Dios y el hombre
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Dios y el hombre

  1. 256 páginas
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Descripción del libro

Este libro es el primero de dos volúmenes que recogen las intervenciones televisivas del autor en su programa La vida vale la pena, que obtuvo en 1952 treinta millones de espectadores y un premio Emmy al personaje más influyente de la televisión americana. Este libro es, por tanto, el libro más atractivo del autor, y en él trata sobre el amor, la conciencia, el miedo y el pecado, el bien y el mal, entre anécdotas, poesías y reflexiones sobre el destino del mundo y la paternal intervención divina. No faltan varios capítulos sobre Jesucristo, su Iglesia y la gracia, capaz de elevarnos sobre el pecado y hacer que nuestra vida merezca la pena ser vivida.

Información

Año
2020
Edición
1
ISBN del libro electrónico
9788432152825
SEGUNDA PARTE
CRISTO Y SU IGLESIA
¡Qué terrenal es esta gravedad nuestra!
Vivimos bajo el peso de los días sin oración.
¡Cargar nuestro peso sobre el Espíritu Ingrávido,
caminar como astronautas sobre la faz de la Gracia y no caer porque Cristo sostiene nuestra mano!
FULTON J. SHEEN
1.
LA DIVINIDAD DE CRISTO
EL SsEÑOR SE LLAMÓ A SÍ MISMO Hijo de Dios e Hijo del hombre. Era Dios y hombre: un gran misterio que conocemos como el misterio de la Encarnación. Encarnado quiere decir hecho carne. Dios asumió la naturaleza humana: tomó carne. Es san Juan quien utiliza esta magnífica expresión: «El Verbo se hizo carne» (Jn 1, 14). El Verbo significa Dios o la Segunda Persona de la Santísima Trinidad.
Se trata de un misterio complicado que vamos a explicar con una serie de ejemplos. Cuando decimos que Dios se hizo hombre, no estamos diciendo que el cielo se quedó vacío como si fuera una habitación de veinte por treinta. Cuando Dios vino al mundo no dejó vacío el cielo; cuando vino al mundo no quedó reducido a proporciones humanas. Cristo era la vida de Dios habitando en una carne humana. Santo Tomás de Aquino lo describe muy bien en uno de sus himnos: «El Verbo que viene desde lo alto y que no abandona la derecha del Padre».
Empecemos por responder a esta pregunta: «¿Por qué se hizo hombre Dios?». Nos ceñiremos al orden histórico en el que vivimos. La respuesta es: se hizo hombre para redimirnos del pecado; por lo tanto, hemos de explicar por qué era necesario que Dios se hiciera hombre para expiar del todo nuestros pecados. Cada vez que pecamos contraemos una deuda infinita; una deuda infinita que no somos capaces de pagar, porque somos finitos y limitados. Primero vamos a hacer una afirmación de ese porqué para, a continuación, ofrecer algunos ejemplos. El honor reside en aquel que honra. Supón que un ciudadano norteamericano, el alcalde de una ciudad, el gobernador del Estado y el presidente de Estados Unidos visitan al Santo Padre. ¿Quién honra más al Santo Padre: el ciudadano o el presidente? El presidente ¿verdad? El honor reside en aquel que honra.
La otra parte del enunciado es esta: la culpa o el pecado se miden siempre en virtud de aquel contra quien se peca. Si un ciudadano y un alcalde cometen un delito ¿quién peca más? Si el pecado o la culpa se han cometido contra el presidente de Estados Unidos, el alcalde, evidentemente, es culpable de un pecado mayor ¿no? Ahora vamos a aplicarlo a la humanidad.
Hemos pecado.
¿Contra quién hemos pecado?
Contra Dios.
El pecado se mide en virtud de aquel contra quien se peca.
Hemos pecado contra Dios.
Dios es infinito; por lo tanto, nuestra culpa y nuestro pecado son infinitos.
Ahora vamos a fijarnos en el otro enunciado: el honor reside en aquel que honra. Estamos decididos a intentar pagar la deuda. El hombre es finito y limitado; por eso no puede pagar una deuda infinita en estricta justicia. Cosa que no debería sorprendernos: es muy fácil que cualquiera de nosotros contraiga deudas mayores de las que es capaz de pagar.
Imaginad que tenemos una deuda infinita con Dios que no podemos pagar. ¿Podría perdonarnos Dios? ¿Podría decir: «¡Olvídalo, no pasa nada!»? Quizá podría decir: «¡Olvídalo!», pero no podría decir que no pasa nada. Imaginemos que nos ha perdonado. Ha sido misericordioso, pero la justicia no ha quedado satisfecha. Si le debemos a alguien veinte dólares, esa deuda se puede olvidar, pero la justicia no queda totalmente satisfecha mientras la deuda no esté íntegramente saldada. Recuerdo que de niño rompí más de una vez la ventana del vecino. El vecino solía decir: «Olvídalo», pero en cualquier caso yo no quería dejar las cosas así. Cogía mi cerdito y sacaba mis ahorros para pagar la ventana. El hombre no quiere que Dios deje las cosas así: tiene conciencia de su propia dignidad. Quiere pagar de alguna manera su deuda con Él.
Nos queda contestar cómo se debe pagar esa deuda. Si la justicia y la misericordia debían quedar satisfechas, Dios tenía que hacerse hombre. Si no se hacía hombre, no podía actuar en representación nuestra. No podía representarnos y el hombre no pagaría su deuda. Supongamos que me detuvieran por exceso de velocidad. ¿Entrarías en la sala mientras me están juzgando y dirías: «Déjele ir, señor juez. Yo me hago cargo»? El juez te contestaría: «¡Usted no se meta! La cosa no va con usted, sino con él». Puesto que la cosa va con el hombre, Dios tenía que compartir de alguna manera nuestra naturaleza humana. Por otra parte, el pecado exige una pena o una reparación determinadas. Si Dios se hacía hombre, debía sufrir como hombre y sufrir en nuestro nombre.
No solo tenía que ser hombre: también tenía que ser Dios. Tenía que ser hombre para actuar en nuestro nombre; tenía que ser Dios para que la deuda infinita quedara saldada por alguien infinito. Cualquier acción de Dios posee un valor infinito. Si alguien podía reparar la ofensa contra Dios, debía estar libre de pecado y, por lo tanto, tenía que ser Dios. Si tuviera pecado, necesitaría ser redimido. Ningún hombre puede reparar sus propios pecados. Si tenían que quedar satisfechas tanto la misericordia como la justicia, para pagar la deuda infinita Dios tenía que hacerse hombre. Podemos explicarlo con esta antigua canción de cuna:
Humpty Dumpty se sentó en un muro,
Humpty Dumpty se cayó de él.
No hubo caballo ni caballero del rey
que lo pudieran recomponer.
Estos versos expresan muy bien la condición del hombre a consecuencia del pecado. Desde la caída, el hombre es muy parecido a un huevo roto que no puede volver a ensamblarse solo. En su interior reina el desorden y la mera redistribución de la riqueza en el orden social externo a él no logrará cambiarlo. Necesita a Dios para ensamblarse de nuevo.
Tomemos el ejemplo de un reloj que tiene el muelle roto. Conserva todas las piezas, pero no funciona. ¿Qué condiciones tienen que cumplirse para que funcione? En primer lugar, hay que suministrarle un muelle desde el exterior. En segundo lugar, hay que colocar el muelle dentro del reloj. El hombre no es capaz de autorredimirse, igual que el reloj es incapaz de arreglarse solo. Si el hombre tiene que redimirse, la redención debe proceder de fuera y obrarse desde dentro. Si somos ciegos, no podemos devolvernos la vista. Si hemos roto nuestra comunión con Dios mediante el pecado, no podemos restaurarla. ¿Alguna vez has cogido un pétalo de rosa con los dedos y lo has estrujado hasta exprimirlo? ¿Te fijaste en si serías capaz de devolverle el color? No puedes. Quítale a una hoja una gota de rocío: nunca podrás volver a colocarla en su sitio. El mal está demasiado arraigado para que puedan corregirlo un poco de amabilidad, de inteligencia y de tolerancia. Es como si le dices a un hombre tísico que lo que necesita es jugar un partido de tenis en seis sets. El reloj con el muelle roto no puede repararse solo. La salvación tiene que venir de fuera. La voluntad humana es demasiado débil para dominar su propio mal. Igual que el enfermo necesita medicinas que le llegan del exterior, nosotros necesitamos un maestro para nuestra inteligencia, un médico para nuestro cuerpo y un redentor para nuestra alma: un redentor de fuera de la humanidad, carente de su debilidad, su pecado y su rebelión.
Pasemos a la otra parte. Hemos dicho que, si el muelle está roto, hay que suministrarle un muelle nuevo desde fuera e introducirlo en el reloj. La salvación tiene que proceder de fuera de la humanidad, pero, de alguna manera, tiene que realizarse dentro de ella. Para ser redimidos desde dentro Dios tenía que hacerse hombre. Si Dios no se hiciera hombre, no tendría relación con nosotros. El hombre no solo quiere que se le perdonen los pecados: quiere reparar por ellos. Por eso Dios se hizo hombre. Si juntas estas dos condiciones, obtienes la razón por la que el redentor tenía que ser Dios y hombre: Dios que viene de fuera y hombre que pertenece a la humanidad. Eso es la Encarnación: Dios hecho hombre en la persona de Cristo para poder salvarnos de nuestros pecados.
Ahora viene algo un poco más difícil; vamos a emplear una palabra que quizá no hayas escuchado a menudo. Cuando nos preparamos para ser sacerdotes nos pasamos cerca de seis meses estudiando el significado de estas palabras: «unión hipostática». La «unión hipostática» significa que en Cristo hay dos naturalezas y una sola persona. Es algo que no debes olvidar nunca. Grábalo en tu memoria y en tu mente. Cristo posee dos naturalezas: una humana y otra divina. Las dos estás unidas en la persona de Dios. ¿Entonces Dios es una persona humana? No, es una persona divina. ¿Tiene una naturaleza humana? Sí. ¿Tiene una naturaleza divina? Sí. Ambas están unidas en la Persona divina de Dios. Evidentemente, no estoy dando el mismo significado a las palabras «naturaleza» y «persona» ¿verdad?
Quizá podamos aclararnos un poco si cogemos un lápiz con la mano. El lápiz tiene una naturaleza. Una naturaleza es una cosa, algo que opera. Una vaca, por ejemplo, tiene una naturaleza; un cerdo tiene una naturaleza; una alfombra tiene una naturaleza; una paloma tiene una naturaleza; tu dedo tiene una naturaleza. ¿Una vaca es una persona? Si tu vaca se mete en mi prado y se come toda la hierba, no puedo demandar a la vaca: te puedo demandar a ti. Tiene que haber alguna diferencia entre una naturaleza y una persona. Una persona genera responsabilidades. Un perro no es responsable de sus actos, pero una persona sí.
Si usas el lápiz que tienes en la mano ¿te das cuenta de que delante de ti hay dos naturalezas?: una, la naturaleza del lápiz; otra, la naturaleza de tu mano. ¿Tu mano es una persona? No, porque podrías perder la mano y seguir siendo tú. Contando con el lápiz, tenemos en la mano dos naturalezas. ¿Cómo están unidas? En ti, una sola persona. Puede existir una unión de dos naturalezas en una sola persona. Tú tienes un cuerpo y tienes un alma. Son de naturaleza muy distinta: una es material y la otra espiritual, pero tú eres una sola persona. Esta es una analogía incompleta e imperfecta de lo que ocurre.
El lápiz no es capaz de escribir solo. Déjalo encima de una silla o de una mesa. No puede escribir. Cuando coges el lápiz con la mano tienes una unión de dos naturalezas en una sola persona. Ahora el lápiz sí puede escribir. Es capaz de hacer algo de lo que antes no era capaz. Cuando el lápiz escribe ¿qué dices: «El lápiz está escribiendo» o «yo estoy escribiendo»?
No dices: «Mi ojo te ve».
Dices: «Yo te veo».
No dices: «Mi oído te escucha».
Dices: «Yo te escucho».
No dices: «Mi estómago digiere».
Dices: «Yo digiero».
Fíjate en que los actos de una naturaleza se las atribuimos siempre a una persona. Firmar un talón conlleva una responsabilidad, y esa responsabilidad no pertenece ni a la mano ni al lápiz.
Ahora vamos a aplicar la analogía. Vuelve a dejar el lápiz en la mesa. El lápiz es como el hombre, que no puede pagar la deuda que tiene con Dios. Coge el lápiz. Ahora existe una unión de la naturaleza de la mano, que está unida a tu persona, con la naturaleza del lápiz. La mano, con tu persona reducida al lápiz, representa la persona de Dios y la naturaleza divina reducida a naturaleza humana. Cuando Dios viene al mundo y toma una naturaleza humana, la une a su naturaleza divina y a su Persona divina, tenemos la unión de dos naturalezas: la naturaleza de Dios y la naturaleza del hombre en la unidad de la persona de Dios. Igual que el lápiz que tienes en la mano es capaz de hacer algo que no podría hacer solo, así la naturaleza humana, unida a la persona de Dios, es capaz de empezar a hacer algo que hasta entonces no era capaz de hacer sola. El lápiz es el instrumento de mi persona. Cuando Dios, con su naturaleza divina, vino al mundo y asumió una naturaleza humana en el seno de su Madre santísima, asumió un instrumento. Una vez asumida nuestra naturaleza humana, Dios podía actuar en nuestro nombre. Cada una de las acciones de esa naturaleza humana tenía un valor infinito. Ni un solo suspiro, ni una sola palabra, ni una sola lágrima, ni un solo paso de esa naturaleza humana eran inseparables de la persona de Dios. Un solo aliento de Dios habría bastado para redimir el mundo. ¿Por qué? Porque, al ser de Dios, tendría un valor infinito.
¿Por qué sufrió tanto Dios cuando tomó nuestra naturaleza humana? Si en este mundo hay más granos de arena de los necesarios es porque el amor no sabe de límites. La única manera de demostrar un amor perfecto es entregar todo lo que uno tiene. Dios tomó nuestra naturaleza humana y dijo que nos amaba hasta el extremo, incluso hasta la muerte. Fíjate en la belleza y la majestad de Cristo. Se hace hombre en Belén y asume la forma de un niño. Nace sin una madre en el cielo y sin un padre en la tierra. El que ha creado el mundo nacido en ese mundo. El creador del sol, nacido bajo el sol; el que ha modelado la tierra, nacido sobre la tierra; el indeciblemente sabio, nacido como un niño de pecho; el que ha llenado el mundo, acostado en un pesebre; el que dirige las estrellas, amamantado por su madre. La alegría del cielo llora[1]: Dios se hace hombre. La divinidad hecha carne; la eternidad, tiempo; el Señor, flagelado; el Poder, maniatado; el Rey, coronado de espinas. Si en este mundo solo vivieras tú y solo tú hubieras pecado, Él habría venido, muerto y padecido solo por ti. Tanto te quiere Dios.
[1] Poema del poeta y sacerdote jesuita san Roberto Southwell (1561-1595), “The mirth of heaven doth weep” (N. de la T.).
2.
LA HUMANIDAD DE CRISTO
HACEMOS MUCHO HINCAPIÉ EN LA divinidad de Cristo, pero suele ocurrir que olvidamos su humanidad. Hay dos versículos en las Escrituras, uno de Isaías y otro de la carta a los hebreos, que son aparentemente contradictorios. Isaías dice que el Señor fue contado entre los pecadores (Is 53, 12), mientras que la carta a los hebreos afirma que fue separado de los pecadores (Hb 7, 26): fue uno de ellos y, al mismo tiempo, no fue uno de ellos. Cristo cargó con todas las penas del pecado y fue separado, sencillamente, porque era Dios y porque en su naturaleza humana era semejante a nosotros en todo menos en el pecado.
Ahora vamos a profundizar un poco en el significado de esa naturaleza hum...

Índice

  1. PORTADA
  2. PORTADA INTERIOR
  3. CRÉDITOS
  4. ÍNDICE
  5. PRÓLOGO Robert Barron, Ob.
  6. PREFACIO
  7. PRIMERA PARTE: DIOS Y EL HOMBRE
  8. SEGUNDA PARTE: CRISTO Y SU IGLESIA
  9. TERCERA PARTE: EL PECADO
  10. AUTOR

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