
- 62 páginas
- Spanish
- ePUB (apto para móviles)
- Disponible en iOS y Android
eBook - ePub
La magia de los animales
Descripción del libro
La magia de los animales, es un libro formado por cuatro hermosos cuentos que hablan del nexo existente entre los seres humanos y diferentes tipos de animales.El primer relato, La Cocó nos muestra el amor de una pequeña niña con su gallina. Este amor sincero y transparente solo puede surgir en la infancia.El segundo, Lucrecia, trata del amor incondicional y altruista de una doctora pediatra con los ángeles con cola. Inesperado y lleno de magia.Los dos últimos nos relatan otro tipo de vínculos con los animales, los cuales surgen por circunstancias de la vida de algunas personas. Sorprendentes y entretenidos.
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Información

Praxíteles
Con su mochila en la mano, Praxíteles dio un salto ágil y firme, y se embarcó en la lancha La Ñaña. La tarde estaba hermosa y el mar se presentaba calmado. Se acomodó en la popa. No llovía, deseaba disfrutar el esplendoroso paisaje que se mostraba ante él, imponente. Al zarpar atisbó cómo se alejaban las islas Tenglo y Angelmó. Sus ojos pícaros recorrieron la marina llena de barcos, lanchas y veleros; había una gran actividad marítima. Le gustaba mirar la estela dejada por la lancha. Amaba esos lugares. Con sus pupilas puestas en el horizonte, divisó de lejos la isla Maillen y una sonrisa afloró en sus labios. Recordó los relatos de sus abuelos. Siendo un niño, él pensaba y creía que eran verdaderos. Se trataba de historias sobre los mailléncos y huarunos. Eran colorines y pecosos, y muchos poseían unos hermosos ojos claros, porque en la antigüedad se fondeaban corsarios y piratas en estas islas.
Su abuela, por parte de madre, había sido profesora normalista, y contaba los relatos escuchados a sus padres y abuelos. Los primeros habitantes de estas islas eran los indígenas llamados huilliche. Su abuela era una mujer de gran curiosidad y se dedicó a investigar hablando con las personas ancianas y también buscó información en la parroquia. Estas islas estaban escasamente pobladas en la antigüedad. Muchos barcos corsarios y piratas pasaron a capear los fuertes temporales, dejando en muchas oportunidades tripulantes enfermos en la isla. Debido al aspecto de los isleños, muchos tenían ojos azules y pelos rubios y colorines. Sin lugar a dudas, ellos provenían de una población flotante de corsarios y piratas; de ahí las características físicas de los mailléncos y huarunos. La isla la conformaron en la época de sus bisabuelos pocas familias, pero los poseedores de la mayor parte de las tierras eran los Neuman y los Maldonado. Las dos horas de travesía no las sintió. Los ojos de Praxíteles, de un celeste claro, se pusieron transparentes con los recuerdos de su infancia, haciendo un conjunto perfecto con el cielo y el océano pacífico. Al divisar la isla Huar sintió la sensación de llegar a su hogar; allí vivieron por siglos sus antepasados.

En el muelle lo esperaba su encargado, Manuel, montado en su yegua La Pagana. Su pelaje negro lustroso contrastaba con el potro de Praxíteles, Yumbel, de un color dorado muy especial, con un pelo rubio, largo brillante y bien cuidado. En la isla había caminos para automóviles, pero a Praxíteles le gustaba montar a su fiel potro Yumbel. Al bajar, los primeros en saludarlos fueron sus perros Godofredo, un ovejero; y Gozador, su pastor alemán. Ambos colocaron sus patas en el pecho de Praxíteles, y él los acarició y se quedaron tranquilos. Un abrazo grande le prodigó a Manuel, hombre humilde, leal y trabajador. Colocaron la carga bien estibada en los caballos y partieron.
Manuel comenzó a contarle sobre las novedades del campo. Una vaca se había caído a un barranco y al parecer tenía quebrada la paleta. El veterinario le daría el diagnóstico. Si eso sucedía, tendría que ir a buscarla con el ballenero2 y sacrificarla. Unos lugareños estaban preocupados porque habían desaparecido unas ovejas. Los campesinos sabían de la existencia de una jauría de perros salvajes y responsabilizaba a estos de las muertes de los animales. Praxíteles y Manuel no creían esa versión, en la isla no había jaurías de perros. Los lugareños no acostumbraban a abandonar a sus perros. Praxíteles se quedó pensativo.
Habían llegado personas con otras costumbres a la isla. Sospechaba más de ellos y no de la gente oriunda de la isla, puesto que todos se conocían desde hacía mucho tiempo.
Continuaron con su trayecto en silencio.
Al llegar, los recibieron Dorotea y su hijo Ramón, con una gran sonrisa.
—Le he preparado de cena su merienda preferida —le comunicó Dorotea.
—Gracias, Dorotea, tú siempre consintiéndome —respondió Praxíteles con su voz ronca y viril.
—No faltaba más, patroncito —contestó ella, riendo.
—Iré a bañarme y cenamos —ordenó Praxíteles.
Se levantó al amanecer, deseaba ir a ver la vaca desbarrancada y darle solución al problema. Si era verdad que se había quebrado la paleta no tenía futuro y el animal estaría sufriendo. Eduardo, el veterinario de la isla, tomaría las decisiones correspondientes. El lugar donde se había caído quedaba al otro extremo de la isla, un lugar de ensueño con una laguna llena de cisnes y patos salvajes llamado Chipue.

Mientras Dorotea preparaba el desayuno, se dirigió a un risco cercano de la casa, montó a Yumbel y extrañó la ausencia de sus perros. Se sentía pleno al ver tan natural y agreste paisaje. El mar estaba sereno y podía ver a lo lejos el nacimiento del sol en el horizonte, iluminando el océano, haciendo un camino de luz. Amaba esta isla, herencia de sus antepasados. Giró su mirada hacia el bosque sagrado de su abuelo, hombre sabio que protegía ese bosque de la irresponsabilidad de los seres humanos.
E...
Índice
- La Cocó
- Lucrecia
- Praxíteles
- La Señorita Trinidad