Liberalismo oligárquico y política económica
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Liberalismo oligárquico y política económica

Positivismo y economía política del Porfiriato

  1. 397 páginas
  2. Spanish
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  4. Disponible en iOS y Android
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Liberalismo oligárquico y política económica

Positivismo y economía política del Porfiriato

Descripción del libro

Mediante una reconstrucción del Porfiriato, esta obra realiza un análisis e interpretación de la realidad social de esta época. Aborda el papel que jugaron personajes como José Yves Limantour, Sebastián Lerdo de Tejada y Justo Sierra y "los científicos" en la construcción de la ideología porfirista y la legitimación del régimen; la economía mexicana, su desarrollo y las transformaciones que sufrió desde 1877; las políticas hacendarias y la reforma monetaria de principios del siglo XX, y los factores políticos intervencionistas que llevaron a la crisis y culminación del Porfiriato.

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Información

Año
2019
ISBN del libro electrónico
9786071661067
Categoría
Historia

III. LOS CIMIENTOS DEL PORFIRIATO

Rotas las ligaduras, ampliáronse las arterias por donde antes circulaba apenas un poco de sangre descolorida y pobre, y con ello la vida ha comenzado a hacerse sentir. Al grito estridente de la locomotora, que cruza por muchas partes su territorio, la nación ha despertado de su largo sueño, se ha hecho posible la explotación de riquezas de toda especie, antes fuera del trabajo humano, éste ha fecundado verdaderos desiertos y, en suma, se han difundido por todos los ámbitos del país el movimiento, la actividad y el calor característicos de los organismos sanos. No en balde decimos, pues, los hijos de esta tierra que con los ferrocarriles hemos nacido a la vida de las naciones civilizadas.
PABLO MACEDO1
La victoria militar de Porfirio Díaz sobre las huestes de Sebastián Lerdo de Tejada y José María Iglesias dio fin a nueve años de gobiernos constitucionales, por lo que era normal que generara incertidumbre acerca del futuro del país. Sin embargo, vista a la distancia, marcó el inicio del primer periodo largo de estabilidad política y crecimiento económico de la historia del México independiente. Pero la construcción del complicado sistema de alianzas políticas y económicas que sustentaron al régimen de Porfirio Díaz no se dio de la noche a la mañana. Hubo un vacilante avance durante el primer periodo presidencial de Díaz, continuó y logró importantes avances en el gobierno de Manuel González y se consolidó durante su segundo periodo. En términos generales, este proceso dio continuidad a los esfuerzos de los gobiernos de Juárez y Lerdo para fortalecer al gobierno de federal frente a los poderes locales, y al Poder Ejecutivo ante los otros poderes de la Unión.
Contra la mayoría de los pronósticos, después de la Revolución de Tuxtepec Díaz llevó a cabo una amplia política de reconciliación entre liberales jacobinos, moderados e incluso conservadores, que fueron paulatinamente reincorporados a la administración pública o a la política activa. Paradójicamente, la política de centralización de Juárez y Lerdo había sido criticada duramente por Díaz, quien apoyó las posiciones de los sectores liberales más radicales en sus dos rebeliones.2 En 1876 Porfirio Díaz fue el abanderado de varios grupos locales agraviados por las políticas centralizadoras de Benito Juárez y Sebastián Lerdo de Tejada. Los intentos que protagonizaron para restablecer el Senado de la República fueron interpretados como el mejor ejemplo de las intenciones de ambos presidentes de limitar la soberanía de los estados. Los conflictos entre el presidente Lerdo de Tejada y José María Iglesias en su calidad de presidente de la Suprema Corte, también se llegaron a expresar en las posiciones que ambos asumieron en conflictos que involucraron a gobernadores lerdistas.3 En general, había un clima favorable entre las élites locales para apoyar una opción política y militar que reivindicara menos interferencia del gobierno federal en los problemas de los estados. Había también un sector que pedía que el gobierno federal se apegara más a los principios de la Constitución de 1857, que algunos liberales consideraban que no habían sido observados al pie de la letra por Juárez y Lerdo de Tejada.
Sin embargo, el presidente Díaz se deshizo paulatinamente de los compromisos que asumió como caudillo de la Revolución de Tuxtepec, al continuar y profundizar las políticas de conciliación y de centralización del poder político. A cambio de eso, el presidente pudo ofrecer una sucesión presidencial pacífica, una importante obra legislativa y el inicio de obras de infraestructura necesarias, como los ferrocarriles, que contribuyeron a que los capitales nacionales y extranjeros pudieran realizar inversiones altamente rentables. Pero a la par que se construía la infraestructura física necesaria para incrementar la rentabilidad de las inversiones privadas, el presidente se dedicó con particular interés a la construcción de la infraestructura política que habría de garantizar la paz, condición necesaria, aunque no suficiente, para acelerar el crecimiento económico. A la larga, los intereses políticos y económicos beneficiados por estas acciones habrían de entrelazarse, hasta el punto de llegar a constituir el principal soporte del régimen.
EL PRIMER GOBIERNO DE PORFIRIO DÍAZ
La larga permanencia en el poder de Porfirio Díaz ha sido un factor determinante para que perdamos la perspectiva de lo que significó en su momento la Revolución de Tuxtepec. Aunque el hecho mismo de rebelarse contra el gobierno establecido interrumpía el orden constitucional, es importante recordar que el Plan de Tuxtepec precisamente lo que prometió fue restablecer “el imperio de las Leyes y de la Constitución”.4 Derrotado Lerdo y en franca huida Iglesias, el 23 de diciembre de 1876 el general Juan N. Méndez expidió la convocatoria para las elecciones de presidente de la República, diputados al Congreso de la Unión y presidente de la Suprema Corte de Justicia. Aprovechando la ocasión, acompañó la convocatoria de una proclama en la que ofreció al pueblo de México que la libertad del sufragio, que había sido también una de las aspiraciones de la Revolución, sería una realidad.5 Como era de esperarse, el triunfador de las elecciones presidenciales fue el general Porfirio Díaz, que tomó posesión del cargo el 5 de mayo de 1877.
Los gabinetes del primer gobierno de Díaz revelan la gran coalición de intereses que impulsó al héroe del 2 de abril para llegar al poder, pero que no tenían como común denominador la coherencia ideológica, sino sus resentimientos contra Juárez, Lerdo, Iglesias o la trinidad de Paso del Norte en pleno. Entre los partidarios de Díaz había liberales puros que consideraban que tanto Juárez como Lerdo los habían traicionado porque ambos habían buscado el restablecimiento del Senado, habían violado la soberanía de los estados, pero sobre todo, porque habían prescindido de sus eminentes servicios en sus respectivos gobiernos. También había moderados que querían probar suerte con un nuevo gobierno, a sabiendas que no tenían ninguna posibilidad de volver a figurar en la política con el inflexible Lerdo o con el legalista Iglesias. Pero sobre todo, como principal factor de poder real, había una amplia e interesante gama de caciques que simplemente querían que no se les molestara en sus zonas de influencia.
El elenco de quienes suscribieron o se adhirieron al Plan de Tuxtepec es en sí mismo revelador de este contingente tan heterogéneo, apto para hacer no sólo una sino varias revoluciones, pero que difícilmente daba para formar un gabinete bien avenido y comprometido con un mismo proyecto de país.6 La capacidad política del general Díaz quedó demostrada al cabo de unos años, pero no porque haya sido capaz de formar un gobierno viable política y administrativamente con sus partidarios, sino por su habilidad para deshacerse de ellos y para incorporar a los vencidos a su administración.
Vale la pena revisar la accidentada historia política del primer gobierno de Porfirio Díaz para poder entender la magnitud de la obra de reconciliación política que llevó a cabo en sus administraciones subsecuentes. Sin poder contar con la colaboración de los partidarios de Lerdo o Iglesias, el general Díaz integró en febrero de 1877 su primer gabinete, todavía como presidente provisional, de la siguiente manera: Protasio Tagle en Gobernación, Ignacio L. Vallarta en Relaciones Exteriores, Justo Benítez en Hacienda, Pedro Ogazón en Guerra y Marina, Ignacio Ramírez en Justicia y Vicente Riva Palacio en Fomento. Al rendir protesta como presidente constitucional en mayo, Díaz designó al general Trinidad García de la Cadena como secretario de Gobernación, envió a Protasio Tagle a Justicia, llamó a Matías Romero para ocupar la Secretaría de Hacienda (encargando provisionalmente el despacho a Francisco Landero y Cos), y ratificó a Vallarta, Ogazón y Riva Palacio.7
En un primer momento, el jefe de la Revolución dio señales de querer cumplir sus compromisos. El 2 de abril de 1877 el secretario de Gobernación, Protasio Tagle, envió al Congreso una iniciativa de ley del general Díaz que retomaba el principal compromiso político del Plan de Tuxtepec, al prohibir la reelección consecutiva del presidente de la República, pero que al mismo tiempo buscaba avanzar en la misma línea que ya había trazado la circular de 1867, pidiendo ahora la supresión del carácter de presidente sustituto de la República que era inherente al cargo de presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación. Díaz sabía que los acontecimientos recientes le habían preparado el camino y que debía aprovechar este momento propicio para buscar la reforma. En la exposición de motivos de la iniciativa, se hizo una clara alusión a los antecedentes que apoyaban su propuesta:
La Constitución, al suprimir la vicepresidencia de la República, quiso quitar de enfrente del presidente a un rival perpetuo, a un enemigo tanto más poderoso cuanto que, escudado en el fuero constitucional y sostenido por su elevado encargo, era el centro de todas las oposiciones, el núcleo de todos los descontentos, y esto por una necesidad indeclinable de naturaleza de la misma institución. Pero al designar al presidente de la Suprema Corte como sustituto legal de la República, no sólo aceptó todos los inconvenientes gravísimos anexos a la vicepresidencia, sino que los reagravó considerablemente, supuesto que el carácter político que a aquel funcionario dio como suplente del primer magistrado del país, lo invistió también con las facultades que en el departamento judicial ejerce, reuniendo así una suma de poder y de influencia que nunca llegaron a tener los antiguos vicepresidentes.8
La reforma al artículo 79 de la Constitución para desvincular el carácter de presidente sustituto de la República del cargo de presidente de la Suprema Corte fue aprobada varios años después.9 En cambio, la reforma al artículo 78 sí prosperó en el corto plazo y quedó prohibida la reelección consecutiva del presidente de la República, por lo que la lucha por la sucesión presidencial de 1880 comenzó en una fecha muy temprana. Después de despista...

Índice

  1. Introducción
  2. I. El fundamento ideológico
  3. II. Orden para encauzar el progreso
  4. III. Los cimientos del Porfiriato
  5. IV. La política hacendaria y el proyecto político de Limantour
  6. V. La reforma monetaria
  7. VI. El intervencionismo estatal y sus críticos
  8. Conclusiones
  9. Referencias bibliográficas