1. Cartógrafos somos todos
Hoy, en ciencias sociales, las palabras mapa y cartografía son utilizadas frecuentemente como metáfora o analogía ante variadas formas de producción o representación. Hace algunos años, explorando las experiencias de cartografía social, me encontré con un campo de trabajo que más tarde modificó mis prácticas de investigación, intervención y análisis.
Como muchas de las cosas que nos apasionan, comencé a realizar talleres sobre el tema, con muy poco conocimiento pero con un gran deseo de explorar y aprender. Ese nuevo campo de trabajo fue abordado con muchísimo entusiasmo, no solo mío como docente e investigador, sino de todos aquellos que participaban de los talleres.
Muchas veces me pregunté por qué la cartografía social suscita tanta simpatía y curiosidad, tanto entre mis colegas como entre los cartógrafos sociales que participaban de los talleres, o incluso en cualquiera que se acerque al tema. Es una pregunta para la cual no tengo una respuesta clara, aunque con certeza dos cosas que hacemos en cartografía social entusiasman mucho: jugar y producir.
Ese entusiasmo de jugar y producir se combina con otro ingrediente fundamental: el trabajo colectivo. Producir jugando y de manera colectiva nos lleva inevitablemente a un evento que probablemente asociemos de inmediato con la infancia, la diversión y la libertad para crear.
Así, los talleres de cartografía social son exitosos en sí mismos, como evento, como momento de encuentro y de compartir. De ahí que muchas de las organizaciones sociales con las que hemos trabajado han realizado talleres no con un propósito académico estricto para intervenir, sino como una simple excusa para dialogar, pensar diversos temas y reunirse.
La producción de mapas sociales en cartografía es siempre un evento único e irrepetible. Es, además, un evento colectivo en el cual el arte de dibujar, de trazar un territorio consensuado, se resuelve en un intercambio de conocimientos intertextual que excede lo gráfico.
Cada vez que iniciamos un taller de cartografía social se enlazan dos mecanismos: uno de representación y otro de reproducción (en el cual ingresan las concepciones de mapa, correcto/incorrecto, norte/sur, entre otras oposiciones), que tenderán a copiar y traducir las ideas aprehendidas y más naturalizadas sobre cartografía, que traemos como conocimiento preteórico. El otro mecanismo es creativo y productivo, en el que el juego, el diálogo y la libertad de acción serán ingredientes fundamentales.
Por esto, y antes de continuar, tenemos que tener bien presente que la cartografía social es un acontecimiento de representación, deconstrucción y producción, por momentos complementarios y por otros en conflicto, cuestiones sobre las que ahondaremos más adelante.
Finalmente, y quizá sea una de las virtudes de la que todos los cartógrafos sociales dan cuenta luego de producir mapas sociales, en el propio proceso de producción cartográfica colectiva todos acabamos con mayor conocimiento del territorio en el que vivimos.
En los próximos capítulos haremos un recorrido por el método cartográfico, su aproximación con la práctica de cartografía social y diversas formas de producir talleres, dispositivos de intervención e investigación a tener en cuenta al momento de sistematizar y analizar los resultados.
2. Cuándo conocí al primer cartógrafo social
Mayo de 2002. Faltaba muy poco para que me graduase como profesor en Geografía. Como en la actualidad, entonces también era común que pocos años antes de graduarse los estudiantes dictaran clases en las escuelas primarias y medias como suplentes. En esos momentos tenía trabajo en unas cinco escuelas de Mar del Plata y otras localidades cercanas; iba y venía en ómnibus, a dedo o caminando. Una de las escuelas estaba ubicada en lo que en ese entonces era casi la periferia de Mar del Plata, en El Martillo, un barrio tradicional de la ciudad que alguna vez fue poblado principalmente por obreros de la pesca y la construcción. Dar clases allí era siempre un desafío. En primer lugar, porque cada vez que llegaba me obligaba a preguntarme qué hacer frente a los estudiantes, en medio de una de las peores crisis económicas de la Argentina, cuando además de los problemas edilicios, gremiales y de todo tipo los alumnos de ese séptimo grado permanecían largos períodos inquietos, prestando muy poca atención a lo que yo creía que era una clase de Geografía. Ollas populares, cortes de ruta, ferias del trueque, permanentes paros y protestas sociales enmarcaban al espacio escolar como un lugar de resistencia.
En una de las clases de séptimo grado teníamos que tratar el tema de hidrografía. En el pizarrón se desplegaba un mapa desgajado, seguramente impreso en la década de 1960. Los estudiantes prestaban atención a ese mapa que colgaba de un clavo torcido, atentos más a la novedad que implicaba la vejez del material expuesto que al contenido.
Mientras intentaba explicar las diferencias entre ríos, arroyos, canales, lagunas y lagos, uno de los estudiantes preguntó:
–¿Y por qué el mapa tiene el dibujo que tiene?
–Porque es una representación de las formas que tiene el planeta, los continentes, los mares… Eso que vemos ahí es un dibujo más pequeño de las formas que tienen en la realidad –respondí.
–¿Y cómo sabe que es así? ¿Por qué es así y no tiene otra forma? –volvió a preguntar el mismo alumno.
–Bueno, porque así se puede ver con las diferentes tecnologías que usan los cartógrafos, por ejemplo, en la actualidad cuentan con las imágenes que toman los satélites.
–¿Pero usted lo vio? ¿Y si es de otra forma? Yo, si tengo que dibujar acá el barrio, lo hago como lo veo yo, no como me dicen que lo vea.
Un silencio con risas escondidas plagó al aula de duda. El estudiante había cuestionado ese mapa casi ancestral que colgaba, mis pobres argumentos y todos los siglos de historia cartográfica que pesaban sobre la currícula escolar.
El cuestionamiento quedó en mi memoria para siempre. Años más tarde descubriría que en algunos países de Latinoamérica ya se estaba trabajando con otras cartografías. Algunos textos aislados y guías de trabajo llamaban a eso cartografía social, mapeo social o cartografía subversiva.
El modo de pensar otros mapas en conjunto con adolescentes me apasionó. Así fue como comencé a realizar talleres de cartografía social en diferentes escuelas e instituciones. Surgían así frente a mis ojos otros mapas, diferentes; con otras formas, desobedientes y simpáticos. Mapas que hablaban de otras cosas y hacían hablar a quienes los producían.
“Yo, si tengo que dibujar acá el barrio, lo hago como lo veo yo, no como me dicen que lo vea” se transformó, así, en este libro.
3. Encontrar el lugar, encontrándonos
Prefiero vivir en un sitio y tomar parte de verdad en la vida de ese sitio, que ver por encima nuevas cosas desconocidas.
Ernest Hemingway
Cuando viajamos por tierra, al llegar a un pueblo desconocido y buscando un lugar, una estación de servicio, un hotel o algún sitio donde comer o descansar, nos animamos a acercarnos a alguien del lugar para preguntar, por ejemplo: “Disculpe, ¿sabe dónde hay un restaurante para comer algo?”.
Seguramente nos habrá sucedido que al detenernos frente a un grupo de personas que aparentemente son del lugar y consultar por la ubicación de “algo” se genera una pequeña discusión: algunos intentan generar el argumento que nos ayudará a guiarnos entre objetos, referencias, sensaciones y directrices de ese mundo que no nos pertenece.
–¿Para comer algo? ¿Un restaurante, a esta hora? ¡Está todo cerrado! ¡Pero lo del Vasco está abierto!
–Se queda hasta las cinco –agrega otro transeúnte.
–¡Ah, sí, lo del Vasco! Cómo te explico para llegar… A ver… esperá.
En este momento de debate se genera un verdadero esfuerzo por traducir al foráneo aquellas indicaciones eficaces que posean la mayor síntesis posible del entramado espacial del lugar, agregando todos aquellos elementos que colaboren como guías.
–Mirá, ¿te ubicás con Casa Tía?
–No… es que no soy de acá, no conozco.
–Uh, bueno, pará…
Todas las referencias locales compartidas y familiarizadas se reducen al mínimo. Un estrecho paquete de indicaciones quedarán en nuestra caja de herramientas para llevar adelante el desafío de indicar guiando.
–Bueno, mirá –y la persona que responde señala para adelante mientras piensa–. Vas a tener que seguir de acá derecho una, dos, tres, ocho, nueve cuadras, y vas a ver un tinglado grande pintado de amarillo que dice “Somisa”. Bueno, ahí no te vas a confundir porque es muy grande. Doblás a la derecha por una calle muy ancha. Después vas a llegar a un semáforo; bueno, ese no; en el segundo semáforo doblás a la izquierda y te metés hasta que se termina la calle… que son como veinte cuadras. Pero no le podés errar porque es todo derecho. Ahí vas a toparte con un negocio grande de repuestos de Ford; bueno, es media cuadra doblando a la izquierda, un restaurante grande a mano derecha. “El Vasco”, dice, lo vas a ver porque es grande el cartel… Y si no preguntás ahí que todos lo conocen.
Un verdadero sistema de coordenadas se pone en marcha en nosotros para comprender y memorizar todos esos elementos, mientras de inmediato llega el resumen como refuerzo:
–Es fácil: nueve cuadras y en Somisa a la derecha; en el segundo semáforo a la izquierda hasta que termina y ahí a la izquierda de nuevo media cuadra, mano derecha.
–¡Gracias! Entendí… le meto derecho ahora hasta Somisa, si no pregunto de nuevo. ¡Gracias!
A partir de esta consulta es posible que debamos realizar otras a distintos transeúntes, pero al mismo tiempo el lugar se transforma y acomoda a un nuevo espacio experimentado y compartido. Es un espacio creado por el diálogo y experimentado por el transitar. Un lugar nuevo que tiene experiencias compartidas solidarias que nos amigan con el lugar, lo hacen un poco más conocido y nos introducen en un mundo con objetos que hablan de ese lugar. Somisa, una siderúrgica que conocemos los argentinos; semáforos, casas de repuestos de autos y vascos que tienen restaurantes abiertos hasta tarde.
Las explicaciones varían de acuerdo con los interlocutores, quienes participan de la discusión y la producción de ese argumento para el arribo. Un entramado de caminos, calles, edificios, árboles, negocios y símbolos nos dan cuenta de dónde estamos.
Algunas explicaciones entre habitantes de la misma localidad pueden incluir referencias incomprensibles para el nuevo habitante:
–Che, ¿venís al asado el jueves en mi casa?
–¡Sí! Me encantaría, ¿dónde es tu casa?
–¿Viste el Corralón Municipal?
–Sí.
–Bueno, viste que atrás está lo de Heredia, ese depósito grande que tiene.
–Sí.
–Bueno, ahí a media cuadra, vas a ver un Renault Fuego en la puerta estacionado, que es el auto de mi cuñado, el Ruso.
–¡Ah, claro, sí; lo del Ruso!
–Bueno, enfrente es mi casa, te vas a dar cuenta… ¡Al lado de lo del Loco Ibáñez!
–¡Ah, sí! ¡Conozco!
–¡Dale, venite que vamos todos los del grupo!
Personajes más o menos públicos constituyen así un sistema de referencias que conforman un mapeo completo y sensible del lugar. Una serie de sujetos hacen de referencia exacta para producir una indicación a la cual solo quienes “conocen” podrán acceder. Se crea así un modelo difícilmente sistematizable, pero altamente efectivo.
En los últimos años, con el auge de los GPS (sistema de posicionamiento global) tanto en los vehículos particulares como en taxis y smartphones, las consultas entre viajantes y lugareños han disminuido. Hace poco, durante una conversación en la universidad, comentábamos que ya casi no bajamos la ventanilla del auto para preguntar, ni paramos a alguien en la calle para consultar cómo llegar a algún sitio.
Muchos eventos, fiestas, cumpleaños y casamientos indican su ...