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Bibliotecas y cultura letrada en América Latina
Siglos XIX y XX
- 363 páginas
- Spanish
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- Disponible en iOS y Android
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Bibliotecas y cultura letrada en América Latina
Siglos XIX y XX
Descripción del libro
El futuro de las bibliotecas tal como las hemos conocido en los últimos siglos ha ingresado en un periodo de incertidumbre debido a las innovaciones tecnológicas y a los cambios en las formas de adquisición de conocimiento. Sin embargo, la acumulación de libros y documentos continúa ejerciendo una influencia decisiva sobre la manera como nos relacionamos con el mundo del conocimiento, la educación y la producción científica y académica. Reconstruir la historia de las bibliotecas nos ayuda a entender una variedad de procesos históricos y nos ofrece un fascinante recorrido por la conformación de imaginarnos en torno a la cultura, la creación artística y literaria, y la producción y difusión de conocimientos.
Este volumen, editado por Carlos Aguirre y Ricardo D. Salvatore, intenta echar nuevas luces sobre la historia de las bibliotecas en América Latina –bibliotecas privadas, religiosas, públicas, nacionales- y, en particular, sobre su rol en los conflictos sociales y culturales, la formación de los estados-nación, los procesos de cambio político e institucional, la alfabetización y escolarización de las poblaciones, y la acumulación de capital cultural y simbólico. Este conjunto de ensayos intenta contribuir a la historia de las bibliotecas y, a la vez, abrir líneas de conversación con otras profesiones y saberes también interesados en la cuestión de la preservación de los activos culturales, la difusión del conocimiento y las tensiones y debates que ellos generan.
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Información
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HistoryCategoría
Latin American & Caribbean HistoryAgradecimientos
El origen de este volumen se remonta al coloquio titulado «Bibliotecas de las Américas: poder, capital cultural y circulación de conocimientos, 1800-2000» que organizamos en la Universidad Torcuato di Tella el 19 y 20 de agosto de 2014. La mayoría de autores aquí incluidos (Aguirre, Alzugarat, Bruno, Buchbinder, Farro, Fioriucci, Guibovich, Lopes y Salvatore) presentaron versiones preliminares de sus ensayos en ese evento, en el que también participaron Horacio Tarcus y Bernardo Subercasseaux, a quienes agradecemos su valiosa contribución.
Un subsidio de la Oficina del Vicepresidente para Investigación, Innovación y Estudios Graduados de la Universidad de Oregon (en la forma de un «RIGE Idea Award») y el apoyo logístico y financiero del Departamento de Historia de la Universidad Torcuato di Tella hicieron posible dicho coloquio. Nuestro agradecimiento a ambas instituciones. En la Universidad Torcuato di Tella recibimos el apoyo del rector, Ernesto Schargrodsky, y del director del Departamento de Historia, Lucas Llach. Karina Galperin, Darío Roldán, Alejandra Plaza, Juan Pablo Scarfi, Damián Dolcera y Cecilia Bari colaboraron de distintas maneras con la organización del evento.
A los ensayos presentados en el coloquio se sumaron los de Bueno, Flores Ramos, Molina Jiménez y Schwarcz, quienes aceptaron nuestra invitación a incorporarse al proyecto y nos permitieron ampliar la cobertura temática y geográfica del volumen.
Cecilia Gil Marino tradujo los ensayos de Lopes y Schwarcz y María Claudia Huerta se encargó de revisar y corregir el manuscrito completo. A ambas les expresamos nuestra gratitud por su estupendo trabajo. Un subsidio del Oregon Humanities Center de la Universidad de Oregon nos permitió contar con la ayuda de ambas. Julia Simic, en el Digital Scholarship Center de la Universidad de Oregon, nos ayudó con la digitalización de algunas de las imágenes aquí reproducidas.
Patricia Arévalo, directora del Fondo Editorial de la Universidad Católica en Lima, acogió con entusiasmo el proyecto y supervisó todo el proceso de producción. Nuestra más sincera gratitud a ella y a todo el equipo del Fondo Editorial.
Finalmente, y como siempre, el apoyo y comprensión de nuestras esposas, Mirtha y Laura, y nuestros hijos, Carlos, Susana, Diana y Alejo, han sido nuestro mayor estímulo para culminar este proyecto. (Y nadie mejor que ellos sabe lo que los libros y las bibliotecas significan para nosotros).
Carlos Aguirre y Ricardo D. Salvatore
Introducción
Carlos Aguirre y Ricardo D. Salvatore
El origen de las bibliotecas en América Latina se confunde con la historia de los procesos de colonización, evangelización, conquista e imposición de un nuevo orden político, legal, moral y racial que se iniciaron a fines del siglo XV y se consolidaron a partir del siglo XVI. Si dejamos de lado los relativamente pequeños acervos individuales de algunos conquistadores y colonizadores europeos (Leonard, 1992), las primeras bibliotecas americanas fueron colecciones formadas por órdenes religiosas para ayudar en las tareas de evangelización. Los materiales reunidos en estas colecciones pertenecían, sobre todo, a la teología, la filosofía y la historia religiosa (Osorio Romero, 1986; Millares Carlo, 1970; Medina, 1958; Guibovich, 2001). La circulación de libros en la América colonial, como es sabido, estaba sujeta a censura inquisitorial pero, como han demostrado varios estudios, existió un tráfico clandestino de libros que permitió el acceso a obras prohibidas (Guibovich, 2013). A las bibliotecas conventuales se irían sumando gradualmente importantes colecciones privadas pertenecientes a teólogos, juristas, cronistas y otros miembros de la ciudad letrada colonial (Novoa, 2013); por otro lado, se formaron también bibliotecas en instituciones educativas, sobre todo universidades, en aquellas pocas ciudades que contaban con ellas. Las bibliotecas en la América Latina colonial fueron, casi sin excepción, colecciones restringidas que contribuyeron a la imposición de modelos intelectuales, ideológicos y sociales occidentales. En otras palabras, funcionaron como elementos de sustento a la conformación de lo que Ángel Rama denominó «la ciudad letrada» (Rama, 1984).
Luego de las guerras de independencia, los recién formados Estados-nación se dieron gradualmente a la tarea de erigir bibliotecas nacionales, formadas gracias a importantes donaciones privadas y a los acervos expropiados de instituciones religiosas: Argentina y Brasil (1810), Chile (1813), Uruguay (1816), Perú (1821), Venezuela (1833) y México (1833) estuvieron entre los primeros países independientes en crear bibliotecas nacionales1. Luego seguirían, en la segunda mitad del siglo XIX, República Dominicana (1869), El Salvador (1870), Guatemala (1879), Costa Rica (1889) y Panamá (1892) (Moreno de Alba, 1995). Entre la inmediata posindependencia —cuando se crearon bibliotecas nacionales en Sudamérica— y la era del progreso —cuando se formaron las bibliotecas centroamericanas— hubo un periodo intermedio de guerras civiles, fragmentación política e intervenciones externas que hizo que los Estados nacionales tardaran en afianzarse como agentes fiscales y como garantes del orden público y social. Durante ese largo periodo de cincuenta o sesenta años, la violencia política, las pugnas caudillistas, el bandidismo y otras formas de inseguridad hicieron inestable e improbable cualquier forma de acumulación libresca, privada o estatal. Este retraso se dio al mismo tiempo que en Europa y en Estados Unidos florecían las primeras bibliotecas públicas y avanzaban las colecciones privadas y estatales de libros, documentos y periódicos.
El carácter «nacional» de esas bibliotecas, sin embargo, tendría que ser puesto en cuestión, tanto en lo que concierne a la naturaleza de las colecciones
—abrumadoramente formadas por publicaciones foráneas— como al hecho de que existían sobre todo en las grandes ciudades, dejando fuera de su ámbito operativo amplios sectores del país; por otro lado, aunque en teoría se trataba de bibliotecas «públicas» —es decir, no privadas y abiertas al público—, funcionaban en la práctica como instituciones cerradas y elitistas que, más allá de los buenos deseos de algunos intelectuales, poco o nada ofrecían a las masas de habitantes, que seguían siendo en su mayoría iletrados. Al mismo tiempo, esas bibliotecas nacionales padecían de falta de recursos para la adquisición de materiales, constantes robos y otras formas de destrucción y merma en sus colecciones, y ausencia de personal calificado y técnicas de catalogación.
—abrumadoramente formadas por publicaciones foráneas— como al hecho de que existían sobre todo en las grandes ciudades, dejando fuera de su ámbito operativo amplios sectores del país; por otro lado, aunque en teoría se trataba de bibliotecas «públicas» —es decir, no privadas y abiertas al público—, funcionaban en la práctica como instituciones cerradas y elitistas que, más allá de los buenos deseos de algunos intelectuales, poco o nada ofrecían a las masas de habitantes, que seguían siendo en su mayoría iletrados. Al mismo tiempo, esas bibliotecas nacionales padecían de falta de recursos para la adquisición de materiales, constantes robos y otras formas de destrucción y merma en sus colecciones, y ausencia de personal calificado y técnicas de catalogación.
Durante la era del progreso (1870-1920), las élites intelectuales tuvieron un acceso más directo al Estado —un Estado más centralizado y ya con cierta división interna del trabajo—, lo que significó un impulso a proyectos de educación popular y a ciertos programas para afincar las ciencias naturales y humanísticas en América Latina. Surgieron entonces sociedades científicas, geográficas e históricas, se fundaron museos de ciencias naturales e historia, se crearon nuevas universidades y, desde ámbitos privados o públicos, se lanzaron publicaciones locales que intentaban replicar las publicaciones científicas y humanísticas europeas. Pero, como veremos en varios de los ensayos de este volumen, el impulso hacia la educación popular no fue de la mano de un intento de construir en América Latina proyectos de educación e investigación superior y universitaria que promovieran la acumulación de fondos bibliográficos.
A lo largo del siglo XX, y de forma paralela al surgimiento de regímenes nacionalistas, populistas y revolucionarios, las bibliotecas nacionales pudieron convertirse, en algunos países de la región, en instrumentos valiosos para la investigación y la promoción de contenidos y valores nacionalistas, si bien casi siempre continuaron priorizando el servicio a las élites intelectuales por encima de su supuesta tarea de contribuir a la formación de una ciudadanía instruida y, por tanto, de una sociedad democrática.
Las bibliotecas privadas —tanto aquellas que pertenecían a individuos como a instituciones— continuaron cumpliendo un rol importante en la acumulación libresca. El coleccionismo de libros se consolidó como una práctica de carácter intelectual —hacía falta ...
Índice
- Agradecimientos
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