Crisis de palabras
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Crisis de palabras

Notas a partir de Cornelius Castoriadis y Guy Debord

  1. 187 páginas
  2. Spanish
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  4. Disponible en iOS y Android
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Crisis de palabras

Notas a partir de Cornelius Castoriadis y Guy Debord

Descripción del libro

Entre 1957 y 1965, junto a Cornelius Castoriadis, Claude Lefort, Jean-François Lyotard y otros muchos, Daniel Blanchard participa en las actividades del colectivo revolucionario Socialismo o Barbarie, que desarrolla una crítica radical de los regímenes del Este y del Oeste a partir del "revelador" que constituía la capacidad de autoorganización del movimiento obrero. En 1959 entabló amistad y colaboración con Guy Debord, líder de la Internacional Situacionista, con quien escribe "Preliminares a la definición de la unidad del programa revolucionario", un manifiesto que reunía y sintetizaba la crítica del arte y la política especializadas. En Mayo del 68, Blanchard vive activa y gozosamente la tempestad colectiva desde el Movimiento 22 de Marzo y los Comités de Acción. A principios de los años setenta reside en Estados Unidos y se vincula al movimiento de la contracultura. A partir de la riqueza heterogénea de todas estas experiencias, Blanchard revisa en los textos que componen Crisis de palabras las relaciones y tensiones entre palabra y experiencia, existencia y concepto, subjetividad y teoría, símbolo y vida. Lo hace mediante notas, ensayos, fragmentos y esquirlas de discurso, intuiciones, anécdotas e historias inspiradoras. Lo hace desde el compromiso vivo y testarudo con la idea de emancipación como autonomía, desde una trayectoria vital que rompe la alternativa dominante entre normalización, cinismo o (auto)destrucción.

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Información

Año
2019
ISBN del libro electrónico
9788491143215
Categoría
Filosofía

DESTELLOS EN LA HISTORIA: A VIVA VOZ CON DANIEL BLANCHARD Y HÉLÈNE ARNOLD15

Amador Fernández-Savater y Fernando Golvano


Pregunta: ¿Cómo entrasteis en contacto con el grupo Socialismo o Barbarie?

Daniel Blanchard: Supe por primera vez de la existencia del grupo en el otoño de 1956, en el momento de las insurrecciones húngara y polaca. En aquella época yo me planteaba las cuestiones políticas en un contexto en el que me era difícil definirme, en parte por razones personales. Mi padre, que había sido militante comunista antes de la guerra, se había convertido en un anticomunista furibundo durante la posguerra. La verdad es que a mí el Partido Comunista nunca me había atraído y además estaba el hecho de que mi militancia en el mismo habría puesto en cuestión, o al menos eso me parecía a mí, mi relación con mi padre. Me encontraba así en una situación de bloqueo: si bien aspiraba a una crítica radical de la sociedad, al mismo tiempo veía que el PC no era la respuesta a esa exigencia y que tampoco podía “hacerle eso a mi padre”.
En el otoño de 1956 los franceses y los ingleses intentaron recuperar el Canal de Suez de manos de Nasser, que acababa de nacionalizarlo. A tal fin enviaron una expedición de paracaidistas sobre Port Said y mataron a gente. En ese momento los rusos y los americanos se pusieron de acuerdo para decirles: “atención, regresen ustedes a casa de inmediato o de lo contrario prepárense, porque van a pasarlo muy mal”. Nos encontrábamos así con una demostración arcaica –y a la vez muy contemporánea– de violencia imperialista y, al mismo tiempo, lejos de allí, con una insurrección en Hungría que estaba siendo aplastada con enorme violencia por los carros rusos. Había claramente una convergencia entre estos dos fenómenos, entre estas formas de imperialismo extremadamente agresivas.
Un día, siendo yo aún estudiante en la Sorbona, un amigo me dio un pasquín con un texto deslumbrante que explicaba esta realidad convergente entre los dos bloques imperialistas. Me metí el texto en el bolsillo y, aunque ya no volví a ver a este compañero, unos días después decidí escribir a la dirección que constaba en la contraportada del panfleto y así recibí los primeros ejemplares de Socialismo o Barbarie. Después de haber leído algunos números de la revista asistí a una reunión pública en la que estaba presente Claude Lefort, que a la sazón acababa de regresar de Polonia. La narración que hizo de su viaje era tan apasionada –y tan apasionante– que me dejó completamente seducido. Después me recomendaron algunas lecturas (entre otras la Historia de la revolución rusa de Trotsky) a modo de introducción, antes de entrar en la organización. En 1957 había una veintena de personas en Socialismo o Barbarie. En aquella época las tesis del grupo empezaban a encontrar un pequeño eco en el ámbito intelectual y cuando hacíamos reuniones públicas acudía cierta gente.

Hélène Arnold: Yo nací en Estados Unidos y llegué a Francia con dieciocho años, en 1959. De mi época en Estados Unidos pienso que, más que una verdadera conciencia política, lo que tenía era cierta intuición que me impelía a rebelarme contra la sociedad americana, si bien de manera muy poco precisa. Recuerdo que, siendo yo estudiante, se incorporaron a mi universidad por primera vez becarios venidos de África, a los que el racismo ambiental rechazaba. El movimiento para hacer aceptar a los estudiantes negros en aquella universidad fue mi primera experiencia en un movimiento político. Poco después llegaba a Francia. Allí, en un determinado momento, en un grupo de estudiantes alguien me dijo: “toma, mira esta revista, me parece interesante”. Era un ejemplar de Socialismo o Barbarie. Yo, que nunca había formulado las cosas en términos verdaderamente políticos, al leer esta revista me dije: “eso es”. Era la primera vez que leía algo que hablaba verdaderamente de la sociedad moderna. No recuerdo con exactitud el contenido concreto del texto –en realidad creo que hablaba de la sociedad francesa– , pero en cualquier caso mi reacción fue decir: “está escrito para mí, vale tanto para Estados Unidos como para Francia”. Lo más interesante es que, por lo que pude leer ya nada más abrir la revista, Socialismo o Barbarie describía la sociedad en los términos más modernos que yo había conocido: no había ni rastro de lenguaje trotskista ni de eso que en francés llamamos “lengua de madera” (para referirnos a un lenguaje de especialistas que es incomprensible para la gente). Desde mi punto de vista Socialismo o Barbarie manejaba un lenguaje claro y directamente comprensible en tanto que lenguaje político.

P: ¿Qué os atrajo en primer lugar de Socialismo o Barbarie?

DB: Creo que Hélène se ha referido a un aspecto muy importante para mí y para la mayor parte de los miembros del grupo, que era esa impresión de estar en contacto con la modernidad misma: de estar ahí no con el fin de repetir fórmulas existentes desde hacía más de un siglo para describir la sociedad capitalista, sino para comprender de verdad lo que era la sociedad capitalista de nuestro tiempo. De lo que se trataba era de comprender la sociedad a partir de nuestra propia experiencia, es decir, no a partir de esquemas abstractos sino en virtud de una vía de elaboración teórica que permitiera la aportación que cada uno pudiera hacer a la comprensión de la realidad moderna. Hay que decir también que el grupo nos brindaba la oportunidad de descubrir determinados aspectos de esa realidad moderna que nunca habríamos llegado a percibir a partir de nuestra mera experiencia individual. Por ejemplo, gracias al grupo pude relacionarme con bastantes obreros, que nos relataban lo que era el trabajo de fábrica: en el mismo grupo no había muchos obreros –básicamente sólo Daniel Mothé16 que era un tipo muy inteligente, muy seductor, cuya personalidad tuvo mucha influencia en nosotros–. Otro gran foco de influencia fue para nosotros el de los camaradas americanos, en particular el pequeño grupo Correspondence17 (con base en Detroit, es decir en pleno corazón de la industria del automóvil americana), que nos describía lo que era la vida en las que por entonces eran las ciudades más modernas del mundo. Aquí hay que subrayar un rasgo de S o B que era una singularidad absoluta en el campo de la crítica radical: nuestra hambre de novedad miraba a Estados Unidos, hogar, a nuestro parecer, de la invención de la modernidad (tal y como lo fue Inglaterra en tiempos de Marx y Engels). Nos apasionábamos por la sociología industrial, por las reivindicaciones antropológicas profundas del movimiento negro, por el free speech movement y la lucha contra la universidad-fábrica, etc.
Por otra parte, un poco más tarde se constituyó en Inglaterra el grupo Solidarity18, en torno a Chris Pallis y Ken Weller (el cual tenía también una personalidad fuerte y muy atractiva). Todos ellos eran camaradas de base y su medio eran las fábricas inglesas y americanas. Estas experiencias representaban para nosotros (para mí, por ejemplo, que era un pequeño burgués que venía de un ambiente más o menos intelectual y que había estudiado Historia y un poco Filosofía en la Sorbona) la apertura a un mundo que nos era por completo desconocido. Una apertura, además, que no era abstracta sino concreta, porque estaba ligada a una experiencia de lucha y no era simple sociología. Poco a poco, a medida que el grupo se fue interesando por eso que podemos llamar “la crítica de la vida cotidiana”, nuestra contribución personal a partir de nuestra experiencia vivida podía también elaborarse y desplegarse en forma de artículos, discusiones (las discusiones informales tenían también mucha importancia), etc.
Desde que entré en Socialismo o Barbarie mis estudios pasaron completamente a un segundo plano. En 1958 me presenté a la oposición para profesor de Historia, pero ni siquiera terminé las pruebas. Era la época del golpe de Estado de De Gaulle y puede decirse que militábamos, como quien dice, “34 horas sobre 24”, así que no estaba yo precisamente en condiciones de sacar una oposición difícil en la Sorbona. Se trataba de un compromiso que englobaba todos los aspectos de la vida, un compromiso que me apasionaba y me absorbía por completo. La amistad, las relaciones privadas extra-políticas, constituían también un lazo muy fuerte entre los miembros de S o B –lazo que, evidentemente, no nos unía a todos por igual–. Compartíamos en gran medida el tiempo que nos dejaban nuestras actividades profesionales. Excursiones y vivaques en el bosque de Fontainebleau con Mothé, paseos por la montaña con Vega, tardes sin fin en casa de Castoriadis jugando a juegos de roles o escuchando jazz con un whisky –y discutiendo, siempre discutiendo…–. Evidentemente hubo también enemistades, como aquella que terminó adquiriendo un cariz agudo entre Castoriadis y Lyotard. Para nosotros la política no era en absoluto una actividad “separada”.

HA: Yo entré en el grupo más tarde. El contexto había cambiado, pero la pasión seguía siendo la misma: la de sentir que la propia experiencia –la discusión y la acción– podía insertarse en un momento histórico. Creo que Daniel ha dicho lo esencial de lo que son también mis impresiones.

DB: Querría añadir algo que seguro no va a sorprender. El nivel de discusión en el grupo era francamente elevado, muy exigente. En el grupo estaban Lefort, Castoriadis y J-F. Lyotard – el cual participó en las reuniones algo más tarde, ya que en aquella época era profesor en provincias–. Había también una serie de personalidades fuertes aunque menos conocidas, tales como Philippe Guillaume (no confundir con Pierre Guillaume, el negacionista), un tipo algo mayor que Castoriadis que había llevado una vida increíble (había vivido en los burdeles de Marsella y hecho infinidad de cosas; también había sido obrero de fábrica y, sobre todo, siempre había cultivado un espíritu extremadamente fecundo, apasionado por los problemas científicos, tecnológicos y militares; escribió cosas en la revista que son interesantísimas). En aquella época yo ya me había sacado la oposición para profesor de Historia, así que se supone que sabía hacer disertaciones como para aprobar exámenes en la Sorbona. Sin embargo, puedo decir que fue en Socialismo o Barbarie donde de verdad aprendí a redactar algo de manera rigurosa y no universitaria. En concreto fue Guillaume, que era un autodidacta total, el que me hizo trabajar una y otra vez los artículos que me habían encargado, y ello con un rigor y una precisión que ningún profesor había tenido jamás conmigo. Por lo tanto, había todo un aspecto intelectual en esta aventura que era muy potente y francamente atractivo.

HA: Aunque también implicaba problemas. En S o B tratamos de superar la relación tradicional (jerárquica y separada) entre el pensamiento y la acción, pero es evidente que nuestras pretensiones iban muchas veces más allá de lo que de hecho conseguíamos en la práctica. Pienso que nuestra relación con la práctica era en demasiadas ocasiones la típica de los intelectuales, en el sentido de que más que una verdadera práctica, lo que teníamos era un discurso acerca de nuestra práctica. Por ejemplo, en un determinado momento pasamos a hablar de verdad sobre la vida cotidiana y empezamos a cuestionar todos los aspectos de la misma (las relaciones entre los jóvenes, las mujeres, etc). Hablábamos, por poner un ejemplo, de temas de género; pero era curioso que las mujeres que había en Socialismo o Barbarie hablaban muy poco. Tengo la impresión de que las mujeres del grupo no se habían rebelado verdaderamente en tanto que mujeres, o bien se había asfixiado sus impulsos de revuelta. Así, se había decidido que teníamos que hablar de temas de género, pero no habíamos llevado nada a la práctica porque no había un movimiento profundo por parte de las mujeres del grupo que lo hiciera posible. En realidad lo cierto es que en aquel momento en cuestiones de género no habíamos avanzado nada, y me atrevería a decir que en otras cuestiones pasaba un poco la misma cosa. Muchas veces teníamos la idea de que había que ocuparse de tal o cual tema, pero la perspectiva tendía a ser demasiado abstracta.

DB: Sobre esta cuestión recuerdo un texto que nos llegó de Estados Unidos y que tuvo su importancia. Estaba escrito por el entorno del grupo Correspondence y se titulaba A womanś place” (“El lugar de una mujer”). El texto hacía un análisis que tenía que ver con la crítica clásica, a saber, que “la mujer es la proletaria entre los proletarios”. En el aire estaba la idea de que hablar de la situación de las mujeres formaba parte del proceso de renovación de la teoría revolucionaria y que por lo tanto había que hacerlo. Pero, como decía Hélène, esto era más una intención que una realidad, porque en el grupo había muy pocos textos de trabajo sobre la cuestión.

HA: Pero no se trata tanto de que hubiera más o menos textos; el problema es que no estuvimos a la altura de la exigencia que el momento nos planteaba, a saber, la exigencia de interrogarnos en profundidad sobre los hombres y las mujeres, sobre lo vivido. Eso no llegó a hacerse.

DB: En todo momento escribíamos sobre temas variados, como el cine y la música (por ejemplo había un texto sobre la llamada música ye-ye, que era tan ridícula). Después de 1958 hicimos el experimento de un pequeño boletín escrito por los mismos estudiantes (que hablaban sobre su relación con los prof...

Índice

  1. ÍNDICE
  2. PRÓLOGO. Error del sistema; notas a partir de Daniel Blanchard. Amador Fernández-Savater
  3. I. De la comarca de Rais a la Corte
  4. RESPUESTA A LA ENCUESTA DE LA REVISTA LIGNES SOBRE «EL DESEO DE REVOLUCIÓN»
  5. DESTELLOS EN LA HISTORIA: A VIVA VOZ CON DANIEL BLANCHARD Y HÉLÈNE ARNOLD
  6. GUY DEBORD, EN EL RUIDO DE LA CATARATA DEL TIEMPO
  7. PRELIMINARES PARA UNA DEFINICIÓN DE LA UNIDAD DEL PROGRAMA REVOLUCIONARIO
  8. CASTORIADIS, CREACIÓN HUMANA Y POLÍTICA
  9. CASTORIADIS Y LA IDEA DE REVOLUCIÓN
  10. CRISIS DE PALABRAS