Millán-Puelles. VII. Obras completas
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Millán-Puelles. VII. Obras completas

Léxico filosófico (1984)

  1. 640 páginas
  2. Spanish
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Millán-Puelles. VII. Obras completas

Léxico filosófico (1984)

Descripción del libro

Este séptimo volumen comprende el título Léxico filosófico (1984), una notable obra del eminente profesor Antonio Millán-Puelles. En palabras del propio autor, "se denomina filosófico porque tiene la pretensión de que los lectores filosofen al hacer uso de él". La intención divulgadora está presente en todas sus páginas. El libro quiere marcar una pauta, señalar una orientación, y será de especial utilidad para quienes enseñan o estudian Filosofía. Con un permanente horizonte metafísico, Millán-Puelles ha desarrollado una ontología del espíritu que investiga la articulación de las facultades superiores en la estructura trascendental del sujeto. Razón y libertad son temas de los que siempre parte y a los que continuamente retorna. La amplitud de su planteamiento filosófico le permite abrir su indagación hacia cuestiones específicas del ámbito económico, social o cultural, con lo que sus hallazgos antropológicos quedan contrastados en campos aparentemente ajenos a su ontología del ser humano. Su amplia bibliografía es clara muestra de la universalidad de sus intereses intelectuales, que cubrían la práctica totalidad del saber filosófico.

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Información

Año
2018
ISBN del libro electrónico
9788432145353

Léxico filosófico
(1984)

Prólogo

Este Léxico se denomina filosófico porque tiene la pretensión de que sus lectores filosofen al hacer uso de él. Su intención no es histórica ni pura y simplemente informativa. Por supuesto, también los datos históricos de mayor interés son recogidos aquí, pero no solamente para hacerlos constar, sino para valorarlos o enjuiciarlos en sus dimensiones doctrinales.
La selección de las voces responde fundamentalmente a la idea de que lo más peculiar del conocimiento filosófico se encuentra en la Metafísica (lo que no es Metafísica tiene un valor filosófico en tanto que la prepara, o bien por seguirse de ella). En virtud de este enfoque, más de la mitad de las palabras que aquí se han seleccionado como voces fundamentales se refieren a temas de índole propiamente metafísica. (En el Índice del contenido de este libro se encontrará también una sección para las «voces anejas», donde se indica la localización correspondiente).
Quizá pueda extrañar que cada voz no vaya acompañada de la bibliografía respectiva. Esta falta es sólo aparente. En realidad, cada una de las voces de este Léxico lleva sus elementos bibliográficos, mas no al final y como superpuestos o añadidos, sino dentro del tratamiento que de ellas se hace y en la ocasión sistemáticamente oportuna, puntualizando, cada vez que ello es conveniente (vale decir, en casi todos los casos), la ubicación completa de las citas y no sólo los títulos de las obras.
También pudiera extrañar el gran número de los términos dedicados a la última parte de la Metafísica, la que se ocupa de Dios. Sin embargo, la relativa abundancia de estos términos tiene su explicación en el rango objetivo de la teología natural. Y aunque es cierto que la importancia de ésta no se debe a la cantidad, sino a la calidad de sus verdades, también hay que tener presente que para comprenderlas hace falta una detenida explicación, porque su sentido no se advierte con la necesaria claridad, y en la plenitud de su riqueza, cuando se las formula con muy pocas palabras.
Temas tales como las pruebas de la existencia de Dios (examinadas aquí bajo las rúbricas «Motor inmóvil», «Causa eficiente incausada», «Ser Necesario por sí», «Máximo Ser» y «Ordenador Supremo») exigen para su debido tratamiento un espacio muy superior al que se les concede en los Léxicos monográficamente adscritos a la Filosofía y en los que se estudian con mucha mayor holgura otros asuntos de menor relieve filosófico (por ejemplo, la doctrina del psicoanálisis, las figuras del silogismo, los reflejos condicionados, etc.). Todo lo cual resulta, hasta cierto punto, comprensible cuando los autores de esas obras son agnósticos en materia de teología natural; pero no se ve cómo entenderlo cuando no es ése el caso.
* * *
Los temas de la llamada «lógica formal» (tanto la aristotélica o más clásica, cuanto la contemporánea o más reciente) no entran en este Léxico por no ser decisivos para los fines que se persiguen en él. El lector puede encontrar noticias de ellos en los Diccionarios usuales. Por lo que atañe, en cambio, a la «lógica filosófica», se incluyen aquí las voces «Demostración», «Principios de la demostración», «Ciencia» y «Universales», imprescindibles para el adecuado tratamiento de los problemas de la Metafísica.
Dentro del repertorio de los términos de la «física filosófica» o «filosofía de la naturaleza» (en su parte más general), hay uno, el que se titula «Compenetración local (y multilocación)», cuyo estudio se justifica por la doble razón siguiente: a) la necesidad de eliminar una serie de obstáculos que la imaginación opone al entendimiento y que precisamente en este asunto dejan ver con la máxima claridad su índole puramente imaginaria; b) la conveniencia, que en esta ocasión se hace patente, de distinguir con toda pulcritud entre lo que es primario y lo que es secundario en el ser peculiar de la extensión y, por ende, en la de todo lo corpóreo (justo en tanto que extenso). Y hay también otra voz que igualmente puede sorprender: la palabra «Continuo». El lector podrá comprobar, si su lectura es atenta, que lo que en este Léxico se dice a propósito de esta voz queda justificado por el hecho de que uno de los ataques más pretenciosos de Kant a la Metafísica (la segunda de las célebres antinomias de la razón pura) procede de una deficiente intelección de la índole divisible de la extensión continua.
Los temas antropológicos (se sobreentiende, de antropología filosófica) se resumen en cuatro voces: «Entendimiento humano», «Voluntad humana», «Libertad» e «Inmortalidad del alma humana». En el examen de la primera de estas voces se analiza la diferencia entre el conocimiento sensorial y el conocimiento intelectivo, así como las relaciones entre ellos. Ambos puntos son esenciales para abordar, desde una base idónea, los grandes problemas metafísicos que requieren una noticia suficiente de los modos fundamentales de nuestra actividad cognoscitiva. Los pormenores de carácter fisiológico que la psicología empírica describe al ocuparse de la percepción sensorial carecen de trascendencia para los problemas metafísicos. De ahí que a aquellos lectores que se sientan interesados por los requisitos fisiológicos del conocimiento sensorial el autor de este Léxico se permita recomendarles que satisfagan su curiosidad consultando algún buen tratado de Fisiología humana (y, desde luego, de Anatomía también), en vez de quedarse en lo que dicen acerca de esta materia los psicólogos que la tratan sin ser sus especialistas. Y una recomendación semejante cabe también hacer por lo que toca a las «enfermedades mentales». Lógicamente, son los médicos dedicados a esta clase de morbos quienes tienen la competencia necesaria para hablar con rigor de su etiología y su terapéutica.
Al asignar una de las voces fundamentales de este Léxico al estudio de la voluntad, el autor es consciente de moverse fuera de la línea por la que discurre una gran parte de la psicología contemporánea. Son muchos, efectivamente, los psicólogos de esa línea que prefieren hablar de motivaciones o «intereses», y siempre en un lenguaje de tal cuño que la dimensión espiritual del ser humano no quede ni tan siquiera sugerida, frente a lo que acontece cuando se estudia la voluntad como un poder esencialmente distinto del «apetito sensible». Por ello mismo, este Léxico hablará expresamente de la voluntad, considerándola como una energía del espíritu. Y en lo que atañe a la inmortalidad del alma humana, la inclusión de esta voz se comprende perfectamente después de todo lo expuesto. (En el examen de este tema hay una parte que trata de la «unidad sustancial» del ser del hombre: una cuestión que también cabe estudiar por separado, pero que alcanza la integridad de su sentido cuando se la pone en conexión con el tema de la inmortalidad del alma humana).
Finalmente, abundan en este Léxico los términos relativos a la Ética filosófica o Filosofía moral, aunque siempre sobre la base de su respectivo encuadramiento en unas pocas ideas muy fundamentales y esenciales. Una de las normas mantenidas en el desarrollo de estos temas es la de subrayar que la Ética filosófica, aunque tiene evidentemente un cierto carácter práctico, no lo lleva, sin embargo, hasta el extremo que realmente se alcanza en la prudencia. En el estudio especial de esta virtud se hacen las aclaraciones oportunas, pero también se las alude en el examen de otros problemas éticos. Algunas cuestiones, como las tratadas en las voces «Familia», «Trabajo» y «Derecho de propiedad», podrían haber sido inscritas en otras más generales. Sin embargo, se ha preferido dedicarles las correspondientes voces propias para atender a la necesidad de sacar estos temas de la confusión y del desorden con que hoy se suele hablar de ellos.
* * *
La intención divulgadora está presente en todas y cada una de las páginas de este libro. Pero el autor se sentiría muy satisfecho si alguien hiciese una versión más pedagógica de las mismas ideas que aquí se exponen. La experiencia de muchos años (más de cuarenta) dedicados a la enseñanza de la Filosofía le dan alguna autoridad para decir que los requisitos pedagógicos nunca son atendidos en toda la medida necesaria. Lo que en este Léxico se intenta es, así, marcar una pauta, señalar una orientación, y ello es razón bastante para ofrecerlo al público en su forma actual.
Los ejemplos aquí aducidos han sido objeto de ensayos y rectificaciones en la práctica docente del autor. Su más señalada utilidad estribaría en que incitasen a cambiarlos por otros (la virtualidad de un buen ejemplo está en su fecundidad para sugerir otros ejemplos). En cualquier caso, la dificultad que la Filosofía lleva consigo no es tanta como se dice. Si a la Filosofía se le dedica una atención similar a la que hoy se concede, por ejemplo, a la ciencia fisicomatemática en la enseñanza del Bachillerato, los resultados compensan el esfuerzo en una medida equivalente, no inferior, y sirven a la vez como un estímulo para ulteriores profundizaciones.
De ahí la necesidad de filosofar «cuanto antes», sin aplazarlo hasta una madurez cuya adquisición será ilusoria si se empieza por reprimir esos primeros conatos filosóficos que ya surgen en el estudio de cualquier ciencia. La madurez precisa para ahondar en los conocimientos filosóficos no se logra por el sistema de provocar el aborto de los primeros interrogantes metafisicos. Y a esto debe añadirse que se ofrece una torpe y mezquina filosofía cuando, en vez de atender a esos interrogantes, o acallarlos, dando así la impresión de que lo serio y riguroso es lo tratado por las ciencias particulares.
«Amamos la belleza con sencillez y filosofamos sin temor.» Este fecundo lema, atribuido a Pericles (cf. Tucídides, Hist., II, 40), contiene, en su última parte, un aviso muy útil para quienes enseñan la Filosofía en niveles más bajos, más dificiles, que los propios de la Universidad. También —o, mejor aún, especialmente— este Léxico se dirige a los profesores de Filosofía que actúan en esos niveles. Si lograra ayudarles, el autor habría conseguido uno de los propósitos que con más esperanza ha acariciado.

VOCES FUNDAMENTALES

Accidente

La palabra «accidente» deriva de la voz latina accidens, participio de presente del verbo accidere, entre cuyos significados principales se encuentran el de «caer encima», o «recaer», y el de «sobrevenir». En el lenguaje común llega a tener el sentido de acontecimiento adverso o perjudicial, más o menos trascendente o importante; si es de escaso relieve, suele denominársele «incidente». Por su parte, el adjetivo «accidental» se aplica, por lo común, a lo que no tiene mayor importancia o trascendencia (ya en general, ya en relación, tan sólo, a un asunto determinado).
Dentro del lenguaje filosófico, la palabra «accidente» tiene dos acepciones: la lógica y la ontológica. En el sentido lógico, es accidente lo que puede darse en un sujeto sin convenirle de un modo necesario, por no ser su sustancia, ni un aspecto de ella, ni nada que de ella se derive. Tomado así, el accidente se opone a la «propiedad», por ser ésta una determinación que se deriva de la sustancia propia de su sujeto. Por ejemplo, la capacidad de reír es una propiedad del ser humano, mientras que todo acto de reír es, en cambio, un mero accidente en el sentido lógico de este término. Otra propiedad del ser humano es la capacidad de usar palabras dándoles un valor conceptual, mientras que cualquiera de los actos en los que esta capacidad entra en función es, por el contrario, un accidente.
En su acepción ontológica, es accidente lo que se contrapone a la sustancia, lo mismo si se deriva que si no se deriva de ella. Por tanto, la propiedad es también accidente en el sentido ontológico de esta expresión. Como un resumen de lo que se lleva dicho sobre la diferencia entre las dos acepciones, la lógica y la ontológica, de la palabra «accidente», puede servir este esquema:
ente
166564.png
sustancia
166564.png
propiedad
accidente (lógico)
accidente (ontológico)
Aquí se va a hablar del accidente en su acepción ontológica, que, como puede apreciarse en el esquema, es la más amplia por incluir también a la «propiedad».
* * *
En contraposición a la sustancia, el accidente debe definirse como «el ente que es de tal índole que no tiene la capacidad de ser en sí». Sin duda alguna, esta definición parece algo enrevesada, y hasta cabe pensar que se saldría ganando si se dijera, sin ningún rodeo, que el accidente es el «ente que no es en sí, sino en otro». Pero, al igual que sucede en el caso de la sustancia, también aquí es engañosa la economía de la definición (véase «Sustancia»). Cabe mostrarlo con alguna brevedad.
En efecto, el «no-poder-ser-en-sí» es en el accidente algo más que una situación o un mero estado. Lo que hace que algo sea accidente es la índole de lo que así se comporta, y no algún factor distinto de ella. Dicho con otros términos: lo que es accidente no lo es de tal modo que pudiera tal vez serlo en circunstancias distintas. Así, el tamaño de un cuerpo es accidente en cualquier circunstancia y ocasión, y no por algo extrínseco a la índole de lo que es el tamaño, sino en virtud de ella. Por tanto, en la definición del accidente no cabe ahorrarse la alusión a la índole o manera de ser por virtud de la cual, y en oposición a la sustancia, el accidente carece de la capacidad de ser en sí.
De ello resulta, a su vez, que también la carencia de la capacidad de ser en sí ha de estar incluida, de una manera explícita, en la definición del accidente, cosa que no sucede si tan sólo se dice de él que es el ente que no es en sí, sino en otro. Si se omite la referencia negativa a esa capacidad que se da, por el contrario, en la sustancia, cabe pensar que para ser accidente hace falta estar siendo en algún otro ser, lo cual constituye un añadido de carácter existencial, que no es lícito introducir en ninguna definición, ya que toda definición se refiere exclusivamente a la esencia de lo que en ella ha de quedar aclarado. El «estar siendo» en algún otro ser es algo que el accidente no lo debe a su propia índole, como tampoco debe a la suya la sustancia el estar siendo en sí. Todo estar siendo, ya en sí, ya en algún otro ente, es un efectivo acto de existencia y, con la sola excepción de Dios, ningún existir se debe a lo que un ente es. La distinción real entre la esencia y la existencia de todo ente finito hace imposible que cualquiera de ellos deba a su propia índole, a su manera de ser, su existir o estar siendo.
El sentido de todas estas puntualizaciones, correlativas a las que se hacen al definir la sustancia, estriba en la exactitud que se ha de buscar en la fijación del concepto ontológico del accidente. En su momento veremos que sin esta exactitud es imposible la idea de la «transustanciación», constitutiva de uno de los puntos capitales de la teología cristiana de la fe según el modo más elaborado y riguroso —al menos, hasta el presente— en que esa teología se ha hecho cargo del Misterio Eucarístico. Desde luego, este tema no es de la competencia de la filosofía, porque el saber pura y simplemente filosófico no tiene bastantes luces para dictaminar sobre un asunto que desborda los límites de la mera razón humana. Ello no obstante, la filosofía puede probar que la transustanciación no es imposible. Lo veremos en su momento.
* * *
Tal como ocurre en el caso de la sustancia, tampoco cabe dar del accidente una definición estricta y propia, sino sólo una descripción. Ello se debe a que el concepto mismo del accidente no se subordina a ningún otro que no sea el del ente. Entre ambos no se da ningún concepto con relación al cual el accidente se comporte como la especie respecto del género. La noción de sustancia no es un concepto intermedio entre el del ente y el del accidente, por la sencilla razón de que el accidente no es una especie o clase de sustancia. El accidente es un tipo de ente, y la sustancia otro, sin que ninguno de ambos pueda ser una de las...

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