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Vivir
Tratado de la desesperanza y la felicidad/2
- 365 páginas
- Spanish
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Vivir
Tratado de la desesperanza y la felicidad/2
Descripción del libro
"La fe salva, luego miente, decía Nietzsche. El materialismo es más difícil. El ateo, que no cree más que en la naturaleza, sólo puede constatar que la naturaleza es amoral. [...] Pero entonces, ¿para qué la virtud? ¿Y por qué resistir a lo peor? Absurdamente virtuoso o lógicamente malvado, el ateo sólo puede elegir, aparentemente, entre una moral sin razón y una razón sin moral. Epicuro o Sade: la virtud, diría Kant, está de lado del primero; pero la lógica, del segundo. Y sin duda el materialista puede elegir. Pero, al no poder pensar la elección que ha hecho de sí mismo, debe a cada instante sufrirse como un destino y aceptarse en la virtud o en la falta. Helo aquí, hecho entre los hechos. Incapaz de juzgarse no le queda sino vivir."
Vivir, segundo libro de la obra magna de Comte-Sponville, termina el proyecto iniciado con El mito de Ícaro, título inaugural de la colección Teoría y crítica.
En estas páginas presentamos el volumen que cierra la obra más ambiciosa y significativa de su autor, Tratado de la
desesperanza y la felicidad. La apuesta de Comte-Sponville consiste en devolver a la filosofía su auténtico sentido. Un sentido que, lejos de los juegos verbales de moda hace unos años y lejos, asimismo, de la mera y estéril erudición, debe centrarse en el arte de vivir y de pensar que desde antiguo recibió el nombre de sabiduría. Sabiduría materialista y, por ello mismo, irreligiosa, que encuentra en la crítica de las ilusiones la alegre desesperanza por la que la felicidad se hace pensable y posible.
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Información
Categoría
PhilosophyCategoría
Aesthetics in Philosophy4
LOS LABERINTOS DE LA MORAL: ¿MÁS ALLÁ DEL BIEN Y DEL MAL?
«Cuando obramos, ya actuemos necesariamente, ya libremente, siempre somos guiados por la esperanza o por el miedo. Por tanto, mi detractor está equivocado al afirmar que yo sostengo que no dejo lugar alguno para los preceptos y los mandamientos»
Spinoza
«Cuanto más nos esforzamos en vivir según la guía de la razón, tanto más nos esforzamos en no depender de la esperanza»
Spinoza
I
Lo más difícil es la moral.
Es lo más difícil en la vida. Sin esta dificultad la moral no sería tal y como es: exigente, severa y adquirida sólo con esfuerzo. En una pendiente se puede subir o bajar. Subir es más difícil. La moral es precisamente esta dificultad.
Para el materialismo, la moral es también lo más difícil de pensar. En la moral, como en otros ámbitos, las religiones se encuentran más cómodas. Esto es normal, pues existen para esta comodidad máxima de vivir y de pensar. «La fe salva», decía Nietzsche, «luego miente». El materialismo es más difícil. Quizás es también más moral.
Aquello que ya vimos en política y en arte nos permitirá ahora ir más rápido hacia lo esencial. En relación con la moral hay muchas formas de ser religioso y muchas formas de creer. Pero quizás haya sólo una creencia: la de que el Bien existe. Con eso les basta. Todas las religiones coinciden en lo siguiente: como el Bien existe (en Dios) no se debe hacer el mal. En eso consiste la moral de todas las religiones. La cuestión radica en saber si toda moral es religiosa. Una moral verdaderamente atea diría exactamente lo contrario: puesto que el bien no existe es preciso hacerlo. Moral de la desesperanza. Trataremos de pensar su posibilidad.
«¿Y para qué?», se preguntarán algunos. «Abandonad esas viejas manías… Si no existe el bien, ¿qué os importa esa nada? ¿Por qué despertar los antiguos temores? ¿Para qué avivar remordimientos y temblores?». «Basta de Ley» —afirman—, «basta de mandamientos… La moral murió al mismo tiempo que Dios. Dejad sus despojos a los sacerdotes necrófagos…».
Los oigo disculparse. Estas palabras de hoy no son nuevas. Siempre hubo gente para afirmar que la moral no existe, justificando así su inmoralidad. Hasta los más malvados buscan excusas rindiendo culto a la negación de la virtud. Contra estas pretensiones basta un solo hombre bueno para restablecer la evidencia del valor de la virtud. La escasez de estos hombres no es tan insólita como para hacer que no existen.
Hombre de bien, virtud… Aquí estamos, en la trampa de las palabras. Las reticencias de nuestra época respecto de la moral son en primer lugar de vocabulario. El bien, el mal, la culpa… ¡Todo eso parece tan anticuado! Y muchos creen haber resuelto el problema porque han renunciado a las palabras que servían en otro tiempo para plantearlo. Según ellos la virtud es una lengua muerta.
A menudo he notado en mis clases que los adolescentes, o muchos de entre ellos, estaban convencidos (al menos eso decían) de no tener moral y de que las palabras «vicio» o «virtud», «bien» o «mal» carecían de sentido, les parecían inútiles y pasadas de moda, como antiguallas de desván. De repente me sentía muy anticuado, pues las utilizaba. «¡Yo no tengo moral!», me decía alguno de ellos con sinceridad. Es posible. Pero, ¿traicionarías a un amigo?, ¿torturarías a un niño?, ¿condenarías a un inocente? Apenas conozco a alguno que me haya respondido que sí (en efecto, incluso si nadie los viera, no lo harían); finalmente terminaban confesando que no estaban tan lejos de la moral o de las palabras con las que yo la nombraba. Por razones históricas que se podrían analizar, el lenguaje moral ha envejecido, y de mala manera. La moral misma ha cambiado y, más aún, la manera de hablar de ella. Aquello que era vicio ya no lo es y algunas virtudes ya no pasan como tales. Pero el hecho moral permanece; un hecho que resiste tanto a las palabras como a su desaparición o desuso. Siempre se podrá llamar «héroe» a un verdugo y elogiar a los embusteros y a los asesinos; o bien callarse y hablar de otra cosa… Pero así no se anula la tortura, ni el crimen, ni la mentira. Y mucho menos el horror que —en mayor o menor medida— nos inspiran, sean cuales sean las palabras que utilizamos para hablar de él o enmascararlo. Este horror es el hecho donde comienza la moral. «Se trata al menos de decir no» [1].
Así, todo el mundo tiene su moral desde el mismo momento en que no acepta todo. Y muchos, que pretenden no tenerla, sin embargo se refieren a ella cotidianamente, incluso cuando hacen como que la ignoran. Como en muchas otras cosas, los adolescentes nos dan miles de ejemplos de ello, y su pretendida amoralidad es a menudo virtud, puesto que son todo lo contrario de un Tartufo. Pero dejémoslos a un lado. Basta una sola pregunta para que cada cual pueda atestiguar esta exigencia del hecho moral; o más bien, una sola respuesta a una pregunta que —para que todo el mundo la comprenda— se puede formular coloquialmente: ¿notas alguna diferencia entre un cabrón y un buen tipo? Si la notas significa que posees cierta moral (en referencia a que evalúas esta diferencia) y te concierne lo que digo. Si no… Si no, no habrías leído hasta aquí.
Ahora bien, si hay alguna diferencia, nos queda por saber cuál es su legitimidad. Al fin y al cabo, se dirá, ¿no será por miedo, o bien por interés, que este «hombre de bien» del que hablamos evita cometer crímenes que otros más audaces o menos calculadores tienen el coraje de llevar a cabo? Y, lejos de ser mejor que los otros, ¿no es acaso más cobarde o más hipócrita? ¿O sencillamente más torpe e incapaz de hacer el mal sin dejarse atrapar? ¿Es acaso la moral otra cosa que la coartada de la debilidad?
Este género de discurso posee sus propias credenciales desde hace más tiempo del que se cree. Ya Platón nos dio de ello dos buenos ejemplos: Giges [2] y Calicles [3]. Los dos hombres son muy diferentes, pero en el fondo concuerdan en lo esencial. Para ambos, la moral es el discurso hipócrita de los débiles y de los cobardes, que llaman «mal» a aquello que no tienen la fuerza para hacer o temen que se les haga, y «bien», al respeto de las leyes cuya función no es otra que la de protegerlos. La moral no es sino expresión del miedo, dicen ellos, y no tiene otra legitimidad. Si el miedo desapareciera, la moral también desaparecería. Los buenos no son mejores que los malos; son menos audaces (Calicles) o menos hábiles para esconderse (Giges). Platón narra el ejemplo de este último con una nitidez extrema.
Giges es un pastor. Hoy sería empleado de banca o peluquero, ni mejor ni peor que otro. Podría ser cualquiera de nosotros. Pero he aquí que encuentra, en circunstancias sorprendentes que Platón narra con gran detalle, una sortija: ¡un anillo milagroso que, cuando él quiere, lo vuelve invisible! Es todo lo contrario de Edipo, que se arranca los ojos para no ver el mal que había hecho: Giges posee el instrumento para que no podamos ver lo que va a hacer. En lo demás, las dos historias se parecen curiosamente:
En cuanto se hubo cerciorado de ello, maquinó el modo de formar parte de los que fueron a la residencia del rey como informantes; y una vez allí sedujo a la reina, y con su ayuda mató al rey y se apoderó del gobierno [4].
La conclusión filosófica de la historia, según Glauc...
Índice
- PREFACIO
- LOS LABERINTOS DE LA MORAL: ¿MÁS ALLÁ DEL BIEN Y DEL MAL?
- LOS LABERINTOS DEL SENTIDO: DE UN SILENCIO A OTRO
- CONCLUSIÓN. LA VIDA DIFÍCIL
- ÍNDICE DE MATERIAS
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