7 mejores cuentos de Antonio de Trueba
eBook - ePub

7 mejores cuentos de Antonio de Trueba

  1. 95 páginas
  2. Spanish
  3. ePUB (apto para móviles)
  4. Disponible en iOS y Android
eBook - ePub

7 mejores cuentos de Antonio de Trueba

Descripción del libro

La serie de libros "7 mejores cuentos" presenta los grandes nombres de la literatura en lengua española. En este volumen traemos Antonio de Trueba, un escritor español, conocido también como "Antón el de los Cantares". En su obra reflejó tradiciones y costumbres campesinas que, como consecuencia del impacto de la creciente Revolución industrial, estaban desapareciendo de una España hasta entonces fundamentalmente agraria y rural. Asimismo, reivindicó la cosmovisión y los valores asociados a esa forma de vida patriarcal que empezaba a periclitar, de una forma candorosa e idealizada. Este libro contiene los siguientes cuentos: - El rico y el pobre. - La guerra civil. - El fomes peccati. - Rebañaplatos. - Creo en Dios. - La casualidade. - El ama del cura.

Preguntas frecuentes

Sí, puedes cancelar tu suscripción en cualquier momento desde la pestaña Suscripción en los ajustes de tu cuenta en el sitio web de Perlego. La suscripción seguirá activa hasta que finalice el periodo de facturación actual. Descubre cómo cancelar tu suscripción.
No, los libros no se pueden descargar como archivos externos, como los PDF, para usarlos fuera de Perlego. Sin embargo, puedes descargarlos en la aplicación de Perlego para leerlos sin conexión en el móvil o en una tableta. Obtén más información aquí.
Perlego ofrece dos planes: Essential y Complete
  • El plan Essential es ideal para los estudiantes y los profesionales a los que les gusta explorar una amplia gama de temas. Accede a la biblioteca Essential, con más de 800 000 títulos de confianza y superventas sobre negocios, crecimiento personal y humanidades. Incluye un tiempo de lectura ilimitado y la voz estándar de «Lectura en voz alta».
  • Complete: perfecto para los estudiantes avanzados y los investigadores que necesitan un acceso completo sin ningún tipo de restricciones. Accede a más de 1,4 millones de libros sobre cientos de temas, incluidos títulos académicos y especializados. El plan Complete también incluye funciones avanzadas como la lectura en voz alta prémium y el asistente de investigación.
Ambos planes están disponibles con un ciclo de facturación mensual, semestral o anual.
Somos un servicio de suscripción de libros de texto en línea que te permite acceder a toda una biblioteca en línea por menos de lo que cuesta un libro al mes. Con más de un millón de libros sobre más de 1000 categorías, ¡tenemos todo lo que necesitas! Obtén más información aquí.
Busca el símbolo de lectura en voz alta en tu próximo libro para ver si puedes escucharlo. La herramienta de lectura en voz alta lee el texto en voz alta por ti, resaltando el texto a medida que se lee. Puedes pausarla, acelerarla y ralentizarla. Obtén más información aquí.
¡Sí! Puedes usar la aplicación de Perlego en dispositivos iOS o Android para leer cuando y donde quieras, incluso sin conexión. Es ideal para cuando vas de un lado a otro o quieres acceder al contenido sobre la marcha.
Ten en cuenta que no será compatible con los dispositivos que se ejecuten en iOS 13 y Android 7 o en versiones anteriores. Obtén más información sobre cómo usar la aplicación.
Sí, puedes acceder a 7 mejores cuentos de Antonio de Trueba de Antonio de Trueba,August Nemo en formato PDF o ePUB, así como a otros libros populares de Literature y European Literary Collections. Tenemos más de un millón de libros disponibles en nuestro catálogo para que explores.

Información

Editorial
Tacet Books
Año
2020
ISBN del libro electrónico
9783968581965

Creo en Dios

I

Todavía con los ojos húmedos y el corazón agitado por las emociones que habla experimentado al penetrar en el hogar paterno tras una ausencia de veinte años, dejó la aldea nativa una tarde del mes de septiembre de 1859, y me dirigí a un valle cercano, lleno para mí de dulces memorias, como todos los de las nobles Encartaciones.
En el valle a donde me dirigía hay una ermita consagrada a la Virgen de la Consolación, y aquella ermita encerraba para mí recuerdos muy santos, porque mi madre encontraba allí consuelo en sus grandes aflicciones, y más de una vez me llevó asido de la mano al pie del altar de la Virgen, que yo, viéndola con un niño en los brazos, y no comprendiendo aún los misterios de la religión, amaba más por lo que tenía, de madre que por lo que tenía de santa.
Quería yo rejuvenecer aquellos santos recuerdos y dar gracias en aquel humilde templo a la madre de Dios, a cuya intercesión creía deber el haber vuelto a sentarme en el hogar de mis padres y el haber vuelto a postrarme en el templo donde recibí el bautismo.
No intentaré pintar aquí lo que sintió mi corazón cuando penetró en la ermita y cuando dobló la rodilla sobre aquella misma grada donde mi madre la dobló tantas veces, llorando de fe y de consuelo, porque todas estas impresiones, todas estas dulces y santas agitaciones de mi alma, están escritas en un libro que acaso nunca se publicará.
La ermita estaba más blanca, más limpia, más engalanada, más joven que yo la había dejado.
Así que recé y pasé una hora ante el altar, confundiendo en mi pensamiento la idea de Dios con los recuerdos de mi infancia, salí al pórtico de la ermita, donde, sentado en un poyo de piedra, se hallaba un anciano que me había facilitado la entrada en el templo.
Eran muy obscuros los recuerdos que yo conservaba de la generalidad de las cosas y de las personas del valle, y tenía verdadera ansia de esclarecerlos; porque nunca sabré pintar, Dios mío, el dolor que me cansaba, al volver a los valles Datales, al verme entre gentes desconocidas, que desconocidas eran ya para mí las que poblaban aquellos sitios, cuyo aspecto, fijo siempre en mi memoria durante tantos años, en nada había variado a mis ojos.
Una tarde, al llegar a mi aldea, cuando me vi rodeado por gentes casi todas desconocidas, mis ojos se arrasaron en lágrimas.
-¿Qué tienes, hijo mío? -me preguntó mi padre, conociendo que mis lágrimas eran las del dolor más bien que las del enternecimiento.
-¿Dónde están, Dios mío, todos aquellos que yo dejó aquí?
Y mi padre, indicándome con la vista el camposanto, que estaba a cien pasos de nosotros, bajo los fresnos que dan sombra a la iglesia, me dijo derramando una lágrima sobre mi cabeza, que oprimió contra su pecho:
-¡Allí están, hijo mío!...
Las lágrimas afluyeron a mis ojos, y el pobre anciano, procurando velar su dolor con una sonrisa, se apresuró a añadir:
-¡Qué, hijo! ¿Eres tú también de los que en papel son una cosa y en carne y hueso otra? Los CUENTOS DE COLOR DE ROSA que te han precedido nos han dicho que aceptabas la vida tal como la ha hecho Dios, y no es justo que vengas a dejarlos por embusteros.
-Padre, ¡tiene usted razón! -contestó-. Pero desde que a esos cuentos confié lo que sentía mi corazón, muchos dolores y muchos desengaños han traído el desaliento a mi pecho y la tristeza a mi alma.
-Hijo, ¡bienaventurados los que creen y bienaventurados los que lloran!
Desde el fondo de mi corazón di gracias a Dios, porque me había colocado en el número de los que lloran y creen, y la resignación no volvió a desamparar mi alma.
Deseando esclarecer mis obscuros recuerdos de los valles que recorrí en mi infancia, me sentó al lado del anciano, a quien empecé a interrogar.
-¿Quién vive ahora en esa casa? -le pregunté indicando una grande y hermosa, aunque antigua, que está frente de la ermita.
-Vive Diego de Salcedo.
-¿Salcedo? En mi niñez los de ese apellido, vivían en esta otra casa.
La otra casa a que yo aludía existía aún al lado de la grande, de la que sólo le separaba un cercado.
-Tiene usted razón -me contestó el anciano-, y a fe que la mudanza de Diego a la casa grande es una historia que, contada con pelos y señales, vale tanto como las que sacan ustedes los que componen libros.
-¿Y la sabe usted?
-Como el Padrenuestro.
-¡Cuánto le estimaría a usted que me la contase!
-Pues se la contaré a usted como Dios me dé a entender; pero antes permítame usted entrar a echar aceite a la lámpara de la Virgen, porque se está apagando, y si la señora mayordoma la viera apagada, creería que se iba a apagar también la lámpara de la dicha que alumbra su casa.
-¿Conque tanto se interesa la mayordoma por la ermita?
-Todo lo que se diga es poco; y a fe que motivo tiene para ello.
-¡Qué! ¿Tenemos otra historia?
-No, señor; la historia de Diego y de la mayordoma es una misma, como ahora verá usted.
El anciano entró a arreglar la lámpara, cerró la ermita y volvió a sentarse a mi lado.
Di un hermoso cigarro habano al que me iba a dar una historia (generosidad que no tienen todos los editores de Madrid), encendí yo otro, y chupa que chupa narrador y oyente, narró el primero y oyó el segundo lo que a continuación hallará el que leyere.

II

-JUAN DE SALCEDO Y SU mujer Agustina eran muy amigos míos.
Yo vivía en aquella casería que ve usted allá arriba, en los rebollares, y cuando bajaba a misa los días de fiesta, Juan y su mujer me embargaban hasta la caída de la tarde, porque el mayor gusto que podía darles era quedarme a comer con ellos y su hijo Diego.
Cuando se murió el pobre Juan, su mujer y su hijo Diego tenían aún más afán que antes por tenerme a su lado; porque ya sabe usted que cuando uno está más triste, tiene más deseos de verse rodeado de verdaderos amigos.
Diego, cuando murió tu padre, era un bigardo que nunca había pensado más que en diabluras, aunque tenía ya diez y seis años; pero viendo que su madre, a quien quería mucho, no tenía ya más amparo ni ayuda que él, arrimó el hombro al trabajo y se hizo tan hombre de bien, que ni las cosechas disminuyeron, ni en la familia hubo un quítame allá esas pajas.
La pobre Agustina estaba chocha con su hijo, y siempre que me veía me decía, llorando de gozo:
-¡Ay, Antonio! ¡Qué hijo tan bueno me ha dado Dios! Si mi difunto, que esté en gloria, levantara la cabeza y viera cómo se porta mi Diego, lloraría de alegría, como yo. No en vano pedí a la Virgen Santísima de la Consolación, cuando Dios se llevó a Juan, que hiciera a mi hijo tan hombre de bien y tan trabajador como su padre.
¿Ve usted aquella hermosa solana que tiene la casa de los Salcedos sobre la huerta? Ahora ya se les va cayendo la hoja a las parras que esquilan a ella; pero en el verano, cuando las parras están en la fuerza de su verdor, ni un rayo de sol penetra en la solana.
Allí, a aquella deliciosa sombra, donde el viento de la mar, que empieza a levantarse antes de mediodía, soplaba mansamente, robando su aroma a las llores y las frutas de la huerta, ponía Agustina la mesa en los días calurosos de verano cuando me tenía de convidado.
Después que comíamos y reíamos y charlábamos, Agustina se dedicaba a los quehaceres de su casa para terminarlos antes de bajar a las tres al rosario, que todas las tardes de los días festivos se reza en la ermita, y Diego y yo bajábamos a la huerta por la escalerilla de la solana a pasear hasta la hora del rosario, cogiendo aquí una flor, allá un ramo de guindas, más allá una ciruela, en el otro lado un melocotón.
A mí me gustaba pasear mucho por la huerta, pero a Diego le gustaba aún mucho más, y más de una vez notó que Agustina se sonreía maliciosamente al ver a su hijo impaciente por bajar.
En la casa grande vivía un caballero llamado don Rafael, con su hija Ascensión, que tenía por entonces de quince a diez y seis años.
Don Rafael salió niño de las Encartaciones, y después de haber pasado más de veinte años en Francia, o no sé dónde, volvió aquí bastante rico, diciendo que estaba decidido a pasar el resto de su vida en la casa grande, que era la de sus padres, y en donde él había nacido.
Sus padres habían muerto hacía tiempo.
Algunos meses después de su venida, don Rafael se casó con una muchacha, aunque pobre, guapa y honrada; pero su mujer se murió de sobreparto, y don Rafael se volvió a encontrar sin más familia que una niña recién nacida.
Ascensión, que así se llamaba la niña, se crió muy hermosa, gracias a que Agustina, que acababa de destetar a su hijo Diego, le sirvió de aña, criándola con tanto cariño y tanto cuidado como había criado a su hijo.
Don Rafael no era mal sujeto; pero en lo tocante a la religión tenla unas ideas muy pícaras. ¡Dios se lo haya perdonado! Yo creo que si trataba con dureza a los pobres, si no le gustaban los niños, si no se resignaba con los trabajos que le daba Dios, si no se regocijaba al ver a los bosques cubrirse de hojas y a los campos cubrirse de llores, si, en fin, no sentía en el corazón esto que yo no sé explicar, que todos los que somos como Dios manda sentimos, y que consiste en arrasársenos los ojos en lágrimas de alegría o de dolor ante la ...

Índice

  1. Tabla de Contenido
  2. El Autor
  3. El rico y el pobre
  4. La guerra civil
  5. El fomes peccati
  6. Rebañaplatos
  7. Creo en Dios
  8. La casualidade
  9. El ama del cura
  10. Sobre Tacet Books
  11. Colophon