La siega del olvido
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La siega del olvido

Memoria y presencia de la represión

  1. 304 páginas
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La siega del olvido

Memoria y presencia de la represión

Descripción del libro

Durante años, España ha vivido un encendido debate sobre la memoria de la represión franquista durante la Guerra Civil y la Dictadura, que no ha servido sin embargo para aclarar lo que significa recordar un pasado traumático o por qué grandes sectores de la sociedad española niegan la pertinencia o el derecho a ese recuerdo. La Siega del Olvido es una obra que trata de hacer visibles los canales por los que personas de hoy se sienten completamente concernidas por el horror experimentado hace dos generaciones. Explicitar ese sentimiento le obligará al autor a desplegar recuerdos y experiencias autobiográficas, muchas veces íntimas. Sólo así podrá percibirse de forma fehaciente la presencia del pasado traumático en el individuo. Indagar en la memoria de la represión implica, no obstante, separarla del concepto de "memoria histórica". La innegable contribución de los historiadores al conocimiento de la represión franquista no les licita para sostener "como se ha hecho" que España les deba a ellos la pervivencia de ese recuerdo. Así lo evidencian los testimonios legados por Ángel Piedras, un jornalero tío abuelo del autor, que fue una de las cientos de víctimas de la represión vivida en un pueblo de Castilla, Nava del Rey, al comienzo de la contienda. A su salida de la cárcel, en 1944, Ángel Piedras decidió crear una lista que reflejara los nombres de todas las víctimas de aquella monstruosidad. Con el tiempo, acompañará a la lista con cuadernos de memorias que describían una vida llena de horrores que desembocaría en la tragedia de 1936. De sus obras, no importarán tanto los datos que aporte "pese a su relevancia" como la posición radicalmente ética de un particular que se opone de forma abierta y sin esperanza al olvido que le rodea.

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Información

Editorial
Siglo XXI
Año
2012
ISBN de la versión impresa
9788432314940
ISBN del libro electrónico
9788432316302
Edición
1
Categoría
Historia
Categoría
Historiografía
PARTE III
LA MEMORIA COMO VOCACIÓN.
LOS ESCRITOS DE ÁNGEL PIEDRAS
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El corazón de esta obra es otra obra. Las listas y los cuadernos de Ángel Piedras son casi todo lo que le queda de memoria escrita de su dolor a la comunidad de la que formó parte. Es difícil saber si Ángel imaginó alguna vez que sus materiales pudieran publicarse algún día. Este hecho, en todo caso, es una pequeña victoria post-mortem.
Las listas de víctimas hablan el lenguaje primigenio de la denuncia del genocidio y de la represión. Son un documento de una factura inaudita, con los medios del momento y en un entorno hostil.
Es cierto que los tristes acontecimientos de los cuadernos pueden asemejarse a muchas otras experiencias, casi siempre mejor expresadas… Lo nuevo aquí es el convencimiento, la tenacidad y la obstinación del individuo que no espera nada por plasmar su dolor en palabras.
Cuando la palabra se halla en el límite y apenas logra emerger, se parece extraordinariamente al grito.
XIII. cuaderno de los recuerdos
Cuaderno de los recuerdos[1]
Recuerdo muchas cosas desde que tenía 8 años. Recuerdo una peste que hubo en 1918. Fue por vendimia. Hubo días de morir 18 o 20. En casa, éramos 6 hermanos y 2 hermanas. Recuerdo un vecino que tenía un niño de 7 meses. El padre, con la fiebre, una noche se levantó desnudo y se tiró a un pozo que había en la calle, que se llamaba Pozo Airón. Como tardaba en volver, la mujer llamó a nuestra casa diciendo que su marido, que se llamaba Cirilo, [no había vuelto]. Salió mi padre en su busca y se había tirado al pozo. Mis dos hermanos mayores se dedicaban a llevar a los muertos con una mula y un carro. Les llamaban «los barruntas».
Pues mi madre, como esos vecinos estaban los tres en la cama, se pasaba a darles algo de comer. El médico, que se llamaba Don Irineo, le decía a mi madre que no pasara, que éramos 10 y no íbamos a quedar ninguno; pero mi madre no dejaba de entrar y, al fin, nos salvamos todos, los 10.
Pues ese mismo año hubo una tormenta muy mala, que arrasó el campo. No fue sólo en la Nava, pues [también hubo] en los pueblos del alrededor. Fue el día de San Pedro, a las tres de la tarde.
Recuerdo que, por esos años, helaba mucho y estaba la casa de los pobres y, pegando [a ella], el «pozo la nieve», que por aquellos años se llenaba de hielo porque no había los adelantos que ahora.
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También recuerdo que se tiraron al Pozo Airón otros dos señores: uno se llamaba Anselmo; otro, «Tavera». Anselmo tenía una hija que se llamaba Generosa. Un día, por la fiesta de los novillos, salieron unas jóvenes a comer uvas y [se encontraron] con un toro que andaba escapado. Se llevaron muy mal rato y a Generosa, que estaba con el periodo, la tuvieron que cortar las dos piernas. Recuerdo que el día de la Virgen de la Concepción, como vivía en la calle por donde pasaba el coche con la Virgen, la sacaban a la ventana cuando pasaba el coche y ella se ponía a cantar, pues cantaba muy bien y todo el que por allí pasaba se paraba a escucharla.
Recuerdo una familia que eran 4 hermanos y una hermana, a los que les acompañó la mala suerte. A uno de ellos, le mató una mula de una coz; otro se cayó en una balsa y se ahogó. El padre era pastor; un día amaneció ahorcado. De los dos que quedaban, al mayor le fusilaron y al que quedaba le condenaron a muerte. La hermana se casó y, a los dos años de casada, murió. Así que quedó la madre sola.
También recuerdo otra familia que vivía en la Huerta de la Pita. La mujer salía por la calle a vender hortaliza. Un día llegó de vender; se acercó a [su marido y] él la pegó con la azada en la cabeza y la mató. Cogió al niño, le dejó en la primera casa de la calle y se fue a dar cuenta a la Guardia Civil. Eso ocurrió cuando yo tenía 11 años.
También recuerdo que mi padre era muy beato. Todos los domingos nos hacía ir a misa y todos los días, cuando llegábamos del campo, nos hacía rezar el rosario. [Si no estábamos en casa a esa hora para rezar,] a la cama sin cenar. ¡Nos esperaba buena cena! [Nos] íbamos a la cama bien calientes.
Los domingos, después de ir a misa y comer las sopas de ajo, aparejábamos los burros [y nos íbamos] a trabajar. Pues cuidado si [mi padre] se marchaba sin tabaco al campo, porque no había para ello…...

Índice

  1. Portada
  2. Portadilla
  3. Legal
  4. Dedicatoria
  5. Preludio
  6. Parte I. Recuerdos y azares
  7. Parte II. La memoria de un solo hombre
  8. Parte III. La memoria como vocación
  9. Parte IV. El olvido y los espectros
  10. Epílogos
  11. Apéndices
  12. Postludio
  13. Otros títulos

Preguntas frecuentes

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