Ahora pasaremos a estudiar la comparación que hace el Padre Fundador entre capitalismo y marxismo. Ya sabemos que a él no le interesa el capitalismo en sí, en cuanto tema socioeconómico, y que tampoco analiza el marxismo en primer lugar, desde esa perspectiva. Para él lo principal son los elementos y efectos colectivizantes de uno y otro porque ese es a su juicio el gran problema del mundo de hoy. Al P. Kentenich le interesa el capitalismo y el marxismo fundamentalmente en la medida en que discierne en ellos elementos destructores del organismo de vinculaciones necesarios para que el hombre y la sociedad crezcan sanamente.
El Padre Fundador es autoridad competente para juzgar al capitalismo y al marxismo, ya que, siendo su carisma propio la misión de luchar contra el colectivismo, posee un “olfato” especialmente agudo para oler a este enemigo donde quiera que se presente. Ya lo demostró en el tiempo del nacional socialismo, él comprendió que las cosas iban mal mucho antes que otras personas. Frente al capitalismo y al marxismo, tiene también como un instinto para detectar dónde las cosas están crujiendo, dónde se ocultan amenazas para el hombre.
Ya expliqué que para el P. Kentenich, la diferencia entre ambos sistemas desde el punto de vista de sus efectos colectivizantes, es más bien de grado y que comparándolos en bloque, considera como una amenaza más grave para el futuro al marxismo, sin que ello signifique afirmar que este sea necesariamente peor en sí mismo ni negar que pueden darse algunos sistemas concretos de socialismo-marxista menos inhumanos que determinados sistemas capitalistas.
Comparemos el capitalismo y el marxismo –según el pensamiento del Padre Fundador– desde cinco puntos de vista diferentes:
- Según su contenido doctrinal (como filosofías)
- Según sus sistemas socioeconómicos y políticos
- Según su fuerza psicológica
- Según su actualidad histórica,
- Según su utilización por el demonio.
1. Comparación desde el punto de vista de la verdad doctrinal (como filosofías)
Desde esta perspectiva, compararemos ambas corrientes como “cosmovisiones”, es decir, como interpretaciones globales de la realidad.
El capitalismo si bien surgió de la filosofía liberal, no implica filosofía propia, no se presenta pues, como una interpretación doctrinal global de la realidad. Por eso, a este nivel, es difícil hacer una comparación realmente estricta entre capitalismo y marxismo.
El capitalismo, como lo hemos dicho, es tributario de la ideología liberal, que absolutiza los derechos de la libertad del hombre y que, en el fondo, es herética. Dicha ideología viene principalmente de Rousseaux, el filósofo francés que pensaba que el hombre es naturalmente sano, que nace sin pecado original y que es la sociedad la que lo corrompe.
La ideología liberal sienta como principio fundamental lo siguiente: dejemos que la libertad humana funcione sola, sin imponerle cortapisas, y entonces espontáneamente, se van a equilibrar las cosas. Pero se ha visto que dicho equilibrio no se produce naturalmente, que, si el Estado no interviene, si la legislación no interviene, lo que se produce es el desastre. El P. Kentenich siempre ha denunciado todas las corrientes ingenuas que no reconocen el pecado original. En este sentido el capitalismo es ingenuo porque le atribuye a la libertad humana una bondad que no tiene. Ese sería un primer punto que el Padre Fundador denuncia en el capitalismo.
Por otro lado, el P. Kentenich reconoce la verdad de uno de los principios en que se apoya el capitalismo y que es legitimidad del libre comercio. El Padre Fundador reconoce como legítimo el derecho del hombre a producir y vender libremente lo que él mismo ha producido. Es un derecho natural que nadie puede negar. El capitalismo quiere basarse en este derecho. Pero la legitimidad de un comercio libre hay que reconocerlo relacionándola con lo anterior: esa libertad de comercio no puede ser absoluta porque la libertad humana está viciada, es una libertad con pecado original, una libertad egoísta. Luego aquí hay que distinguir: una cosa es la afirmación verdadera sobre la legitimidad del libre comercio y otra el error de considerar esa libertad como absoluta.
El P. Kentenich dice que en la medida en que el orden capitalista es un sistema fundado en el principio del libre comercio, no habría por qué considerarlo radicalmente malo. Un sistema socioeconómico que se funda en la libertad del comercio no tendría por qué ser necesariamente malo, siempre que regulara esa libertad, que no se la considerara absoluta, que no se llegara a un orden capitalista ingenuo, que no impone límites a la libertad. Lo que él condena no es tanto la idea central sobre la cual reposa el orden capitalista, sino lo que él llama el espíritu capitalista o mamonista (Mamón era el Dios de la riqueza). Cuando el principio del libre comercio se desenfrena, cuando se absolutiza el derecho a obtener ganancia, ahí se transforma en algo falso, antihumano, colectivizante.
En cuanto al marxismo, resulta claro determinar su vicio fundamental desde el punto de vista de la verdad: que es ateo, que es materialista y que, por dejar fuera, de una plumada, todo el organismo sobrenatural de vinculaciones (justamente por su ateísmo y materialismo) ¿qué sucede? Que termina parcializando también su visión de lo natural, concentrándose en lo económico, absolutizándolo y deshumanizando así al hombre.
En este punto respecto a la verdad de las doctrinas mismas, el Padre Fundador no se detiene mucho: más que las doctrinas, a él le interesan los efectos que las doctrinas producen en el hombre.
2. Comparación de sus sistemas de organización social
Pasemos ahora al segundo punto: capitalismo y marxismo (o socialismo marxista) como sistemas de organización socioeconómico y político. ¿Qué dice el P. Kentenich respecto de esto?
a) Rechazo a los dogmatismos
En primer lugar, una afirmación fundamental, que el campo de la economía y de la política es un campo contingente donde no hay dogmas. En este punto él no acepta los dogmas ideológicos, o sea la afirmación a priori universal de que siempre va a ser mejor el sistema de propiedad privada de los bienes de producción, o la que siempre va a ser mejor un sistema de tipo socialista. En esto para él no hay dogmas.
En concreto, el Padre Fundador invitó, hace unos 20 años atrás a los profesores del Seminario Palotino en Schoenstatt a intentar una “síntesis de capitalismo y socialismo”, es decir, a tratar de dar forma a un sistema social nuevo en base a los elementos positivos y útiles de los otros dos. Es, en el fondo, lo que hoy se está haciendo por lado y lado. En las democracias de Occidente, cada vez se están integrando más los elementos de tipo socialista, sin suprimir por ello de raíz el sistema capitalista. Así, por ejemplo, Francia tiene planes quinquenales exactamente iguales a los de Rusia. Como eso, hay muchos otros elementos de socialismo que se van utilizando en Occidente. Por otro lado, en los países comunistas más progresistas, cada vez se va ahondando más el rigidismo dogmático e introduciendo aquellos elementos capitalistas que se demuestran como útiles. En Rusia se está introduciendo cada vez más un mayor incentivo al interés particular. Eso era también lo que querían hacer los checos y, en parte, también lo que se ha hecho en Yugoeslavia. En el fondo, tanto capitalistas como socialistas van reconociendo en la práctica que los dogmas no son absolutos y que los del otro lado también tienen algunos elementos buenos que hay que aprovechar.
El P. Kentenich llama abiertamente a lo mismo. Nos pide que enfoquemos el asunto sin prejuicios ideológicos ni dogmáticos, que veamos qué elementos positivos ofrece el capitalismo, qué elementos ofrece el socialismo y cuáles se demuestran más útiles en la práctica.
b) El “criterio de oro” para medir la bondad de un sistema socioeconómico
Pero el Padre Fundador no cae con esto en un puro pragmatismo, él da también el criterio para distinguir cuando un sistema socioeconómico es útil al hombre, cuando es sano. Y podemos imaginar en qué consiste este criterio, él piensa que un sistema socioeconómico va a ser sano y humano cuando presente las condiciones que permitan desarrollar en forma normal y sana el doble organismo de vinculaciones. Si el hombre y la sociedad crecen sanos, en la medida en que puede desarrollarse sanamente este doble organismo de vinculaciones, entonces un sistema socioeconómico será bueno en el grado en que así lo permita. Esta es la única condición impuesta por el P. Kentenich, su “criterio de oro”, y concretamente dice él, que en la práctica los sistemas socioeconómicos podrán ser más o menos rígidos según lo aconsejen las conveniencias y circunstancias históricas de los distintos países de acuerdo con el estado de desarrollo y problemática de los mismos. Consiguientemente la libertad individual tendrá más o menos campo de acción y el Estado tendrá una mayor o menor intervención según las necesidades de cada país. Aquí no hay dogmas. No se pueden dar reglas universales.
La tarea propia del cristianismo a este respecto consiste en enseñar a los hombres, preparándolos y especializándolos para la acción de reforma social. La Iglesia, Schoenstatt, debe educar a los laicos, ayudarlos a ser auténticamente humanos, a ser personas, para que ellos, siendo plenamente humanos y personales, sean capaces de crear un sistema socioeconómico que también sea humano y personalizante. En una ocasión el Padre Fundador expresó:
“La Iglesia no debe preocuparse directamente, o sea, en cuanto Iglesia, por una reforma, porque eso es asunto del Estado o de los ciudadanos, sino que su papel es capacitar a los hombres para que las hagan, en la medida en que ellos son ciudadanos. El cristianismo puede y debe explicar, sin embargo, que el orden económico es sano en la medida que cree las condiciones para una vida moralmente buena (o sea, cuando se desarrolla en forma sana el organismo de vinculaciones). Y si esto se alcanza en las diferentes épocas por un sistema económico más restringido o más liberal, menos o más socializado, eso no es asunto de la Iglesia”.
En la práctica, el sistema será menos o más capitalista, menos o más socialista, según sea la situación concreta del país. Aquí no hay dogmas, hay que juzgar la realidad concreta. Esto es lo primero que el P. Kentenich dice de un modo general.
c) El punto neurálgico: la situación de la familia
Pero ahora cabe la pregunta ¿cómo saber cuándo un sistema socioeconómico determinado permite que se desarrolle normalmente el organismo de vinculaciones? El Padre Fundador señala un punto neurálgico donde aplicar muy concretamente su “criterio de oro”, se puede saber cuándo un sistema socioeconómico es sano, es decir, cuando permite el desarrollo normal del doble organismo de vinculaciones, si es que no pone obstáculos al desarrollo normal y sano de la familia humana.
Para el P. Kentenich, la familia humana es el modelo de todo organismo de vinculaciones humano. La familia es la imagen creada más perfecta de la Trinidad, modelo supremo de toda comunidad. (Incluso numéricamente, para que haya familia tiene que haber –como en la Trinidad– tres personas: el padre, la madre y el hijo. Ningún hombre puede llegar a la vida sin que haya tres, pues cada ser humano supone siempre otros dos).
Para el P. Kentenich, la Santísima Trinidad es un organismo de vinculaciones, nuestro Dios es un organismo de vinculaciones personales. Esto lo afirma él de acuerdo con la teología tradicional, que define a las Tres Personas Divinas más que como personas como vínculos personales. Dios es una familia, la comunidad de la Trinidad es una comunidad familiar unida en un amor infinito. Dios quiso crear al hombre a imagen suya para que fuera también una gran familia. Por ello la familia humana es una copia, a nivel creado, de lo que es la Trinidad.
Toda la humanidad tiene como vocación propia llegar un día a participar de la vida trinitaria, a sumergirse en este organismo de vínculos personales que es Dios, para gozar de la libertad y del amor de Dios mismo. Pero para que el hombre pueda ir marchando hacia Dios y llegar a entrar un día en esta vida de la Trinidad, conviene que ya en la tierra lleve una vida lo más parecida posible a la que va a tener en la eternidad. Y en la tierra, la vida más semejante a la de la Trinidad es la de la familia.
La familia –como la Santísima Trinidad– también es un organismo de vínculos personales, de vínculos de amor. En ella hay un padre, hay hijos y está la madre, que como dice el P. Kentenich, cumple la función del Espíritu Santo. El Espíritu Santo es en la Trinidad la relación viva y personal entre Padre e Hijo, y en la familia humana lo es la madre en su calidad de corazón del hogar, de nexo vital que une al padre y a los hijos. Para el Padre Fundador, la familia humana –por ser la copia más perfecta de la Trinidad– es también el modelo de toda organización plenamente humana. Cualquiera otra organización, un club deportivo, un movimiento religioso, un partido político, va a ser menos o más humano en la medida en que sea más o menos auténticamente familiar.
El tipo de relaciones humanas ...