
- 248 páginas
- Spanish
- ePUB (apto para móviles)
- Disponible en iOS y Android
eBook - ePub
Descripción del libro
En
Los anteojos del Fabulista el autor nos narra sus vivencias y nos ofrece una guía de uso para poder leer y escribir y despertar la pasión que él mismo siente por ello, y nos dice puntualmente: "Las páginas de este libro no pretenden instruir a nadie de nada, pues tal vez sea esa una empresa imposible, pero sí, al menos, sostener el aliento de aquellos que empiezan a leer y a escribir o de aquellos otros que, ya entrados en este oficio, no quieren desalentarse".
Cuenta con la confianza de 375,005 estudiantes
Acceso a más de 1,5 millones de títulos por un precio mensual justo.
Estudia de forma más eficiente usando nuestras herramientas de estudio.
Información
Categoría
LiteratureCategoría
Historical Biographies Escribir
Escribo como quien duerme, y toda mi vida es un recibo por firmar Fernando Pessoa
Para un hombre que ha dejado de tener una patria, la escritura se convierte en un lugar para vivir.
T. W. Adorno
Los poetas, los escritores, nos describen en sus libros, con fuerza maravillosa y con pormenores magistrales, cualquier viaje que hacen, toda aventura que les sucede, cada sentimiento que los agita. ¿Por qué no nos explican, pues, la experiencia más importante de su vida? ¿Por qué no nos describen su modo de crear?
Stefan Zweig
Contrario a muchos escritores, mi memoria es infiel cuando se trata de precisar el día en que empecé a escribir. Leía en José, la autobiografía de Rubem Fonseca, la forma en que el escritor brasileño aprendió a escribir. Dice que lo hizo en una máquina Undetwood que estaba en su casa y que aprendió escribir una frase que incluso aprendió de memoria. Le gustaba teclear en la máquina la susodicha frase. Aprendió a escribir a los cuatro años, según registra Fonseca. Creo que Sartre también lo hizo a los cuatro años, pero en su caso fue a leer. Lo confiesa en Las palabras, su autobiografía. Muchos otros autores tienen memoria del día que aprendieron a escribir y lo registran como se registran los grandes acontecimientos. Yo no. Yo no recuerdo ni siquiera el día que aprendí a leer. Mi infancia, ahora que lo veo con cierta distancia, fue más o menos parecida a un triturar verduras y frutas en una licuadora. Todo lo tengo revuelto y sólo respondo a retazos de recuerdos que generalmente me llegan sin previo aviso. ¿Cuáles serían las primeras palabras que escribí? No lo sé. Tengo memoria de los ejercicios que hice para tener la habilidad de escribir letras y luego palabras, pero no las palabras. Mucho menos las frases. Entre esos ejercicios están los de hacer rayitas, círculos, cuadro, espirales, etcétera. Llenaba planas enteras con estos garabatos que, según la maestra, contribuían a mi motricidad. Pero mi vida estaba en otra parte, entonces: y esta parte era la calle. No los libros, como cualquiera pudiera pensar, siendo yo escritor. La calle, dije, que es donde comienza a rodar la historia de mis palabras.
A la vuelta de la casa vivía una niña morenita de la que me enamoré profundamente. Fue el primer amor de mi vida, ahora puedo aceptarlo. Lo fue porque me dolió. Lo fue porque un buen día me di cuenta de que no podía pasar un día sin verla. Se llamaba Gina. Fue la que me enseñó el arte del plagio. Lo recuerdo como si fuera ayer: era su cumpleaños. No sabía qué regalarle y no se me ocurrió nada mejor que escribirle una carta. Una carta de amor. Tomé una hoja blanca y una pluma y me senté en el comedor. La casa estaba vacía, como de costumbre. Intenté algunas frases, pero eran de espuma. Entonces recordé el libro de poemas del librero del cuarto de tiliches. Fui a su busca. Lo abrí en cualquier parte, desesperadamente. Encontré el clásico poema de Neruda. Aquel que comienza “Puedo escribir los versos más triste esta noche” y, cerciorándome de que nadie me viera, como si en realidad a alguien le importara mi delito, lo transcribí en una pequeña hoja de papel, que metí en un sobre blanco. Poco tiempo después supe por Romina, nuestra común vecina, que la mamá de Gina la había hecho despertar de su encantamiento. El poema es de Pablo Neruda, no de ese desarrapado, le diría. La mamá de Gina era maestra, como mi mamá, y sabía lo que decía. No me importó. Desde entonces y hasta ahora he tenido, en el fondo de mí, una sensación de pérdida. De esa pérdida es, lo sabría años después, sobre la que se ha levantado toda la poesía.
Deja que la vida escriba por ti.
El cuarto en el que escribo, los libros que poseo, la hora exacta de la escritura, el pensamiento fijo en una obra inabarcable, que se desborda de mi escritorio, completamente mía.
Escribir es quitarse las sandalias: no vestirse de frac.
La escritura impostergable, el deseo de escribir en este momento, el momento en que ninguna otra cosa importa más que tu obra literaria, tus palabras, tu música, los tonos que traes en la cabeza piando como pajaritos, la voluntad única de construirte, de construir una obra literaria, tú mismo afuera de ti, tu espíritu materializado en palabras, volúmenes, en libros adosados uno detrás del otro, arriba, en el librero.
Algunos amigos escritores tuvieron a bien enviarme algunas re-flexiones sobre su propia experiencia escritural, otras son evocaciones que hago de encuentros que tuve con ellos mismos, otras más no sé si son invenciones mías o en realidad pasajes que encontré en alguno de sus libros. A lo largo de esta miscelánea las voy dejando tal como si hubiéramos hecho una cita que tuviera lugar precisamente aquí, en este libro.
La poesía se escribe con la mano diestra.
Cuadernos de notas sin transcribir, apelmazados sobre el escritorio: ¿por qué no irán los pensamientos directos a la página en blanco?
Lápices contra ojivas.
Últimamente hay dos tipos de escritores. Los unos, que se preocupan mucho por el lector, y, obviamente, por el dinero y la fama. Los otros, que se niegan a vender sus historias, sus modos, sus personajes. Y no sólo se niegan a secas, sino que se niegan a coincidir con aquello que tenga tintes puramente comerciales, aun cuando en ese instante su cuerpo (el cuerpo de sus palabras) coincida con la moda literaria. Yo soy de esos escritores renegados que se rehúsan a escribir aquello precisamente que más se vende. Un compromiso con nadie sabe quién, porque seguro que no es con uno mismo, como dicen, me obliga a poner verde donde se ha puesto rojo, a decir detente donde se ha escrito adelante. El quehacer literario como un espacio íntimo, insustituible, insobornable. Eso sí, siempre con ganas de llegar a millones de lectores. A todos, de ser posible.
Hay escritores que escriben con el propósito de tener muchos lectores, y algunos lo consiguen. Y escritores que lo hacen para pocos, unos cuantos nomás, y con esos están bastante felices. Siempre pienso en los primeros como en los amigos extrovertidos, esos que apenas llegar a la fiesta se ven rodeados de personas, y ocupan el centro de la plática, y se pavonean gozosos, y no se cansan. Los otros, en cambio, son como los familiares que llegan a las reuniones y se apartan de la bulla, fácilmente encuentran una silla en un rincón para hablar consigo mismos, o tal vez pensar en cualquier cosa, o quizá observar a aquellos que se rodean de muchas personas, y que alzan y bajan los brazos, y manotean incluso, ocupando siempre las primeras planas en los suplementos de sociales del periódico de los domingos. Para unos y otros las formas de celebrar la vida son distintas. Los primeros se hacen de una gran orquesta que hacen salir y transitar las calles de la ciudad. Los otros apenas ponen un radio de onda corta donde escuchan, al calor de una chimenea, un instrumento de tres cuerdas tocando una sonata.
Libros ininteligibles: ¿por qué los publicó su autor si lo que real-mente quería era conversar consigo mismo?
Normalmente escuchamos entrevistas o declaraciones en donde los escritores hablan de la escritura como un juego o pasatiempo. Y se jactan de ello. Lo dicen como si pudieran hacer cualquier otra cosa del mismo modo, esto es, vender biblias o tejer camisones de dormir. Cuando alguien habla de la escritura como una vía de salvación, se ponen pesados. Se mofan, incluso. ¿Quién va a creer eso? Y si ese mismo agrega que es algo por lo que no sólo hay que vivir sino, sobre todo, morir, entonces las risotadas rebotan por todos los rincones de la habitación. Da la casualidad que quienes dicen esto son autores con una obra sólida, seria, que no se pudo haber escritor sin haber puesto en ella la mitad de la vida y la mitad, digámoslo así, del corazón.
No hace mucho fui con mi editora a la National Gallery de London. Insistió en que fuéramos y aun cuando, lo he dicho muchas veces, no me gustan los museos (no sé, los encuentro un tanto lúgubres y siempre me hacen sentir en un cementerio), no tuve más remedio que ir. Todo salió muy bien. Pero el punto aquí no es que haya ido o no, y que me haya encontrado con una magnífica pintura de Cranach, “Cupido quejándose a Venus”, sino que previo a ir al museo, mi editora me dijo que si no me gustaba la idea fuéramos a otro lado, y yo le dije que no, que en realidad para mí toda la realidad me parecía digna de escribirse, y que todos los hechos, así fueran los más desagradables, eran motivo para ello, que a mí lo que me gustaba era en realidad vivir, y que todo lo que la vida me trajera era bienvenido. Lo dije casi por salir del paso, pero luego me di cuenta de que efectivamente es así. La realidad completa entregándose en palabras, frases, imágenes, símbolos, ideas, al que escribe, quien está —así me lo imagino yo- con una red del otro lado de la telita que nos divide de ella, a la espera de quedarse con la mejor de las tajadas.
Escribir es una forma de tener sexo. O viceversa. No me avergüenza decirlo. Me gusta el sexo como me gusta escribir. Dos placeres equivalentes que podrían combinarse un día uno y otro el otro, o dos días uno y dos días el otro, o incluso, uno después de otro, o mejor, ambos simultáneamente. A mí me gusta tener sexo y luego irme a escribir. Encuentro una paz en las frases que salen de mi mano, un éxtasis, incomparable, no importa que al siguiente día, cuando vuelvo a revisar lo hecho la noche anterior, ya no encuentre más que cenizas, y entonces haya —qué bueno— que empezar de nuevo. Uno vuelve al sexo como a la página en blanco porque sabe que lo que uno disfruta o escribe es un ensayo o borrador siempre de lo que vendrá, que esperamos disfrutar más y ejecutar mejor. Y así hasta el último día de nuestros días.
Como este libro es un monólogo, un diálogo, una cancha de fútbol, una biblioteca, un teatro, y hasta un buzón, comparto este texto sobre la escritura que me envió hace unos días mi apreciada Rosa Beltrán. Se titula “Así escribo”:
¿Por qué sufrimos tanto? A veces me lo pregunto. Y encuentro la respuesta en una obra a la que suelo acudir. Para la Odisea, el fin de las penalidades humanas es convertirse en libro. Es un pensamiento consolador, aunque falso. Sobre todo, para quienes no escriben. Que son la mayoría. ¿Cuál es el sentido de sus penas, además de estar condenados a llevarlas a cuestas? Para desahogarlas un poco, yo escribo. Aunque no estoy segura de que sea por esa razón. Simplemente lo hago. Tengo un ritual. Tengo muchos, en realidad. Pensar que la ceremonia que precede al acto de escribir sea un hecho dilatorio es injusto. Que sea un acto maniaco en cambio lo acepto. Estoy llena de manías. Esa es mi mayor penalidad. Mejor dicho: es mi esencia. Mis manías soy yo. Mi escritura en cambio pertenece al azar. Y a leyes insospechadas: a otros. En la era de las identidades mutables, mis manías se ven obligadas a transmutar. Y a permanecer ocultas, habitando esa vida paralela que no muestro. Gracias a ellas, puedo ser una persona convencional. Una mujer de tantas, diríamos. Toda mi excentricidad se la dejo a ese acto propiciatorio que es muchos preámbulos, todos distintos y tendientes a un fin común. Ahí es donde se realiza lo que soy o lo que querría ser o lo que a veces me veo obligada a ser, aunque no quiera. No es algo que pueda definir de una vez. Porque cambia, como un virus mutante, todo el tiempo. Pongo un ejemplo. Aunque ¿tiene algún sentido ponerlo? Ta sola muestra no es más que una ilustración momentánea: ya he dicho que la esencia del ritual es ser impredecible y cambiante, aunque sin él no haya posibilidad de poner negro sobre blanco. Algo hay que aclarar, eso sí. El ceremonial determina la obra. Me gustaría que no fuera así pero no hay mucho que se pueda hacer. Por algo una manía es una manía. Sin contar, desde luego, la de echar un vistazo en las manías de otros. Que según he podido constatar, son de tres tipos. Las mías, que dependen del momento en que esté, se sitúan en algún anaquel de esa tríada. En primer lugar está el mundo de los demasiado limpios. Thomas Mann en su estudio se enjuágalas manos en agua de violetas, continuamente. Borges medita en la bañera para decidir si lo que ha soñado le servirá o no para una historia o un poema. En ambos autores se ve reflejado este “higienismo”. Impecable, intachable, son adjetivos que la crítica suele usar cuando los cita. Segundo: los rituales opuestos, de lo bajo y lo sucio. Cioran en un cuarto por días enteros, aislado de la humanidad y del sueño o Clarice Lispector rodeada de gatos en medio de un caos doméstico. Tercero: los actos absurdos como escribir sólo de pie y sólo con lápices del dos afilados por uno mismo; hacerlo sólo después de desayunar filete en salsa Wellington ¡a media noche! (como observó Ibargüengoitia de alguien más); pretextar un viaje para escribir sólo en un avión, etcétera. A este rubro pertenecen, a mi juicio, quienes escriben “sólo de mañana” o “sólo tres horas diarias” o “sólo después de dar un paseo, por la colonia Escandón, de noche”. De más está decir que me gustaría escribir El Aleph, La montaña mágica, Álbum de familia, Metamorfosis o Madame Bovary. Nótese que dije “me gustaría escribir” y no “me gustaría haber escrito”. Porque albergo la esperanza de hacerlo, por eso me aplico. Sé que estoy a tiempo de escribir la próxima obra de Homero, de Cioran, de Carson Mc Cullers. No ignoro que el hecho de ponerme albornoz, enjuagarme con agua de violetas o escribir junto al gato no me garantiza llevar a cabo mi propósito. Es decir, sé que haber rastreado el ritual no implica que pueda imitarlo siquiera.
Las manías son propias, son impredecibles y lo más importante: son secretas. Lo único que sé de ellas, es que harán su aparición en cuanto me disponga a poner por escrito alguna idea. Por eso, no tengo más remedio que entregarme con mansedumbre a las que me visiten hoy, como un cordero, y observar al final de lo escrito, con pasmo: esto soy yo, de esto estoy hecha, cuando menos, por este día.
La realidad y el deseo. El deseo es la única realidad posible: y viceversa.
Me considero un escritor realista y, no sólo eso, autobiográfico. Escribo de lo que me pasa a mí, inmediatamente. Lo que me modifica pensamiento, sentidos, emociones, aquí: en este instante. También vuelvo al pasado, pero sólo cuando cristaliza presente, cuando vuelve con la misma fuerza de lo que vivo ahora. El deseo también tiene un poder liberador, quizá el mayor. Vivo imaginando cómo será mi vida si no tuviera esta que tengo. Sobre todo lo hago con mujeres. Las imagino de todos tipos y formas de ser y pensar, con oficios distintos, de diferentes nacionalidades. Cómo sería mi vida con ellas. Podría escribir largamente al respecto, los vericuetos de esa vida, aunque luego vuelva desdichado otra vez al mismo lugar, sabiendo que no tenemos el suficiente coraje nunca para cambiar, para ser otros de verdad. Los que lo hacen seguramente no escriben. O no tienen el pudor de confesarlo. Para mí la realidad vivida es lo único que existe. Imaginarme escribiendo una novela histórica, por ejemplo, como Umberto Eco, me parece un despropósito. Imposible imaginarlo. Tuve que haber tenido al menos un pie puesto en la realidad que cuente para sentir que no estoy engañando a mis lectores. Ni, mucho menos, a mí mismo.
Cuando te aplaudan, pide que sea breve. Los aplausos —sobre todo cuando son a cada rato— son la polilla de la buena literatura.
Un día se me abrieron todos los boquetes de la escritura y empecé a escribir no sólo poesía, sino también ensayo, novela, microrelato, empecé a traducir y a escribir artículos periodísticos. Cada forma tiene sus propias leyes. Digamos: sus reglas del juego. No es lo mismo la poesía que la novela: hay ahí un abismo. El grado de penetración de la poesía exige una maestría en el uso de los sentimientos, las emociones, los pensamientos, distinto a los que despliegan una novela, mucho más entregada al “afuera”. La poesía, en cambio, es el territorio del “adentro”. Entre el afuera de la novela y el adentro de la poesía está el abismo del que he hablado. Yo he encontrado un punto medio, sin embargo, entre ese afuera y ese adentro, una frontera, el microrrelato: género anfibio que se mueve en la narrativa y en la poesía, sin pagar peaje. Además: es corto y requiere concisión. Y, por si fuera poco, no pide mucha silla aunque puede contener todo el universo que nos despliega una novela, pero encapsulado. El lector es el que se encarga de desplegarlo en su interior y de alargarlo al final de sus extremos.
El tono, la cadencia, el ritmo de la frase sujeto a lo que se cuenta. La importancia de encontrar un tono que traiga el contenido o el contenido que trae en sí mismo su propio tono.
Las ideas son sobrias, áridas, van por el tiempo sin erosionarse. Ellas mismas son la erosión de las palabras.
Conozco escritores que no pueden escribir en medio del ruido. Necesitan un espacio silencioso, una especie de celda en la que estén nada más ellos y sus propios demonios, para poder cumplir el objetivo. Además, no pueden escribir sino a ciertas horas del día, y con cierta temperatura, como en el caso de Gabriel García Márquez, a quien le gusta más el calor que el frío, y quien escribió, según su biografía, Cien años de soledad encerrado prácticamente sin salir de un pequeño cuarto. En mi caso es totalmente distinto. Yo puedo escribir donde sea y a la hora que sea. Puedo escribir bajo el calor más terrible o nevando. En medio, incluso, de una catástrofe. Es más: en medio de una catástrofe es cuando mejor escribo. Puedo hacerlo en una cafetería, dentro de un cine, yendo en el metro, haciendo fila para entrar a un avión, en una fonda de mercado, a un lado de mis hijos gritando. Me da igual. Los ruidos me sirven como fijadores de mis palabras e ideas, que de otra forma se me dispersan hacia todas direcciones y termino diciendo absolutamente más que puras babosadas. Como casi siempre.
A Luis Felipe Lomelí, el autor de la novela Cuaderno de flores, lo conocí por primera vez en un encuentro de escritores que organizó la escritora Mónica Lavín en el Distrito Federal. Fue en un restorán cercano a Garibaldi, o en Garibaldi, que coincidimos en la misma mesa. El a un lado mío. O mejor: yo al lado suyo. Frente a nosotros: Eraclio Zepeda, Elva Macías, Daniel Sada, y otros escritores y poetas de igual calada. Los más jóvenes, al menos de esa mesa, Luis Felipe y yo. Me dijo que le habían dicho que mi novela Conducir un tráiler era buena y yo me avergoncé un poco porque, la verdad sea dicha, no había leído nada de él salvo el cuento que escuché durante su participación en el encuentro. Un buen cuento, hasta donde pude advertir, porque soy pésimo para mantener la atención en recintos atestados de gente. Incluso en los vacíos. Soy pésimo para mantener la atención siempre. Como entre nuestra conversación se hacían los consabidos silencios, propios de los que apenas se conocen, no tuve otra idea mejor que preguntarle cómo escribía, o qué pensaba del hecho de escribir, o tal vez qué era lo que lo había convertido en escritor. No recuerdo muy bien si fue una de estas preguntas la que le hice, o las tres juntas, o ninguna, pero el caso es que Luis Felipe me explicó que, para él, escribir era como entablar un diálogo, que era escribir como sentir nuestro amor correspondido, tal como cuando nos damos cuenta de que el centro de nuestra existencia no somos nosotros mismos —tal como un hombre o una mujer al tener un hijo, dijo mirándome fijamente a los ojos—, sino el otro. No nosotros, sino el otro. En ese momento —y esto lo dijo Luis Felipe mientras engullía un trozo de chile en nogada—, la soberbia y el egoísmo se diluyen y entonces, como en una especie de revelación, tenemos la certeza de que también somos el otro, de que el que piensa diferente, incluso cruelmente diferente, también es igual a nosotros mismos. Y que en ese momento, dijo Luis Felipe, somos personas. Para eso. Para eso escribo, dijo. Yo no sabía muy bien qué decir, después de haber hecho una pregunta tan imbécil a alguien que, de vuelta, me había respondido de una forma que en realidad no esperaba. No sabía si, por eso mismo, me había dicho lo que me había dicho para ponerme contra la pared, o realmente coincidió que yo estaba muy lejos de poder fundir mi ser en el otro, en este caso él, que me miraba ahora con cierta incredulidad. Me quedé pensando un buen rato (aunque mi boca siguiera hablando y maldiciendo) hasta que abandonamos el recinto. Nos dijimos adiós, con un abrazo o tal vez un mero levantón de manos, y yo me fui pensando que tal vez lo que debía hacer era darme la media vuelta y seguirlo a donde fuera, al fin que, en cierto modo, y después de la conversación, ya yo era él y ya él era yo. Pero no lo hice.
Al menos en cuanto a géneros literarios, soy infiel. No le tengo lealtad a ninguno. Todos son un mismo género porque, al final del día, lo que queremos es comunicarnos. ¿La forma importa? No importa. Habrá quienes ocupen un solo canal para describir sus días (la poesía, por ejemplo), pero habernos otros para quienes un canal es tan insuficiente como una sola mujer lo es para el adúltero. En mi caso he ido expandiendo mis formas de escritura, los moldes en los que digo tal o cual cosa, no para que me la entiendan mejor, sino para entenderme mejor yo mismo, porque la escritura, eso que uno arroja al vacío, es un espejo, el único acaso que nos puede devolver nuestro verdadero rostro.
Lo que escribimos, cuando es verdaderamente nuestro, contribuye a transparentar nuestra imagen en el mundo. Nosotros somos un fragmento de ese mundo que aspira a reconocerse en él y en él fundirse. Un fragmento, una pieza de ese rompecabezas. Narrar nuestra historia personal es desvelar la suya propia, y el que nos lea como parte de ese todo, estará de alguna forma leyendo una pieza importante de la historia del mundo, que, en un descuido, puede conseguir descifrarlo completamente, si tomamos esa fórmula que indica que en la parte está contenido el todo.
Siempre me han causado curiosidad aquellos escritores que sin salir de su país, incluso de su aldea, consiguen una resonancia mundial. Pienso, por ejemplo, en dos casos emblemáticos: Emmanuel Kant, el filósofo alemán, y el propio poeta cubano José Lezama Lima. Se dice que Lezama Lima hizo un viaje a Jamaica (1950) y otro a México (1959) en toda su vida, pero nada más. Dos viajes cortos y eso le bastó. Para mí es imposible pensar en no salir de mi ciudad, o de mi país, o incluso en no cambiar de casa o de calle. En mi vida, ahora que lo pienso, he cambiado de casa muchas veces. Mudarme fue para mí pan de todos los días: una forma de vivir. Descubrí que había personas que habían muerto en el mismo lugar donde habían nacido, sin haber sacado un pie nunca de ahí. Que yo no pueda estar en un solo sitio y que siempre me esté yendo hacia alguna parte tal vez hable también de mi escritura trashumante y de los géneros en los que escribo. Cada género literario como una casa distinta, una ciudad, un país al que hubiera, siempre, que llegar. Como la realidad cambia, cambia también el género literario adecuado para explorarla, cuestionarla y, por qué no, reconocerse en ella.
Los escritores que escriben para ellos mismos, dice. Los que escriben para los otros. Los unos y los otros en su propia verdad, sin nadie que les refute nada. Para los primeros, son ellos su propio espejo, en el que se van descubriendo todos los días, una arruga, una cana, una grieta en los labios, una erupción debajo de la oreja.
Para los segundos, son los otros su espejo. A través de ellos descubren lo que son, son los demás los que les devuelven su verdadera imagen. Hay quienes no escriben para nadie. Como lo dijo el propio Robert Wasler en un poema: “no le deseo a nadie ser yo. Solo yo soy capaz de soportarme. Saber tanto, haber visto tanto y no decir nada, absolutamente nada”.
Mi amigo, el escritor Luis Felipe Lomelí, me escribió un día para pedirme que le diera algunos nombres de buenos cuentistas para una antología del cuento que preparaba para la UNAM. También me pidió un cuento mío. Yo acababa casi de destruir por fin ...
Índice
- Prólogo
- Leer
- Escribir
Preguntas frecuentes
Sí, puedes cancelar tu suscripción en cualquier momento desde la pestaña Suscripción en los ajustes de tu cuenta en el sitio web de Perlego. La suscripción seguirá activa hasta que finalice el periodo de facturación actual. Descubre cómo cancelar tu suscripción
No, los libros no se pueden descargar como archivos externos, como los PDF, para usarlos fuera de Perlego. Sin embargo, puedes descargarlos en la aplicación de Perlego para leerlos sin conexión en el móvil o en una tableta. Descubre cómo descargar libros para leer sin conexión
Perlego ofrece dos planes: Esencial y Avanzado
- El plan Esencial es ideal para estudiantes y profesionales que disfrutan explorando una amplia gama de categorías. Accede a la Biblioteca Esencial con más de 800.000 títulos confiables y superventas en negocios, crecimiento personal y humanidades. Incluye tiempo de lectura ilimitado y voz estándar de Lectura en voz alta.
- Avanzado: perfecto para estudiantes avanzados e investigadores que necesitan acceso total y sin restricciones. Desbloquea más de 1,5 millones de libros en cientos de categorías, incluyendo títulos académicos y especializados. El plan Avanzado también incluye características avanzadas como Lectura en voz alta Premium y Asistente de investigación.
Somos un servicio de suscripción de libros de texto en línea, donde puedes acceder a toda una biblioteca digital por menos del precio de un solo libro al mes. Con más de 1,5 millones de libros en más de 990 categorías, ¡te tenemos cubierto! Conoce nuestra misión
Busca el símbolo de lectura en voz alta en tu próximo libro para ver si puedes escucharlo. La herramienta de lectura en voz alta lee el texto en voz alta por ti, resaltando el texto a medida que se lee. Puedes pausarla, acelerarla y ralentizarla. Obtén más información sobre la lectura en voz alta
¡Sí! Puedes usar la aplicación de Perlego en dispositivos iOS y Android para leer cuando y donde quieras, incluso sin conexión. Es ideal para cuando vas de un lado a otro o quieres acceder al contenido sobre la marcha.
Ten en cuenta que no será compatible con los dispositivos que se ejecuten en iOS 13 y Android 7 o en versiones anteriores. Obtén más información sobre cómo usar la aplicación
Ten en cuenta que no será compatible con los dispositivos que se ejecuten en iOS 13 y Android 7 o en versiones anteriores. Obtén más información sobre cómo usar la aplicación
Sí, puedes acceder a Los anteojos del Fabulista de Rogelio Guedea en formato PDF o ePub, así como a otros libros populares en Literature y Historical Biographies. Tenemos más de 1,5 millones de libros disponibles en nuestro catálogo para que explores.