
- 910 páginas
- Spanish
- ePUB (apto para móviles)
- Disponible en iOS y Android
eBook - ePub
Alfonso Reyes, "un hijo menor de la palabra"
Descripción del libro
Esta nueva antología de la obra de Alfonso Reyes ofrece al lector la posibilidad de acceder al pensamiento del autor por medio de una selección realizada por Javier Garciadiego; los textos están distribuidos en once secciones, con lo que se favorece una comprensión más integral de los variados temas que trató a lo largo de su carrera, además en la antología hay un apartado especial para extractos de las cartas y del diario del autor.
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Información
Categoría
LiteraturaCategoría
Crítica literariaTEORÍA LITERARIA
DE LA LENGUA VULGAR*
EL SEÑOR Fulgencio Planciades, mi buen maestro y padre de mis estudios, alzó la cabeza y me dijo desde el fondo de su biblioteca:
—Entra, hijo mío.
Tenía en la mesa un gran libro abierto, sobre cuyas páginas iba deslizando, conforme leía, un librillo diminuto de notas. Estaba tocado con el gorro, metido el cuerpo en una bata, los pies en el folgo. Como gustaba de hablar por aforismos, señalándome sus libros y sus notas —De hoc multi multa —añadió— omnis aliquid, nemo satis: sobre esto muchos dijeron mucho, todos algo, nadie lo bastante.
—Está usted estudiando —le dije— elogios de la lengua vulgar. Afirma usted que el lenguaje es cosa viva y mudable por consecuencia; que los letrados, en su anhelo de fijar las formas, matan el lenguaje; y que donde propiamente se engendra el lenguaje es entre la gente anónima del populacho. Que ésta posee la semilla viva del idioma, y que de ella, originariamente, nos viene a los hombres el don renovado de hablar.
—Sí —dijo él—. En la pronunciación vulgar descubro los movimientos del lenguaje vivo, y en cada dislate de los palurdos persigo lo que podrá ser nuestra lengua culta del porvenir.
—Pues qué —aventuré— ¿no son los letrados los que cortan la flor de los idiomas y la hacen vivir en sus escritos?
—No —me dijo—. Eso que leemos en los libros no es el idioma, sino el retrato o reflejo de un solo momento del idioma. Es la fría ceniza que cae de la combustión de la vida. Es como la huella de los idiomas. Mas éstos siguen adelante, y van caminando según las flexiones que les comunica el habla familiar. Y, como la gente culta tiene la superstición de las formas establecidas; como se ha enfriado en ella el don de hablar; como recibe ya hechos los idiomas, de padres a hijos, de hijos a nietos (de Amina a Mahoma, de Mahoma a Fátima), se va enseñando a repetir iguales palabras e iguales giros, y prolonga así un filón de lengua fósil en el torbellino hirviente del idioma. Sólo el populacho tiene el valor de innovar, de pronunciar mal, de ir haciendo mudarse los giros y las expresiones. Así les da vida.
—Pero el neologismo ¿no es de origen culto?
—El neologismo —me dijo— comienza por ser un cultismo, cosa artificial. Pero como nace para necesidades de la vida, está sujeto a ser mañana adaptado, más o menos, al lenguaje vulgar y sometido al cauce idiomático. Los sabios cultivan el estudio del cuerpo humano, abren los cadáveres sobre sus mesas, extraen los esqueletos. A esto llaman anatomía. El pueblo, que confunde siempre las cosas y las resume en aquel aspecto sobresaliente que más le ha impresionado, toma para sí la palabra, la usa para designar el esqueleto humano (y, sobre todo, desde el punto de vista del espanto vulgar) y, tras cierto baño idiomático, la vuelve cambiada en notomía. El don primitivo de plasmar la lengua sólo el pueblo lo posee. En él la lengua crece y fruta cual en su terreno las plantas, al paso que en los libros está como desecada. No nos turbe, pues, el neologismo que, si bien es obra de los cultos, es todavía idioma sin cocer, verdadera materia prima.
Hizo aquí una pausa y continuó:
—La doble corriente de lo culto y de lo vulgar ha mucho tiempo que mantiene pugna en los idiomas, y aun puede decirse que amanece tanto como ellos, desde que en los grupos humanos se distingue una aristocracia o clase privilegiada cualquiera. Tenemos palabras de doble formación, una culta, otra vulgar: aquéllas, ceñidas a reglas arbitrarias (curiosas si te empeñas); éstas, ceñidas a las leyes naturales de la modelación, que son las leyes del canto rodado. La primera de estas leyes es el azar, fuerza de la vida. El vulgo, hijo del azar y mejor testigo que nadie del instinto humano, sabe hablar y formar sus voces según el capricho de la vida y bajo la sugestión de su instinto étnico. Compara las palabras áncora y ancla, aurícula y oreja, y tantas otras de que hallarás copia en las gramáticas: sentirás, siquiera vagamente (porque los instintos más certeros son los más indiscernibles y sordos), lo que es el ruido castizo de nuestra habla; percibirás la eficacia sonora, la fuerza concreta del idioma, y hasta la riqueza de traslación del sonido latino al castellano —cualidades todas de las formas vulgares—, en parangón con el amaneramiento de las formas cultas, sesquipedales. Éstas, junto a aquéllas, parecen como metales yuxtapuestos a los que faltó calor para combinarse. Y por cierto que no son los cultos, en el imitar las formas originales del habla, tan buenos imitadores como aquel pintor Lucas Jordán que sabía pintar con el estilo de todos, de modo que confundía a los mismos imitados. Que cuando los cultos imitan el habla natural del vulgo, les sucede como a Teofrasto, el cual por parecer ateniense afectaba tanto el estilo ático, que cualquiera vejezuela lo descubría en la afectación. Imagina un hombre que quisiera con el cincel tallar un canto rodado, o hacer cielo artificial en tubos de vidrio por arte de física o de química. Tal es el error de los que fabrican palabras por su cuenta sin irlas a buscar en los bajos sedimentos humanos, donde aún se conserva algo del calor de la tierra. Porque ¡oh soberbio Miguel Andreópulos! ¿quién te daba a ti poder para cambiar, como quisiste, Sendebar en Sintypas?
—Maestro caro y muy amado —le dije—, yo sólo sé que el lenguaje de formas cultas es el más racional y simple.
—Eso no importa —contestó—. Más uniforme, más simple es la línea recta que no la curva, y en la naturaleza no encuentras verdaderas rectas. La sencillez no es el criterio de la naturaleza. Las mejores máquinas de la vida son las más complicadas, y es un laboratorio afanoso cada yerbecita de las que se esconden por el suelo. El idioma y la lógica son cosas diversas y aun opuestas. Dicen los técnicos que las transformaciones del sentido de las palabras se operan según figuras llamadas catacresis, sinécdoque, metáfora y otras, las cuales precisamente consisten en poner de relieve una cualidad especial del objeto a expensas de las demás; es decir: con desdén para la lógica. Y añaden que las transformaciones de los idiomas reposan sobre el razonamiento oblicuo; por manera que el lenguaje, este gran fenómeno humano, tiene por principio un paralogismo. ¡Oh, no me deis a mí tales lenguajes como el de la filosofía moderna, que consta de meras voces artificiales y casi idénticas en todos los idiomas del mundo! Este esperanto de la filosofía podrá ser muy lógico, mas no es un lenguaje. ¡Abomino yo de esta nueva algarabía! Si la vida, hijo, tuviera siempre que aguardar el permiso de la lógica, las especies animales se habrían detenido en su proceso, hasta que no descubriera la ciencia cuáles han de aparecer antes y cuáles después, si los pájaros o los hombres, pendiente todo de que se estimara en más volar que pensar (como es mi opinión) o viceversa. La vida, por eso, es afirmativa e imperiosa. La lógica no debe ser más que el esfuerzo de sumisión por parte de la mente humana, inclinado a justificar y acatar el mundo tal como es. Lo demás es mero devaneo, y es luchar los hombres contra los dioses.
“Por otra parte, hay que desconfiar de nuestro orgullo. Lo que hoy es un barbarismo pudiera ser la forma lícita de mañana. El vulgo, con sus barbarismos, previene y cultiva la futura etapa del idioma. Si a los cultos estuviera confiado dar el aliento a los idiomas, todavía estaríamos hablando en latín.
”Pero, junto al latín clásico y escrito, el vulgo romano, derramado a las conquistas, llevó por la tierra las formas del latín hablado y vulgar. Y los bárbaros, a quienes lo enseñó, dieron aún en equivocarlo. Y, a fuerza de barbarismos y de solecismos, engendraron las lenguas romances. De ellas dicen los sabios que no son hijas del latín literario —pues ninguna lengua literaria engendra otra— sino como hermanas menores de éste, y todas como hijas del latín vulgar, viejo campesino del Lacio. Y bien: yo cuido que hicieron más los bárbaros con su ignorancia fecunda, que Quintiliano y Varrón con su equívoca sabiduría. Lo que los letrados censuran hoy en el pueblo, lo que dicen hoy cuando escuchan por la calle las voces corrompidas y los giros nuevos del vulgo, ayer los orgullosos romanos lo censuraban y decían de los hijos bárbaros de Roma. Y dentro ya de la literatura española, a fines del siglo XVI, ¿qué decían a Fray Pedro Malón de Chaide los contemporáneos, porque escribía sus obras, en vez de en latín, en vulgar? Pues le decían que aquello era escribir leyendas para hilanderuelas y mujercitas. ¡Y esto se pensaba de la lengua en que, según el Licenciado Francisco Bermúdez de Pedraza (un mal aconsejado de la Musa traviesa) hablaron los Apóstoles el día de Pentecostés! Ya ves, pues, que el vulgo tiene pleno derecho para sus dislates. Elogiarlos y admitirlos es admitir y elogiar los métodos de la naturaleza.”
Por breves instantes me quedé pensativo: él tenía en la cara la sonrisa del ateniense que ha desconcertado al escita. Al fin le dije:
—Maestro, es usted un gran sabio.
Y él me contestó con el estilo de Sócrates y con las palabras de Wolf, humildemente:
—Yo no soy más que un filólogo, es decir, un amante de la lengua.
—¿Así se define la filología? —interrogué yo.
—Así, y de muchas otras maneras —me contestó—. Para Platón la filología era el gusto por las conversaciones, y oponía la filología de los atenienses a la braquiología de los esparciatas. Otra cosa entienden otros por filología. A mí me gusta definirla por el procedimiento de que se vale y, así, digo siempre que la filología es la ciencia de la seguridad despaciosa.
—¿Y la filología enseña todo eso que usted me ha dicho?
—Sí, y enseña, adem...
Índice
- Portada
- Sumario
- Prólogo
- Semblanza de Alfonso Reyes
- MEMORIA AUTOBIOGRÁFICA
- POESÍA
- FICCIONES
- CULTURA, EDUCACIÓN Y HUMANISMO
- LETRAS MEXICANAS
- NUESTRA AMÉRICA
- ESPAÑA Y SU LITERATURA
- DE ALGUNOS ESCRITORES EUROPEOS
- AFICIÓN POR GRECIA
- HISTORIA
- TEORÍA LITERARIA