Tras los pasos de Bolívar
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Tras los pasos de Bolívar

  1. 400 páginas
  2. Spanish
  3. ePUB (apto para móviles)
  4. Disponible en iOS y Android
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Tras los pasos de Bolívar

Descripción del libro

¿Es justo decir que una tierra ha sido "liberada" cuando la pobreza aún esclaviza a millones de sus habitantes, cuando la violencia acecha en las sombras y cuando la ilegalidad corroe toda posibilidad de progreso? ¿Fracasaron los libertadores? ¿O los nuevos líderes, como Hugo Chávez en Venezuela y Evo Morales en Bolivia, están resucitando aquellos viejos ideales? Equipado con una libreta de reportero y una mente abierta, el autor se pone en marcha en busca de respuestas. Abriéndose camino a través del continente por carreteras y sendas, quita el velo que cubre el legado de los libertadores y husmea detrás de sus estatuas y su memoria. Con el fantasma de Bolívar como guía, la travesía aparta al lector de los trillados caminos del turista y lo introduce en los ámbitos más extraños y maravillosos de las culturas y las sociedades sudamericanas. Entrando en los hogares de sus habitantes y en las celdas de los prisioneros, metiéndose en las pistas de baile o en las barricadas, Oliver Balch recupera historias no contadas desde el frente mismo de la lucha contemporánea de Sudamérica por la liberación.

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Información

Editorial
Siglo XXI
Año
2015
ISBN del libro electrónico
9788432317309
II. Sufridas sirvientas
Chile y las mujeres
La casa del Tirano resonaba con el alarido y llanto de tantas infelices.
Simón Bolívar, «Manifiesto a las Naciones del Mundo», 1813.
Santiago, plaza de Armas
Debajo de la plaza de Armas, los pasajeros del metro salen expulsados de los vagones a la atestada plataforma. Con cierta aprensión, me dejo llevar por la corriente cálida de lava humana, aplastado detrás de un grupo de novicias vestidas de algodón blanco y de su institutriz de mejillas levemente vellosas. Uno a uno, escapamos hacia el cielo en la escalera mecánica y salimos a la bulliciosa plaza.
Llego a Santiago de Chile un domingo. En Sudamérica, el descanso dominical se respeta como un asunto privado de ritmo lento cuyas principales características son permanecer en cama hasta bien entrada la mañana, almorzar largamente en familia y dormirse una siesta a la sombra. La fe, el hábito, la enfermedad o la culpa pueden agregar también una ida a misa pero, en general, el ideal es la inactividad total. Las tiendas cierran y el transporte público pasa crujiendo esporádicamente. Lo sé bien porque ésos son los días en que, en mis viajes, me siento más abandonado, cuando los centros de las ciudades se transforman en pueblos fantasmas y sólo los borrachos sin hogar acompañan los paseos errantes de los turistas por las calles. Según me ha enseñado la experiencia, es el día perfecto para hacer largos viajes en autobús.
Chile respeta sus cierres de domingo tan celosamente como sus vecinos. Sólo dos motivos pueden arrancarlo de sus reposos sagrados. Ambos son ritos religiosos: un torneo de fútbol local (que abundan) y una procesión religiosa (aún más abundantes). Nada puede conmover tanto la fe sudamericana como ver a su santo preferido paseado en andas.
Da la casualidad de que hoy es la solemne ocasión de sacar a venti­lar a la Virgen del Carmen. Bautizada Madre de Chile por el héroe de la independencia, Bernardo O’Higgins, la protectora de Chile ha estado vigilando fielmente este país de largo litoral durante casi dos siglos. En su condición de patrona de las Fuerzas Armadas, también lo ha visto afrontar batallas, guerras fronterizas y, más recientemente, la dictadura de diecisiete años de Augusto Pinochet.
Al primer soplo de aire fresco, mis guías conventuales desaparecen tragadas por las masas. Desorientado, busco un punto de observación ventajoso por encima de la multitud. Descubro uno que tiene la forma de un sólido contenedor metálico de residuos y me trepo a él. La emblemática plaza de Santiago se abre ante mí. Dominando la esquina norte, se yergue con arrogancia románica hacia el encapotado cielo la catedral capitalina del siglo xviii. Un ansioso corrillo de sacerdotes de sotanas blancas se arracima en su escalinata, una isla clerical en medio de un mar de laicidad.
A mi izquierda, un Pedro de Valdivia de tamaño gigantesco vadea la marejada de la multitud montado en un musculoso caballo de bronce. Enfrente, los carritos de venta de algodón de azúcar y de cacahuetes se abren temblorosamente camino a través de las oleadas de gente. La glorieta central, habitualmente ocupada por jubilados que juegan al ajedrez, parece milagrosamente suspendida entre las olas. Altivos, en el extremo de la plaza, se alzan el edificio de los tribunales y los centros de mando del gobierno. En los mástiles instalados en sus techos ondean banderas en honor de la Virgen.
La única persona aparentemente despreocupada de tanta conmoción es la Virgen misma. Desde un trono elevado, en el centro de la plaza, contempla serenamente la batahola que la rodea. Una corona esférica de plata ciñe su cabeza. Hecha de curvas y contrapuntos, me recuerda los globos celestes de los antiguos astrónomos. De sus delicados hombros cae pesadamente un vestido bordado de oro, muy adecuado para una reina medieval. El largo pelo de un castaño rojizo forma cascadas de ondulados bucles sobre la pechera cuajada de lentejuelas. Está vestida para inspirar veneración en las masas. Diseñada por la Iglesia para la Iglesia, la Virgen refleja la visión eclesiástica de la perfección femenina: pura como la nieve, tímida como un venado, digna como un monarca… y tan asexuada como un eunuco.
En la mano derecha, la angélica guardiana de Chile sostiene las cuentas de un rosario. En la izquierda, acuna la prole del Cielo. El niño está decorado con una vestimenta similarmente ostentosa. En su inmaculada cabeza, hundida en un bosque de dorados cabellos rizados, descansa una versión más pequeña de la corona de su madre. Sus sastres sacerdotales no le han hecho ningún favor al diseñarle el traje, un cursi vestidito bautismal festoneado con ondeantes cintas y galones dorados. Tampoco le han ahorrado el maquillaje y las rozagantes mejillas de querubín aparecen tan cargadas de carmín que brillan como capullos de rosa. El efecto de conjunto es más el de un muñeco que el de una divinidad.
Aparte de la Virgen y el Niño, sólo el arzobispo tiene permitido protagonizar tan digna ocasión. El anciano eclesiástico ha optado por un modelo blanco largo hasta el tobillo; completa el conjunto una capa superpuesta escarlata y un sombrero a tono. Una banda de música arremete con el himno nacional. Cuando la canción termina, la congregación al aire libre se sume en un absoluto silencio y el octogenario arzobispo dispara una solemne plegaria. Una súplica a los cielos hace las veces de pistoletazo de salida. Al son del amén final, los peregrinos se ponen en marcha.
Enfrente, desfilan las bandas. Detrás de ellas han logrado introducirse las órdenes religiosas. Pisándoles los talones, en apretado tercer lugar, siguen las escuelas católicas (Cumbres, Maitenes, San Isidro, Santa Teresa, Mercedes, ad infinitum) y las obras de caridad dependientes de la Iglesia. Al llegar a la primera esquina, el conjunto de la procesión ya toma forma: los parroquianos de la ciudad se abren paso a codazos delante de la Cruz Roja; la policía federal se mantiene a distancia de las Fuerzas Armadas; los concejales locales empujan para marchar cerca de los peces gordos del municipio; los sacerdotes sacan ventaja sobre los sacristanes. Finalmente, cierran la retaguardia la Virgen y el arzobispo artrítico.
La procesión recorre un circuito de ocho manzanas en dos horas, lo cual me da tiempo suficiente para hablar con los rezagados en la plaza. Con mi libreta de apuntes en la mano, me arrojo hacia el gentío. Me interesa saber si la Virgen representa o no un modelo de mujer ideal. Entre las achacosas, las más viejas, las que llegaron tarde y las indolentes, hay varios miles de mujeres a quienes entrevistar. Obtengo opiniones de doce. Todas están de acuerdo. La Virgen no sólo simboliza a la mujer ideal; es la mujer ideal.
Animado por haber conseguido una respuesta en el primer intento, insto a mis entrevistadas a ser más específicas.
¿En qué sentido exactamente representa la Virgen el arquetipo de la feminidad? ¿Cuáles son las cualidades de la Virgen que más admiran?
Lucía, de algo más de cincuenta, rebusca en su bolsa de adjetivos y encuentra rasgos del carácter tales como humilde, obediente y perseverante.
—Estar al servicio de los necesitados –dice Elisa, una dama muy seria de unos cuarenta y cinco años con gafas de montura gruesa y una insignia de la Legión de María en la solapa.
Angélica, una señora de pelo rizado, destaca «el amor de María por su hijo». Junto a Angélica está su hija, sentada en una silla de ruedas. «La prudencia y la santidad», opina la piadosa Claudia, madre de cuatro hijos. Cecilia, una madre que trabaja además fuera de su casa, describe a María como «una madre que dio todo por su familia». Cierro mi libreta, ocultando la larga lista de virtudes por si la modesta Virgen echa un vistazo y se envanece.
El arzobispo ha regresado y sube tambaleante a un estrado provisorio que se ha levantado delante de la catedral. Comienza una misa al aire libre.
—¡Madre de Chile! ¡Patrona de Chile! ¡Reina de Chile! –clama una hilera de cuatro sacerdotes septuagenarios sentados a ambos lados del celebrante principal, con sus calvas cubiertas por mitras cónicas semejantes a ases de diamante achatados.
—María, llena eres de gracia –dice la muchedumbre haciendo ondear pañuelos blancos en la plaza–. Nuestra guía eterna.
Se leen las escrituras. Se murmura un himno. Se dan las gracias por los dones de tan sagrada madre.
—¡Virgen del Carmen, madre espiritual!
Una intensa iluminación anaranjada hace resplandecer las agujas de la basílica. Se quiebra la hostia. Miles de manos hacen la señal de la cruz sobre las frentes, los pechos y los hombros.
—Condúcenos, Tú, la más perfecta de las mujeres.
Al día siguiente, al releer mis notas, las respuestas de las mujeres empiezan a incomodarme. La Virgen, en toda su pureza y castidad cristalinas, no parece un modelo fácil de imitar. ¿Querían acaso las mujeres de Chile esforzarse realmente por ser madres de Dios, vírgenes sin defectos, fuentes de gracia? ¿Es realmente factible que las mujeres chilenas vivan soportando la carga psicológica y social de semejante nivel de santidad?
Cuanto más pienso en ella, tanto más improbable me parece la idea. Sin embargo, no hay nada que niegue que las señoras de la procesión alientan sinceramente tales aspiraciones. Tal vez no fuera algo tan extraño. Después de todo, aquellas eran las matronas de la «mayoría moral». Las que guardan la virginidad para sus maridos y los deseos mundanos para el Cielo.
Ya había conocido mujeres de este estilo antes. Inmediatamente después de la muerte del general Pinochet, pasé varios días indagando para un periódico británico la opinión pública de los chilenos. El ex líder militar estaba expuesto en la Escuela Militar de Santiago, a medias oculto en un ataúd debajo de la bandera nacional. Allí las encontré, con las caras cenicientas y los ojos inflamados. Muchas habían formado una cola durante toda la noche para presentarle sus últimos respetos. Vestidas de negro de la cabeza a los pies, sólo tenían palabras de elogio para el difunto: que había salvado a Chile de convertirse en «otra Cuba», que había aplastado al «comunismo» (una de las pocas palabras feas que se permitían), que había restablecido el orden después del caos. Un único pensamiento las consolaba y algunas lo habían escrito en pancartas: «Hoy estará con Dios en el Paraíso».
Tengo la esperanza de que Chile pueda revelarme algo sobre la manera en que las mujeres sudamericanas se perciben realmente y sobre cómo las perciben los demás. ¿Son ciudadanas con los mismos derechos que los hombres o son sirvientas de segunda? ¿Están en las calles quemando sus sostenes o en las casas zurciendo los calcetines del marido? Me doy cuenta de que para tener respuestas tendré que mirar más allá de la corriente dominante. De modo que decido tomar un...

Índice

  1. Portada
  2. Portadilla
  3. Legal
  4. Dedicatoria
  5. Mapa
  6. Agradecimientos
  7. Simón Bolívar
  8. Introducción. Precipitándonos en el caos
  9. I. El mendigo en trono de oro. Bolivia y la economía
  10. II. Sufridas sirvientas. Chile y las mujeres
  11. III. La marcha de los pingüinos. Argentina y la política
  12. IV. Bandoleros y bandidos. Paraguay y los derechos humanos
  13. V. La vida en la reserva espacial. Brasil y la raza
  14. VI. Santos desórdenes. Perú y la religión
  15. VII. Taparrabos y sombreros de fieltro. Ecuador y los pueblos nativos
  16. VIII. En manos de los tiranos. Colombia y la violencia
  17. IX. Operación Bolívar. Venezuela y la revolución
  18. Epílogo. ¡Hasta la victoria, siempre! Cuba