Por tierras y mares
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Por tierras y mares

Comienzos del Opus Dei en Colombia

  1. 330 páginas
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Por tierras y mares

Comienzos del Opus Dei en Colombia

Descripción del libro

Acabadas la guerra civil española y la segunda guerra mundial, san Josemaría impulsa la expansión del mensaje del Opus Dei por muchos países, y entre ellos, Colombia. En este caso, un joven sacerdote, primero en solitario y luego acompañado de varios estudiantes y jóvenes profesionales, lleva a cabo la pequeña gran historia de extender allí ese mensaje. El relato, lleno de juventud, sorpresas y audacias, asomará al lector a los inicios de ese trabajo apostólico entre tantos hombres y mujeres, mostrando una vez más, como decía el fundador, "la historia de las misericordias de Dios".

Información

Año
2020
ISBN del libro electrónico
9788432151842
Edición
1
PRIMER ANIVERSARIO
Y LLEGÓ EL 13 DE OCTUBRE. Esa fecha, la de la llegada del primer fiel del Opus Dei a Colombia, pasaría a la historia. Al cumplirse el primer aniversario del arribo de don Teodoro al nuevo país, resultaba casi forzoso hacer balance.
Ya no era un extraño, ya el terreno que pisaba no le era desconocido. Ya se había dado cuenta que Colombia es un país que acoge dentro de sus fronteras seres humanos muy contrastantes, con la condición común de colombianos; que parece que por el torrente sanguíneo de los colombianos corren genes de todas las latitudes y longitudes de la Tierra. Y es que la condición del colombiano, aparte de diversa es simultánea. Porque te puedes encontrar colombianos muy diferentes, al mismo tiempo y en los mismos espacios: «Blancos, negros, amarillos, de todos los colores, de todas las combinaciones que el amor humano puede hacer», como diría san Josemaría, años después, evocando el momento cuando dio la Bendición con el Santísimo, después del primer Círculo de San Rafael. Él estaba ante tres muchachos, pero su pensamiento estaba lleno de sueños, tal como lo contaría después: «Yo veía trescientos, trescientos mil, treinta millones, tres mil millones…».
Don Teodoro, en cuestión de un año ya había conocido personas ¡de lo más variado!: de muchas de esas culturas, condiciones sociales, razas y modos de ser que se dan cita en el territorio colombiano. Y soñaba igual que el fundador: soñaba con poder llegar a todos los rincones del país con ese mensaje de santificación que da tanto sentido a la vida.
Con motivo de ese primer aniversario de su llegada, el sacerdote escribió al fundador: «Queridísimo Padre: ¡Hoy hace exactamente un año que llegué a Colombia! ¡Cuántas cosas han pasado en este tiempo, cuántas maravillas hemos visto y cuántas gracias tenemos que dar al Señor! Estamos contentísimos y en vísperas de nuevos y grandes acontecimientos».
Y en el diario de la casa escribió: «Mirando hacia atrás, y vistas las cosas que ha ido haciendo el Señor, no podemos menos de hacer una intensa acción de gracias. Ya está la Obra sólidamente establecida en Colombia, por todas partes encontramos un ambiente de simpatía y de cariño, y el panorama para el futuro se presenta lleno de magníficas esperanzas que muy pronto serán grandes realidades».
Sin embargo, no se quedaba en consideraciones sentimentales, ni se regodeaba en los hechos pasados. Seguramente era consciente de que se había hecho mucho, pero no quería hacerlo notar. Lo suyo era la perseverancia del borrico de noria, como le gustaba considerar al fundador:
¡Bendita perseverancia, llena de fecundidad,
del pobre borrico de noria!:
siempre lo mismo, monótonamente,
escondido y despreciado, a su paso humilde...,
sin querer saber que son sus sudores el aroma de la flor,
la hermosura del fruto en sazón,
la fresca sombra de los árboles en el estío:
la lozanía toda del huerto, y todo el encanto del jardín.
Don Teodoro “iba al grano” y refería al Padre lo que estaban haciendo en ese momento: para él importaba más, sin duda, seguir poniendo ladrillos para garantizar la continuidad. Así pues, a renglón seguido le escribía, entre otras cosas:
Ya tiene arreglados todos los papeles para venir Paco Galiano, que esperamos llegue en esta misma semana. Igualmente tiene ya concedida la entrada Augusto Rafanell. Y esta tarde tenemos concedida audiencia con el Ministro de Educación, y esperamos quede resuelto el asunto de las becas para los 6 estudiantes que vendrán.
Además acabamos de recibir carta de Madrid en la que nos dicen que está dispuesto a venir inmediatamente Luis Borobio. Así, pues, vamos a tener aquí refuerzos para lanzarnos a una ofensiva descomunal en todos los frentes.
Me hago cargo de la urgencia del crédito y vamos a procurar por todos los medios apresurar el envío de lo que se pueda. Esas gestiones están un poco paralizadas, de momento, porque se encuentran fuera de Colombia los dos financieros con quienes tengo más confianza y me pueden arreglar mejor el asunto. No obstante cada día vamos haciendo nuevas amistades y contactos que nos pueden ser preciosos para este asunto del crédito. Vamos a intentar sacar algo rápidamente, como sea.
A COMPLETAR LA FAMILIA
Don Teodoro no se olvidaba de la insistencia del fundador por disponer las cosas para que pudieran venir a Colombia también las mujeres de la Obra pues, de lo contrario, estarían «siempre mancos» y «las cosas irían más lentas y peor». Por eso, continuando su carta al Padre, le decía: «Hoy mismo le escribo a Chiqui diciéndole que puede preparar las cosas para que la Sección Femenina se venga a Colombia inmediatamente. Les montaremos en muy pocos días una casa simpática y bien acondicionada».
Chiqui era el apelativo familiar de don José María Hernández Garnica, uno de los tres primeros sacerdotes de la Obra. En ese momento, se desempeñaba como Sacerdote Secretario, es decir, aquel que ayuda al Padre en el gobierno de la Sección Femenina de la Obra. A él le escribió don Teodoro para manifestarle su interés y sus gestiones para que las mujeres de la Obra se pudiesen venir a Colombia cuanto antes. Incluso agregó algunas indicaciones para ellas:
Aunque de momento no tenemos todos los medios económicos necesarios, creo que esto no es problema: la “plata” nos la pueden prestar, ya que gracias a Dios hay confianza, y después todo irá saliendo. El futuro es nuestro… ¡y qué futuro! Todo lo que se diga es poco.
En consecuencia, espero tus noticias para saber cómo están de adelantados los papeles de las que hayan de venir, y proceder inmediatamente a gestionar aquí los visados y todas las demás cosas que hagan falta.
Les instalaremos aquí una casita simpática y acogedora para que se acomoden, y ya sobre la marcha se irá resolviendo todo lo demás. ¿Te parece bien?
Tal como están las cosas aquí, creo que hay posibilidad y facilidad para toda clase de actividades y trabajos (…). Que sean de empuje y disposición para esta tarea de abrir camino, es decir, que no se ahoguen en poca agua y puedan dejar bien puesto el pabellón.
Creo que, de momento, con tres o cuatro o cinco, queda resuelto el problema (…). Estaremos en comunicación para activar todo lo posible esa venida rápida que todos deseamos.
Un detalle: será conveniente que aprendan a conducir automóvil, porque aquí sin un coche no se va a ninguna parte, y muy pronto tendremos que “motorizarnos”. Después tendrán que aprender a pilotar avión.
Por supuesto que don Teodoro no esperaba que las mujeres de la Obra que vinieran a Colombia fueran pilotos de avión, pero sí iba en serio su recomendación de que supieran conducir automóvil. Tampoco era textual aquello de que «sin coche no se va a ninguna parte», pero sí reflejaba la intención del sacerdote de procurar evitarles a ellas las molestias no pequeñas que eran típicas de los medios de transporte de Bogotá. De hecho, este era considerado uno de los problemas más grandes de la ciudad. En ese momento no sólo era grave el crecimiento de la accidentalidad, sino también el mal sistema de transporte. Por la pérdida del tranvía, después del Bogotazo, el transporte público quedó bajo el dominio de los transportadores privados, con una escasa participación del municipio con los buses municipales y los trolebuses.
En muchas ocasiones don Teodoro tuvo que viajar en buses atestados de gente y hasta con auténticos racimos humanos colgando de las puertas. No quería imaginarlas a ellas en esas lides.
Respecto al apostolado con mujeres, además de todo lo que venía haciendo don Teodoro, desde su llegada a Bogotá, y del entusiasmo que ellas mostraban por la Obra, le contaba al fundador que ya había alguna empleada doméstica que estaba cumpliendo todas las Normas y deseando incorporarse a la Obra. Sobre este tema, le decía: «El próximo domingo dará Aurelio un Retiro para chicas y a primeros de noviembre tengo ya preparada una tanda de Ejercicios para señoras (antiguas alumnas del Sacre Coeur)».
TEMA QUE NO DA TREGUA
En la tercera semana de octubre, llegó una carta del Padre, en la que se desahogaba con don Teodoro. Le decía:
Tengo enfermo a Álvaro —es lógico, con esta vida que lleva desde hace años, llena de trabajo y preocupaciones— y por eso hoy he de ser muy breve.
Nos has hecho renacer la esperanza, con tus cartas: pero, si la ayuda no viene pronto, puede ser mucho menos eficaz, y aún quizá no pueda evitarnos algún disgusto gordo.
Escríbeme, hijo mío, con la realidad de lo que haya, y procura que esa ayuda venga cuanto antes: no es esta carta la menos espiritual que escribo. Al contrario: porque, si no salimos adelante aquí, en este empeño de Villa Tevere, se hunden muchos instrumentos de apostolado y se dejará de hacer mucha labor de almas.
Perdóname, si hoy no te hablo de otra cosa.
En esas letras de san Josemaría se notaba la preocupación por su hijo más fiel, don Álvaro, cuya enfermedad se debía a las constantes gestiones de tipo económico que tenía que realizar para sacar adelante no solo las obras de Villa Tevere sino también los gastos generados por el Colegio Romano de la Santa Cruz.
Quedaba claro: la situación económica en Roma urgía al fundador. Pero, a pesar de la urgencia, o precisamente por ella, no dejaba de poner esas preocupaciones en manos de Dios y de la Virgen. Anotaba:
Aquí nos movemos y rezamos, con toda el alma. No es posible que la Santísima Virgen nos desampare, en esta tribulación, y que su Hijo Divino —cuando se acerca el día de consagrar nuestra Obra a su Corazón Sacratísimo[1]— no oiga nuestra oración y resuelva este agobio económico que nos produce el preparar un buen instrumento para su servicio. Encomendamos confiadamente al Sagrado Corazón de Jesús —el 26 hago la consagración: ayudadme también a hacerla “a su gusto”—, que podáis enviar dólares cuanto antes: si se logra esto, daremos un buen empujón a la Región colombiana.
Esa consagración era una respuesta sobrenatural a las secuelas de las incomprensiones, que habían empezado después de la aprobación definitiva de la Obra por la Santa Sede en 1950, a los agobios económicos y también a la situación delicadísima que vivía el mundo, en pleno furor de la Guerra Fría.
Don Teodoro, que se hacía cargo de la situación, estuvo tocando todas las puertas habidas y por haber: lo intentó con el Dr. Bonet, jefe de Control de Cambios, y con varios banqueros: Carlos Largacha, Jorge Obando, Luis Ángel Arango, Mr. Patterson…
Así, pues, sin más demora, respondió con una extensa carta, poniendo al tanto al Padre de cómo iban las gestiones en relación con el préstamo tan prometido. Las noticias no eran buenas. Le decía:
Los amigos, con quienes he hablado, ven difícil que los Ban...

Índice

  1. PORTADA
  2. PORTADA INTERIOR
  3. CRÉDITOS
  4. ÍNDICE
  5. PRÓXIMO DESTINO: COLOMBIA
  6. LA LLEGADA DE DON TEODORO
  7. PREPARANDO EL TERRENO
  8. PRIMER CENTRO
  9. REFUERZOS
  10. PRIMER ANIVERSARIO
  11. NUEVOS AIRES
  12. ÚLTIMAS PIEDRAS DE LOS COMIENZOS
  13. ARCHIVO FOTOGRÁFICO
  14. AUTORES

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