Duele más la indiferencia que el olvido
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Duele más la indiferencia que el olvido

  1. 228 páginas
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Duele más la indiferencia que el olvido

Descripción del libro

A veces, lo más importante es el camino y no el descenlace. El trabajo, el hospital y la vida profesional estrechan la vida de Laura y Luis. Tal vez si conociéramos el final de nuestras historias nos cerraríamos lo suficiente para no desear vivirlas. Duele más la indiferencia que el olvido en una reflexión sobre la vida en pareja y el trabajo; las amistades generadas en la cotidianeidad, la falta de comunicación, la rutina, el trabajo como centro de todo, el objetivo por el cual la pareja se sacrifica al punto de su deterioro irreversible. Reynaldo de Jesús Arias es originario de Juxtlahuca, Oaxaca, México. Es egresado de la UNAM, especialista en cardiología. Actualmente vive en Aguascalientes

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Información

Año
2019
ISBN del libro electrónico
9788468533735
XI
La huida.
Ahora después de tantos años, me pregunto ¿Por qué hui?, y sigo sin saberlo. Fue una decisión instantánea. El recuerdo de ver a Laura rodar por las escaleras y ese sonido a olla rajada cuando su cabeza golpeo el piso, me llega una y otra vez a través de tiempo. Mi salida del estudio fue súbita, trate de pasar por un lado, ya que su cuerpo obstruía buena parte de la entrada. Fue tan rápido que ella dio unos pasos hacia atrás, perdió el control y se precipito por sobre el pasamanos y cayo toda descompuesta hasta primeros escalones, se quedó inmóvil y por debajo de su cabeza un hilo de sangre empezó a formar una un charco cada vez más ancho, hasta derramarse por el borde del ultimo escalón, baje tan rápido, que podría decir que caímos al mismo tiempo, mire sus pupilas y la mirada estaba perdida sin brillo, el pulso que debiera tener el en cuello estaba ausente, así que salí corriendo como si fuera un ladrón con la alarma sonándole a las espaldas, no pare hasta que llegue a la avenida y tome el primer taxi que se atravesó.
Es todo lo que recuerdo, hay una laguna en mi memoria. Cuando logro tener control de mí mismo, es cuando dos personas tratan de despertarme. Estoy sentado dentro de un autobús de pasajeros, siento frio, el camión está vacío y los dos hombres tratan de hacer conexión conmigo.
—¿Está usted bien?, pregunta, el que parece ser el chofer.
—¿Necesita algo? —me pregunta el guardia de seguridad, lo identifico por su uniforme azul y la gorra plana, que le cubre la cabeza.
Los veo borrosos, no sé qué hacer, así que miento intentando ganar tiempo.
—Soy epiléptico, creo que tuve una crisis. ¿Podrían decirme dónde estoy? —dije tratando de orientarme, me alisé el pelo, buscando una herida imaginaria.
—En el distrito federal, la terminal del sur para ser más exactos, ¿a dónde iba?, me pregunto el policía.
—Guanajuato —dije, para tratar de mantener el hilo de la conversación.
—Huy joven, eso sí que está lejos —dijo el chofer. Tiene como regresarse supongo.
—La verdad, no —dije de manera resuelta—. En Guanajuato me iban a recoger unos familiares, para llevarme al hospital, pero con esto… tratare de ver que hago, me levante con dificultad y aun tambaleante baje de autobús. Sin embargo, el chofer en su papel de empleado modelo, me pidió que lo acompañara a las oficinas de la empresa, un pequeño cubículo, donde una hombre demasiado grande para una oficina tan pequeña, se perdía entre en humo de cigarro, al fondo de la misma se leía un letrero de no fumar. Me pidió que me sentara, mientras, el chofer lo ponía al tanto y le pedio apoyo para que me regresara a Guanajuato, sin embargo, el hombre grande, se negó de cabo a rabo y termino diciéndole que era su problema.
—Así que dale su equipaje, ponlo en la sala de espera y échale la bendición, y que de las gracias porque no le estoy cobrando el trayecto de Guanajuato hasta acá —dijo jadeante, de dio una larga calada a su cigarro y nos conminó a abandonar la pequeña sala, señalando la salida con una mano tan grande que parecía un oso lampiño.
Tome rumbo hacia la salida, los barrotes giratorios, me invitaban a dejar la terminal de llegada de los autobuses y pasara a la sala de espera, como lo había pronosticado el supervisor.
—¿Acá no tienes familiares? —me pregunto. Mientras miraba a un lado y otro tratando de pasar desapercibido.
—No respondí —ahora si estaba desorientado. Solo quería estar solo. Para organizarme y tomar el control de mi vida. —¿Cuernavaca?, podría servir. Allá si tengo familiares.
—¿Tienes forma de localizarlos? — me dijo el chofer, también alegre porque así se podría deshacer de mi sin sentir un dejo de remordimiento.
—No, pero se dónde viven—dije más resignado.
—Sale lo mismo —dijo mientras se pasaba los dedos por entre la mata de pelo negro y grasoso que le cubría la cabeza—. Para el gordo, es igual llevarte a Guanajuato que llevarte a Cuernavaca, tienes que tener un boleto, ya que sin boleto de abordar si nos detienen en el camino, nos sancionan de dos formas con dinero, y con una perorata, que hay mi dios, todo mundo parece interesado en redimirnos, así sea la primera vez, o sea el único, pasajero. Que la seguridad, que el abuso de confianza. Los robos así empiezan, primero con pequeñas tranzas, después quien sabe que intentaran para estafar a la empresa.
En esas estábamos con cuando un hombre alto y delgado, le golpea el hombro y sin mediar palabras, le da un efusivo abrazo.
—Compadre, cuanto tiempo sin verte. Cada que llego, me avisan que ya te fuiste o cuando me voy me entero que poco después llegabas. ¿Cómo está la comadre y los niños, cuando nos reunimos?
Pareciera que el compadre le guardaba tal aprecio, que en cuanto se saludaron y el chofer —aclarando, mi chofer— le puso al tanto, todo lo gris del momento se borró y de ahí en adelante todas fueron buenas noticias.
—No te preocupes —le dijo, yo me lo llevo, voy a que me firmen esto vales y en seguida nos ponemos en camino. Por la supervisión no hay problema. Puentes me debe un favor, así que si me revisa le digo que es mi otro compadre. Sabrá entender.
Mi chofer se despidió de mí, solo faltaba que me diera una monedas, pero no fue así, solo se alejó bordeando los andenes repletos de autobuses y desapareció.
Me quede parado a medio de la terminal y me di cuenta que estaba solo en realidad no sabía que me había pasado. Había un bloqueo mental, no recordaba que hacía en la ciudad de México. Busque entre mis bolsillo, solo haya unos papeles arrugados de unos tickets del supermercado. El boleto en realidad si marcaba como destino Guanajuato. El frio de la ciudad de México lentamente me fue despertando y aclarando las ideas. Me acorde de Laura, había pasado más de 24 horas, me acorde de los niños. Trate de imaginarme todo el drama, Laura muerta, descompuesta como un muñeco de trapo al final de las escaleras. Verónica, siempre era muy puntual para llegar a la casa, así que no paso mucho tiempo del accidente a que ella llegara, se haría cargo de los niños. La mama de Laura todas las mañanas se pone en contacto con su hija aunque sea para saludarse. En eso estaba, cuando me di cuenta que me llamaban desde un andén más distante, era el compadre del chofer que me había buscado acomodo.
—Póngase abusado mi amigo que acá si le roban hasta el pensamiento. Porque yo lo veo como ido. —Dijo mientras me acercaba una maleta grande— Ponla en el portaequipaje y de ahora en adelante, eres mi primo que vino a dejarme un encargo de suma urgencia de mi familia, que vive en Querétaro. En estos días la supervisión ha estado muy relajada, además todo es cuestión de hablar directo con el supervisor y asunto arreglado, solo que mi compadre, es tan fiel a la empresa que le cuesta saltarse la norma. ¿Sabes por qué te ayudo? Para no meterse en problemas, no fue por ti, fue por él así que ni le agradezcas. Para que no le causes camorra te monta en este autobús y asunto arreglado, pero no es mala gente, lo que pasa es que siempre anda comiéndose las uñas. Tiene un pavor, saber que puede perder el trabajo, o que lo den de baja. Es un empleado modelo.
La mañana era fresca, un frio húmedo recorría los pasillos. Espere junto a la puerta de ascenso, hasta que me dio la indicación de subir, cerró la puerta y emprendimos el viaje a paso lento hasta lograr entrar al arroyo vehicular que nos llevaba directamente a Cuernavaca.
—¿Llevas muchos años, sufriendo de los ataque? — me pregunto sin más, mientras giraba con una sola mano el volante, para posicionar el camión entre los carriles más fluidos del tráfico.
—Como diez, —dije después de una pausa que me pareció eterna. Tarde en darme cuenta que mi coartada era la historia de ataque epiléptico.
—Vaya que te ha afectado. O tienes ocupada la cabeza con otras preocupaciones, das la sensación de no estar aquí, como quien dice, solo estas de cuerpo presente. Rio, para sus adentros, porque en la cara se le dibujo una pícara sonrisa. A pesar de su aspecto endeble. Hacia su trabajo con soltura y desenfado, máquina y hombre se movían al unísono.
—Uno se acostumbra. La mayor parte de las veces, me doy cuenta y trato de protegerme. La crisis es pasajera y no me causa estragos, pero en estos días se han juntado varios factores, que han influido. El stress del momento, la falta de mi medicamento y por si fuera poco estuve desvelándome varias noches, seguidas y eso realmente me mata.
—¿En qué trabajas? — me pregunto al tiempo que adelantaba un tráiler de doble remolque. El camión se desplazaba con tal suavidad que no se notaba notaban los cambios de las revoluciones del motor, el frenado era suave y preciso. Sus movimientos eran exactos. Denotaba muchos años de experiencia.
—Paramédico, —dije, tratando de ser rápido en las respuesta, que de eso dependía la solidez de mi cuartada—. Pero me toco rolar el turno nocturno. La mayor parte de las noches son tranquilas, pero en estas últimas semanas, todas han sido una locura. Muchos traslados. Muchas urgencias. Yo creo que eso me ha afectado.
Pensé que no me había oído. Estaba atento al camino.
—Mira ese paisano, se va a cambiar de carril y ni siquiera se ha dado cuenta que estoy tras él.
En efecto un destartalado camión de redilas, echando humo negro por el escape, con una lentitud pasmosa se pasó al carril de mayor velocidad. Se posiciono del carril y no acelero más.
—Te digo, eso de manejar, no tan solo es cuidar tu vehículo, es cuidar a los otros. Se revolvió en el asiento, miro por los espejos y tuvo que rebasar por la derecha, logrando mantener la velocidad y el equilibrio del autobús. Se puso delante del viejo camión y retomo el hilo de la conversación.
—Paramédico, —dijo torciendo ligeramente la boca—, tienes facha de todo menos de paramédico. Ni siquiera eres acomedido, pensé que eras médico o abogado.
—¿Le gusta trabajar de noche?, —le pregunte a boca de jarro— trate de adelantarme para que no me acribillara con más preguntas, porque ya no sabría que más decirle. No estaba en condiciones, de poder seguir mintiéndole de manera flagrante.
—Imagínate, si me gusta o no, llevo 20 años en este oficio, empecé a los catorce años, con el papa de mi compadre, lo acompañe en sus largos viajes que hacía de México a Laredo ida y vuelta. Pero los viajes más alucinantes cuando menos para mí fueron hacia el sur. Me sentía en una verdadera aventura. Tenía un camión de carga, todo era hechizo. Lo había arreglado a su manera, cada vez que se descomponía, lo arreglaba a ...

Índice

  1. I
  2. II
  3. III
  4. IV
  5. V
  6. VI
  7. VII
  8. VIII
  9. IX
  10. X
  11. XI
  12. XII
  13. XIII
  14. XIV
  15. XV

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