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Escondidos
El Opus Dei en la zona republicana durante la Guerra Civil (1936-1939)
- 482 páginas
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Escondidos
El Opus Dei en la zona republicana durante la Guerra Civil (1936-1939)
Descripción del libro
El inicio de la Guerra Civil española, en 1936, sorprendió al fundador del Opus Dei y a la mayoría de sus miembros en la zona republicana. Todos se escondieron para evitar la dura represión revolucionaria.
Con el paso de los meses, los refugios y asilos dieron paso a las escapadas y expediciones.
Gracias al desvelo de José María Escrivá, el Opus Dei sobrevivió en medio de la tragedia desencadenada por el conflicto armado.
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Información
Categoría
Teología y religiónCategoría
Biografías religiosasCAPÍTULO III.
EN TORNO A LA LEGACIÓN DE HONDURAS (marzo — julio de 1937)
La situación militar se complicó para la República española a lo largo del año 1937. El 8 de febrero perdió la ciudad de Málaga, en el sur; el 19 de junio, Bilbao, en el norte. Tratando de recuperar la iniciativa, el Ejército Popular se dirigió hacia Boadilla del Monte, al oeste de Madrid, para conquistar el cuartel general de las tropas nacionales. La ofensiva en torno al pueblo de Brunete se prolongó hasta el 26 de julio. Los republicanos consiguieron una pírrica victoria, limitada a una franja de pocos kilómetros[1]. El Ejército del general Franco afianzó el frente de Madrid, continuó la campaña del norte peninsular y el 26 de agosto tomó la ciudad de Santander. La progresiva pérdida de la cornisa cantábrica acrecentó la desmoralización en la zona republicana, aunque todavía bastantes líderes mantenían la confianza en el triunfo final.
La evolución de la guerra llevó consigo un incremento de tensión en la lucha por el poder. Los comunistas, que tenían cada vez más influencia política en un país que dependía en parte de los suministros de la Unión Soviética, buscaron el entendimiento con los socialistas y con los catalanistas republicanos; en cambio, chocaron con los anarquistas y los comunistas del Partido Obrero Unificado Marxista (POUM), contrarios a Moscú. Del 2 al 8 de mayo se produjo una violenta guerra intestina en Barcelona entre fuerzas de la Generalidad, socialistas y comunistas estalinistas por un lado, y los anarquistas y el POUM por otro. Aunque ganaron las fuerzas gubernamentales, estos enfrentamientos —que dejaron más de cuatrocientos muertos— pasaron factura. El 17 de mayo cayó el Ejecutivo de Largo Caballero. Con el apoyo de los comunistas, el socialista Juan Negrín asumió la presidencia[2]. Desde el principio, el nuevo Gobierno fortaleció el centralismo del Estado porque consideraba que la cohesión era el único modo que garantizaba la victoria en la guerra[3].
La ciudad de Madrid mantuvo su extraña situación militar. El Ejército enemigo formaba una especie de media luna de noroeste a sur que amenazaba con cerrarse. Aunque no intentaban nuevos ataques, los nacionales disparaban casi todos los días sus piezas de artillería —instaladas al oeste de la Casa de Campo— sobre algunos objetivos. Los edificios del barrio de Argüelles y de la Gran Vía sufrieron especialmente. Hasta los niños aprendieron «a distinguir las explosiones de los obuses, las bombas de los cartuchos de dinamita y los disparos de ametralladora de los facciosos y de los republicanos»[4]. Pero no se trataba de un juego. A pesar de que los obuses caían en ocasiones a las mismas horas y en las mismas zonas, hubo un gran número de víctimas mortales entre la población civil. Generalmente, fueron personas que, cuando las alarmas avisaban de la llegada de granadas, se aventuraban a salir a la calle para comprar alimentos, o permanecían en sus casas, sin buscar refugio en el sótano o en el metro.
A finales de abril, se disolvió la Junta Delegada de Defensa de Madrid. El Ministerio de Gobernación nombró un Consejo Municipal para la Villa[5]. Desde el primer momento, este Consejo buscó fórmulas que aliviasen el grave problema del suministro de la ciudad. Su Comisión de Abastos coordinó la entrada de víveres y la rápida distribución, pues la mayoría de la población sufría hambre y frío. Además, las autoridades exigieron un certificado de trabajo a todos los residentes de Madrid. Quien no pudiese justificar un empleo debía ser evacuado. Con todo, y debido a la fragmentación del régimen republicano, tanto el carnet de trabajo como el de una agrupación del Frente Popular se conseguían con relativa facilidad, ya fuese de modo legal o clandestino.
La corporación municipal también restableció el ritmo ordinario de la vida ciudadana, en la medida de lo posible. Así, con el buen tiempo de la primavera, los cafés se llenaron, a pesar de que no pudiesen ofrecer menús de calidad. Del mismo modo, creció la afluencia a cines y teatros, donde se podía asistir a espectáculos culturales aprobados por la censura de guerra.
La etapa del terror revolucionario se había mitigado de modo sustancial[6]. «Ya se podía salir a la calle en Madrid sin el temor a ser víctima de cualquier acción incontrolada de un miliciano o grupo que decidiera aplicar su “justicia del pueblo”»[7]. En este sentido, el Gobierno dio pasos para normalizar la situación en la retaguardia exigiendo, por ejemplo, la entrega de armas ilegales[8]. Con todo, no existía todavía un Estado de derecho que garantizara la seguridad de los ciudadanos que pensaban política o culturalmente de modo diverso. Algunos tribunales revolucionarios seguían activos, como el instalado en el antiguo colegio de los salesianos de la calle Atocha, donde se torturaba y extorsionaba a los detenidos[9]. Además, se contaban por centenares los presos políticos que no habían sido juzgados, y por millares las personas que seguían escondidas en domicilios particulares o asiladas en sedes diplomáticas.
En el aspecto religioso, el nuevo ministro de Justicia, el nacionalista vasco Manuel Irujo, intentó restablecer el culto público en el territorio republicano. Aunque no lo consiguió, pues las iglesias siguieron cerradas y era imposible manifestar la fe en la vida social, contribuyó a que disminuyera la represión por motivos religiosos. Por su parte, la jerarquía de la Iglesia entendía que la situación de los fieles en la zona republicana era todavía muy delicada. En su encíclica Divini Redemptoris, de marzo de 1937, Pío XI denunció el «furor comunista»[10] en España, que no solo era culpable del asesinato de eclesiásticos «sino que ha hecho un número mucho mayor de víctimas entre los seglares de toda clase, que aun ahora son asesinados cada día, en masa, por el mero hecho de ser buenos cristianos»[11].
Este escenario de menor agresividad contra las personas y los bienes eclesiásticos permitió cierta reorganización de la práctica religiosa. A partir de diciembre de 1936 creció el culto clandestino. Seis meses después, más de un ce...
Índice
- PORTADA
- PORTADA INTERIOR
- CRÉDITOS
- SUMARIO
- INTRODUCCIÓN
- CAPÍTULO I
- CAPÍTULO II
- CAPÍTULO III.
- CAPÍTULO IV.
- CAPÍTULO V.
- BIBLIOGRAFÍA
- ÍNDICE DE PERSONAS
- ÍNDICE GENERAL
- ARCHIVO FOTOGRÁFICO
- JOSÉ LUIS GONZÁLEZ GULLÓN
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