
- 102 páginas
- Spanish
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eBook - ePub
Alba y ocaso del porfiriato
Descripción del libro
Ensayo claro y detallado sobre el ascenso y la consolidación del régimen que encabezara el general Porfirio Díaz, y su progresiva decadencia que lo llevó al abrupto desenlace que desencadenara la Revolución mexicana; además de mostrar el semblante polifacético del México porfiriano, Luis González revela aquí la radiografía de sus entrañas: las contradicciones e injusticias, los logros y descalabros, la desigualdad y la omnipotencia que lo fueron minando conforme decayó en el ánimo de la nación.
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Historia mexicanaLos científicos II*
Se da el nombre de científicos a los capitanes de la sociedad mexicana en el ocaso del XIX y la aurora del XX. Algunos se inclinan por reservar tal denominación sólo para los amigos de Limantour, pues ellos se autollamaron así. Hay quien prefiere el apodo de cientísicos a sabiendas de que es hechura de la mala leche del vulgo. La cifra de cien es correcta, corresponde al número de notables que orquestó el atardecer de la época liberal mexicana. El nombre de tísico lo usaron los griegos y lo usa la gente humilde de habla española para señalar al que se extingue, al decadente, al flacucho, al tosijoso, al ya reclamado por la tierra. Y ése fue el caso de los prohombres del otoño del Porfiriato. A ellos les tocó representar la decadencia del estilo de vida romántico y liberal. Ellos fueron la tisis del antiguo régimen. Así lo reconoce el maestro Jiménez Moreno al denominar a esa generación con los pulquérrimos adjetivos de «posreformista» y «posromántica». Por otra parte, fue una generación de eminentes figuras intelectuales. Quizá por eso mismo, Germán Posada, un colombiano perteneciente a la secta de los devotos del enfoque generacional de la historia, la denomina «generación ilustrada de 1875».
El asunto del nombre es lo de menos. La cuestión de quiénes pertenecieron a ese grupo es más importante. Posada asegura que la generación de 1875 comprende a los nacidos entre 1840 y 1855. Jiménez Moreno excluye a los oriundos de los años cuarenta e incluye en ella a todos los del decenio siguiente. Con los excluidos forma una generación «epirromántica» muy difícil de deslindar, pues nunca se aglutinó ni tuvo cara propia. Lo cierto es que la mayoría de los dichos epirrománticos se consideraban científicos y fueron amigos y compañeros de viaje del jefe Limantour, el epónimo de la tanda. Los que en alguna forma llegaron a ostentar la marca científica nacieron generalmente en el marco temporal 1841-1856. Como quiera, tiene razón Jiménez Moreno al incluir en el equipo a algunos con fecha de nacimiento posterior a 1857 o 1858.
La gran mayoría brotó en un quindenio de desbarajuste nacional y en la zona de la República más desgarrada por las guerras civiles e internacionales. Ocho de cada 10 nacieron en la altiplanicie. Sin embargo, hay un mayor número de abajeños que en las dos generaciones precedentes. En Yucatán y en horas de suma turbulencia para la península, durante la crudelísima guerra de castas, nacieron cinco de la hornada científica. En las tierras bajas de Veracruz y Tabasco, y en tiempos poco tranquilos, dominados por las guerras de invasión norteamericana y de Ayutla, nacieron otros 10. Sólo hubo dos oriundos del nordeste y apenas uno del noroeste. La altiplanicie situada al norte del trópico, formada por los estados de Chihuahua, Coahuila, Durango y Zacatecas, fue cuna de 12, mientras Jalisco sólo de media docena y Guanajuato de tres. En Michoacán, y en un quindenio muy revoltoso, dieron su primer grito cinco de la élite científica; en San Luis Potosí, tres, y en Aguascalientes, dos. Las serranías del sur, o sea, los agitados territorios de Chiapas, Oaxaca y el futuro Guerrero, acunaron a seis. Los estados próximos a la capital, es decir, México, Puebla y Querétaro, fueron la patria chica de siete científicos. Los 27 restantes del ciento se consideraban naturales de la capital de la República, de la mera metrópoli. Ninguna generación anterior había tenido un porcentaje tan alto de gente oriunda de la capital. Más de la cuarta parte de los científicos nació en una ciudad donde sólo vivía el 3% de los mexicanos y en una hora muy agitada por el robo gringo de la mitad del suelo patrio, la última dictadura de don Antonio López de Santa Anna y las primeras reformas de los liberales.
A los científicos se les atribuye sangre azul y cunas de oro. Si no, ¿cómo se explican sus buenos modales? Sepa Dios, pero la verdad es que aquellos figurines de la última moda de París no fueron generalmente vástagos de la aristocracia. Los nacidos fuera de México, con excepción de Francisco Cosmes y José Negrete, hijos de diplomáticos, se dice que llegaron a su patria adoptiva con humos pero sin otros síntomas de alcurnia. Así los españoles Telésforo García, Enrique de Olavarría y Ferrari e Íñigo Noriega; los germanos Miguel Schultz y Enrique Rébsamen; el gringo Tomás Braniff y el francés Ernesto Pugibet. De los aborígenes de México únicamente 11 provenían de familia opulenta y quizá otros tantos de hogar humilde. Sesenta y pico tenían un origen modesto de clase media y una fisonomía mestiza. El nombre de siete denunciaba su extracción sajona. Quizá el doble podía alegar su pureza de sangre latina. Rosendo Pineda era tan indio como Juárez. La mayoría, por primera vez en una élite mexicana, fue producto de la junta trisecular de genes indios y españoles.
Muy pocos de los científicos eran hombres de campo. Sólo 20 nacieron en congregaciones sin aires urbanos. Más de la cuarta parte, como se acaba de decir, nació en la capital, que albergaba a 200 000 personas. En centros de 50 000 a 75 000 habitantes, en Puebla, en Guadalajara, en Guanajuato o en León, comenzaron 10; en ciudades de 25 000 a 40 000, únicamente cuatro; en ciudades de 10 000 a 25 000, 11, y en villas de 5 000 a 10 000, unos 15. Olavarría vino de Madrid, Negrete de Bruselas, Cosmes de Hannover y Braniff de Nueva York. En pueblos, rancherías o ranchos no nacieron arriba de 20, y sobre todo no pasaron su niñez en localidad rústica arriba de ocho. Con motivo de los estudios se alejó a los pocos de oriundez ranchera del medio rural.
Los cientísicos llegaron a constituir una aristocracia urbana y preponderantemente política, económica e intelectual. Quizá sólo Mariano Bárcena, Elías Amador, Rovirosa, Ramón Corral y Aguilera aprendieron a leer y escribir antes de urbanizarse. Los demás asistieron a planteles citadinos, y cosa de un tercio, a escuelas metropolitanas. De los nacidos dentro del territorio mexicano, Eulogio Gillow se educó desde la más tierna infancia en Inglaterra. Sólo 10 no tuvieron más educación formal que la primaria. La mayoría estuvo en ilustres y antiguos colegios de México, Mérida, Guadalajara, Oaxaca, Puebla o Morelia; y 15, muy influyentes, estrenaron la calentita Escuela Nacional Preparatoria, fundada por Barreda en 1868 con la intención de conducir a la juventud a un puerto seguro, «al puerto de lo comprobado, de la verdad positiva», mediante un programa de cursos que partía de las matemáticas y paraba en las lucubraciones sociales tras de hacer estaciones en astronomía, física, química y biología. Esto es, en el periodo de los 15 a los 30 años, en la sesquidécada en que, según Ortega y Gasset, se «recibe del contorno: se ve, se oye, se lee y se aprende», 15 futuros grandes de la generación recibieron una sabiduría muy diferente de la de los seminarios eclesiásticos, muy moderna y científica. En cambio muy pocos, y no los mejores, fueron instruidos en las humanidades eclesiásticas. La generación científica fue escasamente católica y menos alatinada desde la juventud; ya no conoció de milagros ni de mitologías; se educó en el repudio de toda metafísica y cultura clásica; se formó en el culto a la ciencia.
Por otra parte, los jóvenes que pronto llegarían a ser eminencias eran el polo opuesto de la juventud henchida de inconformidad individualista de la gente de la Reforma. Los jóvenes del elenco científico, educados en el positivismo filosófico, se caracterizaron por sus modales de sumisión, por su obediencia ciega a lecciones, usos, costumbres y modas. Ochenta ingresaron en una o más de las pocas escuelas de nivel universitario que ofrecía el medio. Un buen número no pudo o no quiso romper con la costumbre de ser abogado, pues la opinión lo esperaba todo de los leguleyos. Treinta (43% de los miembros de la hornada que llevaron sus estudios hasta la obtención de un título) recibieron patente de abogacía. Como no había sucedido en las dos pléyades anteriores, en la científica hubo un alto porcentaje de médicos (13, el 19%) y de ingenieros (14, el 20%). La cifra de sacerdotes se redujo a cuatro y la de maestros de carrera subió a cuatro. Dos recibieron diploma de arquitectura; dos, de pintura; y dos, de música. Algunos ganaron la consagración profesional en universidades de gran renombre. Leopoldo Batres, Antonio Rivas y Eduardo Tamariz, en París; Eulogio Gillow, Francisco Plancarte y José Mora, en Roma; e Ignacio del Villar, en Oxford. Algunos adornaron su profesión con conocimientos adquiridos en otras profesiones. Por ejemplo, el ingeniero Santiago Ramírez estudió, además, pintura; el ingeniero Mariano Bárcena, pintura y música; el arquitecto Tamariz, agricultura; el antropólogo Batres, milicia, etc. Es digna de nota la propensión enciclopédica. Hubo gusto por el profesionalismo, que no por la especialización. En ésta se vio un peligro, una forma de empobrecimiento del ser humano.
Antes de despedirse de la juventud, y todos en mayor o menor grado, aparte de las profesiones avaladas por un papel, ejercieron las de poeta, orador, profesor, periodista y político. Como de costumbre, la literatura fue la máxima devoción juvenil. Como en las generaciones previas, los primeros entusiasmos fueron poéticos, no obstante el clarísimo desdén que les manifestaban las musas y ellos a las musas. Si hemos de creer a los críticos de los poemas juveniles y románticos de la grey científica, sólo se salvan los de Manuel Acuña, quien, como es bien sabido, desde Saltillo dio el salto a México para ser preparatoriano, médico, dramaturgo, periodista, poeta, enamorado y suicida antes de cumplir dos docenas de agostos, en 1873. También se consideran memorables las Horas de pasión de Juan de Dios Peza, pero la verdad es que la grey científica no fue apta para el romanticismo y sí para ridiculizar la poesía romántica, como parece demostrarlo un poema de 1874:
¿Por qué te vas, mi bien, por qué motivo
sin razón te separas de mi lado,
dejándome de pena contristado
y sumergido en el dolor más vivo?
¿Por qué apartas de mí tu rostro esquivo
y a otra parte lo vuelves enojado?
¿Qué causa di a rigor tan impensado
y a furor tan cruel e intempestivo?
¿Por qué te vas, no sabes, ángel mío,
que con tu ausencia el alma me asesinas,
que extasiado de amor yo me extasío
contemplando tus gracias peregrinas?
¿Por qué te vas, por qué tanto desvío?
—Voy a echarles maíz a las gallinas.
Otras tres aficiones juveniles de los científicos se pueden despachar en un párrafo. Quien más quien menos, todos le tomaron gusto a la enseñanza y enseñaron generalmente en la prepa, en centros profesionales o en colegios civiles de la provincia. El médico Parra tomó tan en serio su afición a impartir filosofía, que apenas hizo otra cosa. El abogado Limantour enseñó economía en la Escuela Nacional de Comercio, y el ingeniero Bulnes sentó cátedra de todo y en todos los planteles a su alcance. La mayoría estaba integrada por jóvenes periodistas. Según costumbre del siglo XIX, no se limitaron a enviar colaboraciones a la multitud de los periódicos en circulación; agregaron más nombres al gran número de publicaciones periódicas. «Desde la Constitución de 1857, el culto a la oratoria había sido muy vivo en México» y es muy comprensible que la juventud de la República restaurada, regida por los grandes tribunos de la Reforma, quisiera ser pico de oro. Muchos de aquellos jóvenes llegaron a las cumbres de la elocuencia. A Chinto Pallares «ni siquiera le faltaba —según Alfonso Reyes—, el gran recurso de los oradores románticos: la heroica y desaliñada fealdad».
De la oratoria a la política sólo había un paso y la gran mayoría lo dio. Antes de cumplir los 30, los científicos ya andaban en los tormentosos rejuegos de la política, salvo el cuarteto de sacerdotes, un quinteto de empresarios incipientes y quizá una docena de intelectuales. Antes de ser oficialmente adulto, Díaz Covarrubias fue ministro de Justicia y Negocios Eclesiásticos. A los jóvenes cientísicos nunca se les dio pie para quejas contra la generación de la Reforma, pues ésta los presentó en sociedad y los dejó hacerse su aureola política antes de la hora de la iniciación, que para la hornada científica debió haber comenzado en 1877, a raíz de la revuelta de Tuxtepec, de la quitada de mandos a los reformistas y del ascenso al trono de Porfirio y los de su camada. Como quiera, 1877 es un año clave, es el año de la irrupción tumultuosa de nueva gente en la vida pública. Entonces los más fueron admitidos como principiantes en alguna de las élites y comenzaron a dar color, el color gris de los científicos.
Instalada la mayoría en los grandes escenarios de la capital o en media docena de ciudades mayores, los científicos, que sólo habían sufrido una baja (la del médico-poeta Acuña) y que daban la impresión de te...
Índice
- Portada
- Vida nueva
- Los científicos I
- Dictadura
- Prosperidad
- Desigualdad
- La momiza
- Procesión de los peros
- Los científicos II
- Índice