I
—¿Qué tiene de malo, hermana Winifrede, el método tradicional del ojo de la cerradura? —dice la abadesa, dirigiendo la voz clara y fuerte al aire que la recibe.
La hermana Winifrede responde, con la voz lastimera de la perplejidad, la voz de los muy estúpidos, de un cerebro donde nunca sale el sol:
—Pero, madre abadesa, lo discutimos desde el principio...
—Silencio —advierte la abadesa—. Ahora guardemos silencio y meditemos.
Contempla los altos álamos de la avenida por donde caminan, como si los árboles estuvieran escuchando. Avanzada la tarde otoñal, los álamos arrojan sus sombras, que se alargan en el sendero formando una hilera inmóvil y regular, como una congregación de monjas postradas de la antigua orden. La abadesa de Crewe yergue su talla esbelta —ella misma un álamo de Lombardía que se desplaza junto a la hermana Winifrede—, posa los ojos pálidos sobre el camino cubierto de grava, que los cuatro zapatos pisan, pisan y pisan, dos a la par, hasta que llegan al final de este corredor de meditación flanqueado por la policía secreta de los álamos.
Al salir al claro, ya en el prado abierto, dos hombres con el uniforme oscuro de la policía pasan junto a ellas, con dos perros alsacianos que tiran de sus cortas correas. Los hombres miran al frente, mientras las monjas pasan al lado con idéntica indiferencia.
Al cabo de unos instantes, allí, en el parque despejado, la abadesa vuelve a hablar. Su rostro de cutis pálido, propio de una cabeza inglesa, se ve hermoso enmarcado por la blanca toca de monja. Ella, en sí misma, tiene cuarenta y dos años, pero la preceden catorce generaciones de pálidos antepasados que rigieron Inglaterra, y otras diez que la antecedieron en Francia, todo ello esculpido en los huesos de esa cabeza estupenda.
—Hermana Winifrede —dice ahora—, todo lo que se habla en el sendero de la meditación queda registrado. Se le ha dicho esto varias veces. ¿No aprenderá nunca?
La hermana Winifrede se detiene y trata de pensar. Se acaricia el hábito negro y aprieta las cuentas del rosario que le cuelga del cinturón. Por una coincidencia extraña es tan alta como la abadesa, pero nunca será campanario ni torre, sino una matrona inglesa, a pesar de la toca y los votos y de la gran castidad carnal que llena sus días. Se detiene allí en el césped; Winifrede, tierra del sol de medianoche, mira a la abadesa y, a poco, ese atisbo de sol, el disco de luz con su aurora, se abren paso milagrosamente en su cabeza.
—¿Quiere decir, madre abadesa, que han colocado micrófonos en los álamos?
—Los árboles tienen, desde luego, micrófonos —dice la abadesa—. ¿De qué otro modo podemos actuar, ahora que arrecia el escándalo fuera de los muros? Y ahora que lo sabe es, por así decirlo, como si no lo supiera. Tenemos que velar por nuestra seguridad y yo sola soy quien decide en qué consiste, según la Regla de San Benedicto. Soy su conciencia y su autoridad. Usted cumple mi voluntad y la lleva a cabo.
—Pero somos algo más que simples benedictinas, creo... ¿no? —objeta la hermana Winifrede con ciega ingenuidad—. Los jesuitas...
—Hermana Winifrede —dice la abadesa con su tono de orgullosa calma—, hay un escándalo y usted está metida en él hasta las orejas, le guste o no. La Antigua Regla es aplicable cuando yo lo digo. Los jesuitas están con los jesuitas cuando yo afirmo que es así.
Suena la campana de una capilla que hay frente a ellas. Son las seis de la apacible tarde de otoño.
—Entramos para las vísperas, le guste a usted o no.
—Me encanta el oficio de las vísperas. Me encantan todas las horas del Santo Oficio —dice Winifrede con la voz impulsiva e indignada de cualquier cristiano, quejumbroso sonsonete de quien no entiende nada.
Las religiosas caminan, altas y majestuosas, pero la abadesa como una torre de marfil, y Winifrede como una anfitriona generosa, o la mujer de un hombre de negocios que, además, jugaría bien al tenis los fines de semana, si tuviera la oportunidad.
—La capilla no tiene micrófonos —comenta la madre abadesa mientras caminan—, y los confesionarios jamás. Por extraño que parezca consideré acertado omitir estos dispositivos en los confesionarios, de momento al menos.
La madre abadesa viste de blanco y Winifrede de negro. Las demás hermanas, con sus hábitos negros, las siguen dentro de la capilla en dos filas, y comienza el oficio de vísperas.
La abadesa ocupa su lugar prominente en el coro, blanca entre las negras. Dos veces por día se cambia el hábito. ¡Qué tarea complicada es su convento! ¡Qué distante está su novedad de todas las ortodoxias del pasado, qué alejado, con sus antiguos resabios, de las del presente! “Es la única manera —dijo una vez Alexandra, la noble madre abadesa—, de tener siempre a mano una respuesta para cualquier crítica adversa”.
En cuanto a los jesuitas, no existe una orden de mujeres. No existe nada escrito que evidencie el poderoso pacto entre la abadía de Crewe y la jerarquía jesuita, ese pacto que abarca todo y es tan provechoso. ¿Cuántos jesuitas están enterados de él, además de unos pocos?
En cuanto a los benedictinos, la abadesa sigue tan de cerca y con tanta insistencia la rigidez de la Antigua Regla, y tanto insiste en su cumplimiento, que los benedictinos propiamente dichos han visto estupefactos, monjes al igual que monjas, cómo la madre abadesa pasa por alto las últimas reformas, rige su casa religiosa como si nunca hubiera tenido lugar el Concilio Vaticano. A la vez, no obstante, se maravillan de que una dama tan piadosa y tan benedictina haya llevado a su convento, regido por la más estricta orden de clausura, a un escándalo que ocupa a la prensa internacional. ¿Cómo pudo estallar un escándalo, sin el más leve indicio de la causa tradicional —la incorrección sexual— sino, por el contrario, a partir únicamente del extravío o, a lo sumo, del robo del dedal de plata de la hermana Felicity? ¿Cómo terminará todo esto?
—En esta época —dijo la abadesa a las monjas más próximas a ella— debemos formar nuevos carteles monásticos. Los tiempos del Padre y del Hijo han pasado. Hemos entrado en la era del Espíritu Santo. El viento sopla donde quiere, y sin la menor duda quiere soplar sobre la abadía de Crewe. Soy benedictina con los benedictinos, jesuita con los jesuitas. Me eligieron abadesa, seguiré siendo abadesa y me muevo según me mueve el Espíritu.
Como el oleaje del mar las voces cantan el ritmo gregoriano de las vísperas. Detrás de la abadesa, una sombra oscurece los vitrales del ventanal y la silueta de un hombre trepando a la ventana por el exterior se dibuja contra el azul y el amarillo de los cristales. ¿Qué importancia tiene? Será un periodista más, o quizá algún fotógrafo que intenta entrar en el convento. En este punto el escándalo abarca la totalidad del mundo exterior, y la gente de prensa, después de todo, tiene que ganarse la vida. De cualquier manera, no logrará entrar en la capilla. Las monjas prosiguen su canto solemne mientras un leve rumor de voces penetra desde el exterior. Los perros de policía comienzan a ladrar, relevándose los unos a los otros con su ruidosa letanía propia. Luego las voces callan y es evidente que los guardias han aparecido para interrogar al intruso. La sombra del ventanal desaparece.
Estas monjas cantan en voz muy alta sus versículos y responsos, sus antífonas.
Tiembla, tierra, en presencia del Señor
en presencia del Dios de Jacob,
quien transformó la roca en fuentes de agua
y las duras colinas en remansos de agua.
No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a Tu
nombre confiere gloria:
por tu misericordia y tu solicitud.
Se sabe, no obstante, que la abadesa prefiere el latín. Se dice que a veces canta la versión latina, mientras que la congregación, ajustándose a la reforma, canta en inglés. Su elevado sitial está demasiado lejos del coro como para que las monjas le oigan la voz, salvo cuando canta un solo. Esta tarde, durante las vísperas, sus labios se mueven con los del resto, pero en forma visiblemente distinta. La madre abadesa, según se supone, reza sus cánticos en latín esta noche.
Está sentada lejos, frente a las monjas, blanca ante el altar. Delante de su escabel se extienden las losas de mármol verde, las losas de mármol gris de las hermanas enterradas allí. Hildegarde yace allí, Ignacia yace allí... ¿quién será la próxima?
La abadesa mueve los labios al cantar, pero lo cierto es que canta en inglés, no en latín, y que tampoco se atiene a las vísperas del domingo, sino a su propia cantinela. Contempla la hilera de tumbas, y mientras piensa en quién será la ocupante, pasada o por venir, canta en voz baja:
Tu belleza no volverá a ser hallada,
ni tampoco en tu bóveda de mármol sonará
el eco de mi canto. Y los gusanos probarán
esa virginidad largamente preservada...
La nube de religiosas levanta los rostros pálidos para testimoniar ante los ángeles la antífona final:
Mas nuestro Dios está en el cielo
ha hecho toda Su voluntad.
—Amén —responde la abadesa, con la claridad del día.
Afuera, en el parque, los perros andan al acecho y los guardias patrullan en silencio. La abadesa comienza la marcha desde la capilla hasta el convento en medio del crepúsculo azul. Las religiosas, superiores, inferiores, coristas, novicias y ceros a la izquierda, cincuenta en total, la siguen en pares por orden de jerarquía, la priora y la jefa de novicias detrás de la abadesa y, cerrando la columna anónima, las humildes novicias.
—Walburga —dice la abadesa, volviéndose a medias hacia la priora, quien camina detrás de su brazo derecho—; Mildred —dice, volviéndose hacia la jefa de las novicias a su izquierda—: vayan a descansar, ahora, pues debo verlas a las dos juntas entre los oficios de maitines y de laúdes.
Los maitines se cantan a medianoche. El oficio de laúdes, que pocos conventos siguen ya celebrando a las tres de la madrugada, se observa, no obstante, en la abadía de Crewe, a la antigua hora tradicional. Entre maitines y laúdes está la hora preferida por la abadesa para conferenciar con sus monjas más allegadas. Walburga y Mildred acceden con un murmullo a la conferencia, tan tarde en la noche, con una profunda reverencia ante la majestuosa abadesa, alta como la aguja de una torre.
La congregación está cenando. Otra vez ladran los perros afuera. El noticiero de las siete se difunde por todo el reino, y si las monjas comunes pudiesen tener tan solo una radio, o un televisor, podrían enterarse de las últimas novedades del escándalo de la abadía de Crewe. La realidad es, en cambio, que las monjas nunca han abandonado la abadía de Crewe desde el día en que entraron en ella, y comen en silencio su pastel de pescado en la mesa del refectorio, mientras una monja de edad permanece de pie detrás de un pupitre, en la esquina, leyéndoles en voz alta. Tiene una voz nasal, con el timbre altanero característico de la gente que hace la caza del zorro, de la cual ella y su tez rubicunda se apartaron una vez. Tiene un aspecto firme y macizo y, ajena a las palabras que entona a media voz, lee la ilustre y antigua Regla de San Benedicto, que enumera los instrumentos de las buenas obras:
Temer el Día del Juicio.
Tener terror al infierno.
Suspirar por la vida eterna con todas las ansias de nuestra alma.
Mantener todos los días la posibilidad de morir frente a nuestros ojos.
Mantener la vigilancia constante de todo lo que hacemos con nuestra vida.
En cada lugar, saber con certeza que Dios está contemplándonos.
Cuando acuden malos pensamientos a nuestra mente, lanzárselos de inmediato a Cristo y exponerlos ante nuestro padre espiritual.
Mantener nuestros labios lejos de conversaciones malas o bajas.
No ser aficionado a hablar.
No decir nada que sea trivial ni que provoque risa.
No ser aficionado a la risa frecuente o ruidosa.
Escuchar con atención las lecturas sagradas.
Los tenedores resuenan muy despacio contra los platos al llevar los trocitos de pastel de pescado hasta las bocas de la comunidad sentada a la mesa. La lectora sigue leyendo, con trabajo...
No satisfacer los deseos de la carne.
Detestar nuestra propia voluntad.
Obedecer las órdenes de la abadesa en todo, aun cuando ella deba, por desgracia, actuar en forma opuesta, recordando el mandato del Señor:
“Practica y observa lo que te dicen, pero no lo que hacen”.
Evangelio según San Mateo, 23.
En la mesa las monjas de menor categoría, la...