1. FRECUENCIA DE LA ENVIDIA
En la vida personal, familiar y social, el problema de la envidia es más frecuente de lo que ordinariamente consideramos. Se suele hablar poco sobre ella, a pesar de su constante influencia en el comportamiento humano. No existe, pues, proporción entre sus repercusiones y la atención que se le presta. ¿A qué se debe esta resistencia o aparente ceguera para enfrentar la envidia y sus consecuencias?
Existe una explicación que irá aflorando paulatinamente conforme profundicemos en el tema. Baste por ahora señalar que hablar de la envidia —no digamos de la personal— resulta desagradable, porque se trata de un sentimiento muy negativo y, al analizarlo, pronto se descubre que muchos procesos personales de conducta, así como abundantes acontecimientos sociales, se originan en él. Solo desde esta perspectiva se puede comprender con hondura.
APARECE A CUALQUIER EDAD
Si recurrimos a la experiencia personal reconoceremos que, al menos en algunas ocasiones a lo largo nuestra vida, hemos sentido envidia. Lo mismo si pensamos en personas cercanas a las que conocemos bien, concluiremos que tampoco escapan a este problema. La envidia aparece a cualquier edad, incluso desde la más tierna infancia. Bertrand Russell advertía que «la envidia es una de las pasiones humanas más universales y arraigadas. Es muy aparente en los niños antes de que cumplan un año, y todo educador debe tratarla con muchísimo respeto y cuidado. La más ligera apariencia de que se favorece a un niño a expensas de otro es notada al instante». No es difícil imaginar, por ejemplo, a una niña pequeña que llora desconsoladamente porque a su hermanita le han dado un regalo de cumpleaños y, al consolarla y preguntarle si desea lo mismo, su respuesta será que aquello que verdaderamente desea es que no le den el regalo... a la hermana.
La envidia puede experimentarse en la adolescencia, por ejemplo: cuando un compañero ha superado a otro en una competencia deportiva; una amiga obtuvo mejores calificaciones en la escuela; otra tuvo más éxito con los amigos; o el de más allá toca con destreza algún instrumento musical. En la madurez, al observar a quienes han destacado profesionalmente, o a aquellos que se les ve felices por haber formado una familia en la que reina la armonía y el cariño. O en la vejez, al constatar que ya no pueden realizarse determinadas actividades que otros llevan a cabo con soltura, o que se carece de la lucidez mental de la que otros gozan. Por eso Quevedo señalaba que la envidia «es el más antiguo de todos los vicios..., atosiga todas las edades».
FORMA PARTE DE LA CONDICIÓN HUMANA
Lo anterior no debe extrañar si se tiene en cuenta que, como Cicerón afirmaba, la envidia «es el vicio más común y universal»; o que «ningún hombre se libra de ella», según pensaba Schopenhauer. De ahí que la sabiduría popular exprese que “si la envidia fuera fiebre, todo el mundo habría muerto”; y, para destacar que nadie se salva de este problema, alguien decía con humor que “en el capitalismo el hombre envidia al hombre, mientras que en el socialismo, viceversa”.
Cabe preguntarse por qué la envidia es algo tan general y arraigado en las personas. Hay quienes consideran que resulta inseparable de la naturaleza humana, como Spinoza, que sostenía que «los hombres son por naturaleza envidiosos», o Kant, quien opinaba que la envidia es «una pasión cuyo impulso está en la naturaleza humana», o el propio Max Scheler, para quien se encuentra entre «las emociones y los afectos que son en sí mismos normales y pertenecen al fondo de la naturaleza humana». Según esto, sentir envidia sería algo inevitable, lo cual no significa necesariamente que no pueda superarse. Concretamente, como la envidia es un sentimiento, una pasión, la intervención de la voluntad juega un papel fundamental para controlarla, como ocurre con todos los procesos emocionales. Una voluntad fuerte es capaz de no consentir la envidia una vez que se presenta, y evitar así que domine la conducta y acarree sus graves consecuencias.
SE OCULTA
Pero existe otro aspecto que conviene destacar. La envidia, siendo tan frecuente y estando tan extendida, ordinariamente procura ocultarse porque es algo que avergüenza. No es difícil escuchar a alguien que reconoce públicamente algunos defectos —“soy desordenado, me excedo en la comida, tengo mal carácter”, etcétera—, mientras que, como advertía Plutarco, «nadie dice que es envidioso», quien a su vez añadía que, «entre los desórdenes del alma, la envidia es el único inconfesable». Lo mismo san Cipriano señalaba que «los envidiosos nunca declaran su envidia». ¿Por qué?
La razón de este ocultamiento aparecerá con claridad al profundizar en el contenido de la envidia; por ahora ...