La carrera y la muerte
«Estaba muy triste. Y comencé a beber»
Grisha Rasputín fue un niño extremadamente reservado, aislado y dedicado por entero al mundo de sus cuitas espirituales. Carecía de amigos, porque huía de sus coetáneos, no sabiendo cómo «acercarme a los niños ... cómo comportarme, qué decir para agradarles». A los catorce años, «las Sagradas Escrituras conquistaron a Grigori». La idea de que «el reino de Dios está en nosotros» le impresionó tanto que «corrió a esconderse al bosque, temeroso de que la gente notara que le había ocurrido algo inimaginable». «Al regresar a casa desde el bosque, despojado ya de una pesada carga de dolor, no le abandonaba, sin embargo, la sensación de una luminosa tristeza». «Se había hundido completamente en sí mismo. Todo se le caía de las manos», por lo que su padre, que no veía en aquel hijo de campesinos el debido interés por el trabajo y, por ende, lo consideraba un holgazán, le propinaba «de vez en cuando golpes y coscorrones». «Y así fue que la fama de inútil y vago comenzó a perseguir a mi padre [Rasputín]».
Ya a esa edad, Grigori había ganado en prestancia física y no lucía endeble, aunque no le gustaba pelearse. Sus compañeros se burlaban tildándolo de «enclenque», hasta que un día Grigori propinó un golpe en respuesta a uno de ellos, que acababa de repetir el ofensivo mote, y de paso, se ocupó de dar una buena tunda a los acompañantes de éste, que le habían saltado encima en cuanto se inició el intercambio de golpes. Y aunque es cierto que Rasputín se arrepintió más tarde de haberse involucrado en aquella pelea, y «rezaba, buscando la paz», lo cierto es que a partir de aquel día se tornó mucho más sociable y viajaba, por encargo de su padre, a vender centeno al mercado de Tiumén con éxito notable.
Los años de transición hacia la adolescencia introdujeron toda una serie de cambios cualitativos y, en algunos casos, bruscos, en el comportamiento de Grigori, si bien las características básicas de su personalidad, tales como la incapacidad para el trabajo y la adaptación social, permanecieron inmutables. Ya hacia los dieciséis años el carácter psicopático de Rasputín se había desarrollado completamente. Fue en aquel entonces cuando Grigori, hasta aquel momento habituado a andar «escondido por los rincones», comenzó a probarse uno tras otro los trajes más rebuscados y llamativos que viste un excéntrico social: el de aldeano borrachín y camorrista, el de peregrino iluminado, el de «hombre de Dios» cercano a la familia imperial y, por último, el de todopoderoso favorito al borde de la demencia...
La transformación de Grigori Rasputín de adolescente difícil en psicópata clínico tuvo lugar poco después de su primera experiencia sexual, que según pudo verificarse ocurrió en Tiumén cuando contaba dieciséis años. De ella existe una versión bastante exótica, basada en el indudablemente fantástico relato de Duniasha Bekeshova, la antigua criada de Rasputín, y que recoge la versión inglesa de los «Recuerdos» (1977) de Matriona. De acuerdo con dicho relato, Rasputín habría sido introducido en el mundo del sexo por Irina Danilovna Kubasova, hermosa y joven esposa de un anciano general del ejército ruso. Con el objetivo de seducir a Grigori, que contaba dieciséis años, Kubasova habría pedido ayuda a seis de sus criadas (entre las cuales, por supuesto, se encontraba la propia Duniasha), quienes consiguieron conducirlo hasta el dormitorio de su señora. Allí, tras lanzarle un balde de agua helada y tirarlo al suelo, «se abalanzaron sobre él como una manada de lobas sobre un corderillo, atormentándolo y torturándolo, mientras jugaban afanosamente con su miembro erecto... Un hombre más experimentado habría conseguido encontrar algún placer en aquel al...