Theresienstadt,
un asentamiento
al norte de Praga
La tierra otorgada
Las preguntas de Theresienstadt (o Terezín, según la acepción checa)
La primera mujer llega vestida con un atuendo de viaje de tela escocesa y una jaula con pájaros. La segunda, con un equipo de limpieza, deambula distraídamente por las calles:
PRIMERA MUJER – Del campo vengo.
SEGUNDA MUJER – ¿Quieres contar conmigo?
PRIMERA – Estoy completamente desorientada.
SEGUNDA – Me tiene a su disposición.
PRIMERA – ¿Dónde puedo informarme mejor?
SEGUNDA – El sitio lo conozco bien, soy de las deportadas más antiguas.
PRIMERA Y SEGUNDA, juntas – Terezín, Terezín/ es el gueto más moderno del mundo entero [...]
PRIMERA – Llego algo cansada del viaje a este lugar.
SEGUNDA – Ande pues para su casa a dormir como es debido.
PRIMERA – Y también me daré un buen baño con holgura y desahogo.
SEGUNDA – Si aguanta usted hasta mayo, lo consigue a buen seguro.
PRIMERA Y SEGUNDA, juntas – Terezín, Terezín/ es el gueto más higiénico del mundo entero [...]
El autor de estas preguntas en verso es el cabaretista vienés Leo Strauss, hijo del célebre autor de operetas Oscar Strauss, que había logrado ponerse a salvo en Estados Unidos; a Leo, internado en Theresienstadt desde el 1 de octubre de 1942, no le queda, sin embargo, más vía de salvación que la ironía y, desde las tablas del cabaret del Lager que lo alberga, canta los acontecimientos de su vida cotidiana. Nunca anda falto de paradojas: por ejemplo, el cruel desengaño experimentado por las personas que llegan a la ciudadela checa colmadas de expectativas; muchas de ellas (especialmente los judíos más ancianos provenientes de los territorios del gran Reich) pensaban haber adquirido, a cambio de sus bienes, una estancia en una localidad termal donde pasar tranquilamente sus días hasta el fin de la guerra. Lejos de ello, un panorama de una crudeza feroz espera a los desafortunados huéspedes de la antigua fortificación austrohúngara, erigida alrededor de un siglo y medio antes para defender Praga, y entre cuyos muros los nazis han ubicado ahora lo que ellos llaman la «ciudad» de los judíos, haciéndola pasar ante el mundo entero como un asentamiento modélico. Así, en lugar de las «habitaciones con vistas al lago» prometidas por los vendedores inmobiliarios, los recién llegados se encuentran con dormitorios con hileras de literas de a tres que se hacinan en un lugar preparado para 7.000 personas, pero que alberga a más de 60.000 durante los periodos de máxima afluencia. Después de que, en julio de 1942, fueron evacuados de Theresienstadt los últimos habitantes arios, comenzaron a llegar «huéspedes» no sólo del apenas instituido Protectorado de Bohemia, sino también de Alemania y de todos los territorios ocupados por los nazis. Los alojamientos, que inicialmente se habían predispuesto en los barracones rebautizados con nombres de ciudades alemanas, pronto se desbordaron, y fueron ocupando las casas, las tiendas, los almacenes y cualquier local que tuviera un techo o algo parecido. Reunidos en la llamada Schleuse —literalmente, «esclusa»—, los recién llegados eran inmediatamente privados de sus ilusiones, así como del equipaje que habían venido arrastrando durante los cerca de tres kilómetros que separaban la estación de Bohušovice del gueto. Al igual que sucedía en Westerbork, tampoco Theresienstadt contaba en los primeros tiempos con una conexión ferroviaria directa, pero para aquella porción de los huéspedes a los que se había reconocido el estatus de «excelencia», o bien a los ciudadanos de «serie A» (por méritos cosechados con anterioridad), el internamiento en la ciudadela checa prometía una estancia sin riesgo de deportación, así como un alojamiento individual. Las promesas, sin embargo, se podían incumplir sin demasiados escrúpulos a la menor ocasión, y aquí, a diferencia de lo que sucedía en Westerbork, los trenes sólo partían con destino al Este: desde la ciudadela no había desviaciones ni retornos, pues Theresienstadt era la última etapa antes de los campos de exterminio. Entre el 24 de noviembre de 1941 (fecha en que un primer Kommando de técnicos judíos de Praga, bajo la dirección del ingeniero Otto Zucker, es enviado para transformar la fortaleza original en un gueto destinado a acoger a los judíos de Europa) y el 3 de mayo en 1945, cuando las SS entregan el Lager a la Cruz Roja Internacional, de la fortaleza checa partieron 63 transportes directos hacia Polonia. Para la mayor parte de las personas que permanecían en el campo, salvándose de las listas de deportación, las condiciones de existencia eran en cualquier caso muy duras y la mortalidad altísima, especialmente entre los ancianos, que en el gueto eran numerosos. Para los individuos que habían sido engañados, o simplemente «despachados» —o hasta «premiados»— con un destino menos feroz que el de Auschwitz (los deportados privilegiados por ser compradores, entre otros motivos), con toda su propaganda «inmobiliaria» de ciudad destinada a los judíos de Europa, Theresienstadt parecía ser un lugar de destino, pero luego resultaba no ser más que una escala. La depresión que se apoderaba de los reclusos cuando veían lo que realmente les esperaba era a menudo la antesala de la muerte. «Aquí, en este bello lugar —se pregunta todavía Leo Strauss— todas las preocupaciones se alejan. Sólo queda una: ¿qué hay que hacer para escapar de él?».
A diferencia de los campos de concentración, que tenían una organización carcelaria, Theresienstadt, como los demás guetos (en una lógica puramente propagandística, el término «gueto» se sustituye luego por «asentamiento»), poseía estructuras muy articuladas de gobierno técnico y civil, ideadas y administradas en su totalidad por organismos judíos, como era el caso del Consejo de Ancianos Judíos, ubicado en el barracón Magdeburgo. Esta denominación, que designaba a todo el cuerpo de gobierno, no se refería a la edad factual de sus miembros (que no eran precisamente ancianos, sino más bien todo lo contrario), sino que con ella se pretendía anular, una vez más, todo rastro de narración social madurada por los propios miembros de la comunidad, para devolver todo movimiento progresivo vivido en el tiempo por los individuos concretos al carácter arcaico y tribal que, según los nazis, debía tener una congregación de judíos, sin otra historicidad que la de la raza a la que pertenecen. Entre las tareas más ingratas que esperan al Consejo está la de confeccionar la lista para las deportaciones. Al igual que sucede en Westerbork, ese «elenco» lastra toda la vida cotidiana del gueto, pervirtiendo todas las dinámicas: las exenciones, concertadas a precios muy elevados, daban lugar a graves fenómenos de corrupción, también porque, como el número de deportados debía ser en todo caso el mismo, la salvación de un individuo suponía la condena de otro. El decano de los ancianos, designado por las SS (siendo el único interno, junto con el vicedecano, al que se permitía oficialmente comparecer ante su presencia), se presentaba todos los días en la Kommandantur, o sede del Estado Mayor nazi, que estaba en un edificio situado a una cuadra de distancia de la sede del Consejo, en la Hauptstrasse. Allí el decano recibía el orden del día, que gobernaba la vida de la comunidad. No cabía hacerse muchas ilusiones en cuanto al margen de autonomía de que disponía: «El decano tenía la posición de una marioneta, de una marioneta cómica», según afirma Benjamin Murmelstein, que fue el último en asumir este papel en Theresienstadt y el único en sobrevivir al cargo. La presencia nazi, más sensible que visible, es suficiente por sí misma para vaciar de contenido los poderes nominales de las autoridades hebreas, en las que los nazis delegan sus propias funciones: la efectividad de la autoridad alemana implica la absoluta impotencia de los órganos de gobierno judíos, su reducción al vacío inerte de un mecanismo cómico. La compleja máquina burocrática que preside la vida del campo resulta así una parodia, en la cual el mando real se sirve de una marioneta. Tampoco el escritor Hans Günther Adler (internado en 1942 y posteriormente deportado a Auschwitz en el otoño de 1944, Adler se convertirá, después de su liberación, en uno de los primeros historiadores de la vida del gueto en todos sus aspectos) da pie a hacerse muchas ilusiones en lo tocante a la conformación del gobierno del asentamiento:
El comandante de las SS, legitimado por el Führer para la construcción de su pirámide, opera de forma determinante para el Lager, pero rara vez interviene directamente. Las más de las veces se apoya en la pirámide en la cual se refleja y que debe obedecerlo, pues de otra manera el espejo se haría añicos y la pirámide con sus hombres desaparecería: los prisioneros se convertirían en sombras, y su o...