Si tú me dices "ven", lo dejo todo. Eso dice la canción, y eso sigue repitiendo el corazón humano, cada vez que se enamora: promete dejarlo todo, para siempre, y ser fiel en la salud y en la enfermedad... "hasta que la muerte nos separe". Pero hoy, ¿sigue siendo válido este mensaje? Muchos ven el ideal de formar una familia y mantenerse fiel hasta la muerte como un sueño ingenuo.
Hace ahora 50 años, Pablo VI escribió un documento profético sobre el amor conyugal, la encíclica Humanae vitae que, junto a lo escrito por los últimos Papas, ofrece el mejor mapa para que ese sueño se convierta en realidad. Seminckx lo analiza con detalle, de modo breve y directo.

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Si tú me dices 'ven'
Una visión cristiana del éxito en el amor
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Si tú me dices 'ven'
Una visión cristiana del éxito en el amor
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Información
Categoría
FilosofíaCategoría
Historia y teoría filosóficasEs de suma importancia
tener una idea exacta
del amor conyugal
(Cf. HV9).
I.
¿QUÉ ES EL AMOR?
¿QUÉ ES EL AMOR?
Todo el mundo sueña con un gran amor. La literatura, el teatro, el cine cantan la belleza del amor humano. Pero «la palabra “amor”, una de las más utilizadas, aparece muchas veces desfigurada» (AL 89). Esta noción da lugar a malentendidos, origen de muchos fracasos. Importa pues entenderla bien.
El análisis del amor que exponemos aquí tiene en cuenta la doctrina de Humanae vitae, pero también el pensamiento de Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco.
En Deus caritas est, Benedicto XVI comienza por ofrecer un análisis del amor conyugal que él llama «el arquetipo del amor». Distingue tres estadios o etapas del amor: el amor de atracción, el amor de amistad, y el amor conyugal. En este capítulo seguiremos esta estructura clásica, que se encuentra también en Karol Wojtyła, en su libro de 1960, Amor y responsabilidad.
La mención de «estadios» o «etapas» en el amor no se debe tomar aquí de un modo rígido: cada temperamento y cada historia de amor son particulares. Sin embargo, las tres etapas que describiremos se encuentran siempre, de un modo u otro, según modalidades y acentos diferentes, en toda forma de amor conyugal.
1. El amor de atracción

El amor de atracción es el que surge «entre el hombre y la mujer, que no nace del pensamiento o la voluntad, sino que en cierto modo se impone al ser humano» (DCE 3). Benedicto XVI señala que los antiguos griegos dieron a ese amor el nombre de eros.
Cuando se publicó esta encíclica, algunos medios se extrañaron de encontrar la noción de eros: esta palabra está en la raíz de la noción de erotismo, que parece extraña en un discurso pontificio sobre el amor. En latín, esa atracción se llama concupiscentia. Se refiere, según el diccionario, al «apetito desordenado de placeres deshonestos» en el contexto sexual. En el lenguaje corriente, esa palabra tiene un significado peyorativo: una persona concupiscente es sospechosa de ser viciosa.
Veremos más adelante por qué esas palabras han adquirido esa connotación negativa. Por ahora nos limitaremos a retener que se refieren al sentimiento que nace entre hombre y mujer, no deliberado, sino que se impone a ellos. Es algo del orden de la «tendencia» o del «impulso».
La atracción es un hecho: la mujer atrae al hombre y el hombre atrae a la mujer. Y se atraen en primer lugar por lo que es más perceptible, es decir, su cuerpo. La mujer atrae al hombre porque, en su cuerpo, el hombre reconoce a una persona de sexo femenino, con toda una serie de características que hacen de esa persona un ser atractivo. Y la misma reacción se observa en el otro sentido.
El amor de atracción es ante todo carnal: comienza por identificar al otro en su cuerpo, en su carne, como una realidad atractiva, un bien deseable, también desde el punto de vista sexual. En un segundo momento, la atracción descubre –más allá del cuerpo– a la persona, con toda su riqueza psicológica, espiritual, moral, que es también atractiva. La atracción está pues motivada tanto por la sensualidad –la reacción de los sentidos a la percepción del otro en tanto que cuerpo– como por el «encanto» –la reacción suscitada por la dimensión más espiritual del otro.
En sí mismo es algo espontáneo, natural, inscrito en la naturaleza humana. En su encíclica, Benedicto XVI lo llama también «amor ascendente» (DCE 7), pues, en cierta manera, es una forma de amor que «sube» en nosotros. En quien experimenta la atracción, esta situación podría expresarse con la declaración siguiente: «Te veo como algo bueno para mí».
En sí misma, la atracción no tiene nada negativo ni vergonzoso. Su existencia responde a una evidencia: para amar una realidad, es preciso ser antes atraído por ella. Si Dios ha creado a la mujer porque «no es bueno que el hombre esté solo» (Gn 2, 18) y porque ha querido que se unan para convertirse en «una sola carne» (Gn 2, 24), es normal que haya inscrito en sus corazones una atracción recíproca.
El hecho de que esa atracción se apoye en primer lugar en el cuerpo de la persona responde a otra característica de la naturaleza humana: nuestros sentidos constituyen los primeros medios de contacto con lo real. El amor humano no puede llegar a ser espiritual sino pasando antes por la mediación de los sentidos, por la percepción del otro en su realidad sensible, material.
La atracción es algo previo, una necesidad para el ser humano. Benedicto XVI la describe como «el amor de quien desea poseer lo que le falta y aspira a la unión con el amado» (Mensaje para la Cuaresma de 2007).
El hombre y la mujer que se sienten atraídos tienen una experiencia agradable. En el plano psicológico suscita una sensación llamada «placer». Este sentimiento puede desarrollarse y convertirse en «pasión». Se expresa en un abanico de posibilidades que van desde el encanto ejercido por el hecho de estar juntos, hasta la «locura de los corazones y los cuerpos» que acompaña el acto sexual. Como todo sentimiento, es frágil, y puede desaparecer tan pronto como apareció.
Los peligros del eros
Aunque la atracción es normal, propia de la naturaleza humana, necesaria en la dinámica del amor, no deja de presentar algunos riesgos. Nos referiremos a dos: el primero, bastante sutil, es confundir el sentimiento amoroso, que acompaña al atractivo, con la esencia del amor.
Un cierto número de jóvenes –y de menos jóvenes– identifican el amor con este sentimiento de pasión que se experimenta en el periodo inicial de una relación amorosa. Se podría describir así: no pienso más que en la persona amada; quiero estar junto a ella en todo momento; por la noche, sueño con ella; en su presencia, se me acelera el corazón; la felicidad es inconcebible sin ella; es una persona perfecta, sin defectos; es la más bella y la mejor; todo lo que dice es verdad, todo lo que hace es justo; sus defectos y errores solo son aparentes. No se admite la menor crítica de la persona amada.
Este sentimiento puede durar generalmente dos o tres años. Luego, desaparece. Pero no es el amor lo que ha desaparecido. Solo el sentimiento amoroso, el enamoramiento, es decir, una sensación de la que no se es dueño, que acompaña los primeros pasos del amor, pero que no constituye su substancia.
Otro peligro de la atracción consiste en reducir al otro al rango de objeto de nuestro deseo. La persona amada puede ser instrumentalizada, convertirse en un medio, en la única perspectiva del «placer». El amor es entonces interesado –posesivo, dice el Papa (DCE 7)–, es decir, orientado hacia nuestro placer, egoísta, lo opuesto a la idea intuitiva que nos hacemos del amor.
Eso es lo que sucede cuando el hombre reduce a la mujer a su cuerpo, hasta el punto de no ver ya a la persona: «El corazón está detrás del pecho: si te quedas en el pecho, no llegas al corazón», decía Mikel Santamaría1 citando a un amigo. El papa Francisco no dice algo distinto: «La atracción crea, por un momento la ilusión de la unión, pero, sin amor, tal unión deja a los desconocidos tan separados como a...
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