Antropología del Estado
  1. 187 páginas
  2. Spanish
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Descripción del libro

Compilación original de ensayos en la que el sociólogo Philip Abrams, el antropólogo Akhil Gupta y el politólogo Mitchell Timothy criticarán, desde cada una de sus disciplinas, el uso y abuso del concepto de Estado. Los tres coincidirán en el carácter ilusorio del Estado, ya sea tratado como entidad supra social, como un poderoso conjunto de métodos de ordenar y representar la realidad social, o bien como un metaconcepto alejado de la práctica cotidiana y política que inhibe la conformación de ciudadanía, y que es muestra de la incapacidad de la ciencia política contemporánea para definirle adecuadamente sin sesgos ideológicos.

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Información

Año
2015
ISBN del libro electrónico
9786071630629
Categoría
Sociología
NOTAS SOBRE LA DIFICULTAD DE ESTUDIAR EL ESTADO1 *
“Cuando el estado mismo se halla en un peligro —dijo ayer lord Denning en su juicio—, nuestras preciadas libertades pueden pasar a un segundo plano, e incluso la justicia natural puede sufrir un retroceso.”
“El error en el argumento de lord Denning reside en que el gobierno es quien decide cuáles deben ser los intereses del estado y el que invoca la ‘seguridad nacional’ tal como el estado decide definirla”, dijo ayer la señora Pat Hewitt, directora del Consejo Nacional para las Libertades Civiles.
The Guardian, 18 de febrero de 1977
Cuando Jeremy Bentham se propuso depurar el discurso político de los engaños y fantasías generados por las muchas “estratagemas alegóricas” mediante las cuales el interés propio y el poder seccional se enmascaran como entidades morales independientes, la noción de estado* no disfrutaba de gran aceptación en la vida política o intelectual inglesa. De haberlo hecho así, seguramente lo habría incluido junto con “gobierno”, “orden” y “constitución” como uno de esos términos particularmente aptos para promover “una atmósfera de ilusión” —una falacia de confusión, en el mejor de los casos, y en el peor, una “pantalla oficial de maleficencia”—, dando concreción espuria y realidad a aquello que sólo existe en lo meramente abstracto y formal.2 Sin embargo, hacia 1919 los esfuerzos combinados de hegelianos y marxistas, así como de los políticos, habían producido un cambio: “Casi todos los conflictos políticos y las diferencias de opinión —Lenin pudo entonces observar— se remiten ahora al concepto de estado”, y más particularmente a la pregunta: ¿qué es el estado?3 Entre los sociólogos, al menos, su observación aún parece en gran medida correcta; cincuenta años de plantear esa pregunta no han producido ninguna respuesta muy satisfactoria, o siquiera ampliamente aceptada. Al mismo tiempo, esa suerte de invocación del estado como el máximo referente para la práctica política pregonada por lord Denning, y la clase de objeción a tales invocaciones expresada por la señora Hewitt, han llegado a convertirse cada vez más en lugares comunes. Como objeto de práctica política y de análisis político, hemos llegado a dar por sentado al estado, mientras sigue sin quedar aun mínimamente claro qué es el estado. De distintas maneras se nos exhorta a respetarlo o aplastarlo o estudiarlo; pero por falta de claridad sobre la naturaleza del estado, tales propósitos siguen plagados de dificultades. ¿Acaso será oportuna una nueva depuración a la manera de Bentham?
EL PROBLEMA EN GENERAL
De acuerdo con W. G. Runciman, la sociología política surge de la separación entre lo político —y más específicamente el estado— y lo social. Está construida como un intento de dar una explicación social del estado, considerándolo un agente político concreto o una estructura distinta de las agencias sociales y de las estructuras de la sociedad en la que éste opera, perjudicándolas y siendo perjudicado por ellas. Se nos ha dicho que es esta “distinción [...] la que hace posible una sociología de la política”.4
El marxismo, el único rival serio de la sociología en la búsqueda de una teoría contemporánea del estado, se apoya, al menos superficialmente, en una distinción muy similar. La mayoría de las variantes de marxismo suponen que un análisis político adecuado debe, como manifestó Marx, proceder sobre la base de “la relación real entre el estado y la sociedad civil, es decir, su separación”.5 En ese marco, el asunto crucial en el análisis político marxista acaba siendo entonces el grado de independencia real que disfruta el estado en sus relaciones con las principales formaciones de la sociedad civil: las clases sociales. Incluso cuando escritores marxistas, como Poulantzas, rechazan abiertamente este esquema, lo hacen sólo para sustituir la separación del estado y la sociedad civil por una problemática formulada como “la autonomía específica de lo político y lo económico” dentro del modo de producción capitalista. Y el problema resultante con respecto a la naturaleza y función del estado deberá resolverse mediante el análisis de la relación del estado con el campo de la lucha de clases a través de un desenmascaramiento de la autonomía del primero y el aislamiento del último. Aquí, también, la problemática considera al estado como una entidad distinta, en efecto, y la tarea consiste en determinar las formas y modos reales de dependencia o independencia que lo relacionan con lo socioeconómico.6
Sin embargo, este contexto común de análisis, existente y acordado durante más de un siglo, no ha demostrado ser muy útil. La sociología política es rica en agendas: “El principal problema empírico de la sociología política de hoy parece [...] ser la descripción, el análisis y la explicación sociológica de la peculiar estructura social llamada estado”, la “sociología política empieza con la sociedad y examina cómo ésta afecta al estado”. Pero su desempeño es notablemente pobre. El hecho de que Dowse y Hughes no encontraran casi nada que implementara dichas agendas para incluirlo en su libro de texto refleja con precisión la situación del campo.7 Las observaciones fragmentarias de Max Weber aún representan óptimamente la sociología del estado. Y la sorprendente característica de la sociología política de Weber es que, como tan claramente lo demostró Bentham, constituye, en el mejor de los casos, un análisis sumamente ad hoc y específicamente histórico de sistemas complejos de las políticas de clase, con poca o ninguna referencia al estado como algo separado de tales políticas.8 Por lo demás, la separación intelectual entre la sociedad y el estado en el campo de la sociología parece, en la práctica, haber significado la exclusión del estado de lo político; nociones específicas tales como “sistema de gobierno” [polity] sirven para colapsar la identidad del estado más que esclarecerla.9
Los escritores marxistas se han ocupado del análisis del estado más a fondo y de forma explícita pero, con la posible excepción del análisis del bonapartismo, no lo han hecho de forma mucho más concluyente. El gran debate sobre la autonomía relativa del estado, que parecía tan prometedor cuando se originó, terminó con la sensación de que, en vez de resolverse, sus problemas se habían agotado. Los principales protagonistas dirigieron su atención a otros asuntos. Hacia 1974, Ralph Miliband exhortaba a los sociólogos políticos, “desde un punto de vista marxista”, a no malgastar sus energías en nuevos estudios de nuestras especulaciones sobre el estado sino a abrazar una problemática alternativa expresada en términos de procesos y relaciones de dominación más amplios y concebidos de un modo diferente.10 Mientras tanto, Nicos Poulantzas pasó de las opacas conclusiones de su lucha por esclarecer una teoría marxista del estado —“el estado posee la función particular de constituir el factor de cohesión entre los niveles de una formación social”—, no a intentar una formulación clara, más exacta y empíricamente específica de esas ideas, sino más bien a estudiar regímenes específicos y los grandes problemas de la estructura de clases del capitalismo.11 Los únicos resultados concertados del debate parecieron ser un reconocimiento mutuo de varias características importantes de la presunta relación entre el estado y la sociedad, las cuales, de todos modos hasta ahora, no podían demostrarse adecuadamente. Por lo tanto, la credibilidad de la noción de la dominación de clase está a salvo —pero por otro lado, por supuesto, eso se concede en todas las variedades de marxismo—; sin embargo, en el contexto de estados específicos, la demostración de esa dominación sigue siendo incompleta. En este punto, el estado logra una vez más desafiar el escrutinio.
Parece necesario decir, entonces, que el estado, concebido como una entidad sustancial y autónoma respecto de la sociedad, ha demostrado ser un objeto de análisis muy difícil de alcanzar. En vez de la comprensión y el conocimiento garantizados, la aridez y un mar de confusiones parecen ser los resultados típicos de la obra, en las dos tradiciones dentro de las que el análisis del estado se ha considerado como un problema importante en el pasado reciente. Es posible que este desconcierto tenga que ver con la forma en que ambas tradiciones han conceptualizado el estado. De hecho, está claro que el problema marxista con el estado es muy distinto del problema sociológico con el estado y deben ser explorados de forma independiente. Antes de hacerlo, debemos tener en cuenta, sin embargo, cómo el sentido común refuerza constantemente el saber que se da por sentado en ambas tradiciones.
EL PROBLEMA EN PARTICULAR
Lo cotidiano de la política sugiere fuertemente que la concepción del estado que ofrecen el marxismo y la sociología política está bien fundada, cualesquiera que sean las dificultades de hacerla operativa. El sentido común nos empuja a inferir que existe una realidad oculta en la vida política y que esa realidad es el estado. De cualquier modo, la búsqueda del estado y la presunción de su existencia real y oculta son formas muy probables de “leer” la manera en que se llevan a cabo los aspectos públicos de la política. La ingenua experiencia de investigación de los sociólogos que han tratado de estudiar lo que ellos consideran el funcionamiento del estado o cualquiera de sus supuestas agencias constituye nuestra reserva de sentido común más inmediata a este respecto. Cualquiera que haya tratado de negociar un contrato de investigación con el Departamento de Salud o el Ministerio del Interior estará al tanto del celo extremo con que esos organismos protegen instintivamente la información relativa a ellos mismos. La presunción, y su aplicación efectiva, en cuanto a que el “sector público” es realmente un sector privado sobre el cual el conocimiento no debe ser hecho público es, de manera demasiado evidente, el principal obstáculo inmediato para cualquier estudio serio del estado. La aplicación de dicho supuesto adopta diversas e ingeniosas formas. Una de las más conocidas es la combinación de garantías públicas anodinas, en el sentido de que las agencias del estado agradecerían las “buenas” investigaciones sobre sí mismas, con la apologética, aunque efectiva, mutilación o veto de casi todas las propuestas concretas de investigación por razones de metodología defectuosa o inapropiada u otras consideraciones “técnicas”. Resulta una estrategia agradablemente incapacitante de control del conocimiento la de afirmar que son los defectos de procedimiento de la investigación propuesta más que su objeto lo que justifica la negativa de acceso. Tampoco puede haber muchos que hayan pasado por este tipo de experiencia que pongan en duda que “buenas”, en tales contextos, significa “que brindan apoyo”: una sociología de decisión, no una sociología de crítica. De nuevo, se trata del bloqueo o la deformación de la investigación por razones de la necesidad de proteger un interés público indefinido o, más descaradamente, los intereses de los sujetos. Los intentos para estudiar temas tan diversos como el comportamiento de los funcionarios de la Comisión de Beneficios Complementarios y las actitudes de las esposas de los soldados se han, de acuerdo con mi experiencia, estrellado contra semejantes rocas. Y si uno se acerca a los niveles más serios de funcionamiento de las instituciones políticas, judiciales y administrativas, el control o la negación del conocimiento se vuelven a la vez más simples y por supuesto más absolutos: nos encontramos con el mundo de los secretos oficiales.
Cualquier intento de examinar muy de cerca el poder políticamente institucionalizado está, en pocas palabras, expuesto a sacar a la luz el hecho de que un elemento integral de ese poder es la habilidad bastante conspicua de retener información, negar la observación y dictar los términos del conocimiento. Para la sociología del estado, sería importante simplemente recoger, documentar y tratar de dar sentido a las experiencias de los sociólogos a este respecto. Hasta que eso se haga parece razonable, en vista de tales esfuerzos elaborados de ocultación, suponer que algo realmente importante se está ocultando; que la confidencialidad oficial debe asumir la culpa de muchas de las deficiencias actuales de los análisis sociológicos y marxistas del estado.
Pero ¿puede hacerlo? Quizá sólo tenemos aquí una dificultad espuria. Muy a menudo, cuando lo oculto sale a flote, los secretos oficiales resultan ser tanto triviales como teóricamente predecibles.12 Con mayor frecuencia, cuando los documentos del estado se hacen públicos y el trabajo de investigación está terminado, sólo sirve para confirmar o agregar detalles a las interpretaciones elaboradas al calor de los acontecimientos y superficialmente por observadores de mirada aguda bien informados en materia teórica, hace treinta años.13 Antes de seguir adelante, expresemos nuestras dudas sobre la importancia de la confidencialidad oficial.
Pues, entretanto, el sentido común en todas sus formas enturbia tal escepticismo. La revista Private Eye corre peligro incluso debido a devaneos triviales con la tarea de la investigación política. The Sunday Times provoca una crisis pública por sus intentos de publicar los chismes secretos y poco reveladores de los Diarios de Richard Crossman. Y Philip Agee y Mark Hosenball son deportados porque, según les dijeron y nos han dicho, sus conocimientos podrían poner en peligro las vidas de empleados del “estado” —personas reales desconocidas e imposibles de conocer cuya existencia como “hombres de estado” está realmente en peligro por lo que es, presumiblemente, la verdad sobre sus actividades—. Simultáneamente, Joe Haines informa sobre el manejo persistente, encubierto y artero del conocimiento por parte de los funcionarios del Tesoro en su batalla para imponer una política de ingresos legales a los políticos electos que se comprometieron a luchar contra esa política.14 Por su parte, Tony Bunyan se encuentra en la extraña situación de poder demostrar la existencia de una policía política muy eficaz y represiva en este país en los años treinta, al tiempo qu...

Índice

  1. Portada
  2. Prólogo, por Marco Palacios
  3. 1. Notas sobre la dificultad de estudiar el estado, por Philip Abrams
  4. 2. Fronteras borrosas: el discurso de la corrupción, la cultura de la política y el estado imaginado, por Akhil Gupta
  5. 3. Sociedad, economía y el efecto del estado, por Timothy Mitchell