Fragilidades
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Fragilidades

Una aproximación a la inconsistencia de lo humano

Jose Mª Asensio Aguilera

  1. 196 páginas
  2. Spanish
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Fragilidades

Una aproximación a la inconsistencia de lo humano

Jose Mª Asensio Aguilera

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Información del libro

Por lo común no solemos tomar en consideración las potenciales fragilidades del ser humano a la hora de pretender traducir en acciones los proyectos de orden social, político o personal que concebimos. Se tiende a pensar que todos ellos vienen avalados por una plena racionalidad, una no menor autonomía de las personas y el convencimiento de que está al alcance de nuestras posibilidades su exitosa realización. Una y otra vez, sin embargo, la experiencia del vivir y los aconteceres recogidos en la Historia vienen a confirmar lo contrario.Especialmente en un mundo tan complejo y propenso a los desequilibrios (sociales, económicos, medioambientales, etc.) como el actual, urge conocer cómo se generan las fragilidades que pueden explicar los recurrentes conflictos que generamos y que muchas veces inciden de manera trágica en la vida de las personas y los pueblos.Las reflexiones del autor de este libro pretenden contribuir a la comprensión de esta problemática y a proporcionar elementos de juicio a quienes, desde el ámbito de la política, las instituciones sociales, la educación, la jurisprudencia o la psicología, inciden en los comportamientos y las valoraciones de las personas, sobre las cuales ejercen unas u otras influencias.

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Información

Año
2016
ISBN
9788499218083
Edición
1
Categoría
Psychology
IV. Fragilidades
El pensamiento nos dice lo que una cosa significa… El sentimiento nos dice qué valor posee para nosotros.
C. G. Jung, L’estructure de l’âme, p. 26, 27
Homo fragilis
C. Linneo bautizó al ser humano con el nombre de Homo sapiens sapiens. Nos reconocemos desde entonces como individuos pertenecientes a una especie que se autocalifica de doblemente «sabia». Es del todo probable que, tomando en consideración nuestras notorias capacidades mentales y no menor fatuidad, pocos fueran los que se hubieran atrevido a discutirle al gran naturalista sueco la idoneidad de la nomenclatura que empleó para situarnos entre los seres vivos. Cabe pensar, no obstante, que de haber creído este oportuno considerar en primer lugar, por ejemplo, nuestro largo período de inmadurez y dependencia, la vulnerabilidad de nuestra anatomía o algunas de nuestras flaquezas mentales, bien podría habernos clasificado como Homo fragilis. Y, muy probablemente, de haberlo hecho así, hubiera contribuido a hacernos más conscientes de nuestras limitaciones. Reconocernos ya nominalmente «frágiles» podría haber servido a la causa de hacernos más prudentes y verdaderamente «sapiens». Mientras que considerarnos sabios ya de origen, más bien ha favorecido desatender infinidad de veces lo que se precisa para serlo. Para distraernos de la necesidad de comprender el significado y las causas de nuestros más que reconocibles desatinos.
En las páginas anteriores he intentado poner de manifiesto que las aptitudes mentales de los humanos no son independientes de ninguno de sus pasados ni del ámbito en que las personas se desenvuelven o pretenden hacer uso de aquellas. Como tampoco de los afectos o las influencias de las que no tomamos conciencia. He considerado, igualmente, algunas de las trabas o sesgos que experimentan nuestras capacidades perceptivas y cognitivas como consecuencia de la historia evolutiva del cerebro. Y cómo la cultura y la educación (entendida como una actividad intencional) pueden, al interactuar con nuestros procesos mentales y tendencias valorativas, transformarnos en personas inteligentes y virtuosas, pero también exponernos a múltiples formas de desadaptación individual o colectiva. Todo depende de nuestra voluntad y del conocimiento que hayamos adquirido acerca de esas disposiciones que modula el cerebro humano.
En lo que sigue haré referencia a algunas de las fragilidades humanas que se han hecho más evidentes en nuestro devenir histórico o que se ponen de manifiesto al analizar la propia experiencia personal. Siempre partiendo de la reiterada idea de que tales muestras de fragilidad son la consecuencia de la manera en que las influencias socioculturales afectan a la psique de los individuos. A unas estructuras cerebrales surgidas de la evolución que, pese a presentar sus propias lógicas de funcionamiento, han de cumplimentar su función adaptativa en relación a otras, de tipo sociocultural, con las que no siempre se corresponden. Las que comentaré a continuación serán, pues, algunas de las eventuales fragilidades de unos seres que bien podrían haberse denominado Homo fragilis.
Las fragilidades del pensamiento
A ninguna cualidad humana se le han rendido mayores honores en nuestra cultura que al pensamiento racional. Sin embargo, no sería en modo alguno exagerado decir que las ideas surgidas de la razón (y los sentimientos que despiertan) han ocasionado más víctimas a la humanidad a lo largo de la historia, que las debidas a todos los arrebatos pasionales o momentáneas enajenaciones mentales que los hombres hayan podido sufrir desde que pisamos la Tierra. Por sus potenciales funestas consecuencias, las derivadas del pensamiento y de aquello que culturalmente lo alimenta, merecen ser consideradas con toda certeza como la más temible de nuestras posibles fragilidades. Aquella que nos convierte en víctimas o verdugos de la incondicional identificación con ciertos símbolos, mitos, ideologías, principios morales o identidades, y nos lleva a mostrarnos ciegos a las realidades más evidentes, y sordos a las palabras más sabias. Tristemente también, a desposeer en ocasiones de la dignidad humana a quienes no comparten nuestras ideas o sentimientos. La fragilidad que representa esa incondicional filiación que parece convertir a las personas en auténticos títeres de los pensamientos que circulan por sus mentes y de quienes advierten la facilidad con que pueden ser «inoculados» en ellas. Ideas, por otra parte, que, de vivir lo suficiente, comprobaríamos cómo, en su mayoría, iban a ser sustituidas por otras. A veces, por aquellas contra las que se combatió espada o fusil en mano. Los estragos ocasionados por la razón, sus arrogantes propuestas y el convencimiento que nos procura de que «las cosas no pueden ser de otra manera», ofrecen sobrados motivos para pensar que «Si la creencia de que los seres humanos son seres racionales fuera una teoría científica, haría ya mucho tiempo que habría sido abandonada» (Gray, 2013: 63).
En relación a la caducidad de nuestras ideas, el ya citado premio Nobel de medicina G. Edelman hacía notar que la hoy menos venerada filosofía no dejaba de ser más que «un verdadero cementerio de “ismos”» (racionalismo, empirismo, positivismo, etc.) (Edelman, 1992: 206). Es decir, de «verdades» del pensamiento temporalmente aceptadas que, con el paso de los años, fueron reemplazadas por otras más «ajustadas» a los conocimientos adquiridos en cada época y al imprevisible «espíritu de los tiempos». Una observación esta que también resulta aplicable, en uno u otro grado, al pensamiento científico. Por más que no lo sintamos así y que incluso luchemos denodadamente para evitarlo, nada surge de nosotros para quedarse definitivamente. El carácter perecedero de los productos que elabora la razón sería, por el contrario, una de sus señas de indentidad. De ahí la limitada confianza que debieran merecernos nuestros supuestos y conjeturas. O, lo que vendría a ser lo mismo, la moderación con que debiéramos defenderlos.
Dado el poder de sugestión que ejercen los contenidos del pensamiento y la más que notable tendencia de este a inducirnos a creer en la inigualable bondad de nuestras ideas, bien podríamos considerar a la razón algo así como un regalo envenenado. Regalo, porque nos permite manejar con mayor eficiencia y creatividad tanto los intereses de la vida como los personales. Pero también envenenado, porque de no hacerlo con la debida prudencia y ceder a la permanente tentación de dejarnos llevar por la soberbia a la que esa misma razón nos hace tan proclives, podemos fácilmente hacer descarrilar nuestra existencia, la de los demás e incluso la del planeta. Nos cuesta percatarnos del potencial influjo cegador de las ideas, que nos lleva con frecuencia a confundirlas con la realidad o la verdad. No advertimos a tiempo demasiadas veces que la mente del joven echa ya por tierra buena parte de las creencias de su infancia, al igual que lo hace la del hombre o la mujer maduros con las convicciones de su juventud. Es decir, de que, conforme avanza la vida, cada nueva mente se edifica a partir de las cenizas y la lumbre de las anteriores, sobre cimientos mentales que están en permanente cambio. Suele ocurrir entonces que ni aprendemos de la Historia ni de nuestros propios errores, de los que solo tomamos conciencia a veces «mirando hacia atrás», cuando ya se han producido. Protegernos entonces de esa tendencia a pensar que las cosas solo pueden ser de una manera —la que consideramos—, de que las ideas que manejamos son «nuestras», además de inapelables, y de los engaños antes comentados de la razón, debiera ser una de las más esenciales tareas a desarrollar por una educación anticipatoria que fomentara la capacidad crítica de los individuos y les advirtiera del peligro que puede suponer su obcecación al respecto. A aferrarse incondicionalmente a ciertas ideas, explicaciones o relatos y a defenderlos fuera de toda prudencia, sin considerar el riesgo que estos tienen de «fallecer» un buen día y ser reemplazados por otros. Sin que nos hagamos conscientes, en suma, de que todo lo enjuiciamos desde nuestro particular sistema de referencias y que, de manera inconsciente, otorgamos a nuestras «verdades» un estatus superior. Como si realmente fueran todo lo que pudiera decirse ya sobre un determinado asunto.
Lamentablemente, cuando tal cosa sucede, nos situamos muy cerca de sentirnos en la obligación de propagarlas e incluso de abatir intelectual o físicamente a quien pretendiera oponerse a ellas. Por este camino, no solo hemos engrosado a lo largo de los tiempos los cementerios culturales de «ismos» filosóficos, ideológicos o científicos, sino, trágicamente también, los de las personas que pagaron con sus vidas las embestidas de quienes creían disponer de certezas incuestionables. Amordazada la voluntad y la ética por la ofuscación que nos producen con frecuencia nuestros pensamientos y teorías, pasamos por alto que estos ni sienten ni padecen, que pueden aparecer, morir e incluso resucitar, pero que nada de todo eso ocurre con la vida ni en la vida de los individuos. Manejamos en la mente solo ideas, el poso que dejan las palabras que un día se llevará el viento producido por otras. Y olvidamos que «Los seres humanos no son animales que se hayan equipado a sí mismos con símbolos. Los símbolos son herramientas útiles por cuanto ayudan a los humanos a manejarse en un mundo que no comprenden, pero los seres humanos tienen una tendencia crónica a pensar y actuar como si el mundo que han construido a partir de esos símbolos realmente existiera» (Gray, 2013: 110).
Se podría objetar, a lo dicho anteriormente, que quizás no sea tanto la naturaleza del pensamiento o de nuestra razón sino los contenidos que manejan los que nos fragilizan y pueden convertirnos en un peligro para nosotros mismos y los demás. Ciertamente, en gran medida así es. Pero, de los espejismos mentales antes comentados, también participa la forma en que las ideas se muestran a la conciencia. O sea, la manera en que el pensamiento nos presenta las cosas y nos hace creer que son. Lo que esconde, no únicamente lo que propone. Como señalaba el físico D. Bohm en su libro Sobre el diálogo (1997), las grandes tragedias de los pueblos así como muchos de nuestros fracasos personales se deben también, en buena medida, a que no nos percatamos del poder de convicción del pensamiento y la imperiosa necesidad que nos hace sentir de tener que reaccionar, defender o imponer sus (nuestras) concepciones. De no apreciar, fascinados por su lógica, la radical diferencia que media entre pensar y vivir, o entre la subjetiva bondad que atribuimos a nuestras ideas —por la que creemos su impecable racionalidad, benéficas intenciones, etc.— y la conveniencia de implantarlas. «La vida queda devastada —afirma R. Safranski— cuando, atendiendo a la demanda de ser consecuentes a cualquier precio, incluso al de la destrucción, pretendemos vivir algo por el mero hecho de haberlo pensado» (Safranski, 2013: 209). En este sentido, no ya la política sino algunos políticos, no ya la religión sino algunas de sus autoridades, pueden convertirse en una grave amenaza para la autonomía de las personas y la convivencia, incluso en tiempos de democracia, por las posibilidades que tienen para influir en las mentes de sus seguidores.
Es así como algo —los pensamientos— que no representa más que el construir de un cerebro/mente/cuerpo moldeado por las experiencias vividas en la encrucijada personal, social y cultural de cada momento, se ha convertido muchas veces en causa de espantosas tragedias ya sea en nombre «del progreso», el «bien del pueblo», la «salvación de las almas» o la «civilización». Infortunios que se dieron como consecuencia de no «reconocer plenamente la humanidad de los otros», o por no sabernos «distanciar de uno mismo para ser capaz de vernos desde afuera, como con los ojos de los otros, y ejercer así un juicio crítico no solo de los otros, sino también de uno mismo» (Todorov, 2008: 39, 41). Ese «no vernos con los ojos de los otros» nos ha privado de manera recurrente a lo largo de los tiempos de proyectar la mirada compasiva que nos resguardara de los excesos de la razón, y de la posibilidad de convertirnos en unos déspotas, torturadores, asesinos o manifiestos psicópatas.
El pensamiento nos cautiva porque no notamos, como tampoco lo hacemos con el lenguaje, que exagera, fracciona, separa, selecciona, distorsiona, cualquier realidad que considere. Y que ese proceso disgregador nos impide «ver» cómo unas cosas se relacionan con otras, o que lo pensado se vincula tan solo a nuestros conocimientos y experiencias pero no al conjunto de los posibles. Podemos así confundir lo particular con lo universal, aquello que entendemos acerca de algo con lo único que cabe entender. De manera que «atrapados» en las propias ideas y su poder de convicción los individuos se alejan fácilmente de cualquier posibilidad de diálogo y encauzamiento racional de los conflictos que padecen. En ese considerarlas «propias» —y por tanto preferibles— concurren, además, otras influencias que suelen pasarnos desapercibidas. Las cartas marcadas, cuya apariencia no haría sospechar al más avezado de los tahúres, que representan las disposiciones afectivas, las experiencias pasadas y sus recuerdos, la educación, las dinámicas sociales, etc.
Señalaba así A. Damasio (1966) que los estados corporales y las emociones juegan también un destacado papel en nuestras decisiones personales y valoraciones morales. Creer que los pensamientos se hallan desconectados de nuestros afectos conduce a sobrevalorar la capacidad lógica de los mismos y a obcecarnos con nuestras razones. Porque ¿no nos ocurre a veces que llevados por lo que nos sugiere la escucha de un orador o la lectura de un libro admitimos la impecable racionalidad de sus argumentos, pero, a pesar de todo, los rechazamos por sentir que no se acomodan a nuestra subjetiva experiencia del vivir, expectativas, ideas o intuiciones? ¿No parecen decantarse con frecuencia nuestras valoraciones en función del poder de sugestión de «ese» conferenciante o de lo escrito por «ese» autor? ¿No pueden encandilarnos «intelectualmente» a veces ciertas teorías, por ejemplo, los argumentos a favor del determinismo, ya sea sociohistórico o naturalista pero, simultáneamente, sentir que las razones esgrimidas son insuficientes para explicar al ser humano y sus opciones para obrar de una u otra manera? ¿Que hay «algo más» en nosotros y que, por descontado, esas razones no nos van a disuadir, como ya dije, de creernos libres a la hora de actuar?
Condicionados, quizás, por ese mil veces recordado «pienso luego existo» se nos pasa por alto que existir es la condición previa para pensar, que la «fiesta de la vida» (para quienes les merezca la pena considerarla así) no empieza con nuestra llegada al mundo y que es el pensamiento quien debiera estar, en consecuencia, al servicio de aquella, del necesario amar y convivir al que debemos la existencia. Por esta razón, «profundizar la comprensión que tenemos de quiénes somos y de la manera en que funcionamos en cuanto criaturas neurobiológicas y sociales» supone acrecentar «nuestra capacidad de desarrollar métodos para resolver los problemas sociales» y mejorar «nuestra salud mental, física y social y nuestros sistemas de educación» (Evers, 2010: 150). En el caso que nos ocupa esto supondría proteger al pensamiento de las ideas que malignamente nos enfrentan y, a su vez, guardarnos del poder de encantamiento del propio pensar.
La piedra de la locura
El arte siempre nos ha echado una mano en el intento de comprender al ser humano. No en vano constituye una de sus más genuinas expresiones. Me referiré a continuación a una de ellas, el cuadro —pionero en cuanto a su temática— de Hieronymus Van Aeken, El Bosco, en que aparece un «cirujano» hurgando con una especie de punzón en el cráneo de un individuo que, sentado y descalzo, parece asumir pacientemente su nada envidiable situación. El óleo, que emerge de un marco circular, representa, asimismo, la figura de un clérigo sosteniendo un cántaro de vino y la de una monja con un libro en la cabeza que contemplan, un tanto inexpresivos, la intervención del supuesto médico. El cuadro se titula (como otros de diferentes autores flamencos que también representaron esta suerte de trepanación), «La extracción de la piedra de la locura» y en él se aprecian abundantes aspectos simbólicos, de diversa interpretación, que parecen aludir a la necedad humana, el engaño, la superstición, la lujuria o la visión negativa del clero católico que ya comenzaba a hacerse evidente en esa época por los actuales Países Bajos. La Reforma protestante se avecinaba.
Una vez «contemplado» el mencionado cuadro quisiera llamar la atención sobre la figura del supuesto «loco» al que se pretende sanar. No sabemos si el representado por El Bosco pudo, tras la intervención a la que fue sometido, recuperar la «cordura». De ser así, nos encontraríamos ante la manifestación de un portentoso efecto placebo. Porque de lo que podemos estar seguros es de que el farsante que parece recrearse escarbando en el cerebro de su ingenuo paciente no va a extraer piedra alguna de este (en el cuadro lo que sale de su cabeza es un ¡tulipán!).36 Pero no debiéramos albergar esa misma seguridad acerca de que, tanto los individuos representados en ese cuadro como los miles de contemporáneos suyos dispuestos a involucrarse en las contiendas religiosas que pronto iban a desencadenarse, no padecieran alguna forma de fragilidad mental metafóricamente asimilable a esa «piedra de la locura». La que pueden producir ciertos «sedimentos» ideológicos que nos hacen proclives al fanatismo y la violencia. Unas físicamente indetectables «piedras de la locura» que se tiende solo a apreciar en aquellos otros, marginados, «extraños», disidentes, que no se atienen a las normas y formas de pensar establecidas por unos u otros poderes sociales, pero de las que personas cons...

Índice

  1. CoverImage
  2. Portadilla
  3. Portada
  4. Créditos
  5. Dedicatoria
  6. Prólogo
  7. I. Fragilidades, cultura y condición humana
  8. II. El encuentro de dos pasados
  9. III. Una mirada al telar de los sueños
  10. IV. Fragilidades
  11. V. Engaños y autoengaños: la fragilidad ética
  12. VI. Fragilidades sociales y educativas
  13. Epílogo
  14. Agradecimientos
  15. Biblografía
  16. Índice de conceptos
  17. Sobre el autor