Iglesia S.A.
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Iglesia S.A.

Dinero y poder de la multinacional vaticana en España

  1. 360 páginas
  2. Spanish
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  4. Disponible en iOS y Android
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Iglesia S.A.

Dinero y poder de la multinacional vaticana en España

Descripción del libro

La Iglesia católica española, delegación local de un Estado teocrático extranjero, el Vaticano, sobrevive gracias a que el erario público dedica una ingente cantidad de recursos al pago de su estructura, sus nóminas, su red educativa y el mantenimiento de sus templos. En su dimensión política, la Iglesia española se dedica a frenar cualquier empeño social o moralmente emancipador. En su dimensión económica es al mismo tiempo una empresa en rescate público permanente y una potente sociedad que opera a resguardo del radar del fisco siguiendo el manual del neoliberalismo. El impacto social de su actividad económica, sobre todo en la enseñanza y la asistencia social, es gigantesco, ya que se asienta sobre la anulación de los principios de universalidad, solidaridad, equidad y redistribución, sustituidos por una mezcolanza de liberalismo educativo de fachada meritocrática y caridad inmovilista.La Iglesia, aferrada a unos privilegios entregados por el franquismo como botín de guerra, se beneficia del régimen fiscal de una ONG para desplegar una actividad mercantil tan discreta como profesionalizada en campos que creeríamos reservados a empresas consagradas al beneficio puro y duro. Asesorada por la gran banca, incrustada en la elite económica, la institución católica no ha desdeñado ni la especulación ni las técnicas de elusión fiscal a su alcance. Más parecida al Opus que a Cáritas, más a los kikos que a los franciscanos, más a Wojtila que a Bergoglio, más a la banca vaticana que al monte de piedad, la Iglesia española es hoy una institución apartada de sus fines vocacionales.Del descarnado retrato que Iglesia SA ofrece de la organización que ha ejercido de histórica rectora de la moral española se deriva una pregunta que reclama respuesta urgente: ¿cuántos principios y valores pueden sacrificarse antes de que una institución pierda su razón de ser?

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Información

Año
2019
ISBN del libro electrónico
9788446047377
V
EL PODER
5.1. El símbolo del dinero
De cómo el poder civil permite a la Iglesia apropiaciones simbólicas, que conducen a privilegios sociales, que a su vez llevan a recursos públicos. Del tañido de las campanas, preludio del tintineo de las monedas. De la financiación de las cofradías sevillanas mediante la privatización del espacio público.
Municipal-cofradierismo
«Soy un novio de la muerte» (canto legionario)
Juan José Asenjo (Sigüenza, Guadalajara, 1945), sacerdote desde el 71, de sólida formación teológica y especializado en gestión del patrimonio (como demostró registrando la mezquita de Córdoba y la Giralda), ascendió en 1997 a obispo de Toledo y al poco se convirtió en secretario general de la CEE. Allí ganó fama de hombre firme, establishment puro, digno de confianza para encargos delicados. Era el perfil óptimo para el rearme de diócesis dispersas, por lo que en 2003 desembarcó como prelado en Córdoba con la misión de pacificar un patio revuelto por las batallas en torno al dinero de Cajasur.
Fue ahí, en Córdoba, donde me llegó una sabrosa confidencia. A Asenjo le irritaban las florituras de la religiosidad popular andaluza, sublimadas durante la Semana Santa. Demasiado folclorismo, mucha lisonja para nuestro férreo doctrinario castellano. Sobre todo en Sevilla, donde las masas se hacen de la Macarena o de la Esperanza de Triana casi a la manera en que se hacen del Sevilla o el Betis. Mucha pasión y poca tensión moral para la austeridad de Asenjo. Por eso me divirtió que fuera nombrado arzobispo de Sevilla. Era 2009. Le tocaba suplir a Amigo Vallejo, prestigioso estandarte de la corriente más aperturista de la Iglesia en España. Me hice una pregunta: ¿se empeñaría Asenjo en meter en cintura la Semana Santa para quintaesenciar su dimensión religiosa?
La Semana Santa en Sevilla es lo que el etnólogo francés Marcel Mauss llama «hecho social total», una de esas raras manifestaciones en las que la estructura social expresa todas sus dimensiones: religiosa, jurídica, moral, política, familiar, económica, artística, turística y hasta militar... Eso explica su enorme popularidad, que excede el ámbito religioso. Rojazos ateos se estremecen al paso de una virgen, removidos por una nostalgia de infancia, por un sentimiento de pertenencia a un barrio, acaso por una belleza familiar. No por la fe. Creer que todo el que sigue una procesión tiene fe cristiana es como pensar que toda la audiencia de La Sexta Noche tiene criterio político.
A partir de aquí es más fácil explicar la torpeza de los que atacan la Semana Santa como si fuera una celebración unidimensional, porque acaban dando la razón a los integristas que pretenden patrimonializarla. Cabe recordar cómo Begoña Rodríguez, la que fuera líder de Podemos en Sevilla, conoció el significado de la «transversalidad» cuando lanzó la siguiente idea en 2015: «Si gobernamos y se plantea quitar la Semana Santa, los ciudadanos decidirán»[1]. Aún está Podemos, que la corrigió de inmediato, intentando quitarse en Sevilla el sambenito de partido que quiere quitar la Semana Santa. Lo que solivianta al conservadurismo sevillano no es la discusión Semana Santa sí-no, disyuntiva decidida de antemano, sino la demostración de su carácter plural. Un ejemplo. En 1978, en un acto del PCE en Sevilla, Rafael Alberti se arrancó con unos versos: «La Virgen del Baratillo / sobre cuarenta costales / sueña en la hoz y el martillo / para aliviar tantos males. / Déjame esta madrugada / lavar tu llanto en mi pena, / Virgen de la Macarena, / llamándote camarada»[2]. Entonces sí que se lio. Aquello sí fue una polémica en condiciones, con todos los guardianes de las esencias echando espumarajos.
En Semana Santa el que busca arte lo encuentra; el antropólogo tiene material de sobra. El que busca bullicio está de enhorabuena. Y, por supuesto, el comerciante. No es casual que entre los hermanos mayores de las cofradías hayan abundado abogados, médicos, notarios y demás profesionales ávidos de clientes. La Semana Santa genera un espacio de comunidad, con unos 200.000 hermanos en todas las cofradías, que ya quisieran para sí partidos y sindicatos. Un espacio perfecto para la difusión de mensajes de todo tipo, desde los comerciales hasta los político-ideológicos, pasando por los religiosos. Eso es lo que Asenjo ha aprendido a calibrar en Sevilla, lo que le ha desaconsejado tocar nada. La Semana Santa es su mejor herramienta de networking. Es donde los fieles se conocen y se enamoran antes de casarse por la Iglesia, donde los amigos construyen su relación alrededor de vírgenes y cristos, donde se articula la comunidad de afinidades que cristaliza en la decisión de llevar al niño a la concertada. La propia Conferencia Episcopal subraya la importancia de la Semana Santa en sus campañas para captar cruces en la casilla de la renta. Es una extraordinaria campaña de publicidad para la Iglesia que no lograría si la Semana Santa fuera un hecho exclusivamente religioso.
La idea de que la Iglesia es una multinacional de la fe dirigida por una jerarquía de adoradores del becerro de oro es una simplificación inexacta. La Iglesia, ya lo hemos dicho, necesita el dinero, pero su finalidad es su propia subsistencia. Para ello, para perpetuarse, debe mantenerse firme en un circuito por el que el dinero fluye engrasado por la imprescindible influencia social y política. En una España cuyos indicadores de secularización crecen año a año, la Santa Madre sobrevive gracias a la respiración asistida que le provee un Estado magnánimo. Y para mantener el favor de ese mecenas necesita aferrarse a sus anclajes: la escuela, la simbología en el espacio público, la fiesta popular. Ahí es donde la Semana Santa despliega su importancia capital para la Iglesia católica. Y aquí es también donde su empeño podría ser cortocircuitado por un Estado genuinamente aconfesional. Un poder civil emancipado de todos los credos no necesitaría discutir la Semana Santa. Un poder civil realmente aconfesional podría limitarse a adoptar una posición de neutralidad ante su celebración.
Pero no lo hace. Y eso es lo que da el triunfo a monseñor Asenjo sin que tenga que mover un dedo: que el poder civil, en su búsqueda de rédito político, acude a la Semana Santa a aquilatar la posición de la Iglesia, despreciando la dimensión de «hecho social total» de la fiesta. Como suele decir el antropólogo Isidoro Moreno, «hemos pasado del nacionalcatolicismo al municipal-cofradierismo». En Semana Santa se sublima la confusión entre la esfera pública y la religiosa. Alcaldes y concejales de toda laya se fotografían en calidad de tales, con la consabida actitud de contrición, junto al cristo de turno. No sólo en Sevilla, sino en todos los rincones de España. Presidentes autonómicos emulan a los antiguos gobernadores civiles con la adhesión a las más variopintas liturgias. Hasta cuatro ministros asisten al canto legionario en la procesión del Cristo de la Buena Muerte en Málaga. Colegios públicos –esto es muy típico en Sevilla– celebran procesiones a la parroquia del barrio en los días previos al Viernes de Dolores. El Ministerio de Defensa ordena izar sus banderas a media asta como símbolo de duelo. Los medios públicos narran la celebración en clave esencialmente religiosa.
Monseñor Asenjo no tiene de qué preocuparse. Es verdad que no ha cambiado la Semana Santa de Sevilla, ni la ha metido en cintura. La Semana Santa, como fenómeno caleidoscópico e inabarcable, sigue desplegando efectos fuera del control del arzobispo. Lo que sí hacen Asenjo y los sectores más integristas del liderazgo cofradiero es trabajar por apropiarse del capital simbólico que la Semana Santa proyecta. Por sacar ventaja social y política de la misma. Porque la Semana Santa es también un espacio de conflicto soterrado. Un conflicto en el que el Estado toma parte a favor de la Iglesia. Los estragos que la secularización podría suponer para la dimensión religiosa de la Semana Santa los bloquea el poder político, que sigue dotándola del carácter de manifestación oficial de fe que la Iglesia por sí sola ya no sería capaz de garantizar. Si el poder político se apartara, si guardara la distancia debida, la Semana Santa no sería para la Iglesia la fabulosa herramienta de penetración social y propaganda religiosa que es ahora.
La Semana Santa es un ejemplo paradigmático de cómo la Iglesia construye imaginarios propicios para sacar rédito en forma de penetración social y financiación pública. Y no sólo en Sevilla. En un sinfín de municipios la Semana Santa es el astro alrededor del que orbita un entramado asociativo católico puesto al servicio de la diócesis de turno y beneficiado con múltiples privilegios públicos, desde la desgravación de las aportaciones de los hermanos hasta la exención fiscal de sus locales.
Quizá la Semana Santa no sea la manifestación introspectiva de fe que desearía Asenjo en su alma de católico austero, pero sí es la mejor exhibición de poder de su Iglesia. Ahí no tiene que aleccionar a su rebaño. Ya le hace el trabajo un Estado que aún no ha asumido el ocaso del nacionalcatolicismo.
¿Qué más da que se queden con el centro de la ciudad?
«La calle es mía» (atribuida a Manuel Fraga)
Una vez el Estado ha aquilatado la Semana Santa como festividad religiosa oficial, la crítica legítima queda estigmatizada como una muestra de aversión a los católicos, protegidos por una autoridad civil parcial. La institución religiosa siempre construye así sus éxitos. Primero, el triunfo social y político le garantiza la apropiación simbólica. A partir de esa posición de dominio señala a los disidentes, que no están atacando ya a una institución privada que defiende unos postulados religiosos en decadencia social, sino a la garante de las tradiciones oficiales españolas. Como tal, reclama sus privilegios. De ese modo, si el comodín de Cáritas es el arma para defender sus privilegios económicos, el comodín de la tradición opera como coartada para proteger su preeminencia social. Y a su vez los privilegios sociales conducen de nuevo a los monetarios. Porque antes del tintineo del dinero siempre se escucha el toque de campanas.
Es usual, incluso entre los laicos, quitar hierro a la permanencia de simbología católica en espacios públicos o a la participación de cargos oficiales en actos religiosos, ese guirigay de cargos, carguetes y carguillos junto a prelados, bonetes y monaguillos tan típico de nuestro país. El alcalde de Granada, sea del PP o del PSOE, acude cada año a la Toma de Granada, celebración de la Reconquista de regusto nacionalcatólico que se convierte en espacio de confusión de autoridades civiles, militares y religiosas. «Pero, ¡si es sólo una tradición!», dirán los adalides del qué más da. Idéntica lógica se repite por doquier. El Ejército participa en las fiestas en honor a las patronas. «Bueno, es que se ha hecho siempre así». El alcalde de Cádiz condecora a la Virgen del Rosario. «Vale, no nos pongamos tiquismiquis». El Ministerio del Interior le entrega –es un decir– la Medalla al Mérito Policial a la Virgen del Amor. «En fin, ¿nos vamos a pelear por esa tontería?». La Candelaria se convierte en presidenta honoraria del cabildo tinerfeño. Y lo más frecuente: media corporación, o el consejero o ministro que toque, acude a la procesión de la Borriquita, o a la fiesta de San Fernando, o a la ofrenda al apóstol, o a cualquier acto envuelto en vapores de incienso... «Pero, ¿y eso qué importancia tiene?».
Pero sí importa. La actitud de quitar hierro a las apropiaciones simbólicas, tan propia del posibilismo progresista, soslaya que es ahí donde se forja la posición de privilegio de la Iglesia que luego le dará acceso a los recursos públicos, que le llegan por conductos engrasados por el discurso del qué más da. Además, una vez consentido que nuestro alcalde se incline ante un cristo, ¿por qué no conceder más? Podríamos cederle a la Iglesia una calle. O una plaza. O todo el centro de la ciudad... Y no lo digo por decir.
Quizás al lector le sorprenda que el organizador de la Semana Santa de Sevilla no sea el Ayuntamiento, sino el Consejo de Hermandades y Cofradías. Aunque es imposible asignar una ideología a los más de 200.000 cofrades de la ciudad, no lo es asegurar que en la cúpula del consejo abundan conservadores y tradicionalistas, los más partidarios de investir a la Semana Santa de un cariz estrictamente religioso. Esto no es óbice para que el ayuntamiento, gobierne el PSOE o el PP, le entregue la organización de la fiesta más importante de la ciudad. El Consejo lo dispone todo, incluida la gestión de la llamada «carrera of...

Índice

  1. Cubierta
  2. A Fondo
  3. Legal
  4. IGLESIA S. A. Dinero y poder de la multinacional vaticana en España
  5. PRESENTACIÓN, por Pascual Serrano
  6. A Ana
  7. GÉNESIS
  8. I. EL TINGLADO
  9. II. EL PARAÍSO
  10. III. EL SUMIDERO
  11. IV. EL EXPOLIO
  12. V. EL PODER
  13. VI. LA PIZARRA
  14. VII. EL NEGOCIO
  15. AGRADECIMIENTOS
  16. Akal / A Fondo