
- 160 páginas
- Spanish
- ePUB (apto para móviles)
- Disponible en iOS y Android
eBook - ePub
Descripción del libro
Su imagen es tenebrosa y, sin embargo, es adorada en toda Latinoamérica. La gente sencilla le levanta altares en un rincón de su casa. Es la Santa de los desheredados, de los pobres y de los perseguidos. Es la deidad de los policías, pero también la de los delincuentes, y de ambos lados suelen tatuarse su imagen como protección. Heber Casal nos ofrece un rico y actualizado panorama de este peculiar culto que, según sus propias palabras, "cala hondo en profundas tradiciones universales, y en necesidades populares que, tarde o temprano, salen poderosamente a la luz.
Cuenta con la confianza de 375,005 estudiantes
Acceso a más de 1 millón de títulos por un precio mensual asequible.
Estudia de forma más eficiente usando nuestras herramientas de estudio.
Información
Categoría
Teología y religiónCategoría
Religión Capítulo 1
La muerte, esa realidad cotidiana
"¿Acaso en verdad se vive en la tierra? / No para siempre en la tierra. / Tan sólo un poco aquí. / Aunque sea jade se quiebra. / Aunque sea oro se hiende. / Y el plumaje del quetzal se desgarra...”
Poema azteca
Se sabe que los antiguos pobladores de México, hace unos tres mil años, representaban a la vida y a la muerte como figuras humanas que, partidas a la mitad, completaban un solo cuerpo. El resultado era la imagen de la dualidad que convive con los seres humanos: vida y muerte, sol y luna, lo terreno y lo celeste, adentro y afuera.
De entre todos aquellos pueblos originarios, fueron los mexicas (a quienes la historiografía tradicional denominaría "aztecas”) quienes sometieron a varios otros pueblos que habitaban el antiguo territorio de México. Ellos, en suma, se transformarían en los grandes antepasados de la sociedad mexicana actual. Serían, además, el último pueblo de Mesoamérica que dispondría no sólo de ritos, creencias y ceremonias religiosas sumamente orgánicas y peculiares, sino también de un avanzado estudio de la astronomía, revolucionario para su época; eso, además de una sólida organización política. O sea que los aztecas eran doctos tanto en lo religioso como en el ámbito que podríamos llamar científico.
Yendo a lo nuestro y en el terreno religioso, los mexicas, como otros pueblos expansivos y conquistadores del mundo, combinaron las antiguas creencias de otros pueblos (los de las comunidades locales que sometían) con su propia concepción del universo, de la vida y de muerte.
Entre los dioses más venerados por este pueblo, que fue pródigo en imágenes y desarrolló como pocos el arte de la escultura, estaban Mictlantecuhtli y Mictecacihuatl, quienes eran el Señor y la Señora del Mictlan, el territorio de los muertos. A este lugar iban quienes fallecían por causas naturales, sin distinción de rango social ni de riqueza, cualesquiera fuera el cúmulo de prestigio o patrimonio que hubiesen acumulado durante la vida. Los guerreros que morían en batalla, así como las mujeres que fallecían durante el parto, por ejemplo, no iban a Mictlan sino al Ilhuicatl Tonatiuh, que era el Camino del Sol, o la Casa del Sol.
Un camino inevitable
Para llegar al Mictlan, el muerto debía atravesar nueve regiones cargadas de acechanzas y de obstáculos naturales, como desiertos, ríos caudalosos, cocodrilos gigantescos, montañas que se juntan y chocan entre sí, y vientos tan helados que cortan como navajas
Los mexicas creían que sólo quienes fuesen capaces de cruzar las nueve regiones y llegar ante la presencia del Señor y la Señora de la Muerte podían lograr que su alma descansase en paz.
Para los mexicas, la muerte tenía mayor poder que la vida, porque se extendía justicieramente y por igual para toda la humanidad. Por ello, tanto Mictlantecuhtli como su esposa Mictecacihuatl eran invocados por quienes aspiraban a poseer el poder de la muerte. El templo de ambas deidades se hallaba en el centro ceremonial de la antigua ciudad de México.
Alfredo López Austin es un prestigioso historiador mexicano especializado en la historia precolombina de su país. En 1960 publicó, para el Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad Nacional Autónoma de México, El camino de los muertos, en el espacio Estudios de Cultura Náhuatl. Allí, el catedrático mexicano tomó un trabajo que había realizado, hacia el 1500 (Códice Florentino), el misionero franciscano español fray Bernardino de Sahagún. En él, el religioso describe, con lujo de detalles, el tránsito que los muertos debían recorrer en el Mictlan para obtener la paz eterna del alma.
López Austin comienza poniendo en contexto el trabajo del misionero franciscano:
“Parece que en México Tenochtitlán se encontraron y confundieron diversos pensamientos religiosos: el de los primeros peregrinantes de probable origen náhuatl; el de los grupos sedentarios anteriores, a partir de los toltecas y teotihuacanos, y el de los propios aztecas o mexicas. El sincretismo muestra, dada la manera en que se integró, que el foco central de la cultura náhuatl era un orden cósmico que se proyectaba e influía en la vida de los hombres. El orden, en armonía con el movimiento, estaba representado en la divinidad, y el hombre venía a ser un espectador que, a pesar de formar parte del mundo, no podía comprender su magnitud”.
Más adelante, López Austin entra decididamente en materia y realiza algunas aclaraciones, respecto de la secuencia descripta por fray Bernardino de Sahagún:
“La afirmación de los tres rumbos o caminos de los muertos que vamos a estudiar, no establecía diversidad de creencias, sino la distribución en el más allá que la propia muerte determinaba. La divinidad elegía a aquellos que habían de dirigir sus pasos hacia una determinada región, enviándoles una forma especial de terminar su existencia”.
Como ya se ha señalado, el trabajo del fraile destinado a describir las nueve regiones que los muertos debían cruzar hasta llegar ante la presencia del Señor y la Señora de la Muerte, se refiere sólo a quienes morían de muerte natural. Pero ya vemos que la Muerte poseía, aun en su forma bidimensional, una entidad de peso dentro del panteón de las deidades telúricas. Valdrá la pena entonces profundizar un poco más en esas concepciones. Y de paso, y aun con la finalidad de demostrar la atracción de nuestros pueblos por la muerte y sus deidades, gozar de la oscura belleza de estas míticas elaboraciones.
Una accidentada travesía
Según fray Bernardino de Sahagún, el tiempo que empleaban los muertos para atravesar las nueve regiones era de cuatro años, durante los cuales los familiares vivos los acompañaban con oraciones y ceremonias religiosas celebradas en su honor.
La primera región a transitar era Itzcuintlán, "el lugar en el que habita el perro”. Dicha región era propiedad de los perros consagrados del dios del ocaso, de los espíritus, Xólotl, quien era también dios del fuego y de la mala suerte. Se lo representaba como a un esqueleto con cabeza de perro, y en la región se juzgaba la relación de los muertos con los perros domésticos.
Al llegar a Itzuaintlán, el muerto se encontraba frente al río Apanohuacalhuia, que debía atravesar con la ayuda de un perro. Pero, si en vida el difunto había maltratado a algún perro, ninguno lo ayudaba ahora en su travesía, y el muerto pasaba a integrar el grupo de almas ululantes que recorrían las orillas porque no habían sido dignos de ayuda.
La siguiente etapa era la de Tepeme Monamictlán, "la región en la que se juntan las montañas”. En ese lugar había dos enormes montañas que se chocaban y se separaban de manera continua. El muerto, entonces, debía calcular el momento preciso para sortear el valle en el momento en que las montañas se separaban.
Aquella región es la residencia de Tapeyóllotl, dios de las montañas y patronos de los jaguares, representado precisamente en forma de jaguar. Tapeyóllotl era también el dios de los terremotos y las alteraciones sísmicas.
Una vez que el muerto había logrado cruzar con suerte el ancho río Apanohuacalhuia y atravesar el valle que se extiende entre las dos montañas que chocan entre sí, arribaba a Itztépetl, “lugar de la montaña de obsidiana”. En el lugar se encuentra con un cerro gigantesco cubierto por filosas placas de vidrio volcánico (obsidiana), listas para desgarrar el cuerpo de los cadáveres que debían cruzarlo. Es el reino de Itztlacoliuhqui, señor de los cuchillos de obsidiana y dios del castigo, y además dios de las oscuridades y de la temperatura; y en particular, el responsable de las grandes nevadas.
Si el muerto fue capaz de cruzar el cerro de obsidiana sin haber sido desgarrado por las láminas de vidrio, llega a Cehue lóyan, “la región de la gran nieve”. Como su nombre lo indica, es un territorio congelado en el que sobresalen ocho elevaciones formadas por piedras de bordes cortantes sobre las que nieva permanentemente. El muerto debe cruzar la región evitando congelarse o ser desgarrado por el filo de algunas de las piedras que conforman las elevaciones cubiertas de nieve.
Cehuelóyan es el reino de Mictlecayotl, dios del helado viento norte, uno de los cuatro dioses menores del magnífico señor del viento, Ehécatl. Otros tres dioses menores representan al viento del sur, del este y del oeste.
La quinta región del Mictlan es, acaso, la que está más vinculada con la buena o mala fortuna del difunto. Se la denomina Pancuetlacalóyan, “el territorio en el que las personas vuelan como banderas” y es un extenso páramo en el que no existe la gravedad, y está surcada por vientos huracanados que hacen flamear el cuerpo del muerto de un lado para otro sin que pueda hacer nada para controlar la situación. Si la fortuna lo acompaña, alguna ráfaga lo sacará de la región; de lo contrario, volará de un lado a otro por años y años.
También allí reina Mictlecayotl, el dios del viento norte.
A la siguiente región que deberá cruzar el difunto se la conoce como Temiminalóyan, “el lugar en donde impactan las saetas”. En dicho territorio, el difunto debe caminar por un sendero estrecho, flanqueado por un conjunto de manos invisibles que, desde las dos orillas del camino, le lanzan afiladas saetas, procurando provocarle heridas que lo vayan desangrando. Si esto ocurre, si aciertan, el difunto quedará tendido en el sendero, incapaz de cruzar la región.
Si, en cambio, el muerto ha sido lo suficientemente hábil como para esquivar las saetas, penetrará en "la región en donde te comen el corazón”, Teyollocualóyan.
En ese lugar, donde también reina Tapeyóllotl, dios de las montañas y patrono de jaguares, viven decenas de felinos salvajes que asaltarán al caminante, tratando de abrirle el pecho y devorarle el corazón. Lo que habrá de lograr un jaguar en el último tramo del sendero.
La octava región es Apanohuayán, que significa "el territorio en donde se tiene que cruzar por el agua”. En efecto, es la zona en la que desemboca el gran río Apanhuiayo, con su enorme masa de agua negra en la que vive la gigante lagartija verde conocida como Xochitónal. Ésta intentará devorar al difunto que surca las brunas aguas del río.
Si el muerto logra evitar ser tragado por la lagartija gigante deberá, aún, evitar caer en alguno de los nueve profundos ríos que cruzan el valle que conduce hacia la última región del Mictlán.
Los nueve ríos, empero, no habrán de quedar atrás cuando el difunto penetre en Chiconahualoyán, "el territorio de las nueve aguas”. Los ríos, afluentes del Apanohuacalhuia, representan los nueve estados de conciencia por los que deberá atravesar el muerto, en una región cubierta por una espesa niebla que hace que muchos difuntos pierdan el rumbo y acaben ahogados en alguno de los nueve ríos.
Por fin, quienes logren atravesar esta última región llegarán ante la presencia de Mictlantecuhtli y de Mictecacíhuatl, el Señor y la Señora de la Muerte, quienes lo acogerán en su seno para que el alma del difunto pueda dormir en paz su sueño eterno.
En tierras mayas
Al igual que los mexicas, también los mayas le rendían culto a la muerte y celebraban sacrificios en su honor. El inframundo maya (el mundo de la muerte) se denominaba Xibalbá, y se llegaba hasta él descendiendo por una pendiente muy inclinada que conducía a una suerte de laberinto de ríos subterráneos, caminos y barrancos.
Estaba integrado por doce dioses de la muerte, siendo gobernado por los gemelos HunCamé (Uno Muerte) y VucubCamé (Siete Muerte), siempre enfrentados al resto de los “Señores del Xibalbá”, como los mayas nombraban a los dioses del inframundo, todo lo cual está descripto en el Popol Vuh, una obra escrita en 1550 por un indígena que recogió buena parte de la tradición oral de los mayas.
Entre 1701 y 1703, fray Francisco Ximénez, un sacerdote dominico español, tradujo el Popol Vuh, que habría de ser considerado, de allí en adelante, el gran libro sagrado de los mayas y el referente de su modo de ver el mundo.
En un trabajo para una publicación de la Universidad Nacional Autónoma de México, el historiador Roberto Escatín Arroyo recuerda el modo en que el Popul Vuh se refiere al Xibalbá.
Escribe el académico:
“Se trata de un texto iniciático en el que se relata el descenso al inframundo de dos gemelos: Hunahpú y Ixbalan qué. El relato tiene un sentido dramático al mencionar que los dioses de la muerte se molestan por el ruido causado por el juego de pelota de su padre Hun Hunahpú y su tío Vacub Hunahpú. El primero es muerto por los dioses y convertido en un árbol mágico del que colgaban jícaras semejantes a las calaveras. Al bajar al inframundo la doncella Ixquic por inspiración de Huracán es fascinada por Hun Hunapú en su forma arbórea y recibe en su mano la saliva de éste, quedando preñada de los gemelos”.
Para los mayas, el inframundo era todo un universo organizado. En él existían estructuras políticas, como el Concejo de los Señores del Xibalbá, y construcciones similares a las de la superficie terrestre, como la cancha de pelota, diversos edificios sagrados, jardines, casas para los habitantes del mundo bajo.
Llegar hasta el inframundo no era, precisamente, una tarea sencilla: los visitantes debían atravesar múltiples obstáculos, retos y trampas para poder arribar. Pese a ello, la riqueza del paisaje (aunque a veces tenebrosa) da cuenta de un mundo entero bajo la tierra.
En su trabajo, Escatín Arroyo reproduce parte de la descripción del descenso de los gemelos que se hace en el Popol Vuh:
"Después de días y noches llegaron a un lugar donde la senda, inclinándose, entraron por la hendidura de una piedra gigantesca, blanquecina y áspera. El camino siguió por debajo de la tierra. Caminando así, entre las tinieblas húmedas de un túnel, llegaron frente a una barranca Así llegaron a un lago de aguas quietas y negras como pizarra Al llegar a la orilla opuesta siguieron caminando hasta que tropezaron con una selva. Caminaron junto a ella sin cruzarla hasta que llegaron a un lugar en que cuatro sendas se cruzaban en una ancha plaza tenebrosa Se creyeron perdidos. No sabían qué hacer; poco a poco fueron recuperando el gobierno de sus sentidos; sus ojos vieron mejor en medio de aquella oscuridad y descubrieron que una senda era roja, otra negra, otra blanca y otra amarilla...”
Luego, los gemelos escucharon una voz que los guió hasta los señores del inframundo.
El relato que se lee en el Popol Vuh, en el que, como se dijo, se recogen las tradiciones orales de los mayas, da cuenta de que el territorio del Xibalbá es, sin dudas, rico en formaciones naturales. Tiene lagos, selvas, barrancos, plazas y caminos. La muerte así no es sólo lo oscuro, sino que también encierra rasgos amenos y familiares. Y esto será de fundamental peso cultural a la hora de un sincretismo religioso que perdura hasta nuestros días, y que nos interesa a propósito del tema central de este libro. Pero ahondemos un poco más en la relación de los mayas con el reino de la muerte.
Como se ha dicho, en el reino del Xibalbá, Vacub-Camé y Hun-Camé eran los gobernantes supremos y quienes le asignaban funciones al resto de los señores. Así, Xic y Patán tenían la misión de causarles la muerte a los hombres y las mujeres que marchaban por los caminos. Ahalganá y Ahalpuh eran los responsables de producir una gran hinchazón en los cuerpos de los hombres, amarillearles el rostro y provocar supuración de pus en las piernas. Cuchumaquic y Xiquiripat debían causar derrames de sangre en los hombres. Ahaltocob y Ahalmez debían ocuparse de provocarles una desgracia a los hombres que se dirigían hacia sus hogares. Por fin, Chamiaholom y Chamiabac cumplían la función de comisarios del inframundo y tenían como deber adelgazar a las personas hasta que de ellas sólo quedasen los huesos.
En su excelente libro Los mayas y el conocimiento interior, Inés Martín y Rubén González escrutan los componentes psicológicos que subyacen en la mayoría de las creencias mayas. Y dicen respecto del inframundo:
“En niveles más profundos se ubican aquellas energías que conforman el 'inframundo humano'. Se extiende hasta las capas más profundas del subconsciente donde, al igual que en Xilbalbá, reinan la oscuridad y las sombras. Pertenece este aspecto a un 'mundo interior' que no puede ser percibido sensorialmente. Para los mayas el inframundo era el mundo 'de abajo', del más allá. Con ello no se referían solamente a aquello que se encuentra más allá del portal de la muerte, sino también al mundo que se encuentra más allá de lo que consideramos 'real, más allá de los sentidos y de la percepción común. El mundo de abajo tenía un sentido de profundidad y no meramente espacial. El acceso a esta región de sombras y oscuridad tenía lugar después de la muerte o durante la vida a través de ritos iniciáticos. En ambos casos, la guía y el modelo a seguir era el relato de las hazañas de los gemelos divinos, Hunabpú e Ixbalanqué, que habían descendido al inframundo o Xilbalbá, habían superado las pruebas del mundo de las sombras, habían muerto y renacido venciendo así a la propia muerte”.
¿Era sólo en el centro de América donde la muerte era vivida como una presencia cotidiana y no del todo oscura? Desde luego que no.
Una fuerza vital omnipresente
Tampoco para los incas-el poderoso pueblo precolombino de América del Sur- la muerte era ajena a la vida cotidiana. Y tampoco para ellos significaba el final de todo. Por el contrario, para este pueblo que habitó en la zona andina del subcontinente, entre el océano Pacífico y la selva amazónica, la muerte conformaba uno de los tres mundos que constituían el universo.
Para los incas, Viracocha, su máximo dios y figura central de la Puerta del Sol, había creado tres mundos: el Hanan Pacha, o mundo celestial, al que sólo las personas justas podían entrar, y en el que habitaban tanto Viracocha como el resto de los dioses que el pueblo adoraba; Kay Pacha, o el mundo terrenal en el que transcurren las vidas de los seres humanos; y Uku Pacha, el mundo de los muertos, de los niños no nacidos y de cuanto hay debajo de la tierra y debajo del mar. Ese mundo se comunicaba con el mundo terrenal por medio de las cuevas y las fuentes que existían sobre la superficie terrestre.
La primera y gran diferencia que separaba la religión católica de los conquistadores de la cosmología de los incas pasaba por la interpretación de un vocablo que en aquel pueblo era fundamental: “c...
Índice
- Introducción
- Capítulo 1 La muerte, esa realidad cotidiana
- Capítulo 2 Mala vida y buena muerte
- Capítulo 3 Así en la vida como en el arte
- Capítulo 4 Un santo a la medida de su pueblo
- Capítulo 5 Dones, especulaciones y dinero
- Capítulo 6 Atributos, prescripciones y rituales
- Capítulo 7 Denostada, condenada, creciente
- Conclusiones
- Apéndice
- Apéndice fotográfico
- Bibliografía
Preguntas frecuentes
Sí, puedes cancelar tu suscripción en cualquier momento desde la pestaña Suscripción en los ajustes de tu cuenta en el sitio web de Perlego. La suscripción seguirá activa hasta que finalice el periodo de facturación actual. Descubre cómo cancelar tu suscripción
No, los libros no se pueden descargar como archivos externos, como los PDF, para usarlos fuera de Perlego. Sin embargo, puedes descargarlos en la aplicación de Perlego para leerlos sin conexión en el móvil o en una tableta. Descubre cómo descargar libros para leer sin conexión
Perlego ofrece dos planes: Essential y Complete
- El plan Essential es ideal para los estudiantes y los profesionales a los que les gusta explorar una amplia gama de temas. Accede a la biblioteca Essential, con más de 800 000 títulos de confianza y superventas sobre negocios, crecimiento personal y humanidades. Incluye un tiempo de lectura ilimitado y la voz estándar de «Lectura en voz alta».
- Complete: perfecto para los estudiantes avanzados y los investigadores que necesitan un acceso completo sin ningún tipo de restricciones. Accede a más de 1,4 millones de libros sobre cientos de temas, incluidos títulos académicos y especializados. El plan Complete también incluye funciones avanzadas como la lectura en voz alta prémium y el asistente de investigación.
Somos un servicio de suscripción de libros de texto en línea que te permite acceder a toda una biblioteca en línea por menos de lo que cuesta un libro al mes. Con más de un millón de libros sobre más de 990 categorías, ¡tenemos todo lo que necesitas! Descubre nuestra misión
Busca el símbolo de lectura en voz alta en tu próximo libro para ver si puedes escucharlo. La herramienta de lectura en voz alta lee el texto en voz alta por ti, resaltando el texto a medida que se lee. Puedes pausarla, acelerarla y ralentizarla. Obtén más información sobre la lectura en voz alta
¡Sí! Puedes usar la aplicación de Perlego en dispositivos iOS y Android para leer cuando y donde quieras, incluso sin conexión. Es ideal para cuando vas de un lado a otro o quieres acceder al contenido sobre la marcha.
Ten en cuenta que no será compatible con los dispositivos que se ejecuten en iOS 13 y Android 7 o en versiones anteriores. Obtén más información sobre cómo usar la aplicación
Ten en cuenta que no será compatible con los dispositivos que se ejecuten en iOS 13 y Android 7 o en versiones anteriores. Obtén más información sobre cómo usar la aplicación
Sí, puedes acceder a La Santa Muerte de Heber Casal Sáenz en formato PDF o ePUB, así como a otros libros populares de Teología y religión y Religión. Tenemos más de un millón de libros disponibles en nuestro catálogo para que explores.