Cuerpo
eBook - ePub

Cuerpo

  1. 254 páginas
  2. Spanish
  3. ePUB (apto para móviles)
  4. Disponible en iOS y Android
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Descripción del libro

El fisioculturista Russell Morgan, alias Músculo, transforma a Dorothy Turnipseed, una tosca secretaria de la población sureña de Waycross, Georgia, en la deslumbrante Shereel Dupont, parangón de la perfección física y principal candidata al título de Miss Cosmos. Pero aunque ella controla todo lo que tiene que ver con su cuerpo, no es capaz de controlar a su estrambótica familia y, en efecto, un día antes del certamen ve cómo se materializa su peor pesadilla: los Turnipseed al completo se plantan en el hotel sin ser invitados... En CUERPO, Harry Crews retrata un universo de elementos irreconciliables, un desfile de los llamados al fracaso, los freaks, los inadaptados y los desafectos, revelando con sarna y ternura la belleza de lo grotesco y lo grotesco de la belleza.

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Información

Año
2015
ISBN del libro electrónico
9788491141037
Edición
1
Categoría
Literature

doce

–Este puto sitio es grande como una cuadra –dijo Cabeza Clavo desde la enorme silla en la que ganduleaba junto a la ventana.
–Es bonito. Y es gratis –dijo Shereel. Estaba de pie en la sala de estar de la suite de Cabeza Clavo, procurando mantenerse la bata firmemente cerrada alrededor del cuerpo–. Por amor de Dios, intenta disfrutarlo.
–Ná de to esto me hace disfrutar –dijo Clavo, mirando por la ventana– y tampoco quiero. Hay un montón de cosas que ya no pueo disfrutar y lo poco que disfruto no está aquí. Sólo de pensar que me jodí un pinrel y que sudo toas las noches por haber luchao en Vietnam pa defender un sitio como éste y a tantos mamones como los que he visto por tos laos desde que crucé la frontera del estao… Eso da que pensar.
Se sacó una cerilla de cocina del bolsillo de la camisa, se la puso en la boca y se volvió para mirar a Shereel. Sus finos labios se separaron de sus dientes en lo que pudiera haberse tratado de una sonrisa si hubiese habido algo de humor en aquel gesto, cosa que no había en absoluto.
–Hermana Hembra, aquí no tiés por qué llevar cerrá la bata.
Ella deseaba marcharse de allí a toda costa para regresar a su habitación, pero se limitó a ceñirse aún más el albornoz y a mirarle:
–No tendría que estar cerrándomela si no hubieses quitado los botones.
–Pero lo hice, ¿no? –dijo él–. Te los quité.
Ella no le contestó e intentó suavizar la expresión de su cara, porque la última cosa que quería era cabrearle. Ya era lo suficientemente loco y salvaje antes de irse a luchar a Vietnam, pero al regresar a casa de la guerra había accedido a algo que estaba mucho más allá de la locura y del salvajismo, algo más aterrador. Shereel deseaba poder ponerle nombre pero era incapaz. Y quizá era eso lo que lo hacía tan aterrador. Lo que fuera que tanto le afligía no tenía nombre. Cuando le miraba a los ojos le daba la sensación de estar asomándose a un agujero, a un agujero oscuro sin fondo.
–No son más que botones –dijo ella–, puedo volver a coserlos.
–Sí –dijo él–, al menos lo que yo te arranque pués volver a coserlo. No tos los que han probao mi navaja puén decir lo mismo.
–Clavo, me encantaría que dejaras de decir cosas así –dijo ella–. Ahora es lo que menos necesito, por alguna razón no puedo soportarlo. Estoy aquí por un motivo. Me tengo que concentrar. Tengo que ganar.
De nuevo la misma sonrisa desprovista de humor que no era ni mucho menos una sonrisa.
–Pues lo que es yo –dijo él– tengo que meterla.
–Ahora no –dijo ella–. Aquí no.
–Eso dijiste abajo, en el cuarto de la mesa grande y toas las sillas después de que el Musculitos saliera por patas. Si no me recuerdo mal, lo que dijiste fue: «Ahora no, aquí no».
–Bien –dijo ella–, me alegra que me oyeras y que lo recuerdes. Pero no me estaba refiriendo a esa habitación en particular, me refería a no aquí, en el campeonato, y a no ahora cuando tengo que ganar.
Mientras ella hablaba él se había llevado la mano al bañador y se había sacado la polla que ahora permanecía enorme y venosa sobre su regazo.
–Hermana Hembra, a ver si te piensas que he viajao casi mil kilómetros en mi furgoneta pa hacerme un pajote.
Tenía una mosca tatuada en la punta de la polla. Shereel se acordaba de la primera vez que se la vio, cuando tenía catorce años. La había rozado con la mano para espantarla. En fin, eso fue entonces y esto era ahora. Las cosas habían cambiado.
–Las cosas han cambiado –dijo ella.
–Suéltalo otra vez –dijo él, meneándose distraídamente la polla como si se tratase de una mascota exótica, pero sin despegar los ojos de Shereel.
–He dicho que las cosas han cambiado.
–Eso me pareció.
–Si te molestas en pensarlo un minuto, lo verás y lo entenderás.
–Un hombre que vale lo que vale no pué hacer ná de ná cuando tié el rabo duro. Bien que lo sabías antes, Hermana Hembra.
Shereel sintió la piel tirante alrededor de los ojos y que había algo en el interior de su cabeza que amenazaba con desatarse. Podía sentir cómo se tensaba para liberarse en lo más profundo de su cabeza, liberarse y salir rodando hacia Dios sabía dónde.
–También podrías parar ya con esa mierda de Hermana Hembra –dijo ella.
–¿Entonces cómo quiés que te llame? –preguntó él, aún meneándosela distraídamente como si fuera la actividad más natural del mundo–. ¿Quiés que te llame Shereel? Pos va a ser que no, Hermana Hembra.
–Mientras no haya nadie cerca, puedes llamarme Dorothy –dijo ella–, pero si hay alguien cerca bastará con un «Eh, tú».
Él bajó los ojos y se quedó mirando la mosca durante un minuto largo. Entonces dijo:
–Ya me jode decirlo pero hablas como una gilipollas. Hubo un chaval que me habló así una vez en Vietnam. Salimos de patrulla y fíjate que él no volvió. Y no porque nos topásemos con amarillos. Le pinché y allí se quedó en el sitio.
–Tampoco necesitas volver a hacer eso –dijo ella–. Sé como cualquiera y mucho mejor que la mayoría cómo eres. No tienes que estar constantemente recordándomelo. Ya sé.
–No tiés ni puta idea –dijo él–, si no vendrías a sentarte en mis rodillas.
–Aquí no –dijo ella–. Ahora no.
Ella estaba completamente segura de que no se había bañado desde que había estado con Russell y sabía cómo era Clavo. Acabaría saboreando a Russell en la polla de Clavo. Y sólo de pensar que eso pudiera ocurrir, la cosita malvada que anidaba en su cabeza y que estaba estirándose para liberarse empezó a sacudirse y a embestir con locura. Podía oír sus gruñidos y oler el hedor sulfuroso de su aliento y oyó la pregunta que aquella cosa le planteaba al tiempo que luchaba por liberarse mentalmente, y la pregunta era ésta: ¿eres una maldita campeona o una maldita calentorra?
–Ni aquí ni ahora –volvió a decir.
–Y dale con lo mismo.
No le contestó sino que volvió la cabeza ligeramente y escuchó a aquella cosa que ya estaba a punto de liberarse. ¿Campeona o calentorra? ¿Quién se lo ha currado y se ha matado, día tras día, para llegar hasta aquí? ¿Fuiste tú? ¿Acaso podrías haber sido tú la que se lo curró y se mató? ¿Entonces por qué tienes que comportarte como una calentorra cada vez que una polla te propone un revolcón? Dime: ¿por qué?
Se giró para volver a mirar directamente a Clavo justo en el momento en que él abandonaba la silla y se aproximaba a ella. Era extremadamente rápido para ser un hombre tan grande, pero no tuvo necesidad de precipitarse. Ella no tenía intención de moverse. La cosa que estaba intentando liberarse en su cabeza se había liberado y se había puesto a aullar desenfrenadamente. Ella escuchaba, manteniéndose inmóvil, al tiempo que Clavo la alzaba y se la llevaba a la silla. Sólo miró cuando le quitó el albornoz y le arrancó las bragas. Estaba desnuda y aun así se limitaba a mirar y a escuchar mientras él la colocaba por encima del brazo de la enorme silla. Se movía siguiendo sus órdenes y eso pareció agradarle.
–Mejor –dijo él–. Así está mucho mejor. Mira tú. Madre mía, creo que la he palmao y he subío al cielo.
Ella se movió sin saber muy bien cómo. Era como si lo hubiese estado pensando largo y tendido y lo hubiera planeado, pero nada más lejos de la realidad. Lo que quiera que fuese que dirigía sus movimientos era aquella cosa que ahora nadaba libre por su cabeza, dando vueltas, desatada, en una confusa nube de azufre.
–Así me gusta –dijo Clavo con mucha calma.
–Sí –dijo ella con la misma voz calmada de él, como si estuviesen hablando del tiempo.
Ella había virado los hombros para dirigir la mano a la funda de enganche rápido y apoderarse de la navaja de muelle, había presionado con el pulgar el botón y la navaja se había abierto de golpe en su mano. Ocurrió todo a una velocidad tan desconcertante que ni siquiera le dio tiempo a pensar, pero cuando paró vio que le había puesto a Clavo la hoja de acero azul plateado de la navaja en la base de la polla, su hermosa mano, venosa y musculada, totalmente firme.
Cabeza Clavo se quedó inmóvil y al hablar lo hizo con una voz tranquila y ensimismada.
–Justo ahora que iba a palmarla y derechito al cielo.
–Si vas –dijo ella–, irás como un caballo castrado.
–¿Capaz que lo dices en serio? –dijo él.
–Ponme a prueba.
–¿Qué pensaría tu viejo?
–Probablemente no lo entendería, pero tú seguirías echando de menos tu polla.
–¿Tos esos músculos no te habrán convertío en un marimacho, verdá? ¿A qué tantas ganas de cortarme la polla?
–¿Cómo es que no puedes escuchar? –dijo ella–. He intentado explicarte cómo son las cosas pero no has querido escuchar lo que te estaba diciendo. Yo también tengo una vida.
La tensión estaba empezando a hacerle temblar la mano.
–Shereel –dijo él.
Alzó los ojos para mirarle apartándolos del lugar en que se había estado concentrando: su mano, la navaja y su polla.
–Shereel –volvió a decir, haciendo que el sonido se le enredase en la lengua–, no suena mal del to. Así que ahora eso es lo que eres, ¿una Shereel?
–Soy Shereel ahora y para siempre –dijo ella, echando un breve vistazo a su mano, tratando de mantener el pulso firme.
–Atiende, que te digo algo de esta navaja, Shereel. A la Dorothy no le hacían falta palabras, pero a una Shereel sí. Nunca vas a tener algo tan afilao en la mano, Shereel. Mira que si no tiés cuidao me vas a dejar sin polla y con ese temblor me vas a estropiciar pa siempre. Esta navaja no es pa una mano con temblores.
–Entonces es algo a tener en cuenta, ¿no crees? ¿Estás pensando, Clavo? ¿Estás pensando en ello? Porque yo en tu lugar me lo pensaría.
–¿Así que eso harías si fuera yo?
–Eso es lo que yo haría. Me lo volvería a pensar todo de nuevo.
La voz de Clavo bajó un tono y adoptó en los oídos de Shereel el de la fría y horrible voz que había traído de vuelta de Vietnam.
–¿Quiés cortar, japuta? Pos corta.
–¿Quieres que lo haga? –dijo ella–. ¿Eso es lo que quieres?
–Antes me cortas el pescuezo que la polla –dijo él–. Si me cortas el pescuezo me haces un favor –sonrió no con el estiramiento carente de humor de sus finos labios, sino con una sonrisa auténtica–. Pero yo también te haría un favor si te corto el pescuezo.
Inexplicablemente, ella sintió que se le inundaban los ojos de lágrimas.
–No se te podía haber ocurrido una gilipollez más grande.
Volvió a dedicarle una sonrisa genuina.
–Mira lo que tiés en la mano y donde lo has puesto y dime eso otra vez.
Ella miró lo que tenía en la mano y dónde lo estaba sosteniendo. Dios, así que al final había llegado hasta ese punto. Sabía perfectamente lo que la había llevado hasta allí. Había estado muy cerca de perder completamente los papeles.
–No quiero cortarte –dijo con una voz apagada y prosaica.
–Nunca amenaces con una navaja a un tío si no tiés lo que hay que tener pa pincharle, Shereel.
Ella apartó la mano y dejó caer la navaja de sus dedos. Se levantó de donde se había agazapado ante él y se sentó en la silla. Bajó la mirada para contemplarse a sí misma y, a continuación, volvió a alzarla para fijarl...

Índice

  1. HARRY CREWS: LO QUE SÉ DE NOSOTROS DOS
  2. NOTA DEL AUTOR
  3. uno
  4. dos
  5. tres
  6. cuatro
  7. cinco
  8. seis
  9. siete
  10. ocho
  11. nueve
  12. diez
  13. once
  14. doce
  15. trece
  16. catorce
  17. quince
  18. dieciséis
  19. diecisiete
  20. dieciocho
  21. diecinueve