Los desencuentros de la lengua
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Los desencuentros de la lengua

Infancias en contextos migratorios

  1. 120 páginas
  2. Spanish
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Los desencuentros de la lengua

Infancias en contextos migratorios

Descripción del libro

A partir de las prácticas clínicas con niños cuyos padres son inmigrantes bolivianos descendientes de aymaras en un hospital de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, las autoras encuentran un límite acerca de la tarea asistencial como psicólogas y una posibilidad ilimitada del conocimiento a partir de otras disciplinas, más allá del psicoanálisis. El desencuentro lingüístico marca el rumbo y lleva a pensar cada vez más que el destierro de una lengua no es un elemento aleatorio, sino la columna vertebral para pensar la clínica con niños.Los ¨niños silenciosos¨conmueven los saberes profesionales y nos otorgan la oportunidad de deconstruir viejos pilares poniéndonos a prueba una vez más en nuestra sensibilidad para captar lo más genuino de la realidad que acontece; porque en definitiva ¿qué conmueve a quienes nos interrogamos sobre le mundo y las humanidades sino justamente el desafío de seguir en este aprendizaje?

Información

Año
2020
ISBN del libro electrónico
9789876918572

Segunda parte

5. Historias de partidas, relatos de inmigración

Desde lejos como el viento
traigo nombres de otras patrias
pero busco en tu infinito
las raíces de mi alma.
Matilde Casazola, “El regreso”
Las migraciones siempre fueron tema de debate e investigaciones. Uno de los pioneros en el estudio de generaciones de migrantes fue Franz Boas, antropólogo alemán representante del relativismo y precursor del particularismo histórico quien ha escrito trabajos sobre la contrastación entre la primera y la segunda generación de inmigrantes en las poblaciones de origen, que habían permanecido sedentarias, con el objetivo de llegar a medir el impacto sobre los migrantes en su nuevo entorno.
En una primera entrevista el padre de un niño de ocho años refiere que llegaron a la Argentina en 2006. Durante más de cinco años ha trabajado junto a su esposa para el dueño de un taller de costura que funcionaba ensamblado en una vivienda de varias habitaciones, con cocina y baño compartidos, lugar donde a su vez residían junto con sus hijos y otras familias de la comunidad. Luego de un tiempo, con allanamientos policiales de por medio, lograron armar su propio taller en el que actualmente viven:
Trabajo en lo que aparece. Estoy en el país con mi señora desde 2002. Un día me alisté y vine a Argentina; me fui así “de una”. Más antes en Bolivia estuve trabajando con mi primo que era enfermero vacunando a la gente por los cerros de Inquisivi; allí vivían mis padres, ellos son aymaras. Luego trabajé durante un tiempo como chofer de pasajeros en La Paz hasta que me alisté en el Ejército y me fui a Tarija. Aprendí de todo y todo lo que me decían hacía; lloré unas cuantas veces, ya, de todo intenté.
Otro padre relata su partida del campo desde Achumani, La Paz, su tierra natal, hace ya diez años, en búsqueda de un nuevo horizonte:
Yo vine a Argentina porque aquí había amigos en la costura. Ahí me conocí con mi mujer. Empezó a costurar en un taller que nos pagaban por prendas. Estuvimos un año y medio allí. Mi hijito nació ahí, dejé solito, abajo y arriba trabajábamos. Mi esposa hay veces bajaba a verlo. Le dejábamos tele y comidita, le habíamos dejado pues […] Se extraña allá Bolivia, mi padre, mis hermanos. De a ratos uno se quiere volver y de a ratos no. Ahora trabajo de albañil y voy a costurar los sábados.
Los relatos de los padres de los niños acerca de su llegada a nuestro país nos abrían un mundo de profundos testimonios inimaginables acerca del trabajo, de las encrucijadas, de sus sueños y también de las angustias en tierras extranjeras. Una característica constante que tonifica cada relato es la de una aceptación, no sin dolor, del destino de sus vidas en el derrotero de la migración.
Según la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), alrededor de 706.000 bolivianos (6,8% del total de la población) residen en el extranjero.6 La Argentina es el de mayor afluencia, seguido de España y Estados Unidos. Entre 2001 y 2005 se produjo el mayor porcentaje de familias migrantes a nuestro país. Al mismo tiempo, el Plan de Regularización Migratoria para Ciudadanos del Mercosur, denominado Patria Grande7 e impulsado desde 2006, permitió la regularización de muchas personas migrantes residentes en la Argentina. Algunas de ellas comenzaron en ese momento su trámite de regularización y otras tantas lograron finalizarlo.
La Encuesta Complementaria de Migraciones Internacionales (ECMI)8 incluye información acerca del panorama habitacional sobre los hogares con inmigrantes fundamentalmente bolivianos, paraguayos, chilenos y uruguayos. De acuerdo con el informe de Cerruti (2012) sobre el diagnóstico de las poblaciones que han migrado hacia nuestro país, “los inmigrantes bolivianos que residen en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires son quienes están en las circunstancias más precarias. […] uno de cada cinco hogares con algún miembro de origen boliviano reside en una vivienda de tipo inconveniente.9 Cabe mencionar que si se consideran solo los hogares con migrantes relativamente recientes, dicha proporción asciende a un 31%”.10
Este punto nos resultó particularmente relevante, ya que nos encontramos con una dificultad en cuanto a entender acerca del lugar donde residían en la historia relatada. Nunca quedaba del todo claro si era en una casa de inquilinato o una habitación, y dónde trabajaban. A menudo los relatos eran confusos, imprecisos, y era necesario preguntar si el lugar donde vivían era el lugar en el que trabajaban.
Alquilamos dos habitaciones, una es taller y en la otra vivimos con una familia, también de la comunidad y la otra con una familia vivimos. Vine a costurar a Argentina, allá [en Bolivia] mucha costura no hay […] Mi hijito nació aquí en el taller. Desde las siete de la mañana hasta las nueve de la noche sabemos costurar con mi marido. Yo costuro, llevo a mi hijo a la escuela pues, y vuelvo a costurar. Soy del campo y mi marido de Sucre. No tengo familia aquí; mis padres viven en Bolivia. [Hace] trece años que estamos en Argentina. (Madre oriunda de la provincia de Pacajes)
La habitación era como este lugar [haciendo referencia al tamaño del consultorio], entraba solo una cama marinera, era un pasillo. Los niños desde que tenían cuatro años me preguntaban: “¿Por qué tenemos que vivir así?, ¿cuándo vamos a tener una vida normal, una casa?”. (Madre oriunda de La Paz)
Según la OIM, “en la actualidad, las redes sociales de migrantes sirven de nexo de unión entre las comunidades de origen y de destino, además de facilitar la migración de los nacionales bolivianos. Estas redes ofrecen una valiosa información sobre oportunidades laborales en los países de destino, alojamiento u otros aspectos de la vida cotidiana en el nuevo país, además de brindar apoyo y contribuir a una fructífera integración de los migrantes recién llegados” (www.iom.int). Sin embargo, no en todos los casos sucede así. Hallamos siempre la confesión, no sin un tiempo transcurrido y la suficiente confianza que han sabido depositar en nosotras, del engaño –promesas falsas de trabajo y vivienda– por el que han sido traídos a la Argentina, así como también de las condiciones de esclavitud que padecieron junto a sus hijos. Muchos ingresaron de forma ilegal con la connivencia de agentes de nuestro país (incluso traídos por sus propios compatriotas que no dudaron en explotar a sus hermanos, a la vez que se hacían de una posición económica compatible con las clases altas de la Argentina) y han estado cautivos durante años en talleres de costura.
Siempre trabajamos en el taller, íbamos pasando de un taller a otro. Si te tratan bien, te quedas. He visto gente que trabaja todo el día y no puede salir. (Madre de un niño de cuatro años)
Más antes mi prima me dijo que venga, que se ganaba bien acá, pero no era tan así. Yo quiero regresar; mi familia es de Copacabana y allí trabajan como vendedores de dulces. Mi marido trabaja mucho en la costura, desde las ocho de la mañana hasta las diez de la noche. Es difícil porque no tienes con quién hablar, la costura es así. (Madre de un niño de seis años)
Trabajábamos desde las ocho de la mañana hasta las diez de la noche. Mudamos allí cuando mi hijito tenía un año y medio y vivimos así durante casi cuatro años. En un momento en que no había mucho corte de telas decidimos salir, pero el patrón no quería dejarnos y nos decía que teníamos que trabajar. Siempre trabajé así, desde los diecisiete años que vine a Argentina como ayudante de costura para un patrón, pero ese era bueno porque nos hacía trabajar desde las ocho de la mañana hasta las ocho de la noche y nos dejaba libre los fines de semanas, ya. (Madre de dos hijos, un niño de cinco años por quien consulta, y una niña de siete)
Costurábamos durante todo el día. Hubo una noche en que hubo un allanamiento y la policía entró al taller. El patrón nos hizo encerrar a todos debajo del taller. Yo estaba en silencio para tratar de escuchar qué pasaba, no podíamos hablar ni ir al baño, no podíamos siquiera estar de pie. (Padre de dos hijos, un niño de ocho años por quien consulta, y una niña de nueve)
Mi hijo dejo ocho de la mañana en la escuela y voy a costurar al taller hasta las nueve de la noche, siempre nos dicen: “Acá chicos no”. A veces se acaba el trabajo y salimos a costurar a otro taller. Hace ocho años que trabajo así desde que llegué acá a la Argentina, toda mi vida. Es muy duro el taller, trabajamos por prendas, cuando paro para comer me descuentan las prendas que no hago. Allá en La Paz trabajaba con mi madre en una verdulería, nunca pude estudiar. Por eso cuando llegué a Argentina aprendí a costurar. (Madre de un niño de siete años)
No obstante, en medio del sufrimiento que asoma en el discurso, lejos de surgir algún resentimiento, la dignidad cobra vigor en la descripción del trabajo que realizan durante más de doce horas consecutivas, a veces por la sola obtención de un plato de comida, que no hará falta demasiada imaginación ni testimonio para saber que no reúne las propiedades de una dieta básica de ningún ser humano, mucho menos cuando se trata de bebés y niños criados en condiciones infrahumanas. Como señalamos en las primeras páginas del libro, el acceso al conocimiento de la cultura aymara a través de nuestro viaje a Bolivia nos abrió las puertas a una mayor comprensión gracias a textos y otros modos de enseñanza que nos proporcionaron nuestros hermanos en sus tierras, y aquellos pilares que sobre su base se erige su cultura; los tres principios morales ama qhilla, ama llulla, ama suwa (“no seas flojo –haragán–, no seas mentiroso, no seas ladrón”) no parecen extinguirse, a pesar de cualquier intento de colonización o extranjerización. Sin embargo, como consecuencia de la indeleble existencia de estos principios parece asentarse cualquier tipo de trabajo precarizado como el mencionado anteriormente. “El encadenamiento de la vida al proceso de la producción impone a cada cual de forma humillante un aislamiento y una soledad que nos inclinamos a tener por cosa de nuestra independiente elección” (Adorno, 1998: 23-24).
El proceso migratorio de la mayoría de los padres de nuestros pacientes se origina en el campo hacia El Alto, La Paz, fundamentalmente en busca de posibilidades laborales. El motivo de la emigración parece estar ligado tanto con la escasez como con las duras condiciones de trabajo en el campo.
En el campo sufría mucho, mi papá me pegaba, él tomaba mucho. Todos los hermanos de mi papá tomaban, están fallecidos. A los diez años me escapé de mi casa, ya no soportaba, y me fui a trabajar con una señora a La Paz. Me costó hablar en la ciudad. En mi familia hablaban aymara […] Mi esposo también ha sufrido igual. Yo trabajaba mucho en el campo, le daba de pastar a las vacas. Me levantaba a las tres de la mañana e iba descalza por el campo, tanto trabajaba y no tenía nada. En El Alto criábamos animales, llevamos las ovejas al cerro, sembrábamos el pasto. Trabajé desde los cinco hasta los ocho años.
Sin embargo, la supuesta conquista laboral por la que emigran –enlazada al sueño de arribar a nuevas tierras para hallar mejores oportunidades–, en cuyas promesas vanas se sostienen, socaba su moral y aleja la esperanza que en aquel interminable trayecto desde Bolivia parecía crecer junto al cansancio y dolor de la partida. Lejos quedan su gente y más lejos aún el hecho de volver con la frente en alto exhibiendo sus logros económicos o, como hemos escuchado decir, “empresariales”.
Hasta que mis hijos sean independientes, empresarios, no me pienso regresar a Bolivia porque siendo un profesional igual tienen un jefe, uno está arriba y los otros abajo; y yo lo que quiero es que sean libres financieramente, independientes […] En mi familia desde el tatarabuelo hasta hoy nadie fue profesional […] todos eran agricultores, ellos no tuvieron una visión más allá. Yo soy el primero que corta con esto. (Padre de un niño de ocho años con problemas del lenguaje)
La resignación y dignificación del trabajo esclavo al cual fueron sometidos solo se sostiene de su bagaje cultural ancestral en pos de la transculturalidad que incluye también su lengua.
Otro punto a resaltar es la maternidad a distancia de hijos que quedan al cuidado de abuelos u otros familiares en Bolivia. Como señala en una entrevista la madre de una niña de siete años:
Soy madre soltera de Oruro, una provincia llamada Poopó, del campo, mi niña nació en Oruro y quedó al cuidado de mi mamá junto con mi otra hija. Luego yo me las traje al taller.
Esa misma madre que relata la partida de Bolivia sin sus hijas se confronta con una dramática situación vivida dentro del taller de costura.
Trabajaba de ocho de la mañana a doce de la noche, el hombre del taller abusó de mi niña. Era el dueño del taller, es boliviano de La Paz. Mi niña más chica me dijo, quería matarlo, pero no lo hice porque me dijo: “Seguro vas a ir presa, mamá”. Desde mucho hace que la viola, mi hija me dice: “Quiero olvidarme”. Tenía mi pieza, ellas llegaban de la escuela y se iban a la pieza. Yo quería ir a verlas y él me decía: “Te voy a descontar el sueldo si vas a la pieza”. No me dejaba ver a mis hijas si estaban haciendo la tarea o comiendo. Ahora mi chiquita tiene tiroides y un soplo en el corazón. Hace siete años trabajábamos en ese taller. La más chica nació en ese taller. Fui a la radio boliviana a denunciar y les dije que lo publiquen en todos lados. Ahora está preso.
Sin duda, la partida de los padres de sus ti...

Índice

  1. Cubierta
  2. Sobre este libro
  3. Portada
  4. Dedicatoria
  5. Epígrafe
  6. Prólogo, por Elizabeth Andia Fagalde
  7. Introducción
  8. Primera parte
  9. Segunda parte
  10. Bibliografía
  11. Agradecimiento
  12. Créditos

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