Pablo VI, España y el concilio Vaticano II
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Pablo VI, España y el concilio Vaticano II

  1. 248 páginas
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Pablo VI, España y el concilio Vaticano II

Descripción del libro

El título de este libro anuncia con claridad lo que se va a encontrar en sus páginas. No se trata de una biografía de Pablo VI ni de una historia de España, y menos todavía de un comentario a los documentos del Concilio Vaticano II. Es algo bastante más cercano y ajustado al ámbito de nuestra vida. La obra quiere ofrecernos los resultados del encuentro providencial de estas tres realidades: un papa, un país y un acontecimiento. En estas páginas seexpone con detalle la intervención del papa Pablo VI en el desarrollo del Concilio Vaticano II y la influencia del papa y del Concilio en la historia de España y en la vida de los españoles.Si ahora, a la distancia de sesenta años, quisiéramos evaluar el resultado de aquellos acontecimientos para nosotros, tendríamos que reconocer que el Concilio y proporcionalmente las orientaciones pastorales de Pablo VI nos ayudaron a descubrir la necesidad de una Iglesia libre de cualquier injerencia del poder político, centrada en el anuncio del mensaje religioso y salvador de Jesucristo, abierta a todos los sectores de la población, partidaria decidida de la reconciliación y la paz entre todos los españoles, en diálogo cercano y sincero con la vida, los sentimientos y las ideas de todos nuestros conciudadanos, servidora de los pobres, responsable de la fe y del bienestar espiritual de todos, abierta al mundo contemporáneo y comprometida en el anuncio y la extensión del Evangelio por el mundo entero.

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Información

Editorial
PPC Editorial
Año
2018
ISBN de la versión impresa
9788428831444
ISBN del libro electrónico
9788428832090
1

PABLO VI: UN SANTO QUE ATRAE E INTERPELA

Pablo VI tuvo un modo de ser atrayente que desconcertaba a veces, pero que siempre seducía y ofrecía ejemplos de vida, reflexiones profundas, sugerencias para enderezar la existencia o para iniciar caminos que desembocan en Cristo y en su Iglesia. En este perfil pretendo dirigir mi atención y reflexión de manera especial a la actitud personal y al talante de cercanía, de capacidad de integración y de diálogo de Pablo VI a lo largo de su vida y, de manera especial, durante los quince años de pontificado, años que muestran cómo la proximidad y la interlocución constituyeron un rasgo característico de su vida y actuación.
Juan Bautista Montini ejerció a lo largo de su vida sacerdotal tres puestos significativos, de creciente importancia y responsabilidad eclesial: trabajó en la Curia romana, arzobispo de la más importante y extensa diócesis europea y pontífice de la Iglesia universal. Sin embargo, no resulta justo ni sirve al discernimiento adecuado afrontar el tema que nos ocupa sin tener en cuenta la dedicación a su tarea como consejero, acompañante y escucha de los estudiantes de la Federación Católica Universitaria Italiana (FUCI), años y labor en los que se esclarece su talante, su sensibilidad y su capacidad de afecto y amistad.
En esa labor creativa de formación de mentes y espíritus, que se prolongará en sus encuentros y relaciones personales a lo largo de su vida, descubrimos una temprana preocupación educadora, de formación de conciencias, muy consciente de la centralidad de la conciencia en el ser humano, ya que es en esa interioridad donde se produce el encuentro entre la preocupación personal por la capacidad y la dignidad de todo hombre y su respuesta libre a la llamada de la fe. Porque Montini fue un sacerdote educador de la fe en su sentido más profundo. Tengamos en cuenta también que en toda ocasión y de manera tal vez más explícita en Populorum progressio, al tema de la pobreza, de las enfermedades y de la carencia de instrucción de los seres humanos unió la defensa valiente de la libertad y de la dignidad humanas. Esta consciente preocupación explicará su decidida actuación renovadora en la Iglesia española.
Montini aportó a los universitarios una relación personal cercana y amistosa, de simbiosis espiritual, tratándoles como amigos con los que intercambiaba confiadamente experiencias y reflexiones. Dedicó mucho tiempo al trato directo con los estudiantes: «Mi día se reparte en dedicar la mañana a los papeles y las tardes a las charlas 1 [...] los jóvenes me ocupan mucho, pero me dan el consuelo de trabajar directamente sobre sus conciencias». Su amor por estos jóvenes le llevaba a escuchar y a preguntar, a respetar y sugerir. Uno de sus amigos más cercanos, el oratoriano Carlo Manziana, señaló que Montini disfrutaba con la conversación, con la voluntad de colocarse al mismo nivel del interlocutor, con el fin de suprimir cualquier turbación o alejamiento entre ellos. Probablemente se trató de la ocasión de su vida en la que se sintió más confiado y desinhibido.
Él se presentaba en todo momento como el sacerdote amigo y maestro que sugería las razones ideales de toda acción, tanto en la universidad como en la sociedad, al tiempo que les acompañaba en su vocación propia y en el programa compartido. La vocación propia de estos estudiantes les llevaba a conseguir una cultura religiosa que estuviera al mismo nivel que su cultura profana, de forma que fueran capaces de plantearse cómo podrían abrir la cultura de su tiempo a los valores cristianos y su vida religiosa a la cultura moderna, «vida religiosa que no altera, no sofoca, sino que despierta, defiende y alimenta la búsqueda de la verdad». Montini vivió personalmente esa preocupación y supo inculcarla y modelarla en sus dirigidos.
Para conseguirlo, don Juan Bautista practicó en todo momento el diálogo intenso interpersonal, al que ayudaba su sensibilidad por la cultura contemporánea, sobre todo la francesa. Trataba a los universitarios con cercanía, respetaba su libertad, les inculcaba con entusiasmo el ideal cristiano, pero les animaba a ser ellos quienes personalmente elaboraran su camino. Nello Viàn había tratado poco con él cuando se fue a los Estados Unidos para estudiar durante un año un curso de archivística. Desde allí escribió una carta a Montini expresando el deseo de que fuese su director espiritual. Este le contestó enseguida aceptando la propuesta, pero indicó al joven universitario que deseaba señalarle desde el inicio que debía sentirse absolutamente libre de suspender en cualquier momento su confianza y de tutelar como mejor le pareciese los intereses de su alma, sin perder por ello su amistad 2. Viàn se convirtió en su discípulo y amigo hasta el final de su vida.
Montini, de carácter introvertido, que mantenía espontáneamente las distancias, que protegía un silencio interior profundo, no resultó en ningún caso un protagonista o un interlocutor indiferente. Los universitarios se sorprendían por su estilo y personalidad, que a muchos consiguió cautivar. Los curiales le admiraban, pero pocos confiaban en él. Los fascistas desconfiaban de la misma manera que desde el principio los franquistas recelaron de él. El P. Gemelli, fundador de la Universidad Católica, potente y prepotente, le atacó en alguna ocasión sin nombrarle, porque no le encontraba dócil, y entre los universitarios algunos no le siguieron por su claridad y exigencia. Tras unos meses de desencuentros, presentó su dimisión, porque no le respaldaron ni Pizzardo, arzobispo consiliario general de la FUCI, ni el cardenal Marchetti Selvaggiani, vicario de Roma, prevenidos y recelosos, entre otras razones, por su libertad de espíritu, porque no le sentían de los suyos y por su cercanía al pensamiento político maritainiano, que instintivamente rechazaban.
En una Iglesia italiana politizada, preocupada por la situación del Vaticano y por la progresiva disminución de su presencia en la vida civil y política, Montini defendió desde su juventud una neta distinción entre los roles eclesiales y los políticos. Esta actitud le convirtió en sospechoso para muchos eclesiásticos, sobre todo curiales 3, pero iluminador, aperturista y renovador para la mayoría. La dirección espiritual de Montini supuso, pues, en la FUCI una sólida formación religiosa, litúrgica y cultural, un desapego de la política partidista, aunque la grave situación política entonces existente en la península hacía difícil no tomar posturas tradicionales, y un amor a Cristo y a la Iglesia sin resquicios ni dudas. Sabemos que, para quien ama a la Iglesia, el tiempo es la encarnación. Cristo fue para Montini su punto de referencia permanente, y la cristología constituye el fundamento de su pensamiento y de su espiritualidad. Por eso su dedicación y devoción a la Iglesia, tan presente en todas sus intervenciones conciliares, tienen siempre su punto de partida y consumación en la persona de Cristo.
En su vida, en su pensamiento y gobierno no estuvieron presentes ni el integrismo ni la intolerancia, motivo de su expulsión de Roma y del rechazo sufrido por parte de quienes mantuvieron en la Curia una visión rígidamente doctrinal e intransigente. Montini se sirvió de medios pobres (las cartas 4, los encuentros personales, las llamadas telefónicas), pero a través de estos medios construyó una tupida red de amistades que duraron indefinidamente. Poseía una fuerza interior increíble y poca presencia exterior buscada. Auténtico hombre de Dios para cuantos le seguían, muchos de los cuales nos han dejado sus testimonios. Esta red de relaciones con tantos jóvenes interesantes desembocaron en amistades fraternas en todos los ámbitos intelectuales, políticos y eclesiásticos del país. Promovió con éxito una educación y una piedad interior profundas, fundamentalmente cristocéntricas y litúrgicas, no inclinadas a devociones particulares, con fuerte sentido ecuménico y misionero 5. «Vale más la comprensión de la oración que los vestidos de seda y vetustos con los que ha sido revestida regiamente. Vale sobre todo la participación del pueblo», comentó en una de sus audiencias de los miércoles 6.
Al tratar de su sensibilidad personal y de su decisión de relacionarse con todos, debemos recordar su apasionado intento de dialogar con los miembros de las Brigadas Rojas con motivo del secuestro de Aldo Moro, quien había sido primer ministro italiano y con quien mantenía un afecto profundo. Les escribió una carta dramática en la que resplandecen al desnudo su sensibilidad y sentimientos, en la que encontramos al amigo que muestra su compromiso, cercanía y tristeza, y su capacidad incansable de buscar encontrarse con autoridad y humildad con los intolerantes y radicales que pretendían monopolizar la razón y la vida.
Curia romana
No se puede afirmar que, durante los primeros años romanos, el trabajo en Secretaría de Estado entusiasmase a Montini, tanto por motivos de salud como por los mismos temas a los que debía dedicarse. Era ciertamente trabajador concienzudo, claramente no buscaba subir puestos en el escalafón ni, aparentemente, se encontraba satisfecho con su dedicación fuera de la labor pastoral directa. «En pocos días hará cinco años que me hallo en este puesto; me parece que he acumulado mucha más responsabilidad que mérito [...] Pienso en los estudios abandonados, en el reducido contacto con el ministerio, en la oración abreviada [...]. Peregrinamos, eso es todo» 7. En sus palabras encontramos una cierta sensación de que había tenido que renunciar a un ideal de vida sacerdotal para dedicarse a un trabajo menos entusiasmante.
Por otra parte, en este ambiente no encontraba relaciones de amistad que le llenasen, a pesar de que sus superiores, comenzando por Tardini, parecían estimarle y tuvieran consideraciones con él. La mayoría de los clérigos con quienes mantuvo estrecha relación pertenecían al tiempo de su juventud, como Giulio Bevilacqua, o a su ámbito universitario, como Guano, Costa, Pelloux, Righetti y otros, algunos de los cuales resultaron importantes en la Iglesia contemporánea italiana. El trato con sus compañeros o superiores de Secretaría era más contenido y formal, y me atrevo a afirmar que mantuvo durante estos años con sus colegas de Curia una actitud circunspecta y poco confiada. En realidad fue poco clerical y nada propenso al chismorreo, cotos clericales o ambientes cortesanos y aparentemente serviles o puramente administrativos. Años más tarde, en su reforma renovadora de los estatutos curiales, encontramos su decisión implícita de cambiar el talante y ritmo decadente de una organización que era más propia de siglos periclitados. Él ciertamente no lo consiguió, como no lo está consiguiendo Francisco en la actualidad.
En 1937, Tardini fue nombrado Secretario de la Congregación de los Asuntos Eclesiásticos Extraordinarios, y el cardenal Pacelli y el mismo Tardini pensaron que Montini resultaba el más adecuado para sucederle como Sustituto. Conocía bien las tareas propias del nuevo puesto, Pacelli le estimaba y, además, Montini había establecido óptimas relaciones con el cuerpo diplomático. Roncalli, que le conocía bien, le escribió desde Estambul que en el nuevo puesto sería capaz de allanar divergencias, aclarar y dulcificar las situaciones. Y, con frecu...

Índice

  1. Portadilla
  2. Prólogo, del cardenal Fernando Sebastián
  3. 1. Pablo VI: un santo que atrae e interpela
  4. 2. Pablo VI y el Concilio
  5. 3. Conferencia y renovación episcopal española
  6. 4. Pablo VI, el régimen político y la sociedad española
  7. 5. La Asamblea Conjunta. La recepción del Concilio en España
  8. 6. El Concilio Vaticano II y su impacto en España
  9. Notas
  10. Contenido
  11. Créditos