
- 144 páginas
- Spanish
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eBook - ePub
San Francisco de Asís
Descripción del libro
Para algunos Francisco de Asís es aquel santo que, después de una juventud de opulencia y desenfreno, renunció a todo tipo de bienes para vivir de la forma más austera y sencilla que le fue posible. Para otros también es quien creó la tradición del pesebre o el autor del famoso Cántico de las criaturas.Francisco de Asís fue todo esto y mucho más: consiguió reestructurar la Iglesia sin dejar de ser fiel al papa y se sirvió de la pobreza como herramienta de fe, algo que abrumó a una institución eclesial instalada por aquel entonces en la ostentosidad y la abundancia. Este y otros episodios hacen de él un santo de extraordinaria modernidad.
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Información
San Francisco de Asís
Nicoletta Lattuada
Francisco: historia y leyenda
La gran popularidad de san Francisco ha hecho que en los cerca de ochocientos años transcurridos desde su muerte se haya escrito muchísimo sobre su vida y los sucesos ejemplares o prodigiosos que la caracterizaron. No siempre es fácil orientarse en la mezcla de verdad y propósitos hagiográficos entrelazados conjuntamente que se conocen, debido también al hecho de que Francisco dejó poquísimos textos escritos de su puño y letra: las distintas versiones de la regla, el Testamento, algunos laudes, cartas y poco más.
Sin embargo, hay algunos textos imprescindibles a los que hay que recurrir para hablar de Francisco: Vida primera de San Francisco (1228-1229) y Vida segunda de San Francisco (1246-1247), del religioso y escritor Tomás de Celano, los primeros —en sentido temporal— relatos de su vida, así como Leyenda mayor (1262), obra del que se considera su primer biógrafo, Buenaventura de Fidanza. También contamos con el texto las Florecillas de San Francisco, que recoge milagros y ejemplos de comportamientos virtuosos y devotos del santo, en su mayoría transmitidos oralmente, pero que en lo esencial pueden ser considerados verídicos y solo en una mínima parte fruto de la fantasía: la parte menos ceñida a la veracidad histórica es la última, no estrechamente vinculada a la vida del santo, en la que se explican las vicisitudes del movimiento franciscano en una época en la que empezaba a prevalecer un cierto componente espiritualista.
Para poner un poco de orden y recopilar las distintas biografías y textos de Francisco —y de Clara, seguidora del santo y fundadora de la segunda orden franciscana: las hermanas clarisas—, en 1997, las editoriales franciscanas publicaron Fuentes franciscanas (citada como FF), de las que poco después, en 2004, se hizo una edición revisada. Pero, a pesar de que algunos pormenores de la vida del santo de Asís pueden haber sido exagerados por la devoción de sus seguidores, la figura de Francisco transmitida por las distintas fuentes dibuja un hombre enamorado de Cristo, un hombre que comparte la alegría del pecador arrepentido que sabe que ha sido acogido y perdonado, un hombre humilde, pero extraordinariamente rico de la pobreza evangélica y en plena armonía con la naturaleza y la creación entera.
Las Florecillas
Las Florecillas son la vulgarización de un conjunto de ejemplos de devoción y gestos de fe realizados por el santo y recopilados por un anónimo toscano a finales del siglo XIV. El autor trabajó sobre los Actus beati Francisci et sociorum eius (1327-1340), que se atribuyen de forma incierta a Ugolino da Montegiorgio. En esta obra se nos ha transmitido la memoria de una serie de acontecimientos prodigiosos ocurridos a Francisco que seguramente pueden ser considerados históricos, en el sentido de que reproducen acciones y palabras atribuidas a él, aunque a veces se hayan enfatizado un poco, ya sea porque se transmitieron oralmente, ya por la necesidad de insistir en su ejemplaridad, como reza el capítulo 1:
En el nombre de nuestro Señor Jesucristo crucificado y de su madre la virgen María. Este libro contiene ciertas florecillas, milagros y ejemplos devotos del glorioso pobrecillo de Cristo, messer san Francisco y de algunos de sus santos compañeros. En alabanza de Cristo. Amén.
En las Florecillas —y en las Vidas de Tomás de Celano— son muchos los sucesos prodigiosos narrados o los episodios edificantes que han tenido a Francisco como protagonista: demonios expulsados del corazón de los hombres, conversiones repentinas, diálogos con los animales y abundantes relatos.
La vida
Juventud desenfrenada
Francesco Bernardone nació en Asís en 1182 (según otras fuentes en 1181). Su madre, Giovanna Pica, decidió llamarlo Giovanni, pero su padre, Pietro, un rico comerciante de tejidos («paños franceses») que en el momento del parto se hallaba en Francia por una feria mercantil y estaba profundamente fascinado por esa tierra, quería que fuera bautizado con el nombre de Francesco (Francisco).
El chico, sensible y generoso, tuvo una juventud despreocupada y algo desenfrenada, como era habitual en los hijos de familias nobles o burguesas de su tiempo, que vivían con toda comodidad y sin problemas. Francisco aprendió latín a un nivel elemental, pero conocía muy bien el francés, ya que, además de serle útil para los intercambios comerciales —estaba destinado a seguir los pasos de su padre—, era la lengua de su madre, pero también lo era de la poesía cortesana, que contaba las hazañas de los caballeros: un mundo y una cultura que fascinaban y atraían profundamente al joven.
Se le recordaba como alguien agradable y servicial, que no escatimaba en gastos; amaba la vida social y era protagonista de ella, tanto que sus amigos lo coronaron «rey de los banquetes y del baile»: una juventud alegre y despreocupada, pero —como escribió él mismo más tarde— «en pecado».
Fue un periodo histórico caracterizado por guerras y escaramuzas continuas; también se sucedieron las luchas entre el papado y el imperio, que afectaban a buena parte de los municipios italianos, y las disputas de poder entre un señor y el de al lado.
También Francisco se vio involucrado en estas luchas de poder: en 1202, durante la batalla de Collestrada, prácticamente a un paso de casa, mientras combatía contra Perugia para defender Asís, fue hecho prisionero y encarcelado: solo más de un año después, gracias a una tregua entre ambas ciudades, fue liberado y pudo volver a su hogar.
Sin embargo, el joven estaba herido, y no solo físicamente; dentro de él algo se había roto, algo que, incluso cuando ya hubo recuperado la salud, le impidió encontrar placer o satisfacción en el estilo de vida que llevaba antes del encarcelamiento; e incluso la idea de continuar con la profesión del padre ya no le parecía tan obvia, como se evidencia en Vida primera:
Comenzó a tenerse en menos a sí mismo y a mirar con cierto desprecio cuanto antes había admirado y amado. Mas no del todo ni de verdad, que todavía no estaba desligado de las ataduras de la vanidad ni había sacudido de su cerviz el yugo de la perversa esclavitud.1
Francisco, que antes había sido arrogante y prepotente, empezó a tener en cuenta a los demás, pero sobre todo empezó a mirar a los pobres con otros ojos, y Tomás de Celano en Vida segunda reproduce un episodio en el que Francisco ofreció su ropa a un pobre que encontró en la calle, de modo que establece un paralelismo con san Martín de Tours, que varios siglos antes había cortado por la mitad su capa para compartirla con un mendigo.
Conversión: Francisco se hace juglar de Dios
A principios del siglo XIII, en la Iglesia convivían dos tendencias opuestas: por un lado, la jerarquía eclesiástica estaba vinculada al poder feudal, y la integraban a su vez señores feudales que se ocupaban más de los problemas puramente terrenales que del cuidado de las almas; por otro lado, aparecieron movimientos renovadores, que aspiraban a una verdadera conversión espiritual y a un regreso al espíritu del Evangelio. Algunos de ellos estaban destinados a impulsar un proceso de renovación que devolviera vigor a la Iglesia, mientras que otros —los valdenses y los cátaros entre ellos— dieron origen a herejías y fueron declarados ajenos a la verdadera fe católica. Al mismo tiempo, los árabes presionaban sobre los límites del mundo cristiano con su cultura, pero también con su religión.

Un loco extiende la capa para que pase San Francisco niño (ca. 1724), uno de los cuadros de la serie sobre el santo que realizó el pintor Antoni Viladomat.
En este marco general se sitúa la primera etapa de la conversión de Francisco. Era el año 1205. Atormentado por la insatisfacción que lo quemaba por dentro, se alistó en la milicia pontificia comandada por Walter III de Brienne. Creía poder encontrar respuestas y gratificaciones en la carrera caballeresca, pero, cuando se dirigía hacia la Puglia, en el sur de Italia, para combatir, cayó gravemente enfermo cerca de Spoleto. Mientras dormía —según relata la Vida primera— oyó una voz que le preguntaba si prefería servir al Señor o al siervo. «Al Señor», fue la obvia respuesta de Francisco. «Y entonces, ¿por qué buscas al siervo en lugar de al Señor?», preguntó la voz. «¿Qué quieres que haga, Señor?», le preguntó Francisco. La voz lo invitó a volver a su tierra, porque estaba destinado a otros proyectos.
Entonces regresó a Asís, pero ya se había convertido en un nuevo Saúl o Pablo. Su estilo de vida empezó a cambiar de forma evidente: dejó todo lo que era mundano, empezó a amar a los pobres de una forma especial y a buscar la soledad y el silencio de los bosques o de las capillas medio abandonadas.
Al año siguiente, durante una peregrinación a Roma, cuando se encontraba en la tumba de san Pedro, ofreció su ropa a los mendigos y se cubrió con los harapos de uno de ellos. Ya de nuevo en Asís, llevó una vida «al margen». Empezó a ocuparse, además de los pobres, de los leprosos. Se sentía incapaz de reprimir un sentimiento de repugnancia por estos desafortunados, fruto de la educación que había recibido y del temor instintivo que suscitaba esa enfermedad; por ello, resulta admirable la acción que realizó un día, cuando al encontrarse a un pobre que le pedía limosna, él le dio una moneda y un beso. Después se alejó con el corazón lleno de alegría.
La sanación del leproso
Desde el inicio de su conversión Francisco siempre mostró una especial predilección por los leprosos e invitó a sus hermanos a seguir su ejemplo. Un día, en un hospital en el que los frailes cuidaban a estos enfermos, se topó con un leproso arrogante, malo, blasfemo hasta el punto de hacerle pensar que estaba poseído por el demonio. Los hermanos, como ejercicio de la virtud de la paciencia, soportaban en silencio sus injurias, pero no conseguían tolerar las continuas blasfemias que profería contra Cristo y la Virgen, por lo que querían abandonarlo, pero antes pidieron consejo a Francisco.
Él rezó prolongadamente, después fue a buscar al enfermo y le aseguró que estaba completamente a su servicio; el leproso puso a prueba al fraile y con prepotencia pretendió que lo lavara entero, pero antes le avisó de que a...
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