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Descripción del libro
¿Qué derecho tiene el hombre de considerarse a sí mismo un animal superior, y de "usar" de los demás animales? ¿Acaso por tener inteligencia puede considerarse de mayor dignidad que un toro, uno mono o un perro?
El antiespecismo da voz a la liberación de los animales, exigiendo que se prohíban los alimentos y demás productos de origen animal, y aquellas prácticas que consideran opresivas como la equitación, la caza, los toros o los zoológicos. Según su ideología, podría defenderse que un chimpancé sano goce de mayor protección que un ser humano con discapacidad mental.
Esta corriente tiene teóricos influyentes como Peter Singer y cuenta con el apoyo político-mediático de algunos partidos animalistas. ¿Cuánta verdad hay en lo que defienden? ¿Hemos de impedir que los animales sufran en todos los casos, otorgándoles derechos fundamentales similares a los humanos? ¿Qué modelo de sociedad origina esta ideología? ¿Hay cosas que realmente deben cambiar?
Información
Categoría
Ciencias socialesCategoría
Sociología1.
ADIÓS AL LECHÓN, VACA, PUERCO, ZORRO
EL NACIMIENTO DEL VEGANISMO
«Nuestra carnicería solo trabaja con animales felices».
Cuando me mudé hace algunos años cerca de la Place de la République, en París, me asaltó esta inscripción suspendida en la tienda de quien iba a ser mi nuevo carnicero. Los pedazos de carne dispuestos en el mostrador entre sendos botes de perejil bio, sin rastro de casquería y mucho menos de partes reconocibles de los animales, no eran meramente los ingredientes de base de mis futuras comidas. Eran, como me indicaban escrupulosamente, las reliquias inocentes de vidas felices y dignamente vividas. Pero ¿por qué tomar tales precauciones lingüísticas cuando, en el fondo, no eran más que alimentos? ¿En base a qué justificaban esa afirmación los jóvenes artesanos (la barba esculpida por un profesional) que me atendían?
Habiendo crecido en el campo, entre madrigueras de conejos y domingos de caza, yo no era a priori la principal destinataria del mensaje. Ya estaba al tanto de cómo, paulatinamente, el bienestar animal había pasado a ser en los últimos años una preocupación creciente de un gran número de consumidores, entre los que por lo demás me contaba. Pero algo nuevo, más político, entraba aquí en juego. Defendiendo a un tiempo la idea de que la ganadería era un «trabajo» efectuado de común acuerdo con los animales y que estos últimos se habían beneficiado de un tratamiento benevolente que muchos trabajadores humanos ya querrían para sí, mi carnicero no se dirigía solamente a los defensores de los animales preocupados por el bienestar animal. También reafirmaba, de manera subyacente, su derecho fundamental a vender ternera, cerdo y cordero en nombre justamente de un previo respeto a los animales de granja.
Este derecho milenario a consumir y vender carne, que no nos parece ni que sea un derecho —hasta ese punto lo hemos incorporado a nuestras costumbres—, está siendo rebatido desde hace poco por los activistas de un nuevo movimiento. Estas personas, cuyo número crece significativamente desde hace un decenio, defienden una ideología que amenaza directamente todo un conjunto de actividades humanas, entre ellas la profesión de carnicero, aunque también la de quesero o apicultor (por nombrar solo los alimentos): el antiespecismo. Más que denunciar los medios con los que los seres humanos tratan a veces a los animales —sean domésticos, liminares[1] o salvajes—, los antiespecistas contestan el mismo hecho de que existan vínculos entre ellos y nosotros. Estos vínculos que se juzgan ilegítimos son múltiples: conciernen al consumo de carne, de pescado, de huevos y de todos los lácteos, pero también a la caza, el tratamiento de pieles y la marroquinería, las corridas de toros, los experimentos con animales, los circos, los zoos e incluso los animales de compañía. Los animales, considerados seres capaces de sufrir y dotados de subjetividad, no deberían ser manipulados de ninguna forma, ni matados, ni comercializados, ni domesticados. Así pues, los antiespecistas no son solo vegetarianos. Son veganos, es decir, rechazan todo tipo de «explotación» animal, aunque no sea letal, como la recogida de miel, de huevos o de leche.
El término «vegano», adaptado del inglés vegan, nació a su vez del adjetivo inglés vegetarian, un adjetivo al que se le extirpa el corazón (veg-etari-an). Parece ser que este neologismo fue creado por Donald Watson en 1944, fecha en la que cofunda la asociación británica Vegan Society, a fin de señalar sus divergencias con el vegetarianismo, que encontraba demasiado tibio en su defensa de los animales.
Contrariamente al veganismo, el vegetarianismo (el simple hecho de no comer carne) existe desde hace milenios en las sociedades occidentales. Su práctica ha sido teorizada por grandes filósofos. Desde la Antigüedad, numerosos pensadores han argumentado en favor del vegetarianismo, apoyándose en la idea de que sería inmoral comer carne muerta. Pitágoras (siglo VI a. C.), que creía en la metempsicosis, es decir, en la transmigración de las almas entre diferentes cuerpos tras la muerte, se oponía fervientemente a los sacrificios religiosos de animales. Teofrasto (siglo IV a. C.), uno de los padres de la botánica, encuentra injusto matar a los animales que no causan mal alguno en la naturaleza. En cuanto a Plutarco (siglo I), consagra tres tratados a la inteligencia de los animales, uno de ellos en defensa del vegetarianismo, en el que refuta el argumento según el cual los seres humanos serían carnívoros, como otros animales:
Si os obstináis en sostener que la naturaleza os ha concebido para comer la carne de los animales, matadlos vosotros mismos, con vuestras propias manos, sin utensilios, como los lobos, los osos y los leones, y comeos la carne completamente cruda[2].
La cohabitación del vegetarianismo con el mundo cristiano no estará exenta de dolorosos desencuentros. El cristianismo elabora una jerarquía piramidal de los seres vivos en la que el ser humano está en la cumbre, como pastor todopoderoso del reino animal, quedando las otras criaturas a su merced. Con el paso de los siglos, el vegetarianismo se constituyó pues como una práctica marginal, aunque tolerada, una opción ética personal entre otras. Más tarde, la Modernidad, inspirada por Descartes, para quien los animales se asemejaban a «autómatas»[3], refrendaba algo más la legitimidad de los seres humanos para comer animales. Las sociedades occidentales son en gran parte las herederas de estas dos posturas, una religiosa, la otra humanista-racionalista. Hoy dicen las estadísticas que en torno al dos por ciento de los hogares franceses son vegetarianos[4].
Por más que el vegetarianismo haya existido siempre minoritariamente en Occidente, sus principios no cuestionan nuestra manera de habitar el mundo ni nuestros modos de socialidad. Sin embargo, basta sentarse a la mesa de un restaurante vegano o pasear entre los estantes de una tienda especializada para darse cuenta de hasta qué punto el veganismo plantea una ruptura de nuestra relación con la naturaleza. Han desaparecido de los platos la carne, el pescado, y también los huevos, el queso y la miel. Las verduras y las legumbres, que conforman el corazón de este régimen muy pobre en proteínas, se acompañan en cambio de tofu, soja y setas varias. Los pasteles están elaborados con harina sin gluten, a veces mezclados con puré de guisantes (que remplaza a los huevos). Los habituales aseguran que la variedad de sabores y texturas realzados por los chefs veganos compensa la ausencia de los productos tradicionales. Un neófito notará sobre todo el uso obsesivo de condimentos destinados a aportar sabor a los platos a los que les falta aroma, y también la desaparición de toda sensación de cremosidad en boca. Un crítico gastronómico juguetón encontrará entretenido descubrir todos los simulacros veganos destinados a emular el mundo de antes, como las «hamburguesas» y los «filetes» de soja, las «salchichas» a base de tofu y zanahorias, e incluso los «quesos» confeccionados con leche de almendras o de nueces o de anacardo. Es uno entre tantos otros signos, si no de un fracaso, sí al menos de la dificultad que tiene para cohonestar sus principios con un componente tan banal de la vida como el placer.
EL ANTIESPECISMO, UNA FILOSOFÍA ACTIVISTA
Llamamos antiespecismo a la ideología que ha dado a luz al modo de vida vegano. Se sitúa en la encrucijada de la filosofía, la antropología y las ciencias llamadas naturales. Esta teoría, que hunde sus raíces en el utilitarismo del filósofo británico Jeremy Bentham, afirma que el ser humano y los animales dotados de sensibilidad física y emocional merecen igual consideración, en la medida en que unos y otros están sometidos al imperio del placer y del dolor. De esta afirmación dimana un modo de vida radicalmente diferente al de los omnívoros y los vegetarianos, no solo porque se prohíban ciertos alimentos: un vegano que se respete también debe modificar su manera de vestirse, de desplazarse, de decorar el sitio en el que vive, cómo se cuida, etcétera. Las exigencias son mucho más restrictivas que las de los vegetarianos, que no tienen más que apartar los trozos de pollo tandoori al borde del plato para no quebrantar sus principios.
El término «antiespecismo» es el antónimo de «especismo», una palabra inventada en 1970 por el psicólogo británico Richard D. Ryder. La sonoridad de este neologismo es voluntaria (los antiespecistas no dejan nada al azar). Se hace eco de términos como «racismo» y «sexismo»: los animales serían víctimas de discriminaciones y opresiones del mismo tipo que los negros o las mujeres en su tiempo, cuando sus derechos no estaban plenamente reconocidos constitucionalmente. Como los seres humanos, y a causa de su sensibilidad, los animales tendrían «un interés» en vivir, que implicaría que no deberían ni ser matados ni explotados en modo alguno. La cadena de dependencias e interacciones entre los animales y los seres humanos, descrita por Charles Darwin en El origen de las especies, sería una creación egoísta de estos últimos. Asimétrica y violenta, nuestra relación con los animales debería ser integralmente repensada, tanto en cuanto a nuestros actos como a nuestras palabras o nuestros juicios. Al hacerlo, debería instaurarse un nuevo contrato social que incluya a los animales.
El primer filósofo que aportó envergadura conceptual al antiespecismo fue Peter Singer. Este filósofo australiano es el autor de un texto publicado en 1975, Liberación animal, que ha permanecido como punto de referencia. En esta obra abiertamente activista, abogaba por «que el principio de la igual consideración de los intereses no sea ya arbitrariamente lim...
Índice
- PORTADA
- PORTADA INTERIOR
- CRÉDITOS
- DEDICATORIA
- CITA
- ÍNDICE
- 1. ADIÓS AL LECHÓN, VACA, PUERCO, ZORRO
- 2. LA FÁBRICA DE UNA IDEOLOGÍA
- 3. LA IMPENSABLE «LIBERACIÓN ANIMAL»
- 4. LA DINÁMICA DE LO SENSIBLE
- 5. CAZAR A LOS CAZADORES
- 6. EL SEXISMO, LA ESCLAVITUD, EL HOLOCAUSTO
- 7. HUMANOS, NO DEMASIADO HUMANOS
- 8. LA NUEVA RADICALIDAD VERDE
- 9. ¿SUEÑAN LOS ANTIESPECISTAS CON OVEJAS ELÉCTRICAS?
- 10. EL ANIMAL REENCONTRADO
- BIBLIOGRAFÍA
- AGRADECIMIENTOS
- AUTOR
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