Apología de Sócrates
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Apología de Sócrates

  1. 96 páginas
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Apología de Sócrates

Descripción del libro

Sócrates (siglo V a. C.) no es un filósofo convencional. Participa en la vida pública, y en varias batallas demuestra ser un ciudadano ejemplar. Su facilidad para descubrir la ignorancia lo hace molesto ante muchos, que lo acaban acusando falsamente de traición al Estado. Sócrates aprovecha la ocasión de su defensa para dar una lección de entereza y dignidad.

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Información

Año
2014
ISBN del libro electrónico
9788432144622
Categoría
Literature
Categoría
Literary Essays
PLATÓN
APOLOGÍA DE SÓCRATES
I. SÓCRATES RESPONDE A LAS ACUSACIONES
Yo no sé, atenienses, qué impresión habrá causado en vosotros el discurso de mis acusadores. He de reconocer que tan persuasiva ha sido su manera de hablar sobre mí, que no me he reconocido a mí mismo y, sin embargo, puedo asegurar que no han dicho una sola palabra que sea verdad. De todas sus calumnias, la que más me ha sorprendido es la advertencia que os han hecho para que estéis en guardia y no os engañe con mi elocuencia. Pues me parece el colmo del descaro ni siquiera temer la vergüenza que les voy a provocar en este momento haciendo ver que no soy elocuente, a no ser que llamen elocuente al que dice la verdad. Si es esto lo que pretenden, reconozco que soy un gran orador; pero no lo soy a su manera, porque, repito, no han dicho ni una sola palabra verdadera; en cambio, vosotros vais a escuchar de mi boca la pura verdad, no mediante un discurso adornado de frases brillantes y palabras escogidas, ¡por Zeus!, como sucede en los discursos de mis acusadores, sino en un lenguaje sencillo y llano; porque estoy seguro de que digo la verdad y ninguno de vosotros debe esperar otra cosa de mí. Además, atenienses, no sería propio de mi edad presentarme ante vosotros como un joven con palabras precocinadas.
Por eso el único favor que os pido, atenienses, es que cuando veáis que empleo en mi defensa términos y expresiones comunes, los mismos que he usado cuando he conversado con vosotros en la plaza pública, en las casas de contratación y en los demás sitios en que me habéis visto, no os sorprendáis ni os irritéis contra mí; porque aunque tengo más de setenta años, esta es la primera vez en mi vida que comparezco ante un tribunal de justicia. Para empezar, soy extraño al lenguaje que aquí se habla. Si fuera yo extranjero me permitiríais hablar con la expresión y el acento de mi país. De igual modo os pido también —y creo justa mi petición— que no os fijéis en mi manera de hablar, si es buena o mala, sino que miréis únicamente con toda la atención posible si os digo cosas justas o no. Porque en esto consiste el deber del juez, como en decir la verdad consiste el deber del orador.
Es justo que comience por responder a mis primeros acusadores y por refutar las primeras acusaciones antes de llegar a las últimas que se han promovido contra mí. Porque desde hace ya muchos años tengo entre vosotros muchos acusadores, y no han dicho nada que sea cierto. Temo más a estos que a Ánito y a los suyos, aunque sean muy elocuentes; los primeros son mucho más temibles, porque siendo en su mayoría compañeros vuestros desde la infancia, os persuadían y me acusaban mentirosamente, diciéndoos que hay un cierto Sócrates, hombre sabio, que indaga lo que pasa en los cielos y en el fondo de la tierra, y hace más fuerte el argumento más débil.
Los que han difundido estos falsos rumores son mis más peligrosos acusadores, porque como sus palabras son creídas, quienes les escuchan llegan a convencerse de que los hombres que investigan como yo lo hago no creen en los dioses. Por otra parte, estos acusadores son numerosos, y llevan mucho tiempo señalándome. Os han prevenido contra mí cuando erais niños o todavía muy jóvenes. Por vuestra corta edad podíais dar crédito a sus acusaciones más fácilmente, sin que el acusado estuviera presente para rebatir sus ataques. Y lo más injusto de todo es que no es posible conocer ni nombrar a mis acusadores, a excepción de un cierto autor de comedias[1]. Todos aquellos que por envidia o por malicia os han inculcado todas estas falsedades y los que, convencidos ellos mismos, han convencido a otros, quedan ocultos en el anonimato sin que pueda yo llamarlos ante vosotros ni refutar sus acusaciones; y por lo tanto, para defenderme, me veo obligado a dar palos de ciego, como se dice vulgarmente, y que argumente y me defienda sin que nadie me responda. Considerad, atenienses, que tengo que enfrentarme con dos clases de acusadores, como os he dicho: los que me acusan desde hace mucho tiempo y los que ahora me citan ante el tribunal; y creedme, os lo suplico, es preciso que yo responda primero a los más antiguos, porque son los primeros a quienes habéis oído y han producido en vosotros más profunda impresión.
Pues bien, atenienses, debo iniciar mi defensa y arrancar en muy poco tiempo una calumnia alimentada en vosotros durante mucho tiempo. Desearía con todo mi corazón que fuese en vuestro beneficio y en el mío, y que mi defensa sirviera así para algo, pero no me hago ilusiones, pues sé lo difícil que es esto. Sin embargo, que suceda como los dioses quieran, pues es preciso obedecer a la ley y presentar mi defensa.
Remontémonos, pues, desde el principio al origen de la acusación por la que tengo tan mala fama y que ha llenado de confianza a Meleto para arrastrarme ante el tribunal. ¿Qué decían mis primeros acusadores? Porque es preciso presentarla como si, en efecto, se tratara de una acusación formal y expresarla como una declaración jurada: «Sócrates es culpable porque se mete donde no le llaman al investigar lo que pasa en los cielos y en la tierra; al hacer más fuerte el argumento más débil y enseñar a otros sus doctrinas». Esta es la acusación; ya la habéis visto en la comedia de Aristófanes en la que se representa un cierto Sócrates, afirmando que se pasea por los aires y otras tonterías semejantes, que yo desconozco por completo; y esto no lo digo porque desprecie esta clase de conocimientos, no vaya a ser que entre vosotros haya alguno entendido en ellos y Meleto me formule nuevos cargos por esta concesión, sino que es solo para haceros ver que yo jamás me he mezclado en tales cosas, pudiendo poner por testigos a la mayor parte de vosotros.
Los que habéis conversado conmigo, y que estáis aquí en gran número, os invito a que declaréis si alguna vez me oísteis hablar de semejante clase de ciencias ni de cerca ni de lejos; y así podréis comprobar que en todos esos rumores que se han levantado contra mí, no hay ni una sola palabra de verdad; y si alguna vez habéis oído que yo me dedicaba a la enseñanza y que cobraba por ello, es también otra falsedad. Porque también a mí me parece bueno eso de poder instruir a los hombres, como hacen Gorgias de Leontinos, Pródico de Ceos o Hipias de Elea[2]. Estos grandes personajes tienen la increíble capacidad, donde quiera que vayan, de persuadir a los jóvenes a que se unan a ellos y abandonen a quienes podrían ser sus maestros entre sus conciudadanos sin costarles un duro. Y no solo les pagan la enseñanza, sino que contraen con ellos una deuda de agradecimiento infinito.
He oído decir que vino de Paros aquí otro hombre de estos y que es muy hábil; pues hace unos días pasé casualmente por la casa de Calias, hijo de Hipónico, hombre que gasta más con los sofistas que todos los ciudadanos juntos, y le interrogué de este modo, pues son dos los hijos que tiene:
—Calias, si tuvieses por hijos dos potros o dos terneros, ¿no trataríamos de ponerles al cuidado de un hombre entendido, bien pagado, para hacerlos tan buenos y hermosos cuanto pudieran serlo y les diera todas las buenas cualidades que debieran tener? ¿Y este hombre entendido no debería ser un experto en caballos y en las tareas del campo? Pero, puesto que tú tienes por hijos hombres, ¿qué maestro has decidido darles? ¿Qué hombre conocemos que sea capaz de dar lecciones sobre los deberes del hombre y del ciudadano? Porque no dudo que habrás pensado bien en esto por tener dos hijos. ¿Conoces a alguno?
—Sí —me respondió Calias.
—¿Quién es —le repliqué—, de dónde es, y cuánto cobra?
—Es Éveno, Sócrates —me dijo—, es de Paros y cobra cinco minas.
Y me pareció que el tal Éveno debía considerarse realmente dichoso, si es cierto que posee este talento y puede comunicarlo a los demás.
Por lo que a mí toca, atenienses, me llenaría de orgullo y me tendría por afortunado si tuviese esta cualidad, pero desgraciadamente no la tengo. Alguno de vosotros me dirá quizá: «Pero Sócrates, ¿a qué te dedicas? ¿De dónde nacen estas calumnias que se han divulgado contra ti? Porque si te has limitado a hacer lo mismo que hacen los demás ciudadanos, nunca debieron difundirse tales rumores. Dinos, pues, cuál es en realidad tu ocupación, para que no te juzguemos equivocadamente».
Esta objeción me parece justa. Voy a explicaros lo que tanto me ha desacreditado y ha hecho mi nombre tan famoso. Escuchadme, pues. Quizá algunos de vosotros no crean que hablo en serio, pero podéis estar seguros de que no os diré más que la verdad.
La reputación que yo haya podido adquirir no tiene otro origen que una cierta sabiduría que existe en mí. ¿Qué sabiduría es esta? Sin duda es una sabiduría puramente humana y solo en este sentido puedo llegar a ser sabio. En cambio, los hombres de los que os acabo de hablar, son sabios con una sabiduría mucho más que humana que no sé cómo nombrarla, porque no la conozco, y todos los que me la imputan, mienten y solo intentan calumniarme. Y ahora, atenienses, no os lancéis contra mí si al hablar os parezco demasiado pretencioso; no diré palabras mías, sino que lo probaré con una autoridad digna de crédito. Por testigo de mi sabiduría os daré al mismo dios de Delfos[3] que os dirá si la tengo y en qué consiste. Todos conocéis a Querefonte, compañero mío de infancia como lo fue de la mayor parte de vosotros, ese que fue desterrado con vosotros y con vosotros volvió. Ya sabéis cómo era Querefonte y qué apasionado era en cuanto emprendía. Un día, cuando fue a Delfos, tuvo el atrevimiento de preguntar al oráculo —os suplico que no os irritéis con lo que voy a decir— si había en el mundo un hombre más sabio que yo; la Pitia le respondió que no había ninguno. Querefonte ha muerto, pero su hermano, que está entre nosotros ahora, podrá dar fe de ello. Tened presente, atenienses, por qué o...

Índice

  1. PORTADA
  2. PORTADA INTERIOR
  3. CRÉDITOS
  4. ÍNDICE
  5. PRESENTACIÓN
  6. APOLOGÍA DE SÓCRATES. PLATÓN
  7. APOLOGÍA DE SÓCRATES. JENOFONTE

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