Alejandro, genio ardiente
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Alejandro, genio ardiente

El manuscrito de Cristina de Suecia sobre la vida y hechos de Alejandro Magno

  1. 212 páginas
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  4. Disponible en iOS y Android
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Alejandro, genio ardiente

El manuscrito de Cristina de Suecia sobre la vida y hechos de Alejandro Magno

Descripción del libro

Redactado en francés entre 1675 y 1680, el manuscrito inédito de Cristina de Suecia sobre el conquistador macedonio -que esta edición ofrece en versión castellana- podría resultar un producto de "literatura de Corte", propio del "Gran Siglo", o un pasatiempo de príncipe sabio, si no fuera un texto original y autoanalítico. Sopesando la polémica figura del monarca, la insólita reina que abandonó trono y patria se retrata y evalúa. Excesiva ella misma, comprende los excesos de aquél. Alejandro es su álter ego. Ensayo breve, de estilo sencillo y suelto, su valor estriba en la elección de los pasajes y rasgos de la historia del héroe, en las finas y juiciosas, a la vez que desprejuiciadas, consideraciones que la acompañan. Retrato del "magno Alejandro", modelo o contramodelo de príncipes, según épocas y autores, y lectura del poder por quien también lo ejerció desde muy joven, breve pero absolutamente.

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Información

Año
2015
ISBN del libro electrónico
9788491140726
Edición
1
Categoría
Historia

El magno Alejandro

«... que es ciega la furia de Ares»
Homero, Odisea
El rey Filipo de Macedonia1, que tanto admiró a Alejandro cuando domó al famoso Bucéfalo, hizo igual que todos los padres, siempre dispuestos a admirar lo que dicen y hacen sus hijos. La acción de Alejandro era noble, a la verdad, en un muchacho de quince o dieciséis años, pero Filipo no dejó de comportarse como padre2; ninguna ternura fue empero más digna que la suya, y su presentimiento sobre la futura grandeza de aquel incomparable niño no le engañó. Admiró a un hijo que pronto sería la admiración del universo entero, y si en tan menudo indicio fundó entonces aquella célebre predicción que nadie ignora, merece ser disculpado3. Sin embargo, cuando la heróica intentona por la cual Alejandro salvó la vida a Filipo confirmó más firmemente el vaticinio, mereciendo con mayor fundamento su asombro, recibió por ella mucho menor aplauso, y en lugar de causarle admiración le causó envidia4. Si antaño había aplaudido a un infante, no sintió ahora más que celos de un joven príncipe cuyo naciente mérito temía y que empezaba a pisarle los talones. Filipo experimentó casi despecho por deber la vida a quien él se la había dado. Por amable que fuera Alejandro nunca más le amó: los aplausos cesaron en cuanto su mérito estuvo a la altura de hacerle sombra.
Mas, puesto que la calidad de padre y de rey volvieron injusto a Filipo, nos proponemos en esta obrita hacer justicia al gran Alejandro, desinteresadamente, y examinar al detalle5 su admirable vida.
No por admirar su mérito extraordinario y casi sobrehumano deben dejar de censurarse sus flaquezas y defectos: sin vacilar en proponer este magno y hermoso ejemplo para imitación de príncipes. Confesemos que la imitación de un modelo sin par resulta ardua, por no decir imposible, pero qué importa, bueno es proponerse una idea tan perfecta; y el pesimismo de no alcanzarla no debe impedir a nadie realizar un noble esfuerzo. Los sucesores de este gran monarca, cosa excesiva, adoptaron hasta sus defectos. Él no copió a nadie. Estudiaba, admiraba a Hércules y a Aquiles –no en tanto que ancestros sino como héroes6– pero sin calcarlos se convirtió, a ejemplo suyo, en el más grande y bello original del mundo. Así, los príncipes han de esforzarse por imitar las virtudes de Alejandro y evitar sus defectos en la medida de lo posible.
César lloró en otro tiempo de dolor leyendo la vida de este príncipe, y contemplando las estatuas que lo representaban decía que él no había aún realizado nada a una edad en la que aquel joven sin par había ya sometido a todo el Asia7. Lágrimas dignas de un César, que desestimaba las grandes misiones que había llevado a cabo y no creía poder igualarlo, siendo de cuantos le han sucedido hasta el presente el único que ha merecido el honor de que se le compare con aquél. Mas veamos por qué secreto y por qué arte obtuvo Alejandro esa distinguida gloria que le hizo tan estimable y digno de los heróicos celos del primero y más insigne de los césares.
Exórtese a los príncipes a seguir los ejemplos de virtud y a evitar, tanto cuanto sea posible, los defectos de este soberano.
Por glorioso que fuera Alejandro está aún por hacerse justicia a su mérito; pocos le han calado y apreciado como se debe, y la ingrata Fama le ha injuriado. Ella que adula a tantos que no lo merecen, le ha causado perjuicio. Se ha razonado falsamente a su respecto, se le ha enaltecido y denigrado sin razón, como sucede con todos los príncipes, sobre quienes la Fama raramente es justa8 y veraz. Y puesto que esa misma Fama, tan injustamente favorable a tantos otros, ha osado acusar a este príncipe señero de acciones que empañarían el brillo de cualquiera otra gloria que no fuera la suya, hay que tratar aquí de sacar a relucir la verdad.
Alejandro era hombre y a título de tal deben perdonarse sus culpas a sus grandes virtudes. La Naturaleza ha puesto manchas hasta en el sol, que no impiden al hermoso astro ser la más admirable luz del mundo. Los que creen conocerlo nos aseguran que esas mismas manchas son más luminosas y brillantes que las estrellas que nos parecen de primera magnitud. Con los defectos de los grandes hombres ocurre lo mismo, pues valen las virtudes de los hombres ordinarios. También resulta indudable que la envidia y la calumnia a nadie perdonan, y se ceban indefectiblemente en las vidas más ilustres. Así que no hay por qué extrañarse de que no hayan perdonado a Alejandro.
Pero pasemos ya a examinar las peculiaridades de esta vida insólita.
Si la mayor parte de sus defectos podrían perdonarse, no se debe pasar por alto su propensión a la embriaguez, de la que varios autores le han acusado9; aunque otros aseguran que no le gustaba el vino, que bebía sino raramente hasta alegrarse, que era sobrio e incluso abstinente10, y es cierto que dio pruebas irrefutables de ello, atenuando la sed de sus soldados con los sorprendentes ejemplos que mostró de una continencia rara, digna de él11. La reina de Caria envió a sus oficiales de boca para servirle los delicados manjares que estaban en uso en su siglo y en un país cuyas gentes se jactaban de darse opíparos banquetes. Pero Alejandro se los devolvió, agradeciéndoselos y alegando que no precisaba de guisos ni de salsas, pues desde su infancia le habían inculcado que la fatiga matutina le serviría de plato de consistencia para el almuerzo y la de la jornada le haría el mismo uso para la cena12. Todo lo cual parece justificar suficientemente su sobriedad. De cualquier modo, es bien cierto que si en momentos de ocio cayó en algunos excesos con sus amigos, no por ello dejó de ser moderado y vigilante hasta la admiración cuando la gloria y su deber se lo exigían, como garantizan cuantos autores han relatado su vida.
Tanto menos debe perdonársele la brutalidad de haber propuesto un premio para el mayor bebedor de su ejército; sin embargo, esta misma acción, por indigna de Alejandro que parezca, lo disculpa a maravilla, así como a su corte y a su ejército, pues cierto es que, en medio de tamaña orgía, el que se llevó el premio (que le costó la vida) bebió menos en toda una noche de lo que en semejantes ocasiones absorbería un bebedor profesional en una hora13. Baste esto para exhonerar a Alejandro del más detestable y vil defecto que se le ha imputado, sin duda injustamente.
El haber tenido cierta propensión al sueño y haber perdido demasiado tiempo reposando podría imputársele, pero como era de constitución repleta y se cansaba no poco, disculparemos que a veces su naturaleza le venciera, solicitando quizás de él ese reparo la consunción de humores que se le iban en excesivas y continuas fatigas14.
Plutarco le atribuye otra tacha no menos indigna que sus borracherías, acusándole de haber sido jactancioso hasta hacerse insoportable a los amigos. Sin embargo, cabe dudar de la veracidad de tal suposición, pues no parece que Alejandro adoleciera de ese defecto, a saber, de fanfarronería. ¿Qué podía atribuirse que no hubiera hecho? Sus grandes hazañas responden de ello y lo que cuenta un autor digno de crédito parece sustentar esta opinión. Dice que Alejandro, descendiendo un día el Hidaspes15, se divertía leyendo la historia de sus gestas escrita por uno de los suyos, y que habiendo estimado que estaba llena de imposturas la arrojó al río diciendo: Alejandro ha hecho bastantes cosas grandes para aguantar que le metan en quimeras16. Aparentemente no es el proceder de un fanfarrón, conociéndose pocos príncipes dotados de semejante «delicadeza». No obstante, de ser cierto que se complacía en cansar a los Compañeros con el relato de sus bellas acciones, este defecto disminuiría en cierta medida su mérito17, puesto que hubiera debido ser el primero en olvidar lo que ya había hecho para no pensar sino en lo que le quedaba por hacer18.
Mas para ensalzar o censurar en Alejandro cuanto merece serlo, consideremos la infancia de este príncipe, que fue tan portentosa como el resto de su vida.
Se sabe que los ocho embajadores de Persia le admiraron19, pero también es sabido que se adula a los príncipes hasta en la cuna y que los diplomáticos son duchos en hacer la corte y en no decir todo lo que piensan20. Es sin embargo cierto que Alejandro dio sobradas muestras de poseer un temperamento abierto y admirable. Era liberal y espléndido hasta merecer reprimendas de sus ayos. Osado y curioso quería saberlo todo, ambicioso ya y celoso de la gloria de su padre hasta las lágrimas. Era diligente y hábil en sus ejercicios. Aprendía con prodigiosa facilidad, hablaba y escribía bien, y en una edad más avanzada demostró haberse aprovechado a maravilla de una excelente educación. No ignoraba nada de lo que merecía saber un gran príncipe e incluso sabía cosas que no estaba obligado a saber; lo atestigua la filípica que le echó su padre, quien habiéndole reprochado cantar demasiado bien hizo lo que hacen algunos, censurando siempre lo que ellos mismos no saben hacer. Sin embargo, Alejandro sacó mayor partido del que merecía aquella corrección de un viejo resabiado.
A cualquier individuo se le tira de la lengua, y en particular a los príncipes, induciéndoseles a menudo a hacer y decir cosas en las que ellos jamás pensaron. A todas luces, Alejandro, como el resto de los humanos, tampoco escapó a la manipulación. Y si es verdad que se burló de su padre cuando se cayó al querer socorrer a un hombre al que Alejandro maltrataba por haberle faltado al respeto, se le puede censurar, siendo deshonroso en él mofarse de su genitor y de su rey.
En aquella batalla en la que arriesgó su vida por salvar la de su padre21, cubriéndole con su cuerpo para amortiguar los golpes que le asestaban, se justificó bien gloriosamente, y por adelantado, de la horrible calumnia de haber sido cómplice de la muerte de Filipo22; e hizo luego notoria su inocencia por el castigo ejemplar que aplicó a los asesinos23. Mas cuando no hubiera llevado a cabo ninguna de dichas acciones, puede afirmarse que aquel príncipe tenía el alma demasiado grande y estimaba demasiado poco la corona de Macedonia como para comprarla a semejante precio.
La grotesca actitud de taparse un oído para preservarlo en favor del acusado24 gusta a mucha gente, aunque bien irrelevante parece frente al designio que un príncipe debe fijarse de hacer justicia sin dejarse influenciar. Dudo que pueda atribuírsele.
Si Alejandro dijo que los reyes deben hacer el bien y no esperar por ello sino reproches, es pensamiento no sólo justo sino infalible, puesto que se critica y se ensalza a la mayoría de los reyes más de lo que merecen.
Cuando se mostró celoso de la gloria de su padre hasta las lágrimas, por miedo de que no le quedara a él nada que realizar, manifestó celos dignos de un niño generoso, que ignoraba aún lo vasto que es el mundo; pero si en edad más avanzada, la opinión de la pluralidad de mundos le hizo llorar de nuevo, jamás hombre lloró más a despropósito25. A no ser que se hayan explicado mal sus lágrimas, pues parecería que no las derramó de desesperación, como se ha supuesto, por querer poseer mundos ignotos, sino más bien de alegría, viendo que la Naturaleza, tan liberal ante su insaciable ambición, le prodigaba más de un mundo para tenerle ocupado; a él, que ardía siempre en deseos de alcanzar nuevas glorias y que, celoso de sí mismo, no aspiraba sino a sobrepasarse, mirando como a una extraña la gloria ya adquirida26.
Los reyes son pésimos corredores; querer vencerles en los Juegos Olímpicos no era aspirar a ninguna victoria señalada27. Si Alejandro se picaba de correr ligero, más bien debería haber disputado semejante gloria a los gamos, como hacía Aquiles, que alcanzándolos con la velocidad de sus pies ligeros los detenía con la fuerza de sus brazos28. Sin embargo, cuantos se dejan deslumbrar por los brillos de pacotilla han aplaudido estos sentimientos propios de una falsa ambición.
Cuando confesó que le debía más a Aristóteles que a su padre el rey, porque aquel filósofo le había hecho merecedor de la vida que había recibido de Filipo, expresaba un sentimiento noble, elevado, a la altura de Alejandro29. Y mal pese a cuantos le han criticado intempestivamente sobre lo que dijo a propósito de la desnudez de Diógenes, fueron palabras dignas de él y de esa noble ambición (tan poco conocida) que no pudiendo poseerlo todo es capaz de despreciarlo todo30.
Haber rescatado la casa de Píndaro de la destrucción de Tebas31, es una acción que vale su precio; aunque mejor hubiera hecho respetando toda la ciudad, por consideración a Epaminondas32, o más bien por consideración hacia sí mismo.
Siendo mucha la estima que Alejandro sentía por Homero habrá que perdonarle la ocurrencia que tuvo un día, cuando preguntó a un correo si Homero había resucitado, puesto que llegaba con tanta diligencia. ¡Es de creer que un príncipe tal como él hubiera podido tener en mente algún asunto más importante que la resurrección de Homero! Hay quienes se imaginan que semejante fantasía casa bien con Alejandro, a la gloria del cual nada faltaba excepto un Homero encomiador para transmitirla a la posteridad33. Pero es conocer mal a los héroes de su talla, testigos y jueces competentes por y de sí mismos, y que desprecian así lo malo como lo bueno que de ellos se dice injustamente. Es criticable la infatuación que sentía hacia su Homero, pero (la Antigüedad me perdone) habría sido deseable, en pro de la reputación y del buen gusto de Alejandro, que Homero hubiera dicho menos bagatelas para merecer más la admiración de un Príncipe de su envergadura34.
No fue mal empleado el precioso cofre que consagraba a contener su Ilíada35, aunque más hubiera valido destinarlo a conservar los secretos de un corazón tan dilatado como el suyo.
La respuesta que dio a Parmenión, cuando le aconsejó aceptar las condiciones de paz que le ofreció Darío, por insolente que parezca, fue digna del destino de Alejandro36.
La impertinencia de Olimpia37, su madre, que se salía de quicio a menudo, le llevó a decir amablemente que le hacía pagar demasiado caro los nueve meses durante los cuales le había alojado en sus entrañas38. Pensamiento tan justo como sutil39.
Cuando Poro40, herido y prisionero como estaba, le pidió ser tratado como rey, Alejandro respondió, con tanta generosidad como ingenio: ¡Es lo que yo haría sin duda por mí mismo! Pero dime ¿qué se podría hacer por ti ? Parece que esta réplica hizo a Alejandro digno del Imperio de Asia41.
En el momento de disputarle el animoso Poro la conquista de la India al cruzar el Hidaspes, en un tiempo en que parecía que...

Índice

  1. Introducción
  2. El magno Alejandro (traducción y notas)
  3. Bibliografía
  4. Lista de ilustraciones