Sí, pero no de esa manera
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Sí, pero no de esa manera

Los fundamentos de la psicosomatología

  1. 256 páginas
  2. Spanish
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Sí, pero no de esa manera

Los fundamentos de la psicosomatología

Descripción del libro

Así como la palabra "cardíaca" designa un tipo de enfermedad, y el vocablo "cardiología", en cambio, la ciencia y la técnica que la estudia y que la trata, el término "psicosomatología" alude a la ciencia que se ocupa de la patología médica, de los organismos vivos y de sus interrelaciones, desde una concepción psicosomática que constituye, al mismo tiempo, una manera de concebir el psicoanálisis.El presente volumen alcanza, en cierto modo, las características de un libro de texto que, sin la pretensión de sererudito o exhaustivo, expone, con solvencia y claridad, los fundamentos de la psicosomatología. Escrito con el propósito de evitar la aridez en que suele incurrir el intelecto "abstracto", esa intención se anuncia en su título principal, en letra manuscrita: Sí, pero no de esa manera.La frase alude al "sí, pero no así" con el que un insigne médico alemán, Viktor von Weizsaecker, propuso sustituir la actitud de "fuera con ella", que denota la conducta de "combatir" la enfermedad desde una técnica médica que, con demasiada frecuencia, la contempla como algo que no pertenece a la vida delenfermo. Es, además, una frase que resume admirablemente, en muy pocas palabras, hacia dónde se dirige la psicosomatología.

Información

Año
2020
ISBN del libro electrónico
9789875995475
A Oxana Nikitina,
sin cuyo interés y entusiasmo no hubiera escrito este libro.
Prólogo
La palabra “psicosomática” ha sido cuestionada, innumerables veces, con el argumento de que lleva, dentro de sí, en las dos palabras que la componen, la disociación que procura evitar. No ha podido nunca, sin embargo, ser sustituida por alguna otra que funcionara mejor. No obstante, su uso se ha difundido por el mundo y, aunque no todos conciben de la misma manera lo que designan con ella, no cabe duda de que, en tanto se refiere, en general, a una cierta relación entre el cuerpo y la mente, despierta, en todos lados, muchísimo interés.
Con la palabra “psicoanálisis” ocurre, en cambio, algo diferente. Aunque el término, que alude a una cierta descomposición de lo psíquico en elementos más simples, no coincide muy bien con la actividad que denota, a nadie le ha parecido inadecuado; tal vez porque las críticas, que siempre ha despertado, se han dirigido a la teoría, y al procedimiento, que con ese vocablo se designa. Lo que ha ocurrido, mientras tanto, es muchísimo peor, porque se hacen tantas cosas distintas en su nombre, que, a pesar de que nadie duda de que Freud algo valioso ha hecho, cuando uno dice “soy psicoanalista” siente la necesidad de aclarar. La cuestión ha llegado hasta un punto en que ya no pasa por me psicoanalizo o no me psicoanalizo, sino por “cómo” y con quién.
Siempre he pensado que “la psicosomática” y “el psicoanálisis propiamente dicho” son dos maneras distintas de referirse a lo mismo, de modo que en el contenido de estas páginas se encuentra lo esencial de aquello que constituye mi manera de pensar el psicoanálisis. Además, dadas las consideraciones anteriores, y también que, por ejemplo, la palabra “cardíaca” designa un tipo de enfermedad, y el vocablo “cardiología”, en cambio, la ciencia y la técnica que la estudia y que la trata, debo decir que decidí, por fin, utilizar el término “psicosomatología” para referirme, en este libro, a la disciplina que practico.
El presente volumen intenta lograr las características de un libro de texto que, sin la pretensión de ser erudito o exhaustivo, exponga, de la manera más completa posible y hasta donde mis conocimientos alcanzan, los fundamentos de la psicosomatología. Lo escribí, sin embargo, tratando de evitar que su lectura ingresara en la aridez del intelecto “abstracto”, y sé que solamente en alguna de sus partes pude aproximarme al objetivo. Un objetivo que se anuncia en su título principal, en letra manuscrita: Sí, pero no de esa manera. La frase alude al “sí, pero no así” con el que Weizsaecker propone sustituir la actitud de “fuera con ella”, que denota la conducta de “combatir” la enfermedad desde una técnica médica que la contempla como algo que no pertenece a la vida del enfermo. Pero, además, titula al libro porque estoy convencido de que si tuviera que elegir muy pocas palabras para trasmitir lo que el psicoanálisis intenta no encontraría otras mejores.
En aras de una lectura amable, procuré no incluir notas al pie, y también utilicé una letra más pequeña para algunos párrafos que, tal vez, pudieran omitirse. Por la misma razón, no utilice, en el texto, códigos, asteriscos o números de página para las citas bibliográficas, cuya intención es lograr que lo que aquí escribo sirva de introducción para ulteriores lecturas. Preferí poner entre paréntesis los títulos completos, evitando, de ese modo, tener que saltar a las páginas finales para identificar el origen de las citas.
Sólo me resta agregar que, en este momento, mi mayor anhelo es poder trasmitirle, a quien lo lea, aunque sea una parte del placer y el entusiasmo que sentí cuando lo escribí pensando en nuestros deseos y en nuestras necesidades.
Junio de 2018
El nacimiento
de una psicosomatología
1.
La patología psicosomática
En un dibujo de Quino, el médico le dice a su paciente: “He leído su historia clínica y le diría que en general no está mal narrada. Su estómago, por ejemplo, como protagonista, logra conmover cuando cuenta los trastornos que sufre por su amor a lo prohibido, pero luego cita usted tantas veces a la gastritis que nos la hace un personaje muy aburrido. Es cierto que el relato retoma interés y un creciente suspenso atrapante cuando su tensión arterial comienza a subir…, a subir…, y pareciera que finalmente algo importante va a suceder, pero no, ahí entran en escena unas grageas de Losartán 50 mg que arruinan todo ese clima normalizando la situación. O sea: aquí falta emoción, garra, pasión, nervio… No sé, ¿Usted ha leído a Hemingway, por ejemplo?…”.
Los primeros descubrimientos del psicoanálisis
El psicoanálisis comenzó, en 1895, con el descubrimiento de que un trastorno que se manifestaba en el cuerpo, en una forma particular, que se diagnosticaba como histeria, se comprendía mejor como el resultado de un trauma psíquico que como una alteración física del sistema nervioso. Las perturbaciones histéricas desaparecían cuando las enfermas, venciendo una resistencia, recordaban el trauma y revivían sentimientos penosos olvidados. A partir de ese descubrimiento, la histeria, y con ella el término “neurosis”, perdía el carácter de una afección degenerativa del sistema nervioso, y adquiría el significado de un sufrimiento psíquico.
El descubrimiento trajo consigo cuatro esclarecimientos importantes. El primero infunde una mayor intriga a la incógnita de la relación que existe entre la mente y el cuerpo. El segundo permite concebir la existencia de una vida psíquica inconsciente. El tercero conduce a la postulación de una fuerza represora que se manifiesta en la resistencia a recordar. El cuarto pone en evidencia que la expresión del afecto reprimido (su “abreacción”) es una condición indispensable para la desaparición de los fenómenos histéricos.
En cuanto a la cuestión de lo inconsciente, cabe señalar que, a pesar de la opinión de los filósofos que sostenían que hablar de psiquismo sin consciencia constituía una contradicción en sus términos, no ha sido Freud el único que le ha prestado atención. Podemos mencionar a San Agustín, cuando escribe “lo sabes, pero ignoras que los sabes”, o a los experimentos de Bernheim con la hipnosis. Hoy los neurocientíficos hablan de “redes subyacentes”, y de su influencia en una percepción inconsciente que se comprueba, por ejemplo, en el fenómeno denominado “visión ciega”, o en algunos casos de prosopagnosia cuando, sometidos a un polígrafo, evidencian que identifican, sin saberlo, los rostros que, conscientemente, no reconocen.
No cabe duda, en cambio, de que el haber descripto la operatividad “ubicua” de la represión y, sobre todo, el retorno de lo reprimido “en el síntoma” constituye una formulación teórica, entre las primeras de Freud, a la que es muy difícil encontrarle un precedente. En lo que se refiere a la participación del afecto, suele pasar desapercibido que el psicoanálisis le adjudicó, ya desde sus comienzos, una importancia que precedió en muchos años a los descubrimientos que, desde otras disciplinas, condujeron a que se reconociera una “inteligencia emocional”. Más aún, aunque Freud nunca se dedicó a reunir en un escrito sus contribuciones al esclarecimiento de ese tema, las vicisitudes del afecto siempre ocuparon, en sus elaboraciones teóricas, ese lugar central. De acuerdo con lo que afirma André Green (en El discurso vivo), eso no ocurrió con Lacan.
Nos queda, por fin, el tema de la intriga que el estudio de la histeria nos suscita, acerca de la relación entre la mente y el cuerpo. En el historial de Isabel de R. (Freud y Breuer, Estudios sobre la histeria), encontramos tres razones para explicar la elección del órgano a través del cual habría de expresarse el conflicto. La primera de ellas, denominada “facilitación” o “complacencia” somática, consiste en que un órgano primitivamente alterado por una “causa orgánica”, un dolor reumático, por ejemplo, se presta especialmente para tal fin. La segunda, “simbolización mnemónica”, ocurre cuando el órgano (la pierna derecha de Isabel de R., por ejemplo, sobre la cual descansaban los hinchados tobillos del padre) ha entrado en una conexión asociativa (mnemónica) con el conflicto que busca una vía de expresión aceptable para la conciencia. La tercera, “conversión simbolizante”, se desarrolla en virtud de que el órgano elegido se presta para expresar, como una forma de lenguaje, el contenido del conflicto inconsciente. Así, la somática dificultad para andar de Isabel de R. representaba adecuadamente su dificultad para “andar en la vida”. En el mismo historial, y a través del caso Cecilia M., aporta Freud algunos ejemplos en donde este mecanismo de conversión simbolizante afecta órganos de la vida vegetativa, como el corazón o el aparato digestivo.
Aunque Freud utiliza, ya en sus primeras formulaciones, el término “conversión” entre comillas, vemos aquí de nuevo que (hasta 1910 por lo menos, fecha en la cual publica su trabajo acerca de las perturbaciones psicógenas de la visión) se adscribe al dualismo cartesiano (que rechazará posteriormente) cuando acepta de manera explícita que existen trastornos orgánicos que, aun en el caso de ser “organoneuróticos”, no son “psicogenéticos”.
Sin embargo, como veremos luego con mayor detalle, ya en 1905 (en Tres ensayos de teoría sexual) postula la existencia de zonas “erógenas”, concepto que enriquece en obras posteriores (“Pulsiones y destinos de pulsión” y “El problema económico del masoquismo”). Como consecuencia de tal postulación, afirma que en realidad pueden funcionar como zonas erógenas todos y cada uno de los órganos, que todo proceso algo importante aporta algún componente a la excitación general del instinto sexual y que del examen de los fines del instinto pueden ser deducidas las diversas fuentes orgánicas que les han dado origen.
Si unimos esa postulación de Freud con los conceptos acerca del lenguaje de los órganos en que él apoya su comprensión de la conversión simbolizante, encontramos en esa unión una base suficiente como para considerar que la teoría psicoanalítica abre la posibilidad de suponer la existencia de fantasías que (como ocurre, por ejemplo, con las orales o anales con respecto a la boca y el ano) son específicas de los órganos que constituyen su respectiva fuente, y que se configuran como fines también específicos.
La sexualidad infantil y la evolución de la libido
La interpretación del significado inconsciente de la histeria condujo a Freud al descubrimiento de la sexualidad infantil y a formular una teoría acerca de su origen y de su evolución. Sostiene (en Tres ensayos de teoría sexual) que todos los órganos del cuerpo funcionan como una zona “erógena” que genera un quantum de excitación “propia”, cualitativamente diferenciada, que denomina libido, cuya acumulación produce displacer y cuya descarga, por el contrario, ocasiona placer. Afirma, entonces, que esta libido, a “cuya subrogación psíquica llamamos libido yoica”, se vuelve cómodamente accesible al estudio analítico cuando, convertida en libido de objeto, ha encontrado empleo psíquico en la investidura de objetos sexuales. De modo que la producción de ese quantum, su aumento o su disminución, su distribución y su desplazamiento, nos ofrecen la posibilidad de explicar los fenómenos psicosexuales observados.
El escándalo con que fueron recibidas sus afirmaciones acerca de la sexualidad infantil ignora que el calificativo “sexual”, aplicado a cualquiera de los placeres que derivan del funcionamiento de los órganos, proviene precisamente del h...

Índice

  1. 01-Tapa
  2. 02-Portada
  3. 03-Legales
  4. 04-Indice
  5. 05-Interior

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