LA POBREZA DE ESPÍRITU
«El único bien es amar a Dios con todo el corazón y ser aquí abajo pobre de espíritu».
Teresa de Lisieux
«Se experimenta una gran paz siendo absolutamente pobre, por no contar más que con el buen Dios».
Teresa de Lisieux
«No temas, cuanto más pobre seas, más te amará Jesús».
Teresa de Lisieux
La primera de las Bienaventuranzas proclamadas por Jesús es «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque suyo es el Reino de los Cielos». El texto griego utiliza la expresión ptochos to pneuma, «pobres en el espíritu», pero se encuentran a veces otras traducciones: «Bienaventurados los que tienen un corazón de pobre», «Bienaventurados los que tienen un alma de pobre», en todo caso eso es legítimo.
Esta primera Bienaventuranza es la fuente de todas las demás y las contiene en germen. Se podría mostrar que cada una de las Bienaventuranzas que siguen supone una cierta forma de pobreza de corazón. En el centro del Evangelio y de la persona de Jesús, hay un misterio de pobreza que es del todo esencial y sin el cual no se estaría en una lógica cristiana. «Conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que, siendo rico, se hizo pobre por vosotros, para que vosotros seáis ricos por su pobreza», dice san Pablo.
Eso no es, sin embargo, fácil de comprender. Incluso en el ámbito de la vida espiritual, razonamos casi siempre en términos de riqueza, de acumulación, de adquisición de ciertos bienes. Se necesitan tiempo y experiencia para captar la verdad profunda de este texto.
Como ya dije, estoy cada vez más persuadido de que la pobreza espiritual es la clave de la vida espiritual, de la santidad, de toda fecundidad, así como de la verdadera felicidad. Solo los pobres reciben plenamente la gracia del Espíritu Santo, la revelación del misterio de Dios. «Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y las has revelado a los pequeños», dice Jesús en el evangelio de san Lucas.
Hay una pobreza negativa (miseria material o moral, vacío interior…) que, por supuesto, hay que combatir, y es lo que hace la Iglesia desde siempre. Pero hay también una pobreza que es buena, fuente de vida y de alegría, a la que Jesús nos invita y de la que dan testimonio los santos. «No, no hay alegría comparable a la que gusta el verdadero pobre de espíritu», dice Teresa de Lisieux.
¿En qué consiste esta pobreza espiritual? Si me pidiesen que la resumiera en una frase, diría que es esencialmente una forma de libertad, la libertad de recibirlo todo gratuitamente y darlo todo gratuitamente.
Cuando Jesús envía a sus apóstoles en misión, les habla así: «Id y predicad: “El Reino de los Cielos está al llegar”. Curad a los enfermos, resucitad a los muertos, sanad a los leprosos, expulsad a los demonios. Gratuitamente lo recibisteis, dadlo gratuitamente».
Lo más chocante en la misión de los discípulos es que Jesús los envíe en una gran precariedad material, de modo que se vean impulsados a no apoyarse más que en Dios y a adquirir así la experiencia de su providencia. Y, al mismo tiempo, les promete que una gracia muy fuerte les va a acompañar: gracia de curación, autoridad sobre los poderes del mal, capacidad de comunicar la paz… Sobre su pobreza reposará la fuerza del Espíritu.
La frase: «Gratuitamente lo recibisteis, dadlo gratuitamente» me parece una de las frases clave de la enseñanza de Jesús. Resume a mi parecer toda la esencia de la vida cristiana, de la existencia según la lógica del Reino; lo que Jesús llama la «justicia del Reino», cuando dice, por ejemplo: «Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas se os añadirán».
Esta lógica consiste, por una parte, en recibirlo todo gratuitamente del amor y la misericordia de Dios, en recibir no según nuestros méritos o según un «derecho» cualquiera que pudiéramos reivindicar, sino según la riqueza de su generosidad y de su bondad. Comprender que los dones de Dios no son para conquistarlos, sino para acogerlos, lo que es bien diferente. Por otra parte, consiste en dar todo lo que hemos recibido, en compartirlo con la misma generosidad y gratuidad de las que nos hemos beneficiado por parte de Dios.
La pobreza de corazón es a fin de cuentas la libertad de recibirlo todo gratuitamente, sin que nuestro «ego», sus pretensiones y reivindicaciones, se interpongan ya. Supone una muerte a sí mismo, un desprendimiento radical, pero que conduce a una transparencia perfecta a la acción de Dios, a la alegría de recibir y de dar libremente.
Con todo, se necesita mucho tiempo y una larga lucha para llegar a esta libertad. Exige una transformación en profundidad de nuestra existencia, de nuestro modo de relacionarnos con Dios, con nosotros mismos y con los demás, como vamos a desarrollar a continuación.
LA POBREZA EN EL ANTIGUO TESTAMENTO
Para comprender bien el sentido de la pobreza de espíritu y cómo adquirirla progresivamente, vamos a comenzar por examinar las raíces de esta noción en el Antiguo Testamento. Al proclamar las Bienaventuranzas, Jesús saca a la luz la novedad del Evangelio, pero esta novedad encuentra su preparación en la historia de Israel y no se puede comprender el mensaje de las Bienaventuranzas, en particular el de pobreza, si no se tiene en cuenta el desarrollo progresivo en el Antiguo Testamento de una visión positiva de la pobreza. Luego veremos, sobre la base de esta meditación y de los textos del Evangelio, cómo practicarla, lo que significa ser pobre en la relación con Dios, la relación con uno mismo, la relación con el otro, la relación con la vida.
Cuando el Antiguo Testamento afronta el tema de la pobreza, lo hace evidentemente según distintas aproximaciones complejas. Vamos a abordarlas todas. En las capas más primitivas, la pobreza es a menudo vista como una realidad negativa, es decir, un signo de la reprobación divina, mientras que la riqueza por el contrario se interpreta como una bendición de Dios. En otros textos (algunos pasajes de los profetas en particular), la pobreza se verá como un escándalo, una injusticia clamorosa e intolerable en Israel; habrá, pues, llamadas vigorosas a remediar todas las formas de injusticia social, a cuidar de los pobres y de los extranjeros, etc. Estos textos conservan, evidentemente, su actualidad. Se volverá con vigor sobre esta polémica contra...