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Cuentos de Canterbury (Anotado)
Edición enriquecida. Clásicos de la literatura
- 328 páginas
- Spanish
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- Disponible en iOS y Android
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Descripción del libro
Cuentos de Canterbury es una obra capital de la literatura medieval inglesa: una colección de relatos enmarcados por la peregrinación de un grupo heterogéneo hacia el santuario de santo Tomás Becket. Su riqueza reside en la variedad de voces, géneros y registros: fábula moral, romance caballeresco, sátira anticlerical, fabliau burlesco y exemplum religioso conviven con notable fluidez. Chaucer escribe en inglés medio con una vivacidad narrativa que anticipa la observación psicológica moderna, situándose entre la tradición cortesana europea y una emergente literatura vernácula inglesa. Geoffrey Chaucer, funcionario, diplomático y cortesano del siglo XIV, conoció de cerca tanto los ambientes aristocráticos como la administración urbana y eclesiástica. Sus viajes a Francia e Italia lo pusieron en contacto con Dante, Boccaccio y Petrarca, influencias perceptibles en la estructura narrativa y la ambición literaria del libro. Su experiencia social explica la extraordinaria amplitud de personajes: caballeros, monjas, mercaderes, molineros y clérigos aparecen retratados con ironía, empatía y aguda inteligencia. Recomiendo esta obra a quienes busquen comprender el nacimiento de la literatura inglesa y disfrutar de una sátira humana todavía sorprendentemente actual. Más que un monumento histórico, Cuentos de Canterbury es una lectura viva: divertida, mordaz y compleja, capaz de iluminar las tensiones entre fe, deseo, clase social y poder.
Esta edición enriquecida ha sido cuidadosamente elaborada para aportar valor añadido a tu experiencia de lectura.
- Una Introducción amplia expone las características unificadoras, los temas o las evoluciones estilísticas de estas obras seleccionadas.
- La Biografía del Autor destaca hitos personales e influencias literarias que configuran el conjunto de su producción.
- La sección de Contexto Histórico sitúa las obras en su época más amplia: corrientes sociales, tendencias culturales y eventos clave que sustentan su creación.
- Una breve Sinopsis (Selección) oferece uma visão acessível de los textos incluidos, ajudando al lector a seguir tramas e ideias principais sin desvelar giros cruciais.
- Un Análisis unificado examina los motivos recurrentes e los rasgos estilísticos en toda la colección, entrelazando las historias a la vez que resalta la fuerza de cada obra.
- Las preguntas de reflexión animan a los lectores a comparar las diferentes voces y perspectivas dentro de la colección, fomentando una comprensión más rica de la conversación general.
- Una selección curada de citas memorables muestra las líneas más destacadas de cada texto, ofreciendo una muestra del poder único de cada autor.
Información
Categoría
LiteraturaCategoría
ClásicosSECCIÓN SÉPTIMA
Índice
1. EL CUENTO DEL MARINO
Índice
En Saint Denis vivió una vez un comerciante muy rico, al que, dada su riqueza, se le tenía por astuto. Su esposa era de una gran belleza, muy sociable y a la que gustaban sobremanera las reuniones (cosa que origina más gastos de lo que valen todas las cortesías y halagos que prodigan los hombres en fiestas y bailes). Estas frases corteses y estos saludos pasan como sombras chinescas y compadezco al que tiene que pagar por ellos. Siempre es el pobre marido al que le toca rascarse el bolsillo. Para su propio crédito debe adornarnos a nosotras, las mujeres, con los vestidos y joyas que utilizamos en los bailes. Y si resulta que no puede o no quiere correr con el gasto y piensa que es un despilfarro, entonces alguien tiene que pagar el pato o prestarnos dinero, y ahí es donde halla el peligro.
Este excelente comerciante poseía una casa con mucha servidumbre. Os quedaríais maravillados de la cantidad de personas que acudían a ella, gracias a la hospitalidad de su esposa o debido tal vez a su gran belleza. Pero dejad que prosiga el relato. Entre sus diversos invitados —venían de todos los rangos— había un monje, tipo osado y guapetón, de unos treinta años, según creo, que frecuentaba muchísimo la casa. Este apuesto monje se había familiarizado hasta tal punto con el buen hombre que, desde que se conocieron, llegó a gozar en la casa del amigo de la máxima intimidad.
Como que tanto el comerciante como el monje habían nacido en el mismo pueblo, el monje reclamó un parentesco, que el comerciante, a su vez, nunca negó, pues le daba placer a su corazón y le hacía tan feliz como a un pájaro en primavera. Así fue como quedaron unidos por una eterna amistad y se juraron recíprocamente considerarse hermanos de por vida.
Este monje, el hermano Juan, era un derrochador empedernido cuando se alojaba en la casa. Mostraba gran ahínco en ser generoso y resultar agradable, y nunca se olvidaba de dar propina, aunque fuese al paje de menos categoría en el lugar. Siempre que iba, daba a su anfitrión y a cada uno de los criados un regalo adecuado a su posición en la casa. Con lo que los criados estaban tan contentos de su llegada como los pájaros del amanecer. Y de esto ya basta, por el momento.
Sucedió que un día el comerciante dispuso lo necesario para marcharse a la ciudad de Brujas a comprar mercancías, por lo que envió al hermano Juan un mensajero a París invitándole a pasar unos días en Saint Denis con él y con su esposa, antes de partir hacia Brujas, como había previsto.
Este excelente monje del que hablo gozaba de la confianza de sus superiores y poseía influencia, por lo que había obtenido permiso del abad para salir a inspeccionar graneros y granjas distantes siempre que quería. Pronto, pues, llegó a Saint Denis. ¿Quién mejor recibido que nuestro hermano Juan, nuestro queridísimo y fino primo? Como de costumbre, trajo consigo un barril de malvasía y otro de dulce vino italiano y, además, una pieza de caza. Voy a dejar ahora al comerciante y al monje comiendo, bebiendo y divirtiéndose de lo lindo durante un día o dos.
Al tercer día, el comerciante se levantó y empezó a prestar atención a sus negocios. Subió a su casa de contabilidad, muy probablemente para ver cómo estaban las cosas para él aquel año, calcular los gastos y establecer si había tenido o no beneficios. Para ello extendió ante sí los libros y las bolsas de dinero encima del mostrador, y [como sea que su tesoro era muy grande] cerró bien la puerta de su casa de contabilidad, dando órdenes al mismo tiempo de que, mientras estuviera allí, nadie le interrumpiera en sus cuentas. Así permaneció encerrado hasta bien tocadas las nueve de la mañana.
El hermano Juan se había levantado también al romper el alba y deambulaba arriba y abajo por el jardín rezando devotamente su oficio. Mientras éste paseaba de un lado para otro, la buena mujer se deslizó al jardín sin ser vista y le saludó como había hecho muchas otras veces anteriormente. Le acompañaba una niña que ella tenía bajo su custodia y que todavía estaba sujeta a su autoridad.
—Hermano Juan, mi querido primo —dijo ella—. ¿Cómo es que te has levantado tan temprano? ¿Pasa algo? —Sobrina —replicó él—, cinco horas de sueño por la noche deberían ser suficientes, excepto para algún anciano fatigado como uno de estos hombres casados que duermen encogidos como una liebre después de ser perseguida sañudamente por una jauría. Pero ¿por qué estás tan pálida, querida sobrina? Estoy segurísimo que nuestro buen amigo ha estado trabajando desde que anocheció. ¿No sería mejor que fuese a tomar un buen descanso?
Al decir eso, lanzó una alegre carcajada y se ruborizó de su propio pensamiento.
Pero la hermosa esposa negó con la cabeza
—Dios lo sabe todo —dijo ella—. No, primo, no es eso en absoluto, sino que en el cuerpo y el alma que Dios me dio, no hay mujer en todo el reino de Francia que obtenga menos placer de este triste juego. Oh, sí, puedo cantar:
¡Ay, y qué triste estoy como jamás he estado!
Pero no me atrevo a contar a nadie lo que me pasa. Realmente estoy tan asustada y preocupada, que he llegado a pensar en salir del país o terminar conmigo.
El monje la miró fijamente.
—¡Ay, sobrina! —le respondió—. Que Dios suprima el miedo o la pena que te puedan impulsar a suicidarte. Pero dime: ¿.cuál es el problema? Quizá pueda yo aconsejarte o ayudarte en tu dificultad. Así que cuéntame tus preocupaciones, que no saldrá de mí. Mira, juro sobre este libro de oraciones que nada me hará jamás traicionar tu confianza mientras viva, para bien o para mal.
—Y yo te digo lo mismo —añadió ella—. Juro por Dios y por este libro de oraciones que aunque me despedazaran nunca diré ni una palabra de lo que tú me digas, incluso si por ello tuviera que ir al infierno, y no por ser primos, sino únicamente por cariño y confianza.
Después de haber efectuado estos juramentos se besaron y empezaron a abrir sus corazones el uno al otro, con toda libertad.
—Primo —dijo ella—, si hubiera tenido tiempo, que no lo he tenido, especialmente en este lugar, te habría contado la historia de un martirio: todo lo que he sufrido de mi esposo desde que me convertí en su esposa, aunque tú eres su primo...
—¡No! —exclamó el monje—. Por Dios y por San Martín, él no es más primo mío que esta hoja que cuelga del árbol. Por San Diomsio de Francia que si así le llamo es únicamente para tener más excusas para verte, pues te amo muy por encima de cualquier otra mujer. ¡Lo juro en mi calidad de monje! Dime lo que te sucede; apresúrate, no sea que baje él, en cuyo caso te vas.
—Querido amor mío —empezó ella—, ¡oh, queridísimo hermano Juan!, preferiría callarme esto, pero debo decirlo: ya no aguanto más. En lo que a mí me afecta, mi marido es el peor hombre que haya vivido jamás desde que el mundo es mundo. Como esposa no está bien que explique a persona alguna sobre nuestros asuntos privados, en la cama o en cualquier otra parte. ¡Dios no permita que diga nada de ellos! Ya sé que una esposa no debería decir nunca nada en descrédito de su marido, pero a ti sólo te diré esto, y que Dios me perdone; de cualquier modo que lo mires, no vale lo que una mosca. Pero lo que más me saca de quicio es su tacañería. Tú sabes muy bien que las mujeres —yo la primera— deseamos instintivamente seis cosas: que nuestros respectivos esposos sean valientes, inteligentes, ricos y también generosos; considerados con sus esposas y fogosos en la cama. Pero, por Nuestro Señor que derramó su sangre por nosotros, resulta que antes del próximo domingo tengo que pagar el vestido que debo llevar, para hacerle quedar bien; cien francos o quedar arruinada. Antes preferiría no haber nacido que soportar el escándalo o la desgracia —aparte de que si mi esposo lo descubre alguna vez, estoy totalmente perdida—, por lo que tengo que pedirte que me prestes esta cantidad, o tendré que morir. Hermano Juan, por favor, préstame estos cien francos, y si lo haces, te juro que no te decepcionaré con mi agradecimiento. Te lo devolveré puntualmente, y si hay algo que quieras, cualquier cosa que te agrade, cualquier servicio que pueda hacer por ti, lo haré, y, si no lo hiciere, que Dios me castigue más que al traidor Ganelón de Francia.
El buen monje replicó con estas palabras:
—Amada mía, estoy verdaderamente apenado por ti. Te doy mi palabra de honor que, cuando tu esposo haya marchado a Flandes, te ayudaré a salir de este pequeño apuro. Te traeré los cien francos.
Entonces, cogiéndola por el talle, la estrechó fuertemente entre sus brazos y la besó una y otra vez.
Vete ahora —dijo él— lo más silenciosamente que puedas y comamos tan pronto consigas arreglarlo, pues por mi reloj de bolsillo son las nueve de la mañana. Vete ahora y séme tan fiel como yo lo soy para ti.
—Que Dios no permita que te falte —dijo ella marchándose alegre como una alondra a decir a los cocineros que se apresurasen para poder comer sin más dilación. Entonces subió a ver a su esposo y llamó decididamente a la puerta de la casa de contabilidad.
—¿Quién está ahí? preguntó él.
—Por San Pedro, soy yo —repuso ella—. ¿Cuándo vas a comer? ¿Cuánto tiempo más estarás con tus sumas y cálculos y libros mayores y otras tonterías? ¡Que el diablo lleve las cuentas! ¿Es que Dios no te ha dado ya bastante? ¡Cielos, baja y deja tus bolsas de dinero solas por un rato! ¿No te da vergüenza dejar al hermano Juan ayunando miserablemente toda la mañana? Oigamos misa y luego vayamos a comer.
—Querida esposa —añadió el comerciante—. Qué poco entiendes los intríngulis de los negocios. Por Dios y por San Ivo, apenas si dos de cada doce comerciantes tienen ganancias constantes durante toda su vida de trabajo. Tenemos que poner buena cara a las cosas, mantener las apariencias, vivir nuestra vida lo mejor que podamos y guardar en secreto todos nuestros asuntos del negocio hasta la muerte; y si es preciso, tomar unas vacaciones y salir en peregrinación para escapar de los acreedores. Por esto es necesario que no quite ojo a este mundo tan extraño, pues en los negocios siempre se está a merced de la suerte y de las circunstancias.
»Me voy a Flandes mañana, al romper el alba, pero regresaré lo antes que pueda. Por consiguiente, querida esposa, por favor, sé amable y complaciente con todos. Vigila bien las mercancías y procura que la casa funcione bien, pues dispones de todo lo que se pueda necesitar para ella. No careces de ropa y víveres y tienes mucho dinero en tu bolsa.
Después de decir esto, cerró la puerta de la casa de contabilidad y bajó las escaleras sin dilación. La misa fue celebrada prontamente, las mesas puestas con diligencia y se dirigieron rápidamente a comer, donde el comerciante obsequió espléndidamente al monje.
Poco después de la comida el hermano Juan puso semblante serio y se llevó al comerciante para tener una conversación privada con él.
—Primo, veo que te marchas a Brujas. Que Dios te proteja y San Agustín te guíe. Cuídate cuando cabalgues, primo, y sé moderado en la mesa, especialmente con este calor que hace. No es preciso que hagamos ceremonias, por lo que te deseo buen viaje y que Dios te proteja de todo daño. Y si hubiere algo que quisieras que hiciese por ti, y que yo pueda hacer, no te prives de pedírmelo, que lo realizaré como tú desees.
»Antes de que te vayas hay una cosa que quisiera pedirte, si puedo. ¿Me podrías prestar cien francos durante una semana o dos? Es para ganado que tengo que comprar para una de nuestras granjas que —¡Dios nos salve!— ojalá fuese tuya. Te aseguro que te lo devolveré puntualmente; aunque fuesen mil francos, no te haría esperar ni un cuarto de hora. Sólo te pido que lo mantengas en secreto, pues esta noche todavía tengo que comprar el ganado. Y ahora, queridísimo primo, adiós y mil gracias por tu hospedaje y amabilidad.
El buen comerciante repuso suavemente:
—Hermano Juan, mi querido primo, es algo muy pequeño lo que me pides. Mi dinero es tuyo siempre que lo necesites, y no sólo mi dinero, sino también mi mercancía. Toma lo que desees. ¡No quiera Dios que sea escaso! Pero no es preciso que te diga una cosa sobre nosotros los comerciantes: el dinero es nuestro arado. Podemos conseguir crédito mientras nuestro nombre tenga fama. Pero no es ninguna broma estar corto de dinero en metálico. Devuélvemelo cuando te convenga; me complace poder ayudarte hasta donde pueda.
Entonces fue a buscar los cien francos y sigilosamente se los entregó al hermano Juan. Aparte de él y del comerciante, nadie sabía nada del préstamo. Así que durante un rato bebieron, charlaron y pasearon a sus anchas hasta que el hermano Juan regresó a la abadía montado en su caballo.
A la mañana siguiente, el comerciante se puso en camino hacia Flandes. Su aprendiz resultó un guía excelente y llegaron sin novedad a la ciudad. Y allí se afanó en rematar sus transacciones, efectuando sus compras a crédito. Ni jugó a los dados ni bailó; en pocas palabras, se portó como un comerciante. Por eso le dejo negociando.
El domingo siguiente al de la partida del comerciante el hermano Juan llegó a Saint Denis con una nueva tonsura y una ba...
Índice
- Introducción
- Biografía del Autor
- Contexto Histórico
- Sinopsis (Selección)
- Cuentos de Canterbury (Clásicos de la literatura)
- Análisis
- Reflexión
- Citas memorables
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