El cambio climático y la economía: algunos enfoques y evidencias
Octavio Groppa ()
Introducción
El cambio climático es el balance de radiación energética con saldo a favor del sistema terrestre. Como se sabe, la tierra recibe la energía del sol y la irradia. Parte de ella queda “atrapada” gracias a los gases de efecto invernadero (GEI), que son una especie de “manta” que forma la atmósfera y genera condiciones de temperatura aptas para la aparición y desarrollo de la vida en el planeta.
Existe actualmente un excedente de emisión de estos gases de parte del sistema productivo que excede la capacidad de absorción de la biosfera. La consecuencia es el aumento de las temperaturas medias, lo que provoca a su vez una multitud de efectos en cadena que modifican el comportamiento general del sistema climático. Ello se verifica en procesos de desertificación, aumento del nivel de océanos, incremento de la humedad del ambiente y precipitaciones, mayor frecuencia de inundaciones, entre otras anomalías climáticas (IPCC, 2017).
El cambio climático presenta un desafío inédito para nuestra sociedad global. Nunca antes en la historia se dio un fenómeno de límite al desarrollo con el alcance que este representa. No obstante su gravedad y las evidencias mostradas por las ciencias del ambiente, persisten personas y agrupaciones que menoscaban, ponen en duda o directamente niegan su carácter antropogénico. Esta fuente humana, por otra parte, nos lleva al campo de la economía como resorte ineludible para hallar una reversión al problema.
La cuestión tiene raíces históricas que solo en nuestra época se ponen de manifiesto. Sin lugar a duda, con el establecimiento de los estados, la defensa del derecho de propiedad y la libre empresa, la economía capitalista sentó las bases para la inversión privada y el desarrollo económico y tecnológico. La operación consistió en principio en quitar de la ecuación financiera de las empresas los costos sociales que significaban antes la atadura a los gremios medievales y la planificación productiva (Ferullo, 2006). Lo propio ocurría con otros costos, como los ambientales (que, obviamente, en ese contexto no habían sido aún problematizados). Estas externalidades negativas se expresan hoy de modo muy claro y reclaman el restablecimiento de un equilibrio que se rompió entonces.
El objetivo del trabajo es, principalmente, aportar a la difusión de algunas cuestiones básicas relativas al cambio climático y al modo como esta situación está siendo y puede ser abordada desde la economía. La idea es contribuir a crear una conciencia más clara sobre la gravedad de la situación y a generar un diálogo fecundo.
Se presentan, en primer lugar, algunos abordajes económicos a la cuestión del cambio climático; básicamente, los enfoques del análisis costo-beneficio y el de los bienes comunes, a los que se suma una breve mención a la economía ecológica. Habida cuenta de las posiciones que dudan de la fuente humana del problema, se exponen seguidamente tres evidencias que demuestran lo contario. A continuación, se presentan dos modelos simples de series temporales en línea con las evidencias anteriores, más algunos datos sobre la situación actual relativa al cambio climático. Ellos dan cuenta de la correlación entre crecimiento y emisión de GEI, y sirven para exponer algunas dudas sobre la pretensión de resolver el problema con el mero aumento de la eficiencia energética.
Abordajes económicos del cambio climático
En el campo de la economía este problema ha sido abordado a lo largo de las últimas décadas desde diversos enfoques. Mencionamos tres: el enfoque del costo-beneficio, el de los bienes comunes y el de la economía ecológica. Nos detendremos principalmente en el primero, pues es uno de los que tiene mayor presencia en el debate.
Modelo de costo-beneficio
La corriente dominante analiza el cambio climático a partir del análisis de costo-beneficio, que es la herramienta básica de la microeconomía. Se confeccionan modelos en donde el crecimiento o la utilidad del consumidor en valor presente (es decir, el flujo de utilidad futura llevada a la actualidad mediante una tasa de descuento) es maximizada sujeta a una restricción conformada por los costos de mitigación y los daños sobre la producción como consecuencia del cambio climático (D’Elia, 2011).
Más allá de la variedad de complejidades de los distintos modelos (en las cuales no nos adentraremos aquí), el análisis básico consiste en establecer el punto en el que los beneficios económicos son iguales o superiores a los costos. Es decir, si los costos de mitigación son superiores al valor presente de los beneficios, los modelos indican que no “conviene” la reducción de emisiones, y viceversa. Existe, como en todo proyecto de inversión, un conflicto entre corto y largo plazo, pues los costos (inversión en sustitución de tecnología y fuentes energéticas) deben ser pagados en el corto plazo, pero los beneficios serán observables en un futuro indeterminado.
El Informe Stern (AA.VV., 2010), del Departamento del Tesoro británico, estima los costos de mitigación en 1% anual del producto global. Nordhaus (2016), en cambio, calcula que los costos son superiores y que no incentivarán a la sustitución de tecnología como para cumplir con la meta de incrementar sólo un 1,5° la temperatura media global por encima de los niveles preindustriales para 2100 (meta del Acuerdo de París 2015) (Murphy, 2018). El punto de discusión es precisamente la selección del nivel de la tasa de descuento utilizada. Una tasa más elevada reduce el valor presente de los flujos futuros (principalmente, los retornos de la inversión), aumentando relativamente los flujos de corto plazo (costos). Por ello, el modelo de Nordhaus, que supone una tasa de descuento anual “razonable” en términos históricos (3%), arroja como resultado un escenario “óptimo” en el que el aumento de la temperatura respecto del nivel preindustrial para el año 2100 sería de 3,5°.
La dificultad que tiene este planteo es que el cambio climático constituye una externalidad, esto es, un efecto colateral que no se manifiesta con claridad en un precio. Su valoración depende de variables indeterminadas en el presente, o directamente no calculables, por funcionar en interacción compleja con multitud de otras. Se trata de un caso típico de lo que la teoría neoclásica llama “falla de mercado”. Es decir, una situación en la que los mercados no funcionan, por no cumplir con los supuestos que le asigna la teoría al mercado ideal: fundamentalmente, completitud, transparencia, flexibilidad. Un ejemplo de ello puede ser el impacto que el aumento de la emisión de CO2 tiene sobre la desertificación de un área determinada. Estos modelos se utilizan, por ejemplo, en las propuestas de gravamen sobre el carbono, de modo de definir su “tasa óptima” (Nordhaus, 2016).
Este tipo de enfoques depende intrínsecamente de los supuestos incorporados en el modelo, y es en este punto donde se centran las discusiones. Básicamente, valorización del daño eventual provocado por el cambio climático —particularmente los efectos no cuantificables o “de no mercado”—, probabilidad de ocurrencia y tasa de descuento (D’Elia, 2011). En los modelos revisados, pareciera que algunos eventos relacionados con el cambio climático no son ponderados debidamente. Entre ellos podemos mencionar los efectos de las mayores sequías e inundaciones sobre la producción agrícola e industrial (las excepciones en este punto son claramente el informe del IPCC, 2017, y el Informe Stern, AA.VV., 2010), las migraciones y consecuentes conflictos (guerras), mayores costos de salud por incremento de prevalencia y proliferación de virus y bacterias, o de disponibilidad de agua potable, pérdida de biodiversidad, pérdida del stock de capital (productivo y humano; piénsese en un escenario posible de desplazamiento masivo por inundación de ciudades costeras a raíz del aumento del nivel de los océanos), pérdida de bienestar por temperaturas extremas más frecuentes, o el costo social de la pobreza y la lucha distributiva asociada al cambio climático por escasez de alimentos. En suma, no incorporan los posibles eventos catastróficos (de probabilidad no nula; Weitzman, 2011).
Además, está el problema del “polizón”. Como el cambio climático solo se capta a nivel global —el efecto es heterogéneo en las distintas regiones del planeta—, pero no es posible determinar el impacto que tienen sobre él las acciones individuales o locales, entonces existen fuertes incentivos a no firmar o incumplir los acuerdos para mitigar el efecto de las emisiones de CO2 sobre el ambiente. Para el cálculo individual, el beneficio de la producción contaminante (es decir, sin asumir o internalizar los costos de contaminación) es claramente mayor a los costos de mitigación. Este efecto se pudo ver con total crudeza en el fracaso del Protocolo de Kioto, que creó un mercado de bonos de carbono, como manera de limitar la emisión de GEI. El sistema consistía, fundamentalmente, en que cualquier país que deseaba emitir CO2 debía, si superaba el límite que le había sido asignado en el acuerdo, comprar “derechos de emisión” a países que estuvieran por debajo de ese límite. A pesar de tratarse de una buena idea, no produjo los resultados esperados principalmente porque uno de los principales países contaminantes —China— no firmó el acuerdo.
Como fue mencionado, este tipo de estudio puede ser útil para establecer un nivel para impuestos o tasas de uso del carbono. La lógica subyacente es que solo mediante un aumento del precio del carbono se sustituirán a nivel masivo las tecnologías contaminantes (). Trátese de esta estrategia o de otras, el punto es destacar la importancia de las políticas públicas para afrontar el problema, habida cuenta de que se opera en contextos de información imperfecta y asimétrica (ausencia de precios que resuman cabalmente los costos y beneficios de las inversiones, o su ausencia). En tales casos, la política pública está más que justificada, pues no existe alternativa más eficiente. A ellas debe sumarse asimismo la acción de la sociedad civil, lo que nos lleva al segundo tipo de abordaje de la cuestión.
Bienes comunes
La economía de los bienes comunes es una corriente que comenzó a desarrollarse en los años 60, y que cobró impulso a partir de un trabajo de Hardin (1968) en el que alertaba sobre los efectos del crecimiento poblacional a partir del análisis del uso de pasturas de parte de pastores. En ese ejemplo, cada unidad de ganado adicionada por cada pastor incrementa su beneficio, pero llega un punto a partir del cual se acaba la pastura por exceso de consumo. La cuestión fue estudiada por muchos otros autores, entre quienes se destaca la premio nobel Elinor Ostrom (Ost...