Reforma o revolución
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Reforma o revolución

  1. 160 páginas
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  4. Disponible en iOS y Android
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Reforma o revolución

Descripción del libro

Esta es la primera gran obra política de Rosa Luxemburgo, la que le proporcionaría el reconocimiento político del PSD alemán y la convertiría en una verdadera dirigente política. En ella, se cuestiona la defensa de Berstein de abandonar la revolución social, planteando que esto supondría poner en jaque toda la vida del movimiento socialdemócrata.

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Información

Año
2015
ISBN del libro electrónico
9788446042549
III. La conquista del poder político
Los destinos de la democracia se hallan ligados, como ya hemos visto, a los del movimiento obrero. ¿Pero es que, aun en el mejor de los casos, el desenvolvimiento de la democracia llega a hacer innecesaria o imposible una revolución proletaria en el sentido de la toma del poder político, en el sentido de la conquista política del poder?
Para decidir esta cuestión Bernstein llega a una ponderación fundamental de los lados buenos y malos de la reforma legal y de la revolución, y calcula con tanto detalle y parsimonia, cual si se tratara de pesar clavo o canela en cualquiera de sus cooperativas de consumo.
Para él, si la evolución discurre por un cauce legal, será la obra del intelecto, y si por el revolucionario, la del sentimiento; en la obra de la reforma aprecia un método lento del progreso histórico, y en la revolución, uno rápido; en la legislación adivina una fuerza sistemática, y en la revuelta, una elemental.
Es cosa harto sabida que todo reformista pequeñoburgués cree ver en todas las cosas del mundo un lado «bueno» y otro «malo», y que también acostumbra a catar todos los platos. Igualmente se da por archisabido que el curso real de las cosas se preocupa bien poco de las combinaciones pequeñoburguesas, mandando a paseo, de un soplo, el montoncillo de «lados buenos», cuidadosamente libados de todas aquellas cosas que en el mundo son posibles. Así vemos, efectivamente, en la historia, que la reforma legal y la revolución tienen raíces más hondas que las ventajas o perjuicios que resultan de tal o cual experimento.
En la historia de la sociedad burguesa, la reforma legal sirvió para el fortalecimiento gradual de la clase entonces en forma, que se sentía bastante madura para conquistar el poder político, destruyendo todo el sistema jurídico entonces existente para edificar uno nuevo. Tronando contra la conquista del poder político por entenderla una teoría blanquista de violencia, Bernstein tiene la desgracia de tomar por error de cálculo, propio de los partidarios de Blanqui, lo que fue, durante siglos, piedra angular y motor de la historia humana. Desde que existen las sociedades de clase, y las luchas de estas clases forman el contenido esencial de la historia social, la conquista del poder fue siempre el fin principal de todas las clases que se saben en forma, así como el punto de declinación y fin de todo periodo histórico. Y ello lo vemos en Roma, en las largas luchas de los labriegos contra la nobleza y los poseedores de dinero; en las ciudades medievales, en las luchas del patriciado con los obispos, y de los artesanos con los patricios; en la Edad Moderna, en las luchas de la burguesía con el feudalismo.
La reforma legal y la revolución no son, pues, diversos métodos del progreso histórico que a placer podemos elegir en la despensa de la historia, sino momentos distintos del desenvolvimiento de la sociedad de clases, los cuales mutuamente se condicionan o completan, pero al mismo tiempo se excluyen, como, por ejemplo, el Polo Norte y el Polo Sur, burguesía y proletariado.
La constitución legal es, en todo tiempo, un producto de la revolución, simplemente. Siendo esta la que marca el momento del parto en la historia de las clases, la legislación no es más que la floración política de la sociedad. La obra legal de reforma carece en sí de todo impulso propio e independiente de la revolución; en cualquier periodo histórico se mueve aquella solamente en sentido determinado y en tanto dura el efecto del último puntapié, del último empujón que la revolución le dio; o hablando más concretamente, obrará dentro del marco de la última forma social traída al mundo por la última revolución. Ese es el punto capital de la cuestión.
Es fundamentalmente falso y totalmente ahistórico el imaginarse la obra de reforma legal simplemente como si fuera la revolución ampliada, y la revolución como una reforma legal comprimida. Una revolución social y una reforma legal no son diversos momentos por lo que duren, sino por su esencia. Todo el secreto de las transformaciones históricas a través del ejercicio del poder político está justamente en el paso de los cambios puramente cuantitativos en una nueva calidad; o concretando, en el tránsito de un periodo de la historia, de un orden social, a otro.
Por lo tanto, quien para transformar la sociedad se decide por el camino de la reforma legal, en lugar y en oposición a la conquista del poder, no emprende, realmente, un camino más descansado, más seguro, aunque más largo, que conduce al mismo fin, sino que, al propio tiempo, elige distinta meta; es decir, quiere, en lugar de la creación de un nuevo orden social, simples cambios, no esenciales, en la sociedad ya existente. Así, tanto de las concepciones políticas del revisionismo como de sus teorías económicas, llegamos a una misma conclusión: que estas no tienden, en el fondo, a la realización del orden socialista, sino simplemente a la reforma del capitalista; que no quieren la de­saparición del sistema de salario, sino el más o el menos de explotación. En una palabra: pretenden la aminoración de los excesos capitalistas, pero no la destrucción del capitalismo mismo. ¿Pero es que acaso las frases dichas anteriormente sobre la función de las reformas sociales y de la revolución mantienen su justeza solamente en cuanto a las actuales luchas de clases? ¿Es que acaso, desde ahora y gracias al perfeccionamiento del sistema jurídico burgués, la reforma legal, el tránsito de la sociedad de una fase histórica a otra determinada, y la conquista del poder por el proletariado «se han convertido en frases sin sentido», como dice Bernstein en su libro?
El caso es justamente lo contrario. ¿Qué característica distingue a la sociedad burguesa de las anteriores sociedades de clase –de la antigua y de la medieval–? Precisamente la circunstancia de que el dominio de clase no descansa sobre «derechos bien adquiridos», sino sobre relaciones efectivas de orden económico; y de que el sistema de salario no es una relación jurídica, sino simplemente económica. No se encontrará en todo nuestro sistema jurídico una fórmula legal que corresponda a la actual dominación de clase. Si queda alguna, será, como la ley de servidumbre, resto de las relaciones feudales.
¿Cómo se puede, pues, anular «por el camino legal» y gradualmente la esclavitud del salario, si no está expresada en ninguna ley? Al acomodarse Bernstein a la obra de reforma legal, trata de poner fin, por este camino, al capitalismo; pero cae en la postura de aquel polizonte ruso, cuya historia cuenta Uspénski:
«[...] Cojo en seguida al individuo por el cuello, y ¿qué creéis que ocurrió? Pues nada; que el maldito no tenía cuello»... Una cosa así le ocurre a Bernstein.
«Toda la sociedad que hasta el presente ha existido descansó sobre el antagonismo de las clases opresora y oprimida.» (Manifiesto comunista, Publicaciones Teivos, p. 36.) Pero en las fases anteriores de la sociedad moderna, este antagonismo fue expresado en determinadas relaciones jurídicas e incluso pudo por ello, y hasta cierto grado, dar lugar, dentro del marco de las antiguas relaciones, a las modernas. «El siervo se ha convertido, sin salir de su servidumbre, en miembro de la comuna.» (Ibid., p. 38.)
¿Y cómo pudo ser así? Por la abolición gradual, dentro del recinto de la ciudad, de todo aquel cúmulo de derechos independientes entre sí: las frondas, kurmedos, parentela, mañería, capitación, luctuosa, etc., cuyo conjunto constituía la servidumbre.
De igual manera, «el habitante» de las pequeñas villas se convertía en burgués bajo el yugo del absolutismo feudal. (Ibid.) ¿Y en qué forma? Por la abolición formal y gradual o por el relajamiento efectivo de las ligaduras gremiales; por la lenta transformación de la administración, del ejército o la finanza en la proporción de una general conveniencia.
Si se quiere tratar la cuestión en forma abstracta más bien que históricamente, entonces debemos pensar, al menos, en un tránsito legal y reformista de la sociedad feudal a la burguesa. Pero ¿qué se desprende de ello? Que allí las reformas legales tampoco sirvieron para hacer innecesaria la conquista del poder político por la burguesía, sino que, por el contrario, prepararon y dieron posibilidad a esta conquista. Una revolución política y social completa era precisa, tanto para la abolición de la servidumbre, como para la destrucción del feudalismo.
Pero las cosas se presentan hoy de distinta manera. Ahora no existe ninguna ley que obligue al proletariado a someterse al yugo del capital; solo le lleva a ello la necesidad, la carencia de medios de producción. Ninguna ley en el mundo puede, dentro del marco de la sociedad burguesa, otorgarle estos medios, porque se le despojó de ellos, no por ley alguna, sino por el desenvolvimiento económico.
Además, la explotación por medio de las relaciones del salario no descansa sobre leyes, pues que la altura del salario no se determina por vía legal, sino por factores económicos. Y el hecho mismo de la explotación no se apoya sobre una disposición legal, sino sobre la realidad económica de que la fuerza de trabajo se presenta como mercancía que, entre otras cualidades, tiene la positiva de producir valor y, más aún supervalor o plusvalía, al ser pagado el obrero con medios de subsistencia. En una palabra: todas las relaciones básicas del dominio capitalista de clase no pueden ser transformadas por medio de reformas legales y sobre una base burguesa, por la sencilla razón de que estas relaciones no han sido consecuencia de leyes burguesas, ni estas leyes les han dado su fisonomía. Bernstein no sabe esto cuando plantea una «reforma» socialista. Pero, aun no sabiéndolo, lo dice al escribir en su libro que «la razón económica se presenta hoy francamente donde antes se disfrazaba con relaciones de dominio o ideologías de todas clases».
Pero aun hay más: la otra particularidad del sistema es que en ella todos los elementos de la sociedad futura toman, al de­senvolverse, primeramente una forma que no les acerca al socialismo, sino que les aleja de él. En la producción se manifiesta más y más su carácter social. ¿Pero en qué forma? En la de gran empresa, de sociedad anónima, de cártel, allí donde las contradicciones capitalistas, la explotación y el sometimiento de la fuerza de trabajo han llegado al máximo.
En cuanto al ejército, este desarrollo implica la extensión del servicio militar obligatorio, el acortamiento del tiempo de servicio; es decir, la aproximación material al ejército popular. Y esto en la forma del militarismo moderno, precisamente cuando el dominio del pueblo, a través del Estado militar, cuando el carácter de clase del Estado llega a su más clara expresión.
En las relaciones políticas, y en tanto que encuentra condiciones favorables, el desarrollo de la democracia conduce a la participación de todas las clases del pueblo en la vida política; es decir, en cierto modo, al «Estado popular». Y ello en la forma del parlamentarismo burgués, cuando los antagonismos de clase, el dominio de clase, no han sido abolidos, sino más bien multiplicados y puestos en evidencia. Porque si el desarrollo capitalista vive, por tanto, en contradicciones y, por consiguiente, hay que mondar el fruto de la sociedad, quitándole la cáscara contradictoria que le cubre, será una razón más para entender necesarias, tanto la conquista del poder político por el proletariado, como la abolición total del sistema capitalista.
Cierto que Bernstein saca otras conclusiones. Si el desarrollo de la democracia llevara a la agravación y no al debilitamiento de las contradicciones capitalistas, «entonces –nos contesta– la socialdemocracia, si no quiere dificultarse a sí misma el trabajo, tenderá a anular, con todas sus fuerzas, cualquier reforma social o el crecimiento de las instituciones democráticas». Ello, desde luego, si la socialdemocracia, hoy todavía pequeñoburguesa, encontrara placer en el tranquilo pasatiempo de elegir todos los lados buenos y descartar todos los lados malos de la historia. Entonces debiera «tender, lógicamente, a inutilizar» también al capitalismo en general, puesto que indudablemente este es el principal malvado que le pone tantos obstáculos en el camino del socialismo. Realmente, el capitalismo, al propio tiempo que pone impedimentos, da también las posibilidades de realizar el programa socialista. Otro tanto cabe decir con respecto a la democracia.
Si la democracia es, en parte, superflua para la burguesía, y en parte hasta un obstáculo, en cambio para la clase trabajadora es necesaria e indispensable. Y lo es en primer lugar porque crea formas políticas (autonomía, sufragio, etc.) que pueden servir de comienzos y puntos de apoyo al proletariado en su transformación de la sociedad burguesa. Pero, además, es indispensable, porque solo en ella, en la lucha por la democracia, en el ejercicio de sus derechos, el proletariado puede llegar al verdadero conocimiento de sus intereses de clase y de sus deberes históricos.
En una palabra: la democracia es indispensable, no porque la haga innecesaria la conquista del poder político por el proletariado, sino, al contrario, porque hace indispensable y posible la conquista del poder. Cuando Engels revisó en su prefacio a La guerra civil en Francia la táctica del movimiento obrero a...

Índice

  1. Portada
  2. Portadilla
  3. Legal
  4. Introducción de la autora
  5. PRIMERA PARTE
  6. I. El método oportunista
  7. II. Adaptación del capitalismo
  8. III. Implantación del socialismo por medio de las reformas sociales
  9. IV. Militarismo y política aduanera
  10. V. Carácter general y consecuencias prácticas del revisionismo
  11. SEGUNDA PARTE
  12. I. El desarrollo económico y el socialismo
  13. II. Sindicatos, cooperativas y democracia política
  14. III. La conquista del poder político
  15. IV. El derrumbamiento
  16. V. El oportunismo en la teoría y en la práctica
  17. MILITARISMO Y MILICIA
  18. I
  19. II
  20. III
  21. IV
  22. LA «CIENCIA ALEMANA» A RETAGUARDIA DE LOS OBREROS
  23. I
  24. II
  25. III
  26. IV