ENERO
«El hombre puede sorprender
algunas palabras (…) distinguiendo
la voz viva de los ecos inertes»
(Antonio Machado, del prólogo a Soledades)
INCENDIO DESPUÉS DE REYES
Las nubes corren, suavemente, parecen huir del fuego. Su color rojo las delata. Es el atardecer. Y nosotros, ¿cuántos incendios necesitamos para saber que algo arde en el mundo?
Al cabo de un rato, todo se apacigua y si no
se ha visto, parece que no ha pasado nada.
LAS FAROLAS DE AVENIDA DE B.
Cayó la noche. Parece que ya no hay más. Yo sigo esperando: solo veo la luz anaranjada de las farolas. ¿Cuándo empezará todo de nuevo?
INSATISFACCIÓN
De repente, se asoma al alma la insatisfacción. Entonces buscas una distracción confortable y refinada (¡solo faltaría!). Pero huele a engaño, incluso si parece razonable pedir un descanso, una tregua. ¡No es esto!
UN GRITO EN LA TARDE DE INVIERNO
Un grito rompe la tarde.
No puedo descifrar las palabras.
Suena a insulto, a ira, a soledad.
Un grito sin tú. Una soledad herida.
El corazón del oído se quiebra.
El alma llora.
SONYA MARMELADOVNA
Acabo de terminar de leer Crimen y castigo. ¡Ay, si pudiese estar siempre con Sonya, todo mi yo sería transparente!
LA GOMA DE BORRAR
Hay días dominados por el fastidio, el desprecio y la mirada baja. El fastidio que repasa el desorden y quisquillosamente ve todo fuera de su sitio. El desprecio que evita la cara de aquellos a los que se ama. La mirada baja, una posición corporal que dobla el cuerpo hacia el suelo, y todo cuanto hay alrededor lo estima en nada. Esos días dejan una amargura profunda. Y caben dos posibilidades: olvidarlos o buscar al dueño de la goma de borrar.
UN UOMO CATTIVO
El soniquete de feria de la canción de Claudio Chieffo cuando describe a ese hombre cattivo, cattivo (malo, malo) al que il Signore lo salvò («el Señor lo salvó») produce una sensación extraña. La música parece pensada para niños, compuesta para ser acompañada por un acordeón y tocada en un circo o en la esquina de una estación de metro donde solo se oirá un verso al pasar. Sin embargo, la experiencia que describe es tan dolorosa. Es un canto cómico, a la vez que lleva en su contradicción algo liberador. Risas y lágrimas. Lágrimas y risas.
VIENTO DEL ESTE, VIENTO DEL OESTE
Es el título de una novela de Pearl S. Buck. Presenta la voz de una mujer china que ha sido educada para satisfacer y someterse a su marido, según mandaba su tradición. Los vestidos, las comidas, los silencios y sonrisas, los gestos; todo está pensado para agradar al marido y darle hijos. Cuando se casa y comprueba que no es eso lo que quiere su marido, ¿qué hacer?, ¿dónde encontrar su voz? Es el viento del Este.
¿Y el viento del Oeste? En el Oeste no hay tradición que nos someta, y sí un metacrilato que nos enmudece. Es tan transparente y tan moldeable que no lo vemos. Todo parece natural y a medida humana, pero prueba a hablar y verás cómo las palabras salen por tubos que les dan forma: solo se puede decir lo que se ha fabricado de antemano. ¿Dónde encontrar la voz libre? Es el viento del Oeste.
A PROPÓSITO DE ZAQUEO
Zaqueo subió a lo alto del sicomoro. Estaba arrugado y escondido, comiendo dátiles y con una bolsa de oro —siempre hay que estar prevenido—, pero quería ver quién era el que pasaba. Sin lugar a dudas, había calculado mal y no se había ocultado correctamente: el nazareno famoso dijo su nombre. Fue en Jericó. Zaqueo se desenroscó, se desovilló, se desenrolló, se deserizó, se desencogió y bajó del árbol ¿Y qué pasó entonces? Que se levantó, se alzó, se estiró, se irguió. Ya no tuvo que ocultarse.
AMENAZA TORMENTA
Veo desde la ventana que amenaza tormenta. El cielo se desploma y el aire se estrecha. Se abre paso una calma espesa. La atmósfera se tensa porque amenaza tormenta.
SALVACIÓN
«Alegría infantil en los rincones
de las ciudades muertas».
(A. Machado)
Solo esa nos salva, incluso si las ciudades muertas son nuestros corazones.
DOS CLASES DE MOVIMIENTOS
Han pasado dos palomas rasgando el cielo a toda velocidad. Al mismo tiempo, por la calle el rumor de un motor revolucionado rompe el silencio. El movimiento del motor es útil, frenético. Las Vanguardias lo exaltaron, y con razón: el vértigo de la velocidad, la rapidez de lo que rompe el aire y hiere el mar son extraordinarios. El segundo movimiento es más difícil de apreciar, es el que mueve el mundo, el que ha empujado a las dos palomas a rasgar el cielo y el que sostiene el ritmo de tantos vuelos. El primero es loco, el segundo lo es más.
NO HAY NECESIDAD
No hay necesidad es una expresión de mi madre. También se la oí a mi abuela muchas veces. Se dice cuando algún gesto u ofrecimiento parece excesivo, una exageración. Por ejemplo, si digo «voy a verte», mi madre puede contestar: «estoy bien; no hay necesidad».
Pues bien, con este no hay necesidad es como empieza la gratuidad. Porque no hay necesidad de acompañar a alguien al médico, no hay necesidad de visitar a un enfermo, no hay necesidad de ofrecer ayuda a alguien que lo pide, no hay necesidad de consolar a quien llora, no hay necesidad de perdonar a quien ha fallado. No hay necesidad… pero qué necesarios son estos gestos. Los he visto hacer cientos de veces a mi madre, a mi abuela, mientras decían no hay necesidad. La vida se regala cuando no hay necesidad.
LLANTO A DOS
Mi hija pequeña llora porque he prestado su pájaro —Persiles— sin consultarle. Hace unos meses todo lo que hiciese o decidiese su madre le hubiese parecido bien. Algo ha cambiado: llora y dice «si me hubieses preguntado…». Ella cuenta, piensa y siente por ella misma, lo está descubriendo. Llora porque ha empezado a sentir el peso de ser ella. Llora porque sabe que se va yendo, se separa. Ahora, al darme cuenta, la que lloro soy yo.
COSAS SABIDAS
Leo que Giussani leía el principio del evangelio de Juan todos los días: veía siempre algo nuevo. Descubría el pondus (el peso) de cada palabra. Y para mí las palabras son sabidas, suenan a usadas, no tienen novedad. ¿Por qué?
SE ECHA EN FALTA
En esta mañana de niebla han desaparecido los perfiles de las cosas, todo está amortiguado y como bajo un velo. No se ven las cuatro torres, apenas se oyen los coches. Y tampoco está el mendigo que pasa todas las mañanas pidiendo bajo mi ventana. Cada vez que salgo, me cruzo con él, nos saludamos y nos sonreímos. Nada más.
A media mañana se ha levantado la niebla. Han aparecido las torres, se oyen los coches, pero no ha venido el mendigo. Su presencia se echa en falta.
MIRAR
Cuando la angustia, la inquietud, el fastidio interno y el azogue atacan sin saber de dónde vienen, solo hay un remedio: mirar. Lo he aprendido en las noches de dolor, en las horas en las que no tenía ni un hilo de voz, en las que cada paso era una proeza. Entonces los ojos pueden ser una ventana. En esos momentos mirar hacia fuera puede ser la salvación. ¡Qué bonita la cara de mi hija!, ¡qué ayuda el brazo de mi hijo mientras camino! Y también la mirada llena de pregunta: ¿Quién hace que llueva mojando la tierra y renovándola? ¿Qué energía sostiene las cosas? Entonces el corazón se sosiega y se arrastra —no deja de estar cansado— hacia los bienes que se le dan. La alegría es entonces serena, es la alegría de no estar sola.
EL SILENCIO, UNA MEDICINA
Es verdad que el silencio no es quedarse sin palabras. El silencio es comprobar que las palabras se ajustan a las cosas y nutren la esperanza. Necesito el silencio para decir con palabras lo que veo y soy. Es una medicina.
LA LLUVIA Y TU NOMBRE
Llevamos meses sin que llueva. Esperábamos una lluvia que acabase con la sequía. Por fin llueve. Esperábamos una lluvia que entrase en la tierra dura, regase los montes calcinados, limpiase los caminos polvorientos. Por fin llueve. Esperábamos una lluvia que limpiase la contaminación y lavase las aceras. Y ha llegado una lluvia suave, que cae a intervalos. Una lluvia caprichosa que hace estar pendiente de su presencia y eficacia: ¿cae o no cae?; y al rato: ¿ha dejado de llover?, ¿cojo el paraguas?, ¿te has mojado? Así espero que caiga tu nombre. Llevo años esperándolo, y, como la lluvia, cae sobre las cosas como tú quieres. Por eso tu nombre me hace estar pendiente: ¿ha llegado?, ¿vendrá o tardará todavía?, ¿caerá suave o torrencialmente?
Acabo de escribir sobre la lluvia caprichosa y escasa. Ahora llueve sin parar, cats and dogs, como dicen los ingleses. Ya no puedo negar tu nombre resbalando por mi alma, mojando el mundo.
Mientras escribo, miro el charco debajo de la farola de la casa de enfrente, por el rabillo del ojo. Es donde compruebo que sigue lloviendo y haciéndolo abundantemente. Sobre mi tierra seca.
ENCRUCIJADA
Desde mi ventana veo cuatro coches que se disputan el paso. Se acercan al cruce y buscan pasar primero. Utilizan las luces, la bocina y la potencia. ¿Quién lo conseguirá? Es la guerra de la prisa y el afán de salir vencedor. Es una pequeña guerra en la encrucijada de la ciudad.
EL SCHEDULE Y LOS IMPREVISTOS
Hoy me he levantado y casi todo estaba organizado: la mañana y la tarde. Cada cosa en su sitio, cada hora dedicada a un afán. Tener por la mañana el día programado hasta en los detalles menores da tranquilidad; y a medida que pasan las horas y se van cumpliendo los objetivos, se pone un tic (√) a la lista de lo dispuesto, se siente la satisfacción de lo cumplido. Y todo esto está bien. Lo que pasa es que a veces aparece una visita inesperada. La vida está hecha de imprevistos y el alma para atenderlos, pero a veces ¡qué dureza la de mi corazón! ¿Qué he hecho para que mucha de la energía del día la dedique a evitar los imprevistos y el día se convierta en una batalla para salvar escollos, en una carrera sobre lo que parecen peligros a evitar? ¡Qué de ocasiones perdidas cuando me empeño en meterlos en un día cerrado y empaquetado! Y hay imprevistos que son muy evidentes, pero qué decir de esos tan entreverados en las cosas mismas que es muy fácil desatenderlos: un silencio, un gesto de un segundo, una petición repentina.
Son esos imprevistos los que rompen el schedule y llenan la vida.
DE FRÓMISTA AL MAR BÁLTICO
Ayer me llamó S. Llevaba días sin saber de ella. S. es mi compañera de habitación del hospital. Después de conocerla, escribí sobre ella a algunos amigos: «Cuando entré en la habitación 536 del hospital, después de dos días durísimos en Urgencias, y la vi sentada en la cama, toda hinchada, con sus visitas ruidosas y del mundo del hampa (droga, excarcelados, violencia…), pensé: ‘Dios mío, no tengo fuerzas para esto, en la situación en la que estoy’, incluso sus amigos y familiares me daban miedo (venían a horas intempestivas, salían a fumar, contaban de sus estancias en la cárcel o de sus trapicheos…) S. tiene 26 años y es ya una víctima de la sociedad, lo que lleva a sus espaldas es inimaginable (humillaciones, malos tratos, abandono de sus padres). Y, estando allí, de repente, como un rayo de vida en medio de la debilidad, empecé a sentir como míos sus dolores, su vida, que me fue contando en esas largas noches y días de compañeras de habitación. Empezamos a rezar juntas y nos hemos hecho amigas porque compartimos el mismo problema: la necesidad de ser queridas infinitamente. La llamo mi ‘gitanilla’ porque me recuerda a ese personaje de Cervantes, ‘Preciosa’, cuya dignidad real se ocultaba bajo las apariencias. Así es S., un alma pura y alegre, una perla escondida en un océano de injusticia, violencia y malos tratos. Con ella descubro más lo que significa la exigencia de justicia y de felicidad con la que estamos marcados, me conozco más a mí misma, me comprometo más con nuestro mundo, concretamente, sin utopías. Por eso, con algunos amigos que ya se han ofrecido, la ayudaremos con su enfermedad, la comida, la casa, el trabajo. Este ha sido uno de los regalos de este tiempo».
Hoy, pasado un mes, la he acompañado a recoger una receta médica al Centro de salud —ha tenido una recaída y ha estado hasta las 4 de la mañana en Ur...