonces que podría seguirle sin riesgos por donde él caminaba. Pero, cuidado: sobre todo exactamente siguiendo sus pasos, para evitar una muerte probable. Lo contrario no era posible.
Una vez, mamá me dijo que tuviera cuidado con los ascensores y verificara siempre con un pie, como cuando se evalúa la tempe...

Índice

  1. Cubierta
  2. Portada
  3. Créditos
  4. Sumario
  5. Dedicatoria
  6. Epígrafe
  7. I. Big Bang
  8. II. Cenizas y ruinas
  9. III. Los años negros
  10. IV. El teatro y la transgresión
  11. Epílogo
  12. Postfacio
  13. Contracubierta

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