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Descripción del libro

Esta antología presenta una compilación de la obra de Lizardi en versiones parcialmente modernizadas para facilitar la lectura. Los textos aquí reunidos recorren varios géneros literarios como la poesía, la fábula o la dramaturgia.

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Información

Año
2016
ISBN del libro electrónico
9786071644206

FORMACIÓN NACIONAL

Independencia, españoles, indios, mujeres y gobierno

SOBRE LA EXALTACIÓN DE LA NACIÓN ESPAÑOLA Y ABATIMIENTO DEL ANTIGUO DESPOTISMO*

Desnuda la verdad en su ejercicio
honrará la virtud, burlará el vicio.
La soberanía reside esencialmente en la nación. ¡Oh, bello epígrafe! Digno de esculpirse con letras de oro en las portadas de los príncipes, en las antesalas de los señores y los tribunales de los jueces, para que, teniendo siempre a la vista los privilegios de la libertad del ciudadano, respetasen su inmunidad como sagrada.
Luego que por ambos hemisferios resonó el eco de este plausible periódico, cayó derrocado el despotismo del solio que por tantos años tenía usurpado a la nación: rompiéronse sus tiránicas prisiones y fue restituida como soberana a la antigua y justa posesión de sus derechos.
Aquel Dios bueno por esencia, que en la más oscura y tempestuosa noche previene la luz del relámpago al perdido caminante para que no se precipite, hizo que a los últimos sucesos de Sevilla del año de 1810, como el estallido del rayo, despertase esta nación soporosa, a la luz de tanto desengaño adviertese el origen de su ruina y procurase su verdadero remedio.
Una serie no interrumpida de desgracias no había podido descubrir la fuente de donde dimanaban: ya tenía el cuello bajo el yugo, ya sentía el peso de las cadenas que la oprimían, y no veía la mano que se las echaba.
Conoció, por fin, que el común de los hombres trata más bien de engrandecerse que de ser útil a sus hermanos; que estas voces patriotismo, honor, beneficencia, etcétera, son expresiones huecas en boca del egoísta y, las más veces, los más seguros aparatos para engañar a los pueblos y conseguir su exaltación sobre sus ruinas. Advirtió que así como la monarquía había padecido en brazos de los privados de los reyes, así estaba expuesta a acabar en manos de los que cada rato se constituían sus tutores: en unos por falta de vigor, en otros de talento, y en otros de probidad. Conoció que era necesario que cualquiera junta ulterior que se formase debía ser íntimamente interesada en el bien de la nación y no en su particular provecho; que para esto era menester que fuese compuesta de unos hombres verdaderamente sabios, políticos, desinteresados y ciertos amadores de la patria; que estos hombres no estaban estancados en ninguna ciudad ni lugarejo, sino que estaban sembrados (con otros sus iguales) por toda la extensión de la monarquía; que era conforme a la razón reunirlos para el efecto deseado, y que para esto debían ser las provincias las electoras y remitentes, como que eran las únicas conocedoras de sus verdaderos beneméritos. Advirtió que en un Congreso de hombres escogidos por su mérito y no por el capricho o venalidad, no podía introducirse tan fácilmente la intriga, y que no es tan frecuente seducir a trescientos como a diez o doce; porque entre muchos buenos, el bueno tiene más estímulos y el malo más recato.
De estos felices conocimientos resultó la instalación de las Cortes extraordinarias que acaban de celebrarse con general aplauso. Extraordinarias, a la verdad, por su modo, por sus circunstancias y por sus disposiciones.
Ningunas Cortes de cuantas se han celebrado han sido tan generales, tan facultadas y tan en beneficio de la nación. En todas han hablado los diputados en pro de sus respectivas provincias; pero en éstas todos generalmente han perorado en favor de toda la nación. En muchas de las anteriores han quedado los diputados muy satisfechos de haber conseguido para sus lugares un título de villa o ciudad o un jeroglífico de armas, cosas que, a la verdad, maldito el provecho que traen a la población ni al ciudadano. ¿Qué le importa a éste que su tierra se llame ciudad o aldea, ni que tenga un escudo con un perrito por aquí, un castillito por allí, ni otro cachivache por el otro lado, que ni entiende las más veces lo que significa ni lo solicita entender? ¿Qué le importa, verbigracia, al mexicano pobre que su tierra sea “la muy noble, muy leal e imperial ciudad”, ni que en sus armas pinte un águila real o un tecolote plebeyo? Nada por cierto. Lo que le interesa es tener un gobierno protector que lo defienda del malvado; un gobierno piadoso que le modere en cuanto pueda las contribuciones; un intendente activo y celoso del bien común que no permite resgatones1 que le encarezcan los víveres y lo maten de hambre; unos regidores vigilantes que cuiden de la policía como es debido, etcétera. Esto es lo que le importa, y esto es lo que han tenido presentes las Cortes al formar esa Constitución que proporciona la felicidad a cualquier honorado ciudadano; esa Constitución, que admirarán las potencias vecinas para la que acaso han ministrado con sus ejemplos los materiales; esa Constitución, que sabe conciliar la subordinación con la independencia, la sujeción con la suspirada libertad; esa Constitución, en fin, que nos acaba de transformar de esclavos en vasallos.
Éstas han sido las Cortes extraordinarias y éstos sus felices resultados.
Napoleón con sus franceses y Godoy con sus déspotas intrigantes tramaron la escandalosa revolución de España en el año de 1809; revolución ciertamente sangrienta, pero dichosa, porque ¿quién lo creerá?, por ella despertó la nación, y los mismos facciosos que trataban de subyugarnos más fueron los estímulos más eficaces que nos movieron a recobrar nuestra ya casi perdida libertad. De modo que podemos decir sin arrojo que hemos recibido la salud de nuestros mismos enemigos y de mano de los que nos han aborrecido.
Salutem ex inimicis nostris, et de manu omniun qui oderunt nos.
¿De cuándo acá sabíamos nosotros si había en el mundo libertad civil? ¿Qué cosa era propiedad, independencia ni los demás derechos del ciudadano? Para nosotros todo esto era una jerigonza; el más erudito sabía por los libros que había de este género bastante provisión en Inglaterra, en Holanda, en los Estados Unidos y en otras partes, pero que era un terrible contrabando en nuestra España.
Lo que sí entendíamos bien era lo que significaba pecho, tributo, alcabala, almojarifazgo, nuevo impuesto, estanco, consolidación, etcétera, etcétera.2
De esto y de una humillación de esclavos y no de hijos a cualquier gobierno, justo o injusto, sabíamos perfectamente.
En aquellos tiempos, ¿había alguno de pronunciar libertad de imprenta? ¡Jesús! Ésa hubiera sido una herejía merecedora de un sambenito o de unas galeras cuando menos. ¿Había alguno de decir: “Yo no voy preso porque no se me hace saber el motivo de la prisión, ni trae usted, señor alguacil, mandamiento credencial de mi juez”? ¡Pobre de él! Se lo hubieran comido. En aquellos tiempos, por último, ¿había nadie de amenazar (estando inocente y oprimido) a ningún superior con las Cortes o el rey? Ni por pienso. En esos tiempos todo se trastornaba, especialmente aquí. El rey para nosotros era un ente desconocido; los virreyes unos soberanos absolutos; los oidores, punto menos que deidades; los escribanos algo más que ministros; los alcaldes de barrio, alcaldes de Corte; sus corchetes, como alcaldes de barrio. Algunos tan engreídos y despóticos que muchas veces sucedía que por un chisme enviaba un alcalde de estos últimos a llamar un individuo con un ministril, y si éste se empeñaba en aquel sujeto había de ir con él, si lo rehusaba, diciéndole dijera su amo que “allá iba inmediatamente”, el soplón maldito, lleno de altanería, le contestaba:
“Pues si usted no va, lo llevaré amarrado.” ahí tiene usted a un hombre decente, a un hombre de bien expuesto o a perderse matando a aquel pícaro o a sufrir el bochorno de irse deshonrado al lado de semejante sacre, y era lo mejor sufrir esta vergüenza por no arriesgarlo todo.
Entonces el recusar a un togado, aun en los casos prescritos por derecho, solía ser un sacrilegio nefario que traía al recusante funestas consecuencias, especialmente si su negocio iba a dar a manos de un amigo del recusado.
Pero ¿qué nos puede admirar est...

Índice

  1. NOTA EDITORIAL
  2. ESTUDIO PRELIMINAR
  3. COSTUMBRES Y MORAL. Corrupción, modas y mujeres
  4. CLASES SOCIALES Y OFICIOS
  5. EDUCACIÓN Y LIBERTAD DE IMPRENTA. Oficio de escritor, imprentas y voceo
  6. FORMACIÓN NACIONAL. Independencia, españoles, indios, mujeres y gobierno
  7. CLERO Y RELIGIÓN. Reforma eclesiástica, catequización, tolerancia y libertad de opinión
  8. ENSAYOS CRÍTICOS
  9. CRONOLOGÍA
  10. ÍNDICE DE NOMBRES