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Lutero 500 años después
Breve historia y teología del Protestantismo
- 196 páginas
- Spanish
- ePUB (apto para móviles)
- Disponible en iOS y Android
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Descripción del libro
En 1517, Martin Lutero fijó sus 95 tesis en la puerta de la iglesia palatina de Wittenberg, enfrentándose así a la autoridad de la Iglesia católica e iniciando el protestantismo. La reforma luterana se extendió hasta nuestros días, influyendo de manera decisiva en la historia de Europa y del mundo. En 1999, 482 años más tarde, católicos y luteranos firmaron un documento conjunto, para poner punto final al enfrentamiento doctrinal. En este libro, los autores analizan la figura de Lutero y las raíces de su reforma, cuando se cumplen 500 años de protestantismo y se advierten señales de una posible unidad.
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Información
Editorial
Ediciones Rialp, S.A.Año
2017ISBN del libro electrónico
9788432147524Edición
1II.
La teología luterana
A LOS QUINIENTOS AÑOS de su muerte, Lutero continúa atrayendo por su enorme fuerza personal, por el drama interior que es la clave de toda su vida, y por la radicalidad y gravedad de las cuestiones que planteó y formuló de modo tan apasionado. Estos cinco siglos muestran también las consecuencias que se siguieron de su postura. Lutero obtuvo un éxito extraordinario, a lo que contribuyeron sus cualidades humanas y otras causas que en parte hemos mencionado. Pretendía reformar a la Iglesia y conducirla a la pureza del cristianismo primitivo, pero también difundió un germen de división, que ha ido creciendo a lo largo de la historia. La atomización de la Iglesia, primero en Iglesias nacionales y después en pequeñas Comunidades, será uno de los signos de identidad del desarrollo del protestantismo. Pero al mismo tiempo, el reformador propuso una serie de temas de reflexión teológica, que hoy día resultan irrenunciables.
1. La “teología de la cruz”
A la hora de examinar la doctrina del reformador alemán, la primera dificultad que encontramos es la ingente cantidad de escritos —no siempre concordantes en su contenido— que se conservan: en la edición de Weimar ocupan noventa volúmenes de 600 a 700 páginas cada uno, más veinte de comentarios. Es posible sin embargo establecer un factor común de sus ideas, aun a riesgo de incurrir en alguna simplificación, que requeriría algún que otro matiz. Además, como escribe González Montes, «Lutero ha necesitado, en primer lugar, reconquistar el propio luteranismo, esto es, el protestantismo histórico, al cual él mismo diera cauce, seguido por los demás reformadores históricos». A partir de Lutero, se multiplicarán, pues, las versiones del luteranismo que dieron lugar a las distintas denominaciones protestantes, a la vez que es difícil saber —precisamente por esto— qué confiesan exactamente cada uno de ellos. De ahí la necesidad del diálogo ecuménico en sede teológica.
Lutero se consideraba el reformador de la Iglesia; más aún: pensaba y afirmaba de sí mismo que era el hombre elegido para descubrir el verdadero sentido del cristianismo, oscurecido por filósofos, sofistas y papas.
Por tanto, yo te digo —escribe él en De servo arbitrio, dirigiéndose a Erasmo— que yo en esta lucha intento una cosa que para mí es seria, necesaria y eterna, que es de tal calibre que es necesario que sea afirmada y defendida incluso por medio de la muerte, también aunque el mundo entero debiera arder en tumultos y guerras, más aún, aunque el mundo se precipitase en el caos y fuese reducido a cenizas[1].
Está claro que no está presentando su opinión personal como la de un profesor que intenta la aprobación de sus colegas, sino como quien se siente portador de una misión divina. En sus escritos y en su predicación, Lutero intenta poner de relieve la absoluta soberanía de Dios y la gratuidad de la gracia. El problema surge cuando se entiende falsamente que la gratuidad de la gracia supone que el hombre no puede colaborar con ella. Un más hondo sentido de la soberanía de Dios y de su omnipotencia, muestra que la solución es otra: la gracia es gratuita y, al mismo tiempo, eficaz, es decir, capaz de regenerar al hombre hasta hacerlo verdaderamente bueno y, en consecuencia, capaz de colaborar con la gracia de Dios en la propia salvación. Esto le hace adquirir tonos decididamente polémicos con la cultura de su época. Lo que en un principio era aceptado —las nuevas ideas del humanismo—, después fue rechazado incluso con violencia: como escribe Walter Kasper, «humanismo y Reforma fueron en la modernidad europea como dos estrellas que se atraen mutuamente desde sus órbitas, para luego alejarse una de otra».
Lutero llama “teología de la cruz” a su forma de hacer teología, a la que contrapone la llamada “teología de la gloria”: aquella que se gloría en las fuerzas de la razón humana, es decir, de la teología escolástica. Será esta una teología centrada más en la encarnación —donde se unen lo humano y lo divino de modo admirable— que en el misterio de la cruz. La teología de la cruz, por el contrario, pone de manifiesto la gravedad del pecado humano; pero, al mismo tiempo y antes que nada, es signo del amor de Dios en esta tierra, de la fidelidad de Dios a su paternidad sobre el hombre. De hecho, el Evangelio es buena noticia precisamente porque es predicación del amor de Dios al hombre, que tanto amó al mundo que envió a su Hijo para que obtuviéramos la filiación divina, comunicándonos su vida por obra del Espíritu Santo como fruto de la Cruz salvadora. Pero este descubrimiento del amor de Dios presente en la cruz le lleva a rechazar el resto de los misterios de la vida de Cristo, a la vez que a adquirir un tono polémico y controvertido.
La teología de la cruz es una teología dialéctica, de la exclusión, del aut-aut. Lutero interpreta así el sacrificio de la cruz como rechazo del mundo, el cual considera enteramente corrompido por el pecado. Entre el mundo maldito y la cólera de la justicia de Dios se interpone la humanidad de Cristo, que carga con su pecado, para que no la descargue sobre nosotros sino sobre Él, quien se pone en nuestro lugar. Es la falsa teoría de la “sustitución penal” por la que Cristo es objeto de maldición y sufre las penas del infierno por nuestros pecados, los cuales así no nos serán imputados, si confíamos en Él, pues Él los cubre sin hacerlos desaparecer. Interpone entre nosotros y nuestros pecados la “pantalla” de la cruz; nos justifica, pues, encubriendo, pero no destruyendo el pecado.
Es la teoría luterana de los dos reinos de Dios y de Satanás, completamente separados, en dialéctica oposición, que es una constante y una clave interpretativa en todo el sistema luterano: la mencionada dialéctica de la exclusión o del aut-aut —la «antítesis dialéctica», según Gómez Heras—, que describiremos más adelante con más detalle. La soberanía de Dios rechaza el humanismo paganizante, y por eso se enuncian los principios del “solo” protestante: la “divinidad de solo Dios”, la “soberanía de solo Cristo”, la “gratuidad de la sola gracia”, la “suficiencia de la sola Escritura”, la “libertad de la sola fe”: es decir, la palabra de Dios sin las ataduras de la tradición y del magisterio. Frente al “y” católico nos encontramos con el “solo” protestante.
Pero, según la concepción católica, no es ese el sentido de la cruz salvadora: Cristo, nuevo Adán, forma en la Encarnación una «mística persona» con la humanidad pecadora y destruye con su muerte nuestra muerte para restaurar —en el triunfo de su resurreción— el esplendor de la nueva vida de hijos de Dios en Cristo. Él envió a su Hijo a la cruz para establecer en ella su «trono triunfal», a la hora de la glorificación del Hijo del Hombre, cuando «atrae hacia sí» a todos (Jn 12, 23-33). El grito: «¿por qué me has abandonado?» no expresa la desesperación de los condenados, sino la oración filial del que se abandona a la voluntad amorosa de Dios (Sal 21-22).
Pero en Lutero la teología de la cruz se caracteriza esencialmente por la oposición e incompatibilidad entre Dios y el mundo corrompido, o entre inteligencia natural y Revelación, como el mismo Lutero hacer notar ya programáticamente en la Disputa de Heidelberg (1518). Afloran en ella las antítesis tan características de la posición luterana: para él son incompatibles Dios y el mundo, Escritura y tradición, Cristo y la Iglesia, fe y obras, sacrificio del Calvario y “misa papista”. Normalmente, donde Lutero pone una “o” (aut), la teología católica coloca una “y” (et): Escritura y tradición, Dios y mundo, Cristo y la Iglesia (entendida como misterio y sacramento), Palabra y sacramentos, sacerdocio común y sacerdocio ministerial (es decir, laicos y sacerdotes), fe y obras, libertad y gracia, razón y fe. Así, la “dialéctica de la exclusión” del aut-aut protestante se opone a una “dialógica inclusiva” del et-et católico: frente al “y” católico nos encontramos con el “solo” protestante, decíamos.
«El “y” católico —añade Lortz— ha de ser entendido como el desarrollo dinámico de muchos elementos que arranca de una sola raíz». Así, concluye, «la unilateralidad de Lutero sucumbió al peligro de la contradicción interna, que con el correr de los siglos trajo consigo a veces la recaída en la posición contraria». Quedaba así inaugurada la “ley del péndulo” en las ideas y los movimientos religiosos: «El protestantismo fue casi puramente fideísta y, sin embargo, desembocó en el racionalismo; quiso conceder tan solo valor a lo sobrenatural y, sin embargo, debilitó y aun destruyó el concepto de Revelación; quiso santificar la vida civil y natural y, sin embargo, provocó la secularización de la cultura». Una vez perdido el equilibrio inicial, los bandazos —en uno u otro sentido— son inevitables.
2. La “dialéctica de la exclusión”
Los principios del “solo” (solus Deus, solus Christus, sola gratia, sola fides y sola Scriptura) son distintas dimensiones de la doctrina de la justificación. La doctrina católica de Cristo como único Mediador (cf. 1Tm 2,5), no excluye la mediación participada: el pléroma (plenitud) de la Cabeza-Cristo «no excluye, sino que suscita en sus criaturas una múltiple cooperación que participa de la fuente única», como dice la Constitución dogmática sobre la Iglesia del concilio Vaticano II (LG 26), aludiendo a la mediación materna de María y la mediación del sacerdocio ministerial. Es cierto que Lutero no renunció a la intercesión de la Virgen y, como dice Preuss, «ha sostenido durante toda su vida la doctrina del parto virginal». Además, el reformador concedía la importancia debida al ministerio y los sacramentos; pero el cristocentrismo por él iniciado dará lugar a desarrollos que desconfiarán de las mediaciones. Intentemos así recapitular y sintetizar la situación que encontramos en estos momentos.
En la modernidad existen tres -ismos que parten de la doctrina sobre el pecado original: el espiritualismo, que propone la separación radical entre materia y espíritu (como se puede ver en el dualismo antropológico de Descartes); el naturalismo, en el que la naturaleza no tiene necesariamente su origen en Dios (como en el mito del buen salvaje ...
Índice
- PORTADA
- PORTADA INTERIOR
- CRÉDITOS
- ÍNDICE
- INTRODUCCIÓN
- I. Martín Lutero
- II. La teología luterana
- III. La segunda reforma
- IV. El anglicanismo
- V. La tercera reforma
- VI. El diálogo teológico
- CONCLUSIONES
- BIBLIOGRAFÍA