Serenidad
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Serenidad

En la vida cotidiana

  1. 128 páginas
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Serenidad

En la vida cotidiana

Descripción del libro

Los instantes de serenidad dan sentido y profundidad a nuestra vida. Nos apaciguan y regeneran. Nos recargamos de fuerza para afrontar el futuro. Y en momentos de adversidad, nos acordamos de ellos, porque nos ayudan a pacificarnos, a relativizar, a esperar.Nos gustaría sentir siempre serenidad, pero la vida nos sacude, nuestros demonios interiores despiertan Y entonces nos angustiamos, nos desesperamos y dispersamos. Sufrimos.¿Es posible aprender a sentir más a menudo esta serenidad? Sin duda. A través de 25 historias y de sus enseñanzas, este libro nos invita a avanzar, a nuestro ritmo y manera, por el camino del equilibrio y la serenidad.

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Información

Año
2013
ISBN de la versión impresa
9788499882284
ISBN del libro electrónico
9788499882529

1. Serenidad

Hay días en que tu alma está serena: te sientes tranquilamente bien. Todo está claro y tranquilo en tu interior. No te falta absolutamente nada. Está presente todo aquello que necesitas. Y lo que te fascina es que “todo lo que necesitas” se limita a prácticamente nada: sentirte respirar, sentirte existir. La sensación animal, tan simple, de estar vivo. Una sensación más vasta si cabe de pertenecer al mundo. Igual que un lago tranquilo, que una montaña inmóvil, que una brisa templada. Ni siquiera necesitas decirte que la vida es bella o buena. En ese instante lo es, y tú lo sientes profundamente, sin necesidad de palabras. Es un estado global de tu cuerpo y tu mente. No es algo que suceda a menudo, desde luego, pero te dices que si pudieras sentirlo con más frecuencia, sería la mar de interesante…
La serenidad es una tranquilidad actual, pero también una vivencia de paz con su pasado y una confianza en los instantes futuros. De ahí la intensa sensación de coherencia que desprende, de aceptación y de fuerza para afrontar lo que llegue. Por eso la serenidad es más que la calma, al igual que la felicidad es más que el bienestar.
Y se define por la ausencia de confusión interior, por la paz mental. Un cielo sereno es puro y tranquilo. ¿Pueden nuestras mentes ser “puras y tranquilas”? ¿Sin albergar pensamientos dolorosos o negativos? ¿Puede habitarlas la paz? Eso es algo que nos sucede de vez en cuando, por ejemplo cuando las condiciones ayudan. Una madrugada tranquila en verano, en la que el aire es templado, en la que el sol nos calienta suavemente sin quemarnos, en la que los únicos sonidos que oímos son los de la naturaleza. Sentimos que respiramos con tranquilidad, y nuestra mente también está serena, armonizada. Entonces, en medio de toda aquella lentitud y suavidad, nace una sensación apacible, que armoniza todo lo que sucede, sonidos, colores, movimientos de la respiración, latidos del corazón y pensamientos que nos atraviesan: ese lento ascenso de un estado de ánimo sereno. No durará. Lo sabemos. Y no obstante, resulta tan agradable como intenso…
Esos instantes de serenidad dan sentido y profundidad a nuestra vida. Nos apaciguan y regeneran. Nos recargamos de fuerza y serenidad de cara a las acciones venideras. Y nos acordaremos de ellos en la adversidad para pacificarnos, para relativizar, para esperar. Todo acabará, es cierto, pero también es cierto que todo volverá.
No obstante, ¿es posible aprender a sentir más a menudo esta serenidad?

2. El alma y los estados de ánimo

Desde hace un tiempo –¿es eso madurar, crecer, envejecer?–, te da la impresión de que tu alma existe y que respira más fuerte. La verdad es que no sabes muy qué es eso de “tu alma”, pero de alguna manera sientes que “eso” existe. Y también sabes que tu vida puede ser sensible y serena al mismo tiempo. De niño ya eras sensible. Había detalles que te emocionaban y te estremecían o maravillaban: un gesto, una palabra, un rostro triste, el paso de una nube o el sonido del viento… Esos movimientos del alma hace tiempo que te perturban. Preferirías menos sensibilidad y más serenidad. Así que intentaste protegerte del mundo. Te pareció que la serenidad era el retiro perfecto.
Poco a poco, has ido aprendiendo a aceptar esos movimientos que nos estremecen y despiertan. Y también a aceptar todos los estados de ánimos, felices o dolorosos, que nacen a partir de su contacto, que viven en su estela. Nuestros estados de ánimo son lo que queda en nosotros una vez que el tren de la vida ha pasado. Hoy, por fin, lo has comprendido y aceptado: nuestros estados de ánimo son el latido palpitante de nuestro vínculo con el mundo.
Interesarse en los estados de ánimo no es únicamente un viaje egocéntrico. El alma se define como “lo que anima a los seres sensibles”, es decir, vivos. El alma nos permite ir más allá de nuestra inteligencia, o al menos intentarlo en otra dirección. Nuestra mente, la inteligencia, nos ayudan a pensar el mundo; y el alma nos ayuda a sentirlo y vivirlo plenamente.
De hecho, nuestros estados de ánimo incrementan nuestra inteligencia vital: son el resultado de nuestra recepción del mundo , incluso en los microsucesos (más adelante veremos que existe toda una ciencia que estudia el inicio de los estados de ánimo a partir de detalles minúsculos). Así pues, hay acontecimientos pequeños en la vida que no provocan emociones intensas, pero que inducen estados de ánimo. Recordemos: tras haber asistido a unas escenas callejeras –un niño que lloraba, un mendigo que dormía la mona y su miseria, una pareja que discutía–, todo eso, si has prestado atención, ha podido desencadenar en ti melancolía, sin que esos sucesos tuvieran por otra parte un efecto en el curso de su jornada o existencia. Aparentemente, esos sucesos no han tenido un impacto tangible. Pero interiormente, no dejan de flotar en ti. ¿Quién sabe hacia dónde te conducirán?
Nuestros estados de ánimo son lo que suele hacernos únicos. Más incluso que las emociones. Por ejemplo, en el teatro o en el cine, la obra suscita reacciones intensas, cautivadoras, uniformes, puede decirse que casi iguales en todos los espectadores. Eso son las emociones. Luego, tras el espectáculo, cuando salimos a la calle, experimentamos pensamientos, sentimientos y recuerdos complejos, desencadenados por lo que hemos visto y vivido indirectamente. En esa tesitura, los espectadores ya no se parecen entre sí. Existen muchas diferencias individuales, y más imprecisión, suavidad y discreción: son los estados de ánimo. Más discretos, más complicados, más personales…
Carecer de estados de ánimo es comparable a poner la propia humanidad entre paréntesis. Desconfiemos de quienes declaran «carecer de estados de ánimo». Por otra parte, no es posible no tenerlos. Se pueden reprimir, disimular y negar. Pero entonces se estará negando la propia humanidad, y estaremos privándonos de lo mejor que esta puede aportarnos: la introspección. Esta dialéctica de “sentir” frente a “comprender”, del saber por experiencia frente al saber a través del conocimiento, debe pues conducirnos a aceptar, observar y amar nuestros estados de ánimo. No descuidemos ningún medio de conocimiento y acceso a ese mundo tan complicado…

3. Estados de ánimo positivos

Te gusta sentirte en paz con tus seres queridos; que haga un día estupendo; que la actualidad no traiga catástrofes, ni guerras, ni atentados; acordarte de que has ayudado a alguien; acordarte de que también te han favorecido a ti, y disfrutar de ello y vivirlo como una suerte, no como una deuda. En esos momentos te sientes más curioso, más benevolente, más paciente, más inteligente. Te sientes fuerte y seguro. Y por ello más capaz de amar, pensar, dar y actuar. Eso es el buen humor: un motor de cosas estupendas. En esos momentos te dices que así es como te gusta estar. Y aún más: que es en esos momentos en los que te sientes tú mismo, y no en los instantes de lucha o de dolor, en los que te blindas tras tus defensas, en los que te bates contra la vida. Te gusta mucho estar de buen humor…
Buen humor, júbilo, serenidad, confianza, simpatía, estima, etcétera Aparte de su dimensión agradable, ¿qué nos aportan nuestros estados de ánimo positivos?
Ante todo, los estados de ánimo positivos nos permiten mejorar el autocontrol. Es decir, nos ayudan a desarrollar comportamientos que necesitan de una contención inmediata a fin de obtener beneficios diferidos, como por ejemplo, esforzarnos hoy (régimen, ejercicio) de cara a la salud del futuro. En parte esa es la razón por la que las tendencias depresivas suelen estar asociadas a “comportamientos de salud” defectuosos (consumo exagerado de alcohol, tabaco y menos ejercicio físico). Y también la razón por la que las personas que siguen un régimen dietético, o consumen demasiado alcohol o tabaco, son tan vulnerables a las oscilaciones de sus estados de ánimo: muchas recaídas están vinculadas a los ataques de melancolía.
Los estados de ánimo positivos también proporcionan más discernimiento con vistas a las metas que hay que marcarse para triunfar. Si se está bien mentalmente, se obtendrán las cosas con más facilidad porque nos cuidaremos (inconscientemente) de utilizar sobre todo enfoques que impliquen unas opciones de éxito razonables. “Mientras, los sujetos en estados de ánimo más dolorosos se arriesgan a realizar elecciones por encima de sus fuerzas o capacidades (eso cuando no son víctimas de renuncias prematuras).” En este segundo caso, como también tendrán tendencia a ser menos flexibles mentalmente, persistirán demasiado.
Por otra parte, estar de buen humor no nos vuelve ciegos y sordos frente a lo que no funciona o podría mejorarse, y no nos impide evolucionar, sino todo lo contrario . Así pues, se ha demostrado que existe una mejor disposición a escuchar críticas cuando se dirigen a personas que disfrutan de un humor positivo.
Los estados de ánimo positivos también nos tornan más persuasivos, y nos ayudan a memorizar mejor lo que nos es de utilidad. Eso explicaría por qué es importante crear un ambiente afectivo positivo en el trabajo, o en la enseñanza, si se pretende que nuestros consejos sean mejor escuchados y retenidos. Los estados de ánimo positivos aumentan incluso la creatividad. El sufrimiento no provoca un incremento de la creatividad (ya conocemos los estudios que demuestran que los artistas suelen ser seres atormentados…) más que cuando se supera y se recupera la aptitud para amar la vida, aunque sea de manera imperfecta y torpe…
Entonces, ¿hay que intentar estar siempre de buen humor? Este ideal, tan comprensible, de los estados de ánimo positivos permanentes no es realista ni deseable. No es realista porque la vida se encarga siempre de aportar su parte de acontecimientos dolorosos y penosos, grandes y pequeñas adversidades y los estados de ánimo que obligatoriamente los acompañan. Tampoco es deseable, pues las sombras son necesarias para dar profundidad a la luz. Las sombras embellecen el día, y esa es la razón por la que las luces del atardecer y de la mañana son más bellas y sutiles que las del mediodía. Lo mismo sucede con los estados de ánimo.

4. Estados de ánimo negativos

Hoy toca espesura en la cabeza. Melancolía, mal humor. Todo te irrita, incluso tú mismo. Pues te sientes vagamente culpable de estar así. Los problemas a los que te enfrentas no son un aumento de las preocupaciones ordinarias. Nada peor que de costumbre. Y no obstante, todo parece feo, desagradable, demasiado. Eso es: demasiadas cositas desagradables atacándote. No te gusta sentirte así, no te gusta esa sopa de estados de ánimo negativos, tan indigesta. Lo único que quieres es que se pase. Y pensar que hay gente que chapotea todo el día ahí dentro… incluso toda la vida. Gruñones, negativistas, misántropos, refunfuñones… ¿Cómo pueden seguir viviendo en el mundo con esos estados de ánimo? ¿Cómo pueden soportar esa visión insoportable y deformada de la existencia? Hay que sentir compasión por ellos. De repente eso te alegra, te alivia. Recuerdas físicamente –qué extraño– la existencia del buen humor. Levantas la cabeza y observas el cielo. Incluso llegas a sonreír, a reírte de ti mismo y de tu maldito mal humor. Ya pasará. En el fondo de ti mismo sabes muy bien que pasará…
Nos resulta más fácil abandonarnos a los estados de ánimo negativos (inquietudes, resentimientos, abatimientos y desesperanzas) que a los positivos. Por eso, en todas las lenguas existen más palabras para describir los estados de ánimo negativos que los positivos.
Pero debemos vivir con este desequilibrio vinculado al funcionamiento del cerebro. Hace milenios que fue esculpido por la evolución para ayudarnos a sobrevivir concentrándonos en lo negativo, en lo que no funciona, en lo que nos amenaza o pudiera llegar a amenazarnos. Por eso se gime y se sufre cuando la vida es dura,...

Índice

  1. Portada
  2. Portadilla
  3. Créditos
  4. Sumario
  5. Introducción a la serenidad a través de una mosca en la cocina
  6. 1. Serenidad
  7. 2. El alma y los estados de ánimo
  8. 3. Estados de ánimo positivos
  9. 4. Estados de ánimo negativos
  10. 5. ¿Positivar? El equilibrio interior…
  11. 6. Dejar de cavilar
  12. 7. Querido diario
  13. 8. Fragilidad
  14. 9. Dolores y sufrimientos
  15. 10. Aceptación
  16. 11. Autocompasión
  17. 12. Soltar
  18. 13. Calma y energía
  19. 14. Pon tu cuerpo de buen humor
  20. 15. ¡Relajarse!
  21. 16. Sonreír
  22. 17. Materialismo
  23. 18. El instante presente
  24. 19. Vivir en plena consciencia
  25. 20. Sabiduría
  26. 21. Despertares
  27. 22. Aceptar la felicidad como una experiencia efímera
  28. 23. Vivir feliz, morir
  29. 24. Disfrutar de los momentos felices
  30. 25. Felicidades sutiles
  31. Epílogo: Esto se llama la aurora…
  32. Apéndice: “Nuestros estados de ánimo son una puerta hacia el despertar”
  33. Contraportada

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